miércoles, 29 de agosto de 2012

Con Purificación Menaya y su familia por Albi

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Albi, el gran horno de ladrillo
 
Después de derretirnos bajo el sol en Cordes sur le Ciel (y es que no se puede estar tan cerca del cielo, os lo digo yo) llegamos a Albi por la tarde. Soñábamos con un helado, o mejor un granizado de limón. Ya cuando descendíamos por la carretera hacia la ciudad, la catedral, mirándose presumida en el río, impresionaba. Una fortaleza de la fe de ladrillo (sí, de ladrillo) que se eleva majestuosamente hasta el cielo celestial. El poder de la Iglesia alzándose y pisoteando a los cátaros… Si de lejos impresiona, imaginaos cuando uno está debajo de ella pasando con el coche, al ritmo cansino del atasco habitual de la tarde. Y cuando se pasea como una hormiga echando la cabeza para atrás bajo el riesgo de pillar un torzón de cervicales para alcanzar allá donde acaban las torres. Pero el paseo vendría luego, ahora estábamos en el coche, bajo la catedral, siguiendo las instrucciones del Tom-tom para encontrar nuestro hotel. Había obras, cada vez nos recuerda más Albi a Zaragoza: con sus obras del tranvía, los atascos y ese calorazo abrasador. El Tom-tom nos llevaba directo contra la valla que limitaba las obras e impedía el paso. Tras dar algunos rodeos más, y como el Tom-tom, con su empecinamiento habitual, siempre nos conducía al mismo sitio, madre e hija nos bajamos del coche para localizar el hotel.


Le pregunto a una lugareña en inglés por la Rue St Clair (llevo a mi hija de traductora de francés, pero se comporta como el convidado de piedra) y más o menos me comprende y me explica muy amable hacia donde tenemos que ir, con evidente apuro por su escaso inglés, pero nos entendemos perfectamente. Llegamos al hotel St Clair atravesando la Rue Toulouse Lautrec, donde se encuentra la casa natal del pintor, no está mal para empezar a ambientarnos en la ciudad.

Al hotel no se puede acceder en coche, está en pleno casco histórico y es todo peatonal. La recepcionista nos indica un parking gratuito cerca de la catedral. Desde donde hemos dejado el coche podemos venir con las maletas andando, lo más pesado es atravesar el tramo de las obras (ni un miserable tablón para no tener que pisar las piedras y el polvo).


El hotel… no lo califiqué de mochilero cuando lo vi en booking.com, pero después de haber estado en una bucólica granja en el Perigord y en una mansión con jardín (estanque con peces de colores incluido) en L’Auvernia, este se quedaba a la altura del barro (reseco, con este calor). Nuestra habitación daba al patio (florido, eso sí, y con gato), al que subíamos por una escalera; era una cuádruple con las tres camas encajadas como en un puzzle, y en ella teníamos que respirar por turnos y pedir permiso para mover un pie; con un armario estrecho de puertas metálicas donde no cabía ni una maleta. El baño, diminuto, con el techo inclinado y una luz lóbrega que iluminaba el espejo roñoso. El único aire vintage de la habitación que un cliente de booking alababa en sus comentarios era la lámpara floreada de la mesilla.

Aterrizamos sobre las camas. No había aire acondicionado (quién esperaba necesitar aire en Francia), y tampoco podíamos abrir la ventana pues afuera hacía más calor, así que estrené el regalo que tenía para mi sobrina: un abanico, y el airecillo nos alivió un poco. Luego nos dimos una ducha para refrescarnos y hacia las ocho y media salimos a conocer la ciudad y a cenar. Camiseta de tirantes y pantalón corto, por supuesto; mi hijo preguntó si cogía un jersey, pero sería para estrangular al gato (que había arañado a su hermana), porque aquí no tenía pinta de ir a refrescar.
 
 
Parece que en Albi los horarios de la cena estaban bastante españolizados, así que no íbamos con tanta prisa. Y es que hay españoles por todas partes… Salimos con el mapa que nos habían dado en el hotel, pero no hacía falta; todas las calles conducían a la catedral de St Cecile, aunque creyeras que ibas en dirección contraria. Un poco laberíntica esta ciudad anaranjada de ladrillo. Descubrimos el pasaje Saint-Salvy, que en su misteriosa oscuridad nos llevó al claustro del mismo nombre. Solo queda una parte del claustro pegado a la iglesia por un lado, y la otra mitad al otro lado, con su pequeño huerto lleno de flores en el centro; un rincón tranquilo donde se pierde el sentido de la moderna realidad, con los viejos muros de la colegiata, las arcadas en penumbra y las flores dando color; los arcos siempre pedían ser el marco de una foto para la turista de turno (o sea, yo).

Acabamos cenando en una terraza de la plaza Saint Salvy, con el agradable acompañamiento musical de un cantante con guitarra. Más tarde llegaría un animador de calle cuya pianola entonó varias canciones populares francesas. Tararear una canción y seguir el ritmo con el pie mientras comía un “Risotto aux Gambas”, o, como dice mi hija, una paella mediocre, acompañado por una cerveza fresca, resultó un buen premio después de hacer turismo bajo el ardiente sol de Francia.
 
 
Por la noche, el hotel se volvió siniestro. Seguía haciendo un calor infernal, y aunque afuera parecía haber refrescado un poco, no nos atrevimos a dejar abierta de par en par la ventana que daba al patio, cualquiera podía entrar por ella, así que las cerramos. Tras apagar la luz, solo nos faltó contar historias de terror; mi marido y yo nos preguntábamos dónde nos habíamos metido, y mi hija protestó:
-¿Pero por qué no reservaste en el hotel dos habitaciones? Cuando no oigo a uno oigo al otro, no voy a pegar ojo…
-¡Si nos da miedo pasar aquí la noche los cuatro juntos, imagínate estar en habitaciones separadas…! -le digo, pero mi hija es como Juan sin miedo.

Por fin nos dormimos, pero a media noche se oyó a un borracho que llegaba; parecía que estuviera ahí mismo: abajo, en el patio; gritó, con voz de beodo, a saber qué dijo en francés, y luego vomitó: ¡guaaaaa! Mi hijo se despertó, tenía miedo. Luego se puso a discutir con una mujer. Al parecer, no estaban abajo, debía de ocurrir en otro patio, menos mal. La que no iba a pegar ojo no se despertó. Pronto todo se calmó y pudimos dormirnos.
 
 
Desayunamos en un cafecillo y nos dirigimos hacia la catedral de Saint-Cecile. Te sentías muy pequeñito bajo esa fortaleza que únicamente se permitía decoración en la fachada, el resto era de ladrillo liso y laso, elevando sus torres hacia Dios. Esa austeridad contrastaba con la esplendorosa decoración interior, que nos dejó sin palabras. Paredes, techos cúpulas pintadas, el tabique y el jubé del coro góticos esculpidos como un bordado en piedra blanca. En la bóveda central, con el fondo azul y los nervios dorados, ni un resquicio quedó sin pintar. Un azul tan intenso y brillante gracias al lapislázuli se conservaba con toda su riqueza. Mientras el fresco intimidador del Juicio Final instaba a los fieles a ser buenos para no sufrir las crueles torturas del infierno, representadas aquí con los más espeluznantes detalles; portémonos bien, les digo a los chicos, sin romper nada por si acaso.

Callejeamos un poco para descubrir la ciudad, el gran mercado cubierto, las casas de ladrillo con entramado de madera. Pero hacía demasiado calor, así que optamos por una botella de agua fresca para calmar la sed, y unos bocadillos para llevar en un garito que había junto a nuestro hotel, donde nos atendió una animada señora francesa, que nos dio conversación mientras los preparaba. En el hotel, la jefa no nos dejó comer en las mesas del patio: había que consumir en la cafetería, de lo contrario no había negocio. La recepcionista nos indicó en el mapa dos parques de la ciudad. Elegimos el que se encontraba junto al río, a ver si allí conseguíamos un poco de fresco.
 
 
Las gabarras paseaban a los turistas por el río mientras nosotros nos dedicábamos a zamparnos los bocadillos kilométricos. Como el calor seguía torturándonos, inmisericorde, decidimos refugiarnos en el Palacio Episcopal, el Palais de la Berbie, la sede del museo Touluse Lautrec, bajo cuyos muros habíamos estado comiendo.
 
Los jardines eran preciosos: con sus setos cuidadosamente recortados que dibujaban formas redondeadas y perfectas con el verde y las flores amarillas. Pero no pude detenerme más: el gran Lautrec me llamaba a gritos desde el interior.
 
Conozco las pinturas de Toulouse Lautrec desde niña, ¿qué tendría: nueve, diez años? Mi hermana mayor poseía un librito del pintor con ilustraciones del tamaño de una postal y yo estaba enamorada de sus obras, de esos maravillosos carteles de colores vivos, a medio camino entre el cómic y la realidad. Pasaba las páginas de aquel librito una y otra vez… Así que el reencuentro con aquellos Lautrec de mi infancia, pero esta vez a tamaño real, más grandes que yo, fue un shock del que todavía no me he recuperado. Estaban todos: el “Divan Japoneis”, las bailarinas del Moulin Rouge, la gran “Jane Avril” con aquel sombrero rojo que yo empecé a dibujar en mi cuaderno un verano… Y los guardianes del museo sin dejarme hacer ni una foto, e incluso me hicieron borrar una que me pillaron tomando. De todas formas, conseguí que no se enteraran de que había hecho esta:

 
Por supuesto tuvimos que salir otra vez a cocernos en el ladrillo aunque nos retiramos al hotel el resto de la tarde, donde nos echamos una siesta que duró hasta la hora de cenar.
 
Al día siguiente nos despedimos de Albi tomando un desayuno en un salón de té, frente a la catedral. Solo el té, en tres teteras de colores, porque los croissant, nos dijo la camarera, era mejor comprarlos en la tienda de la esquina. Cualquiera entiende a estos franceses…
 
Mientras mi marido iba a por el coche, nosotros arrastramos las maletas hasta la catedral, donde se había montado un atasco gigantesco con los camiones que descargaban sus productos para las tiendas y restaurantes de la plaza. Y es que lo mejor hubiera sido que les quitaran las cadenas que protegen la plaza y les dejaran estacionar en ella, porque de otro modo era inevitable montar un atasco en ese espacio, donde solo cabía un coche por carril. No sé por qué he elegido Albi para narrar nuestro viaje a Francia, cuando también habíamos estado en sitios tan bonitos en la Dordogna; quizá sea porque nos sentimos entonces como en España: con su calorazo, sus atascos, sus calles levantadas por las obras, y esas casas de ladrillo, por su ambiente propio del sur, tan cercano a nosotros.
 
* Puri Menaya es escritora de literatura infantil y administra el blog El rincón de la bruja de chocolate.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten..
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6 comentarios:

Arte Pun dijo...

Hola Puri, gracias por hacernos el favor de ir tú a Albi. Eres una guía estupenda, ya lo comprobé en Madrid.

Abrazos

Lola Sanabria dijo...

Si te quieres cargar al pariente enfermo de corazón, ya a sabes a qué hotel tienes que llevarlo.

Divertida crónica, Puri.

Abrazos a puñados.

Beatriz AA dijo...

Qué bien contada tu visita, es una zona que apetece visitar, aunque luego resulte caluroso e incómodo. Pero es que eso es el turismo de verano en este siglo XXI.

Un beso Puri

Laura dijo...

Puri, la escena del hotel me suena bastante de otras experiencia.

Albi, no lo conozco pero me ha encantado recorrer sus ladrillos y sus calles a través de tu pluma.

Entiendo lo que te ocurrió con Lautrec... ¡bonita fotografía!.

Un abrazo Puri.

Puri dijo...

Arte Pun, Albi merece la pena, por su catedral y su Lautrec. Cuando quieras hago otra vez de guía.

Lola, pues sí es una idea...

Beatriz,son los inconvenientes que sufrimos lso turistas veraniegos. Tienes que ir a Albi.

Laura, afortunadamente no he tenido muchas experiencias de hotel así. Lautrec es especial para mí y la foto un documento robado...

Fernando, gracias por traer mi crónica por esta nave de locos.

Muchos abrazos para todos

Por cierto, blogger me ha eliminado de la blogosfera. Mi blog no se puede ver.

Ximens dijo...

Divertida crónica de una ciudad que como dices: su catedral impresiona, por su belleza, su diferente estilo que las clásicas y como a mí me duele el tema de los cataros, por su historia. El museo fantástico. También lo hice con niños, hace años. Gracias por traerme estos recuerdos, Puri.