jueves, 10 de febrero de 2011

¿Realidad salvaje?

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Un querido amigo de siempre, Juan Tortosa, periodista damnificado por el cierre de Canal + (o Canal más, como le gustaba decir al profesor Rico), ha pasado unos días en Berlín visitando a Patricia, su hija mayor, que está acabando su formación como periodista, siguiendo la estela -digamos- de su progenitor. Juan y yo nos hemos pateado juntos la ciudad, e incluso atravesado un cementerio por el camino, ha cenado en casa en un par de ocasiones y hemos charlado hasta la extenuación. El caso es que a Juan lo conozco desde hace treinta años, ambos somos de Almería y compartimos residencia, piso, carreras, dos, y por tanto lecturas, trabajos y aficiones, durante los años universitarios. Así, aunque hiciera cuatro o cinco años que no nos veíamos, para ambos era como si hubiéramos estado juntos el día anterior. El martes quedamos los tres en Kreuzberg para visitar el mercadillo turco, junto al canal, y comer por allí cerca. Recorrimos los puestos, oímos los gritos de los vendedores anunciando sus productos, nos topanos con una mujer árabe a la que sólo se le veían los ojos, el resto de la cabeza la llevaba tapada, y acabamos comiendo en el Ankerklauseun, un célebre bareto que se descuelga sobre el canal, junto a uno de los puentes. Pero de todo ello me distrajo el recuerdo de la música del violín de Isabel Mellado, cuyo primer libro de microrrelatos está a punto de aparecer. Isabel, cuando se encuentra en Berlín, vive justo al otro lado del canal, en la Paul Linke Ufer y, por extraño que os parezca, no podía dejar de oír en mi cabeza mi quinteto preferido de Mozart (n°. 2, en c mayor, k. 515).
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Hacía un día soleado, insólito en Berlín en esta época, que se mantuvo toda la mañana. Yo pedí para comer, de lo que se ofrecía en el menú de la semana, un ragout de jabalí salvaje, con coles de Bruselas. Así se anunciaba. Estaba rico, teniendo en cuenta que el restaurante era alternativo, ideal para jóvenes y veteranos sin demasiados posibles. Y, sin embargo, no llegué a saber si el jabalí era o no era de granja. Nuestra conversación se centró en torno a las coles de Bruselas, una debilidad de Juan que no compartíamos ni Patricia ni yo, después de haber quedado saturado de ellas durante los años de estudiante. En honor a la verdad, éstas se dejaban comer. Mis dudas, sin embargo, aumentaron con el camarero. Aunque hablaba bien alemán, pronto descubrimos que en realidad era español, de Valencia, y que, pese a llevar sólo cinco años en la ciudad, su castellano había adquirido acento alemán.
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Como repite Millás en sus artículos, toda la realidad parece haberse convertido en una copia, de modo que uno ya no podía saber a ciencia cierta si el camarero era auténtico o un puritito replicante, ni siquiera si el jabalí era tal o bisonte de la pradera congelado e importado. Los únicos ciertos, en aquella terraza con manteles rojos de lunares blancos, como si hubieran aprovechado los restos de un traje de gitana, donde a pesar del sol teníamos que calentarnos con estufas y mantas, parecían ser Patricia y Juan. Él piropeaba a su hija, ella se mimetizaba con el mantel y yo aprovechaba la ocasión para tomarles un poco el pelo a ambos...
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Así las cosas, a estas alturas, uno tampoco sabe si es todavía un turista en Berlín, un crítico literario jubilado o un profesor al que le queda una semana para reincorporarse a sus clases, con las que cada vez más modestamente se gana la vida, en un claro proceso de regresión y de recorte salarial. Quizás, al fin y a la postre, esta marcha hacia atrás en la vida de tantos profesores -y de tantos otros trabajadores- sea para nosotros ya casi lo único real. Lo virtual, el plagio, la impostura, la demagogia y las sinrazones cansan. Demasiado a menudo suenan las trompetas del apocalipsis: se acaba el cine, la novela, toda la literatura, nos quedamos sin los periódicos de papel... Para los apocalípticos, de hecho, ya sólo queda la red, los libros electrónicos y -por lo visto- las descargas gratis. Habrá que volver al trabajo, pero no al quehacer derrotado de Vania, sino al trabajo gustoso, en silencio, al margen de las modas, que todavía no han acabado de asentarse cuando ya han sido suplantadas por las siguientes. El trabajo, el estudio, cuando se hace con gusto, por puro y gratuito placer, no cansa, y que me perdone Pavese.
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* En las fotos, hechas durante la citada comida, en Berlín, aparecen Patricia, Juan Tortosa y un servidor.
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15 comentarios:

Anónimo dijo...

uno de los mejores textos que te he leído, fernando. felicidades.
Nicolás Melini

NáN dijo...

Mis felicitaciones también, porque toda amistad de los otros hace posible las nuestras. No sé si Pavese te perdonará, pero los últimos versos de un poema de Montale te dan la razón (los cortes de los versos tienen más sentido en la musicalidad del original):

«Cuánto se salvará de este temporal
no se sabe.

Tal vez después de tanto derroche

incluso la palabra terminará en una zanja.

Nos queda la esperanza de que algún

anacoreta destile resinas doradas

de los troncos putrefactos del saber.»

Inma dijo...

Menos mal que nos queda el trabajo gustoso pues no sé que sería de tanto docente hastiado de modas pasajeras impuestas por una administración que vive en una realiadad absolutamente salvaje y virtual.
Una profe universitaria cansada y aburrida de "habilidades, capacidades, conocimientos y destrezas"......

Francesc Cornadó dijo...

Tal como dices se acaba el cine la novela, sí, todo se torna virtual y todos parecemos turistas del no-lugar. Habrá que recuperar el gusto y el placer por el trabajo bien hecho, disfrutar con ello y con el goce estético que nos produce el arte, ahí está el ejemplo del quinteto de Mozart. Deberemos apreciar los productos bien acabados, la comida bien cocinada, la conversación amable y reflexiva, la calidad de las cosas reales no las aventuras virtuales que tanto nos distraen con sus candilejas y musiquillas adocenadas.

Tu texto no tiene nada de virtual, muestra lugares y situaciones palpables. Felicidades.

salud
Francesc Cornadó

Antonio Serrano Cueto dijo...

Coincido con Melini: vaya buen texto. Me alegro de que volváis a Barcelona, simplemente porque tiene uno la impresión de que estáis más cerca, aunque, paradojas de la vida, os conocí en persona en Berlín.
Un abrazo y feliz regreso (cuando sea).

Araceli Esteves dijo...

¿Me engañan mis ojos vidriosos, irritados por tanta pantalla o te nos has dejado barba?

Teresa dijo...

Pasaremos más hambre que un maestro escuela, pero también es verdad que nos rescatará, como siempre, el trabajo gustoso y la amistad.
¡Qué maduros y qué clásicos nos hemos vuelto!

Un beso y hasta ahora mismo. Nos espera una paellita frente al mar.

Fernando Valls dijo...

Me he dejado barba, observadora Araceli. Pero para tu conocimiento, te anuncio que me la quitaré en cuanto llegue el buen tiempo, entre otras razones porque tenerla medio presentable da demasido trabajo.
Gracias a todos por vuestros benévolos comentarios.

Miguel A. Zapata dijo...

Precioso, Fernando. Me ha recordado a esos textos de Robert Walser, los "Microgramas", en los que una anécdota cotidiana terminaba transmutándose, bifurcándose y ofreciendo finalmente toda una teoría universal. Con respecto al declive de la condición salarial del profesor, fíjate que a mí me han rebajado más de un 5%, me han retenido de setiembre a diciembre el 25% y aún no me reconocen un sexenio porque han cambiado la valoración de los cursos de formación y donde antes había créditos ahora hay etiquetas de Anís del Mono. Pero, eso sí, Shakira a todo tren en la misma Puerta de Alcalá o candidaturas olímpicas fallidas a tutiplén. Que no nos falte de na.

MANUEL IGLESIAS dijo...

Nos vamos convenciendo; unos amigos, el pretexto de una comida. "Amar y detestar las mismas cosas, esa es la verdadera amistad" ¿Salustio?. El cine y lo que nos queda por leer, iluminan un poco el camino. Salud, que sí es importante.

Juan Tal Vez dijo...

¡Chapeau!, hermano. Me dejas sin palabras, ¡qué arte!. Prometo ampliación de comentario.

Anónimo dijo...

Un texto precioso. Y muy apropiado para los que nos dedicamos a la enseñanza por vocación, por ese placer que aún nos queda, ajeno a leyes, psicopedagogos, destrezas, y otras banalidades.
Buen retorno
Pilar

Fernando Valls dijo...

Cuando uno anda de traslada, nada más prosaico, se agradecen especialmente vuestras amables exageraciones. Y sobre todo las de Juan, cuyo seudónimo ya utilizaba cuando éramos estudiantes, coprotagonista de la comida y el paseo.

BIZITZA dijo...

Una tarde de domingo, en silencio y leyendo tu texto...Me ha sentado de bien, que ni vuestras coles de bruselas ;)

Sonia Valls dijo...

Me encontré la foto primera de la entrada en el Google, mi estimado Fernando, buscando noséqué (el disertante Juanito debería haberte dicho hace tiempo que por su "culpa" sigo a menudo tus devenires en esta nave) y ya tuve que terminarla, claro.

Me adhiero a tu abominación de las puñeteras coles, y a comentarios anteriores en cuanto a lo gustoso de su lectura. Qué bonito te ha salido el "vuelatecla" de la cotidianeidad, profe-comentador (maestría, hayla). Y qué bonita te quedó la foto.

Y reitero el que "así que pasen 5 años" ó los "30" del Miguel Ríos; a la postre "20 años no es nada" y nuestras buenas raíces santcugantenses siempre prenden.

Abrazos fraternales sempiternos.