sábado, 14 de enero de 2012

Cierra la Sorrento

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Un restaurante no es solo un lugar para comer, sino también, y sobre todo, para encontrarse con los amigos y compartir la conversación y las risas. La pizzeria Sorrento, situada en la Travesera de Gracia, en Barcelona, acaba de cerrar sus puertas, por jubilación del dueño. Tanto en su terraza, cuando llegaba el buen tiempo, como en su interior, he venido disfrutando de este local creo que desde 1975. Son 36 añazos, nada menos. Sus pizzas y ensaladas, la cerveza de barril, las croquetas, la vichisoise y los spaguetti a la carbonara o bien con almejas, las granadas ya peladas, voy a echarlos de menos, y en primer lugar, su pizza de salmón y caviar, mi plato favorito. Allí he comido con mi madre y con mis hermanas, con amigos muy queridos como Belén, Sara y Esteban Terrades, o con el escritor argentino Antonio Tello, vecino del lugar. No hace demasiado, estuvimos cenando en ella tras la presentación del excelente libro de cuentos de Jesús Ortega, Calle Aristóteles, junto al editor Miguel Ángel Arcas, de Cuadernos del vigía, Susana, Olga y los escritores Juan Vico y Ginés Cutillas. Y siempre que el trabajo lo permitía, me gustaba echar un rato de charla con Alfonso, el camarero, el mismo desde hacía 36 años, quien en la foto aparece de pie, al fondo del local. Me gustaba el local, además, porque el trato era sobrio y discreto, sin agobios ni cariños excesivos, pero cordial y eficiente, sin aspavientos innecesarios. La Sorrento debe de haber sido el restaurante en que más veces habré comido en la vida. Cuando no me encontraba en Barcelona lo echaba de menos, hasta el punto de que una de las razones por las que estando en Berlín deseaba regresar, era por acudir de nuevo a la pizzería. ¿Dónde podré tomarme ahora unos buenos espaguetis o una buena pizza?

11 comentarios:

Pedro Herrero dijo...

"Todo lo que un hombre necesita es una taza de café y un buen cigarro", decía el añorado Jonny Guitarr. Entiendo cómo te sientes, porque un buen restaurante llega fácilmente a convertirse en un punto de referencia, una coordenada vivencial, sin la cual nos parece que andamos más perdidos que de costumbre, algo, en definitiva, que nos mantiene en paz con nuestro entorno.

No tiene que ver con tu comentario, pero esta semana he pasado la ITV de mi viejo automóvil. "Sin defectos", dice el comprobante que me han extendido. Pero el inspector ha añadido, de su cosecha: "Qué bien conservado lo lleva usted, a pesar del paso del tiempo". Creo que el día en que me quede sin ese coche sentiré algo parecido a lo que comentas.

Volviendo al tema, me he puesto en contacto con mi amiga Rosella Cascone, que además parece que es vecina tuya (vive en la zona de Sagrada Familia). Le diré que deje un comentario aconsejándote una buena pizzería. Me consta que es experta en cocina italiana. Espero que no te defraude.

Fernando Valls dijo...

Pues, muchas gracias, querido Pedro. En casos como este entiendo la inmensa utilidad que puede tener una bitácora. Saludos.

Antonio Tello dijo...

Querido Fernando, quiero ser el primero en compartir la orfandad en que nos deja el cierre de Sorrento. También yo, desde que llegué a España en enero de 1976, me hice asiduo a esta pizzería (la que para mí hacía la mejor pizza de Barcelona) por las mismas razones que tú. Recuerdo que, recién llegado y viendo mis escasos recursos económicos, Alfonso, Pedro y el mismo Diego García, el dueño, me daban unas raciones dobles de espaguetis. Mi plato favorito eran los escalopines a la marsala o al oporto y la pizza con jamón, a la que le hacía añadir, cuando la sacaban, tiras de pimientos asados. En fin, un abrazo y gracias por este post tan entrañable.

Juan Carlos Márquez dijo...

Yo también lamento el cierre, aunque solo cené allí una vez. Me pareció un lugar auténtico y acogedor, y la pizza estaba muy rica.

Fernando Valls dijo...

Juan Carlos, habíamos logrado iniciar una tradición con las cenas en la Sorrento tras las presentaciones de libros. En fin, habrá que buscar otro lugar. Saludos.

Rossella Cascone dijo...

Hola Fernando,
Pedro me ha hablando de tu pena y habiendo leído tu entrada tan sentida, comparto tu tristeza.

Efectivamente me encanta cocinar, pero sobre todo compartir la comida, cosa para la cual se necesita estar en un entorno equilibrado y acogedor. Restaurantes que ofrezcan eso hay bien pocos y si juntamos que de restaurantes italianos donde se coma auténticamente bien hay aún menos, nos encontramos delante de un paisaje aterrador.

Y bien, por el nombre del restaurante puedo intuir que el dueño es de mi misma tierra así que puedo imaginar aquellas pizzas: finas pero tan blandas que se deshacen en la boca. Y el borde, tan suave que merece ser comido hasta el último bocado.

Conozco muchos, pero realmente los que valen la pena ser visitados (que yo sepa, se entiende) son dos o tres. Son restaurantes italianos, napolitanos por ser exactos, cuya comida es deliciosa y cuyos platos están cocinados con esmero y cariño, empleando siempre ingredientes de excelente calidad.

"La Bella Napoli" (C/Margarit, 12): las pizzas están muy buenas y la comida también. La casi totalidad de los ingredientes procede directamente de Italia. Las recetas son más bien clásicas, pero todas son muy gustosas.

"MuriVecchi" (C/Princesa, 59), mi preferido: a pesar de haberse adaptado estéticamente un poco a las tendencias del Borne, la comida sigue siendo una exquisitez, con productos excelentes, tantos napolitanos, como catalanes. Las pizzas también están muy ricas, aunque personalmente las prefiero más finas y blandas.

"Napoletani D.O.C" (C/ Diputació, 93): mucho de Nápoles en todo, incluso en su relación con los clientes. Las pizzas están muy ricas y el resto de la cocina también, con platos muy típicos del golfo italiano cocinados según las recetas más clásicas.

Sé que ningún restaurante tomará nunca el sitio del "Sorrento" en tu corazón, pero espero que de uno de estos puedas volver a enamorarte, un día.

Un saludo.

Fernando Valls dijo...

Muchas gracias, Rosella. De los tres restaurantes que nos recomiendas conozco el de la calle Margarit. Es, en efecto, excelente, pero tiene un inconveniente, en mi opinión, y es que algunos camareros se pasan todo el rato gritando..., no se sabe muy bien por qué. Probaré los otros dos. Saludos.

edu salas dijo...

Hay gente que dice que odia la rutina, pero hay rutinas que son placenteras... de hecho, hay veces que se sale de la rutina siguiendo la rutina, y cuando te quitan eso, tu rutina placentera como sentarte en tu plaza, en el banco de siempre o cuando cierran tu café predilecto o tu panadería de confianza... cuando te quitan esos bellos momentos rutinarios que hacen de la rutina algo placentero... puedes hasta perderte. Sucede que donde vivo hay una calle que tiene (tenía) la mejor vista hacia la montaña y sus cumbres casi siempre nevadas, y resulta que frente a esa hermosa panorámica construyeron un horroroso centro comercial. No odio los centros comerciales, pero este en particular, me desestabilizó mi rutina, y ahora no oso pasar porque me invade la tristeza y la ira... sí... hay rutinas que duele perderlas... Saludos.

Belén Aguiló dijo...

Ay, Fernando! Ya hace tanto que descubrimos la Sorrento? Pasan los años y sólo nos damos cuenta con los pequeños acontecimientos que nos los evidencian... Prueba los restaurantes que te aconseja Rossella y que nuestra próxima cena sea también de pizza y pasta...

Arte Pun dijo...

Hola Fernando, lamento la pérdida de un valor entrañable para ti, sobre todo cuando afecta al sentirse bien y además comer. No puedo ayudarte mucho, no conozco a ese nivel Barcelona, y no me encantan las pizzas, tal vez por mi intolerancia a la lactosa, pero, ¿tú tienes horno en casa?...

Mi más sentido pésame, un abrazo.

Pedro Herrero dijo...

Fernando, tu comentario de que no soportas los gritos de los camareros me trae a la memoria una anécdota que quisiera compartir.

En mis años mozos, cuando comer en un restaurante de prestigio no era un lujo a mi alcance, cené una noche con mi novia en un local de la parte alta de Barcelona, cuyo nombre omito por discreción.

El lugar era selecto en todos los detalles y lujoso en extremo. Casi en susurro, el camarero nos tendió una carta en la que los platos no llevaban precio. No recuerdo qué pedi yo, pero Carmen pidió pescado. A continuación me fui al aseo y cuando regresaba, pasando delante de la puerta de la cocina, oí casualmente la bronca que el camarero daba al cocinero, a grito pelado:

"¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Tanto cuesta decir que no tenemos pescado? Desgraciao, que eres un desgraciao. Y yo, mientras tanto, haciendo el gilipollas. Hay que joderse".

Poco después, estando ya en la mesa, vi venir a Sir Alec Guiness vestido de camarero. Se inclinó hacia mí con la misma ceremonia con la que me había dado la carta y, haciendo gala otra vez de una voz susurrante y aterciopelada, me dijo: "Señor, no sabe cuánto lo lamento, pero desgraciadamente nos hemos quedado sin platos de pescado".