martes, 25 de noviembre de 2008

Los fogonazos de ÓSCAR SIPÁN, 6

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MARADONA NO VOLVERÁ A JUGAR
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Todo dura siempre un poco más de lo que debería
Julio Cortázar

TODO LO QUE ME QUEDA de ella es un abrazo en las calles desiertas y el bonobús de otra ciudad. Empiezo de cero con una maleta cargada de libros, un galgo friolero y el invierno por delante: debo aprender a resistir. Ahora que le imploro a Dios un castigo para ella recuerdo cuando le pedía la vida eterna. Para escapar de la luz insoportable de los países que ya no veremos juntos, para no pensar en el momento exacto en que descubrí aquella hemorragia incontrolada de cariño, intento refugiarme en la infancia, el exilio más terrible; te expulsarán muchas veces, de muchos sitios, pero de ninguno como ése. Igual que los ancianos que se acercan a la muerte llaman a sus padres, yo pido asilo en mi infancia. Allí reside Lenkita, aquella niña morena de sonrisa lasciva que me enseñaba las bragas en el columpio, con las monjas de Santa Ana como paisaje de fondo, separando un poco más los muslos en cada ascensión. Tan guapa que hubiese intimidado a Paul Newman.
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Mi padre me llevó al estreno de Supermán en el Teatro Olimpia de Huesca, entre largas colas y caras iluminadas por la novedad. Al día siguiente algunos niños se arrojaron por las ventanas. Casi ninguno levantó el vuelo.

El comunismo llegó a mi barrio con la forma de las huchas de la Cruz Roja. Leandro encontró medio centenar en la basura y, cada año, nos dejábamos la piel repitiendo la frase ¿un donativo para la Cruz Roja?, para después repartirlo equitativamente entre todos.
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Los domingos rezaba, como rezan los chapistas al dios del granizo, para que llegara la hora de la película en el Teatro Salesianos. Los curas olían a naftalina, lavanda y sudor: clones de Don Bosco persiguiendo sombras por los pasillos y mandándonos callar como un ejército de replicantes de tez pálida y gafas de dictador africano. Caía la noche en la sala y yo esperaba con los ojos muy abiertos y un regaliz en la mano aquellas películas para todos los públicos de catástrofes, monstruos japoneses, comedias de la factoría Disney, bofetadas y moralina: Terremoto, con Charlton Heston y Ava Gardner, Godzilla y sus decenas de hijos bastardos, insectos gigantes afectados por radiaciones, niños superdotados, coches ridículos y perros que hablaban con acento sudamericano, Bud Spencer y Terence Hill. A la salida cambiábamos cromos y jugábamos a escondernos entre las piedras de Casa Carderera. Evoco esas piedras perdidas (gigantescas, inquietantes; solía tumbarme en una con forma de diván) como evoco la figura de Maradona sorteando jugadores.

Pero Maradona no volverá a jugar.
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3 comentarios:

Cris Monteoliva dijo...

De mayor quiero ser como Óscar...Bueno, no...Yo quiero seguir teniendo el pelo largo, la nariz grande y voz de bruja avería...Rectifico: de mayor quiero escribir como Óscar. Y no pierdo la esperanza: mi abuela tiene ya 95 años...
besos a todos,

Cris
www.labibliotecaimaginaria.es

Pedro Herrero dijo...

Mi experiencia con los Salesianos fue anterior a la que menciona este relato y tuvo lugar en una ciudad costera. No obstante, doy fe de la ración de cine dominical, con Godzilla, las hormigas gigantes y los terremotos, y también del regaliz y el intercambio de cromos en los recreos. Ya en aquella época no me gustaba el fútbol, y creo que era porque en un solo campo jugaban 6 equipos a la vez. De todas formas, el relato de Oscar Sipán me devuelve el afecto por aquellos años. A pesar de que las Lenkitas de mi generación estaban en el colegio de la acera de enfrente, protegidas por un muro inexpugnable. Un abrazo a todos.

Ada dijo...

Jo! qué casualidad, está mañana he leído un relato suyo: Cuarenta días de niebla, me ha gustado muchisimo.

Admiro la voz intimista desde la que narra, creo que no es nada fácil construír desde esa voz y no aburrir.
Un placer leerle.
Saludos