martes, 24 de enero de 2012

Carlos Pujol, sabio clandestino

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El miércoles pasado, los medios de comunicación le prestaron mucha más atención a Carlos Pujol de la que le habían dedicado a su obra inmensa mientras vivió. Era lo esperable, y tal como están las cosas, no sería extraño que a la mayoría de los interesados por la literatura su nombre les sonara únicamente por su vinculación a Planeta, donde tenía la responsabilidad de organizar los distintos premios gordos de la editorial. Quizá no esté de más recordar que para él ese trabajo fue sólo un mero ganapán, con el que criar a una gran familia, de la que tanto le gustaba presumir y a los que adoraba casi tanto como a su mujer, la pintora Marta Lagarriga.
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Carlos Pujol era católico practicante, pero no al tosco modo que suele gastarse entre nosotros, sino de la pequeña facción civilizada y tolerante. Pero para mí era, sobre todo, un hombre sabio, afable, discreto y bueno, además de generoso con sus inmensos saberes. Ahora que ya no está, empezaremos a darnos cuenta de que se trataba de un ser irrepetible, sobre todo en estos tiempos donde los escritores a menudo desalojan mucho más que pesan. Fue un ensayista ameno y lúcido, y un gran traductor. Él solía repetir que el autor que más quebraderos de cabeza le había dado, en este terreno, había sido Henry James. Fue también un crítico literario generoso y un notable narrador, poeta y aforista, al margen de modas pasajeras.
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Sorprende que un señor que tenía en su haber versiones de John Donne, Ronsard, G. M. Hopkins, la poesía romántica francesa, Emily Dickinson, Baudelaire o Verlaine -prefirió las traducciones de poesía aunque también nos dio en castellano obras en prosa de Defoe, Jane Austen, Stendhal, Proust o Simenon-, nunca mereciera el Premio Nacional de Traducción, ni ningún otro de los varios que se conceden a la traducción. ¿Por qué? Y esta interrogación podría extenderse, además, a su obra poética y narrativa, a la que tan poca atención le hemos prestado...
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Cuando yo lo conocí, a comienzos de los 80, acababa de publicar una excelente novela, La sombra del tiempo (1981), elogiosamente reseñada por Francisco Rico, tan poco dado a apostar por libros posteriores a 1650. Ya no trabajaba como profesor en la Universidad de Barcelona, pero se sentía orgulloso de haber sido discípulo de Riquer, con quien hizo su tesis. Abandonó las clases de literatura francesa en 1977 porque no le daba para vivir, pero nos ha dejado notables ensayos sobre Voltaire, Saint-Simon o Balzac; o un estudio sobre la obra de su gran amigo y vecino Juan Perucho. En casa de éste y con los poetas Alfonso Canales y Pere Gimferrer, fundó la Academia de los Ficticios, en la Avda. de la República Argentina. ¡Cuánto hubiéramos dado muchos letraheridos por que alguna vez nos hubieran permitido meter allí la nariz!  
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Poco después fueron apareciendo sus libros de poemas, entre los que prefiero Gian Lorenzo (1987). Habría que sumar, además, un puñado de novelas culturalistas, teñidas de humor y una leve ironía, entre las que destacaría El lugar del aire (1984), Es otoño en Crimea (1985) Jardín inglés (1987) o los relatos de Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes (2007), donde consigue enriquece el estilo de Conan Doyle. Otro de mis preferidos es Cuadernos de escritura (1988, ampliado en el 2009), libro singular y pleno de sabiduría literaria, compuesto de aforismos y breves artículos. Después de muchos cambios de editorial (nunca tuvo agente literario), él mismo me confesó que había hallado la tranquilidad debido a la confianza que le mostró José Ángel Zapatero, editor de Menoscuarto y Cálamo, quien le ha editado casi todos sus últimos libros, tanto en prosa como en verso, como los dos que aparecieron en el 2011, los poemas de El corazón de Dios y la novela Los fugitivos. Quienes tuvimos la inmensa fortuna de tratarlo y disfrutar de su amistad no podremos olvidar nunca a Carlos Pujol, pero dado lo mucho que hemos aprendido de él y el disfrute que nos han proporcionado sus obras, deberíamos conjurarnos para que su nombre abandone definitivamente esa clandestinidad que él tanto apreciaba.
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P.S. La tiranía del espacio, a la que todo periódico tiene que someterse, me ha impedido destacar el apoyo intelectual y el aprecio personal que le mostraron siempre a Carlos Pujol, escritores, editores y críticos, entre los que habría que destacar a Andrés Trapiello, editor en Comares de varios libros suyos, en campos como la novela, la poesía, el ensayo y la traducción, Manuel Longares, Valentí Puig, Miguel Sánchez-Ostiz, Manuel Borrás o los críticos José María Pozuelo y Ricardo Senabre.   
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* Este artículo ha aparecido publicado hoy, 24 de enero, en el diario El País, sin el P.S. final. La foto de Pujol me la remitió él mismo, para que apareciera en este blog, junto a sus aforismos. En la otra  foto se le ve con Andrés Trapiello, en la sede madrileña de la Fundación Juan March
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10 comentarios:

Francis Black dijo...

Tengo leído su libro Cuarto del alba, y ahora veo que la mayor parte de su obra poética esta reunida en un volumen por la misma editorial Comares.

Mita dijo...

Muchas gracias, es interesantísimo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy justo reconocimiento de la obra de C.P. Excelente.

Jorge Ordaz dijo...

Puedo dar fe de que era un hombre generoso, además de estupendo escritor.

Angelus dijo...

Emotiva y merecida necrológica. Saludos.

Miguel A. Zapata dijo...

Uno quisiera que toda la vida literaria fuera así, como la actividad de Carlos Pujol: honesta, profunda y sin ruido (lo que no significa, precisamente, callada). Que hoy se conozca más a cuatro agitadores sin sustancia de cualquier micromundillo literario que la obra de Pujol (o al propio Pujol) es sangrante, duele.
Pero ya sabemos cómo se juega a esto.
Sea como sea, reivindiquemos de nuevo libros como "Los fugitivos", para disfrute de los que aún no lo hayan saboreado.

Rosana Alonso dijo...

Me apunto Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes

Gracias


Un saludo cordial

Betlem Aguiló dijo...

Desde que leí la noticia, esperaba tu necrológica. Recuerdas aquella conferencia con Mainer, allá por el 85? Desde entonces he seguido su obra y siempre me ha proporcionado conocimientos y satisfacciones.

Fernando Valls dijo...

Y recuerda, Belén, que lo invitamos a Palma a dar una conferencia, y por la noche, en la Plaza Gomila, tomando una copa, sentados en la terraza de un bar, se acercó una señora para saludarlo y recordarle que había sido profesor suyo y lo mucho que había disfrutado y aprendido en sus clases de literatura francesa. Besos.

Anónimo dijo...

Gran escritor y gran pérdida. Nada que ver con los impostores que nos quieren vender los medios