domingo, 23 de noviembre de 2008

La actriz de Chéjov. Chejoviana, 3

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La Correspondencia privada (1899-1904), entre Chéjov y la actriz Olga Knipper (Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Edición y traducción de Paul Viejo), quien luego se convertiría en su esposa, ocupa los cinco últimos años de la vida del escritor ruso. Su interés estriba en que las epístolas tratan no sólo de sus peculiares relaciones personales, pues casi siempre vivieron separados, sino también de la vinculación de ambos con el teatro. No en vano, se conocieron durante los ensayos de La gaviota, en el otoño de 1898, donde ella hacía el papel de Nina, un poco antes de que Antón pasara el primer invierno en Yalta, en busca de un clima más cálido y propicio para su salud. Sabemos también que sus relaciones íntimas empezaron a gestarse en Mélijovo, la dacha que tenía el escritor en las afueras de Moscú. Olga estaba a punto de cumplir 30 años y empezaba su carrera como actriz, mientras que él, cercano a los 40, era un reconocido autor de relatos y estaba a punto de conseguir su primer gran éxito teatral.
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La relación entre ambos estaba condicionada por el hecho de tener que vivir separados. Pero, así, ella podría continuar su carrera como actriz y él mantener su independencia. “De acuerdo, me casaré, si quiere (...). Pero (...) ella tiene que vivir en Moscú y yo viviré en el campo e iré a visitarla. Sería incapaz de aceptar ese tipo de felicidad que dura veinticuatro horas al día, día tras día”, le confiesa el escritor a Suvorin. Pero a pesar de ello, las cartas están plagadas de las ternuras y confesiones habituales entre enamorados, sin que falten los lamentos por la ausencia y las quejas por que no llegan las misivas con tanta celeridad como desearían. Tampoco escasea el humor, sobre todo en las del escritor, quien –por ejemplo- firma una carta como “Tu Toto, matasanos retirado y dramaturgo a tiempo parcial”. De haber llegado a tener un hijo, como deseaban, tenían pensado haberle puesto Pánfilo.
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El caso es que se casaron en 1901, con discreción y sin aspavientos, como apunta en una de las cartas, rompiéndoles el corazón a infinitas jóvenes fascinadas por el apuesto Antón, pero sólo un año después se produce una grave crisis en la relación al quedarse ella embarazada de otro hombre. No sabemos mucho más, al respecto, aparte de que le provocaron un aborto, pero sí que -años antes- Olga había mantenido un romance con su maestro y protector Vladimir Nemiróvich-Danchenko, quien por entonces ya estaba casado. Quizá fueran estas circunstancias, y antes de que ellas se produjeran, los celos, las que generaran un cierto rechazo hacia la esposa, sobre todo en Masha, la hermana preferida del escritor, a pesar de que ambas mujeres llegaron a tener una relación estrecha. Así, por ejemplo, Masha le escribe a Antón el día antes de su casamiento: “¡Toda esa historia de la boda me parece un horror!”. ¿No tendrán que ver con este espinoso asunto las 75 cartas que desaparecieron ya de la primera edición de la correspondencia y que nunca han llegado a ver la luz?
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No menos interesantes resultan las consideraciones sobre los entresijos del Teatro de Arte de Moscú, donde Olga trabajaba, todo un mito en la historia del arte dramático occidental, fundado en 1898 por el director y actor Konstantin Stanislavski y por Nemiróvich-Danchenko. Por ejemplo, se comenta cómo es preciso entender algunos pasajes fundamentales de Tío Vania, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, cuya gestación tanto le costó; cómo debe Olga interpretar sus papeles en estas piezas; lo extraño que resulta que se estrenen sus obras mientras sin que logre verlas en varios meses; o de que no siempre se muestra satisfecho con el trabajo de Stanislavski como director y casi nunca con el del actor....

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Los avances de su enfermedad, que él siempre intenta minimizar, surgen a menudo. Este libro, en suma, es una pequeña joya que interesará a los admiradores del Chéjov narrador y dramaturgo. Pero debería completarse en el futuro con otros tomitos dedicados a la correspondencia de Chéjov con Alekséi Suvorín, su protector y mecenas, quizá las cartas más interesantes de las infinitas que escribió; y con el citado Nemiróvich-Danchenko. Tampoco tiene desperdicio las que se intercambió con Gorki, ya traducidas al catalán, aunque sean pocas y quizá no dieran para un volumen independiente. Para que se hagan un idea, sus cartas ocupan doce volúmenes de las obras completas.....

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La personalidad de Chéjov es tan escurridiza que todo material resulta insuficiente para abarcarla lo mejor posible, para intentar entender lo que quiso contarnos en sus obras. La inclusión de un glosario de nombres propios y de un apéndice, con las cartas que Olga le sigue escribiendo, tras la muerte del escritor, me parece otro acierto más.
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* Este comentario ha aparecido publicado en la revista Mercurio, 105, noviembre del 2008.
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* En el blog de Miguel Ángel Muñoz, El síndrome Chéjov, puede verse una entrevista con Paul Viejo.
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2 comentarios:

siempreconhistorias dijo...

Pues habrá que acercarse al libro después de este suculento comentario.
Buscaré.
Izaskun

Paul Viejo dijo...

Gracias, Fernando, por aquí también.
Estoy contigo en que el chejoviano debería poder acercarse también a las cartas con Suvorin y las teatrales, que muestras a otro Chéjov más.

Sigo pendiente de estas "Chejovianas", las tuyas y las de Miguel Ángel Muñoz, que se entrecruzan.

Un abrazo,
P.