viernes, 7 de septiembre de 2012

Gigantes, por Paloma Hidalgo

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MARCHANDO UNA DE GIGANTES
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Deseo mirar atrás, no lo hago por si la sensación que me embarga es más real de lo que yo misma supongo, y a mis espaldas encuentro algún dinosaurio  procurándose alimento entre las enormes hojas de helecho que me rodean. El fascinante paisaje que se extiende ante mis ojos parece el escenario perfecto para ubicar esas magníficas criaturas que poblaron el planeta, en pleno apogeo del Jurásico. Solo los trinos de pájaro me permiten mantener la conexión con el presente; aún así, el miedo a que un herbívoro de proporciones desmesuradas aparezca sigue latente.
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Respiro un aroma intenso, mezcla del  olor resinoso de la madera roja y esponjosa de las secuoyas con el frescor del musgo que crece  en los recovecos húmedos de las raíces. Es una de las experiencias más impactantes que jamás haya vivido. Con los pulmones llenos, disfruto del espectáculo que la luz del sol, que aún no ha alcanzado su cénit, me brinda. Sus rayos, tamizados por las ramas más altas, inciden en la corteza de los troncos desmesuradamente grandes e iluminan el bosque; una luz alizarina me envuelve con su magia y me llena de paz. Voy sembrando mis recuerdos con cada paso que doy en esta Senda de Gigantes, entre estos secuoyas que se yerguen ajenos al paso del tiempo como inmensos universos enraizados, que guardan entre sus acículas las historias que el viento les ha susurrado. Estoy en  el Secuoya National Park, en el sur de la Sierra Nevada californiana..
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Estremece pensar que cuando Cleopatra y Marco Antonio gobernaban el mundo, algunos de estos árboles ya contaban con unos cuantos cientos de años, varios de estos árboles sobrepasan los 2.200 años; aunque no son los más viejos del planeta. Esos son los Bristelcone pines, unos jovencitos de más de cuatro mil años…
No, los dinosaurios no se cruzaron en mi camino, pero sí otros animales; la naturaleza ha encontrado en ese Parque Nacional un refugio estupendo. Y prueba de ello son los osos que pude ver en las llanuras herbáceas que se salpican entre los bosques de mis admirados gigantes; y los ciervos, los Mule Deer; y las ardillas terreras, y las ardillas listadas, las marmotas, los hermosos pájaros azules o Steller’s Jay… Es un paraíso para los que, como yo, crecimos con Félix Rodríguez de la Fuente.
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En Grant Grove, una de las arboledas más llamativas que se pueden ver por aquí, vive el Monarca (a las secuoyas que tienen más de 2.000 años las denominan así) que otorga el nombre al lugar: El Negral Grant, el Christmas Tree por excelencia, que con sus ochenta y dos metros de altura  es el tercero en el medallero de gigantes. El primer premio se lo lleva otro general: el Sherman, con ochenta y cinco. Y como sé que a alguien le habrá sobrevenido la duda, os confirmo que afortunadamente no todos tienen a un general por patronímico: están también Las Tres Gracias, el Bachiller, el Grizzly, entre otros muchos.
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Vamos, que aquel que quiera saber lo que se siente siendo hormiga, siendo pequeño y más que pequeño, lo puede experimentar a los rojos pies de las secuoyas.
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* Paloma Hidalgo es madrileña, nació en 1964, gata de Cuatro Caminos, que también conoce los tejados de París tras casi diez años de residencia en el país vecino. Escribe relatos, poesía y cuentos. También pinta. Mantiene el blog:
 http://unlibroesunjardndebolsillo.blogspot.com
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten.......

14 comentarios:

David Moreno (No Comments) dijo...

Paloma, qué suerte haber podido estar al lado de semejantes colosos. Fascinante.
Un saludo indio
Mitakuye oyasin

Paloma Hidalgo dijo...

Gracias Fernando. Es un placer poner el pie, o las manos que escriben, en tu Nave.
Un abrazo

Paloma Hidalgo dijo...

David, tú lo has dicho, ha sido una suerte.
Gracias por comentarlo

Luisa Hurtado González dijo...

Junto a esos gigantes fuiste hormiga, afortunadamente eres una hormiga que escribe y lo hace bien, y nos lo cuenta, y te lo publican.
Un beso, Luisa

Ximens dijo...

Qué bien, Paloma, sentirse hormiga de tu mano y pluma.

Arte Pun dijo...

Precioso relato Paloma, me he apuntado unas cuantas palabras -para buscarlas-, que me han sonado también gigantes, como tu buen hacer escribiendo.

Besos

Lola Sanabria dijo...

Paso a paso nos vas internando en esa naturaleza añosa que vivió hace tanto y que nos sobrevivirá. Da escalofríos. Y reconozco algo lindando la nostalgia y un punto de soledad sobrecogida.

Buena crónica, Paloma.

Abrazos de osa.

Paloma Hidalgo dijo...

Soy una hormiga afortunada sí, que además está contenta de que te guste,

Otro para ti

Paloma Hidalgo dijo...

Ximens, gracias por acompañarme.

José Luis, qué halagador me resulta tu comentario. Un abrazo

Lola, muchos, da muchos escalofríos verlos, tocarlos y saber que seguirán estando ahí por siglos. Gracias por venir.

Un abrazo correspondido, de hormiga.

Laura dijo...

¡Madre mía!, sentirse hormiga en la inmensidad de un océano es lo que una amiga me contaba hace unos días tras una inmersión submarinista, pero ...sentirse hormiga al pie de esos troncos enormes con nombres tan simbólicos, es genial si viene redactado por tu pluma, siempre serena y firme.

¡Cómo me gustaría visitar ese lugar!. Está entre mis favoritos del mundo. ¿Sabes? ...hay tardes que me siento junto a una maravillosa secuoya que tenemos en pleno centro de Vitoria. Ayer (sin haber leído tu entrada, casualidades de la vida) anduve buscando una foto antigua del derribo de otra al construir un colegio ¡es impresionante! y ¡qué pena que se la cargaran!.

¡Óle Paloma! Estar aquí, en este lugar, es una inmensa alegría.

Besos.

Beatriz AA dijo...

¡Qué lugar tan fascinante! Me ha gustado mucho compartir el viaje contigo Paloma. Un beso

Fernando: gracias por esta colección de crónicas de viajes. Saludos

Lapislazuli dijo...

Que experiencia para Paloma y la ha volcado en este bello texto, la acompañe hasta en la fantasía de los dinosaurios
Un abrazo

Pedro Herrero dijo...

Me desubico un poco, Paloma. ¿Tienen que ver estos árboles con los que aparecen en aquella película de Hitchcook, en la que James Stewart perseguía a Kim Novak? En cualquier caso, impresionan, sobre todo introducidos por los comentarios que apuntas. Buenas fotos y buen reportaje. Un abrazo.

Paloma Hidalgo dijo...

Beatriz, gracias. En cuanto pueda, me escapo de nuevo...
Otro para ti.

Lapislazuli, es fácil pensar en dinosaurios cuando todo parece creado a tu tamaño.
Gracias por pasar.

Pedro, no, creo que el bosque de la película es el Muir Wood, otro reducto de secuoyas-de costa, más pequeñas- que se encuentra muy cerca de San Francisco. También es un lugar precioso.
Eres muy amable,pero las fotos no hacen justicia a la belleza del lugar, es mucho más bonito aún.

Un abrazo grande, de secuoya.