lunes, 1 de agosto de 2011

Cada mañana una ciudad, por Beatriz Alonso Aranzábal

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El Báltico que he conocido ha sido un mar muy tranquilo, una superficie azul oscura que se ha dejado surcar sin oponerse. Comenzó el crucero en Copenhague, una ciudad con vocación de cuento de hadas que se resume bien en su pequeño parque de atracciones, el Tivoli, con aires orientales, sauces llorones y farolillos de colores. Fue el único momento de todo el viaje en que llovió. Un paseo posterior hasta la Sirenita nos confirmó que es muy pequeña y que los turistas se arremolinan sin dejarla en paz. Por sus calles hombres y mujeres visten con calzado deportivo, elegantes en su atuendo de sport, y ágiles en sus andares o encima de las bicicletas.
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e de atraParque de atracciones Tivoli
cciones Tivoli
Al día siguiente en Alemania pisamos la arena de Warnemünde, pequeña localidad de veraneo donde vuelan cometas y los niños se meten en bolas gigantes de plástico que flotan en una piscina hinchable. Pocos se bañaban bajo el cielo surcado por nubes blancas, grises y algún chubasco, lo cual nos hizo desistir de intentarlo. Los veraneantes paseaban junto a los canales comprando cucuruchos de pescados ahumados, trozos enormes de peces secos, y lo acompañaban de cerveza Rostock. También se consumían perritos calientes, salchichas, crepes y helados. Y había muchos puestos de fresas. Quizá porque el día era más brillante que en Dinamarca, me pareció que los colores en las casas eran más vivos en Alemania, y como tampoco era un lugar de turistas extranjeros el inglés no servía como moneda de cambio.
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Playa de Warnemünde
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Navegando hacia Suecia pasamos de largo por nuestra siguiente escala, Visby (en la isla de Gotland), debido a un problema con la propulsión del barco, lo cual provocó un amago de motín por parte de algunos pasajeros, pero no por motivos románticos a lo Bounty, sino por el parné. Atracamos temprano en Nynäshamn, cerca de Estocolmo, adonde llegamos en autobuses que nos dejaron delante del palacio de la Ópera. Descubrí una ciudad soleada y de amplias perspectivas sobre el agua (está construida sobre 14 islas) con elegantes e históricos edificios de grandes ventanales. El casco histórico pertenecía al turismo, masivo, chancletero, capaz de esperar una hora al sol para ver un cambio de guardia en el Palacio Real. Los suecos andaban muy cerca, en las calles comerciales, entre los tenderetes de frambuesas, arándanos, cerezas y guisantes, en las paradas del tranvía o embarcando para recorrer los canales. Qué pena que no hubiera tiempo para imitarles.
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En la entrada del ayuntamiento de Estocolmo
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Al llegar a Estonia desembarcamos prácticamente dentro del casco histórico de Tallin, con las temperaturas elevándose y los mosquitos rondando a los turistas que zumbaban por las callejuelas y se metían en las pequeñas y hermosas iglesias ortodoxas (que no tienen bancos para sentarse). Fue la escala más corta asi que la visita fue brevísima, por un decorado de tonos pastel (verdes, amarillos, ocres, rosas, azules) y aires medievales. Pura historia congelada a los ojos de los visitantes.
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Fachada de la catedral de Alejandro Nevski, Tallin
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La llegada a San Petersburgo nos obligó a retrasar dos horas el reloj, afrontar una minuciosa revisión del pasaporte y visado, y sentir una sofocante temperatura de 30 grados cargada de humedad. La visita temprana al Hermitage nos evitó hacer cola a la entrada, pero no las aglomeraciones en su interior, donde seguíamos, entre codazos, a nuestra guía Kira con auriculares a través de salas ricas en mármoles de Carrara, piezas de malaquita, porcelanas, y rematadas en pan de oro. La codicia máxima de zarinas y zares, que tenían allí su Palacio de Invierno, su segunda residencia. La pinacoteca como es bien sabido es de las mejores del mundo. Pero descubrí una extraña afición, que consiste en no mirar los cuadros sino fotografiarlos: la gente hacía cola para acercarse a la obra en cuestión y disparaba. ¿Admirarían después esas obras en la soledad de la pantalla de su ordenador? De lo que pude contemplar (en el brevísimo tiempo dedicado a la pintura de nuestra excursión) me impresionó el Hijo Pródigo de Rembrandt, vi la pequeña Madonna de Leonardo da Vinci, y salté a la Polinesia en la sala de Gauguin, entre otras joyas del siglo XX. Supongo que en invierno será distinto. De hecho es tan impresionante el frío que el majestuoso río Neva, que discurre delante de los palacios que componen el Hermitage, se congela. Y para que la gente no tenga la tentación de caminar sobre sus aguas, suele pasar algún rompehielos para fragmentarlo. Otra curiosidad es que de madrugada los puentes se levantan y quien queda atrapado del otro lado del río no puede cruzarlo hasta que vuelven a bajar, pues es el momento de que las embarcaciones puedan remontar el río hasta su nacimiento en el lago Ladoga. Me encantó el repaso histórico de la ciudad con todos sus fastos y su rico pasado cultural, pero también con sus terribles momentos, como el sitio de Leningrado.
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El río Neva, y al fondo San Petesburgo
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El último día desembarcamos en Helsinki, una ciudad de aire apacible y líneas elegantes en la arquitectura de sus casas: curvas modernistas, fachadas art nouveau, edificios de Alvar Aalto. Nuestra guía mexicana, en el recorrido en autobús con paradas que hicimos antes de llegar al aeropuerto, nos puso los dientes largos imaginando unos días en alguna cabaña perdida con su sauna y su lago, su naturaleza y su soledad.
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Estación de trenes, diseñada por Eliel Saarinen,  1914
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Seis países en siete noches, gracias a un hotel flotante que no recomiendo como forma de viajar (horarios rígidos, falta de intimidad), pero en este caso el fin justificaba los medios: hacernos una idea del norte de Europa para saber adónde volver, cuando se pueda. El mundo se merece miradas más profundas, inmersión en su pasado y tiempo.
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* P.S. Durante el mes de agosto, publicaré las microcrónicas de viaje que me mandéis, seleccionando las que más me gusten. Tienen que ser inéditas e ir acompañadas de fotos. Gracias.  
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sábado, 30 de julio de 2011

`La nave de los locos´ en `El Cultural´


La revista El Cultural, del diario El Mundo, ha hecho una encuesta sobre los mejores blogs literarios cuyos resultados dio a conocer en su número de ayer, viernes: 
Os copio a continuación el texto completo que, a petición del autor del reportaje, Daniel Arjona, escribí sobre este blog, y que sólo en parte se transcribe en el suplemento. Y aunque señala Arjona que en La nave de los locos se publican, entre otras cosas, microcuentos y microrretratos, preferiría, en aras de la precisión terminológica, que a mí me importa, y mucho, que los hubiera denominado como se hace aquí: microrrelatos y autorretratos. Y sin más chincherías os copio mi texto. 

Tras superar ciertos reparos, abrí la La nave de los locos a finales de diciembre del 2007. El título no proviene de Baroja, como suelen decirme, sino de un libro del humanista alsaciano Sebastian Brandt (Das Narrenschiff, 1494). El objetivo era doble: publicar textos literarios ajenos, con la condición de que fueran inéditos; y poder escribir yo lo que me pareciera oportuno, sin límite de espacio ni condicionamientos externos de ningún tipo. Al repasar las etiquetas del blog, puede observarse que, sobre todo, ha ido acogiendo formas breves, microrrelatos y poesía, tanto de autores españoles como hispanoamericanos, consagrados, pero intentando que hubiera también jóvenes principiantes o desconocidos. Por lo que respecta a mis propias entradas, quizá destacaría las dedicadas a Berlín, y a otras ciudades europeas o americanas visitadas; así como las reseñas o comentarios críticos sobre diversos aspectos del sistema literario. Tampoco he dejado de llamar la atención, con motivo de un reconocimiento, aniversario o fallecimiento, sobre una serie de escritores o artistas que llegué a tratar y conocer, a los que no se les había prestado la atención que merecían.


A menudo las entradas vienen determinadas por la actualidad, lo que me parece de interés o simplemente sorprendente o curioso. He intentado siempre que fueran variadas (teatro, música, arte, deportes o gastronomía), pero tengo que reconocer que he pensado más en mi propio interés y placer, que en el de los posibles lectores. Casi siempre me he ocupado de asuntos que conozco y, cuando no era así, como en el caso de la música, o la ópera, he extremado mi prudencia. Pero lo que he procurado, al fin y a la postre, es que las impresiones vertidas perdurasen a lo largo del tiempo, conservando algún rasgo de interés, pues no en vano se trata de un repertorio de curiosidades personales escritas con una cierta pasión y –espero- con conocimiento de causa.  

Quizá la entrada que suscitó un debate más enconado, con algunas intervenciones de gran altura, fue un manifiesto sobre el cuento. Desde luego, un blog sin comentarios interesantes está semimuerto. En el mío he tenido la fortuna de que dejen su huella escritores, profesores y meros lectores apasionados por la literatura o, en general, las artes. El que nunca haya permitido la publicación de anónimos, ni intervenciones despreciativas o insultantes, probablemente haya debido de contribuir a una mayor calidad de los comentarios.


Otra de las facetas que prefiero del blog, y que a mí me proporciona una grata satisfacción, consiste en la elección de las ilustraciones, las fotos y cuadros que acompañan a las entradas, complementándolas y –presumo- enriqueciéndolas. En este sentido, he tenido la gran fortuna de contar con colaboradores de lujo, tales como el caricaturista y escritor LPO, quien me ha cedido generosamente su archivo, y el fotógrafo almeriense, si bien afincado en Nueva York, Francisco Uceda. Por no hablar de las frecuentes fotos de Gemma Pellicer, sin cuya colaboración este blog sería infinitamente peor. 

Concluyo con unas cuantas cifras para los muy curiosos: he publicado hasta ahora 1.517 entradas, he tenido 826.000 visitantes y 566 seguidores. Si tres años y medio después sigo publicando una entrada diaria en la bitácora no es por las estadísticas, claro está, aunque estoy muy agradecido a los visitantes, seguidores y comentaristas, sino por la satisfacción personal que produce la escritura sin otras pretensiones que las del mero placer y el puro entretenimiento.

* Los cuadros son de Lola Valls.

viernes, 29 de julio de 2011

Un día en Leipzig, y 2


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Escena del Fausto, de Goethe
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Al fondo, escena del Fausto, en el interior del Auersbachs Keller
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Café Riquet
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Bar del Museo de Bellas Artes
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Museo de Bellas Artes
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Monumento a Felix Mendelssohn-Bartholdi
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La ciudad en obras, con un cartel de Wagner
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El Museo de Bellas Artes, creado en 1837, ocupa un edificio nuevo, muy espacioso, en el que convive el arte clásico y el moderno. Es uno de esos museos de dimensiones humanas que uno puede recorrer tranquilamente en un par de horas y decir que ha disfrutado de sus pinturas, grabados, dibujos y esculturas. Mis preferidas, intentando no dar un lista prolija de obras, son las de Lower Rheinish (“El mago del amor”), Lucas Cranach el Viejo (“El baño de la ninfa en la fuente”), Hans Baldung (“Las siete edades de la mujer”), los tres Friedrich, las obras de Max Klinger (hay que ver en la ciudad la ostentosa casa renacentista familiar que mandó construir su padre), la quinta versión de “La isla de la muerte”, de Arnold Böcklin (he visto las de Berlín, Zurich y el MET de Nueva York), la “Salomé II”, de Lovis Corinth y los cuadros de Neo Rauch. De pintores españoles sólo recuerdo haber visto la “Anunciación”, de El Greco.      
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Pero si uno callejea, de acá para allá, sin rumbo fijo, como debe hacerse en todas las ciudades, y en Leipzig casi todo lo que merece la pena ser visitado está cerca, va encontrándose con espléndidos edificios barrocos y de Jugendstil, ante los que hay que detenerse, observar los detalles de sus fachadas y conocer su historia. ¿Y dónde comer? Si os contentáis con un lugar con historia, amplio, y con buena comida a un precio razonable, os aconsejo el Auerbachs Keller, situado en las galerías Mädler, donde Mefistófeles y Fausto se divierten con los estudiantes, como debieron de hacer los jóvenes Goethe y Wagner. Es una típica cervecería de comida alemana, situada en un sótano, cuyas paredes están decoradas con escenas de la leyenda de Fausto. En la entrada, antes de empezar a bajar las escaleras hay un par de grupos escultóricos, de Molitor, con escenas de la obra de Goethe. Muy cerca está la casa Riquet, fundada a mediados del XVIII, en cuya terraza puede tomarse un café y un trozo de tarta, como suelen hacer los nativos. En este exótico edificio, construido a comienzos del XX, se despachaban productos de Oriente.
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No tuve tiempo de ver, en cambio, la casa de Schiller, donde empezó el Don Carlos (“Pasaron los hermosos días de Aranjuez…”) y compuso el llamado “Himno a la alegría”, que cierra la novena sinfonía de Beethoven, ni el monumento que conmemora la derrota de Napoleón, en 1813, cerca de la ciudad, cuando el ejército se replegaba tras la campaña en Rusia, en lo que se llamó la Batalla de las Naciones que acabó con los delirios del emperador, tras cien mil muertos y heridos. Si el viaje a Leipzig se hace en coche y con tiempo suficiente, la cercana Dessau, ciudad de la Bauhaus, merece una parada. Pero, en fin, yo prefiero dedicarle otro viaje sólo a ella. Y si lleváis en el coche música de Bach (por ejemplo, las seis sonatas para violín y piano, en la versión de Jaime Laredo y Glenn Gould) mejor que mejor.         
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* Las fotos son de GP, excepto la última, que es de Luis Matilla.
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jueves, 28 de julio de 2011

Un día en Leipzig, 1


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Vía de circunvalación del centro histórico
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Plaza del Mercado, con el Ayuntamiento Viejo al fondo.
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La iglesia de San Nicolás
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Plaza junto a la iglesia de San Nicolás
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Interior de la iglesia de San Nicolás
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Interior de la iglesia de San Nicolás
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Busto de Bach, en el interior de la iglesia
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Antigua escuela de Nicolás
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Iglesia de Santo Tomás
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Iglesia de Santo Tomás
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Monumento a Bach
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Café Riquet, con sus cabezas de elefantes
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Monumento a Goethe, con el antiguo edificio de la bolsa al fondo
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Vista del Ayuntamiento viejo, en la plaza del Mercado
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En Leipzig, un día de verano con sol, el mercadillo de frutas y verduras ocupa la plaza del viejo ayuntamiento. En esta época es obligado comprar cerezas. Las terrazas están llenas de gente que comen o chupetean helados. Leipzig y Dresde son las dos grandes ciudades de Sajonia, cuya frontera limita con Polonia y la República Checa. En la historia de la antigua ciudad del este, que hoy tiene casi medio millón de habitantes, pesan sobre todo sus ferias comerciales, el importante desarrollo de la industria del libro, de las artes gráficas, iniciada en el siglo XV (el primer libro impreso, por M. Brandis, data de 1480; en 1660 aparece a la venta el primer periódico del mundo; y en 1682 la primera revista especializada), y por último, sus hijos ilustres, tanto los nacidos en ella (el pintor Max Bechmann) como los que por alguna razón vivieron en la ciudad durante algún período de tiempo como el filósofo Leibniz, los músicos Bach, Mendelsson-Bartholdy, quien pasó los últimos años de su vida en la ciudad, o Wagner, y el escritor Goethe. Excepto al autor de Tristán e Isolda, a los demás la ciudad les ha dedicado un monumento que es necesario visitar. El del autor de Werther está delante de la antigua bolsa. ¿Qué más hay que ver? Desde luego, la amplia plaza del mercado; el ayuntamiento viejo porticado, renacentista; las diversas galerías comerciales; las iglesias de San Nicolás y Santo Tomás, y el Museo de Bellas Artes. En ambas iglesias tocó Bach. Frente a la primera se haya la vieja escuela municipal donde estudiaron Leibnitz, Goethe y Wagner. En San Nicolás se reunían los lunes los opositores al régimen comunista que acabó con la marcha pacífica del 9 de octubre, en la que participaron 50.000 personas, anticipo de la caída del muro en 1989. Mientras que la iglesia de Santo Tomás, fundada en 1212 por los agustinos, es famosa por su coro de jóvenes, Thomanerchor, dirigido durante más de veinte años por el autor de los Conciertos de Brandenburgo, quien yace enterrado aquí. Los viernes por la noche y los sábados por la tarde puede oírse cantar al coro. Junto a la iglesia, está el monumento y el museo dedicados al músico.
 
* Las fotos son de Gemma Pellicer y de Luis Matilla.
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miércoles, 27 de julio de 2011

CARLOS FLOR ROMERO

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EL FIN DE LA INMORTALIDAD
           
El día que llovió para arriba Jesús, Alá y Buda controlaban el destino del planeta. Al primero al que le sorprendió el fenómeno meteorológico fue al gordo. Goterones del tamaño de una nuez caían por la calva cabeza de Buda y se deslizaban por entre sus gruesas carnes.
Jesús, que estaba a su lado no pudo evitar reírse. Sin embargo, él estaba peor si cabe. Sus lacios cabellos se pegaban a su lánguida cara que, junto a su barba desaliñada, le daban un aspecto de yonki fracasado.
Por último, a Alá, el turbante se le empapó, y del peso del agua, se le venció hacia abajo tapándole hasta los ojos.
Mírenlos, ahí los tienen, los causantes de tantos milagros y tanta leyenda, calados hasta los huesos. ¡Menudos dioses!
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EL ORIGEN DEL MUNDO
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Aquella fue la primera vez. No podía dormir. Llevaba en la cama dando vueltas un par de horas. Las sábanas, húmedas de sudor, se pegaban a su cuerpo como la túnica con la sangre de Neso al de Hércules. Al lado, su mujer respiraba profundamente. Dormía.
El hombre se levantó, orinó y se lavó la cara. Se pasó la mano mojada por la frente y por la nuca. Pensó que así, a lo mejor, se le quitaba el dolor de cabeza. Se vistió y dejó una nota a su esposa por si se despertaba. Salió a la noche.
Entró en un bar cercano. Se sentó en la barra y pidió una copa. Al poco rato apareció una chica joven con un vestido de gasa rojo. Se sentó cerca del hombre, le miró de arriba abajo y pidió un vodka con naranja. Cuatro frases hechas bastaron para que a ambos les entraran ganas de follar. Se la llevó a su casa.Subió los tres tramos de escaleras con la mujer cogida a su cuello, besándole las orejas.Abrió la puerta como pudo. La llevó a su habitación y la tiró contra la cama. Al otro lado no dormía nadie. Acabaron agotados y, abrazados, durmieron hasta el amanecer.

LA NOTA
Sobre la mesita de noche, una simple nota: “Siempre dije que suicidarse era de cobardes. Nunca dije que yo no lo fuera”.


* Carlos Flor Romero (Madrid, 1982) se ha diplomado en literatura creativa en la escuela superior de artes y espectáculos TAI y, con posterioridad, ha estudiado Filología Hispánica en la Universidad Complutense. Tiene un par de libros de relatos inéditos.
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* El cuadro es de Neo Rauch.

lunes, 25 de julio de 2011

El Sol de los indignados

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Acabamos de llegar de Sol y hemos visto cómo la plaza se llenaba de gente que venía en manifestación por Alcalá, Preciados y Arenal; gente de todas las edades, y de casi cualquier condición, coreando eslóganes y mostrando pancartas cuyos mensajes van más allá de la situación creada por la crisis. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que algo se ha puesto en marcha porque en todo este movimiento hay un enorme malestar que no solo tiene que ver con esta crisis, sino también con la desvergüenza con la que políticos, medios de comunicación y, en general, lo que antes se llamaba el establishment, dirigen el país desde hace veinticinco o treinta años. La duda es la misma que hace dos meses, es decir, si serán capaces de convertir esa indignación en objetivos políticos realizables. Así las cosas, y por ahora, no parece este movimiento ser solo flor de un día. Veremos.
(Madrid. Microcrónica y fotos de Guillermo Méndez, enviado especial de La nave de los locos.)




domingo, 24 de julio de 2011

¿Cuentos, microrrelatos? Móviles


En Los objetos nos llaman (Seix Barral, 2008), de Juan José Millás, hay un cuento brevísimo, titulado "La verdadera muerte de mamá", que si le quitáramos un par de innecesarias digresiones y lo podáramos un poco de aquí y allá, sin perder por ello su esencia, podría pasar perfectamente por un excelente microrrelato. Este podría ser un sencillo ejercicio para distinguir un cuento de un microrrelato, tras constatar que, pese a su cercanía y la confluencia de una serie de elementos en común, no responden ni a los mismos mecanismos narrativos, ni mucho menos a una actitud semejante del autor ante el texto literario. Como escribía recientemente Javier Cercas ("La tercera vedad", El País, 25 de junio del 2011), los géneros literarios se distinguen por sus rasgos formales, pero tal vez también por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan. Estos rasgos son algo que hasta los narratólogos españoles que con tan escasa pericia se han ocupado del microrrelato podrían apreciar, si por un momento dejaran de atiborrarse de teoría, a menudo mal digerida, leyeran más textos de ficción, y tuvieran un gusto y criterio mejor formado. Pero, claro, sería demasiado pedir, a quienes tanto les gusta hacer ostentanción de su embotamiento.


Por otra parte, “La verdadera muerte de mamá” es un ejemplo del papel trascendental que desempeña el móvil en la sociedad actual, hasta tal punto que para el protagonista su madre no muere realmente hasta que no se convence de que el teléfono ya no la mantiene vinculada con otra persona. Por tanto, hasta que no se le agota la batería, como si se tratara de un órgano vital. Además, el texto se vale de una pequeña intriga, pues el móvil puede esconder los últimos secretos de un difunto, ¿quizás una última relación sentimental, desconocida por el hijo? Si bien estas expectativas no se cumplen, por otro lado, como la madre ha muerto de repente, el lento agotamiento de la batería del móvil, supone, en cierta medida, una forma de poder acompañarla en su agonía. Al fin y a la postre, el móvil ha acabado convirtiéndose en el último vínculo del ser con la vida.
 

En la serie Mad men, el protagonista Don Driper, esconde todos los secretos de su enigmático pasado en una caja de zapatos. En esas fotos, documentos y chapas militares se halla contenida su historia personal, hasta que conoce a Betty, su actual mujer. La desgracia para el protagonista es que su esposa se topa con este agujero negro cuando él está vivo y ella puede pedirle cuentas. Hasta no hace mucho, nuestra vida, los recuerdos, cabían en el cajón de un mueble, cerrado con llave, o en una caja de dulce de membrillo que un día aparecía en el fondo de un armario ropero de tres cuerpos. Hoy, como cuenta Millás, quien quiera irse tranquilo al más allá, si es que mantiene algún secreto inconfesable, deberá dejar limpio de texto y fotos el móvil y el ordenador. En fin, no digáis luego que no os lo advertí.
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sábado, 23 de julio de 2011

El Tour de Cadel Evans

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Si este año Alberto Contador hubiera ganado la carrera francesa hubiera sido un acontecimiento tan extraordinario como inverosímil. No por el posible cansancio acumulado en el Giro, ni porque ha corrido sin apenas equipo, sino por la presión que ha tenido que vivir por la acusación de dopaje y por el clima hostil que ha tenido que padecer a lo largo de la carrera. El puñetazo al falso médico me pareció tan lógico como el cabezado que le propinó el gran Zidane al tosco leñero Materazzi. Y a pesar de todo ello, en estas últimas etapas, Contador  ha luchado lo indecible, aunque se haya visto que no estaba tan fino como suele ser habitual en él; incluso, a veces, parecía ausente de la carrera, perdido en la cola del pelotón.


Todo empezó de la peor manera, con las caídas que sufrieron los corredores, Contador entre ellos, durante la primera semana de carrera. El resto, hasta llegar a los Alpes, incluidas las etapas de los Pirineos, han sido bastante soporíferas. Toda la emoción se ha concentrado en los últimos días, con la derrota de Contador y el triunfo de Cadel Evans. El australiano es un ciclista que no parece agrardarle a nadie, por su manera de correr, siempre a remolque de las iniciativas ajenas, aunque sea un extraordinario contrarrelojista como hoy mismo ha demostrado. Había sido segundo en un par de ocasiones y ya tiene 34 años, por lo que quizás esta fuera su última oportunidad. Los hermanos Schleck han pecado de conservadores y maniobreros, aunque Andy es quizá quien haya hecho más méritos para ganar el Tour y su forma de correr resulta mucho más atractiva que la del siempre agazapado australiano. El español más destacado ha sido, sin duda, Samuel Sánchez, quien ha ganado una etapa y el premio de la montaña, con el horroroso maillot de lunares rojos, y siempre ha estado peleando por figurar en los puestos de cabeza.



A ver cómo se resuelve, finalmente, el caso Contador. Si es de manera positiva, como espero, lo veremos de nuevo peleando el próximo año con Andy Schleck, que ya ha sido segundo en tres ocasiones y va camino de convertirse en el nuevo Poulidor.
           

viernes, 22 de julio de 2011

Lucian Freud, in memoriam

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Ha muerto en Londres, a los 88 años, el pintor británico Lucian Freud (Berlín, 1922), uno de los grandes pintores vivos, según los expertos, de los más cotizados, y uno de mis preferidos. En el 2008 se pagaron 33,6 millones de dólares por "Benefits Supervisor Sleeping" (1995), en el que aparecía recostada en un sofá una gruesa mujer, Sue Tilley, una supervisora de subsidios sociales de Londres que posó para el artista en diversas ocasiones. Freud, nieto del fundador del psicoanalisis, del que hace unos años pudo verse una importante antológica en CaixaForum, de Barcelona, pintó, además de desnudos, numerosos retratos, autorretratos y naturalezas muertas, mostrando siempre una visión descarnada, naturalista del cuerpo humano. 
Aunque había nacido en Alemania, en 1933 emigró con su familia al Reino Unido, escapando del nacionalsocialismo. Su evolución como pintor va del surrealismo a la pintura figurativa, realista, caracterizada por la penetración psicológica de sus modelos y el minucioso examen de la relación que éstos mantienen con el artista. Valga esta entrada como modesto homenaje a quien para mí ha sido, junto con Bacon, uno de los grandes pintores de la segunda mitad del siglo XX. 









* El primer cuadro es un autorretrato del pintor. El tercero es un retrato de Bacon. En el cuarto es Bacon quien lo retrata a él. Y el quinto aparece en la cubierta de una novela española. Al primero que acierte quién es el autor, el título del libro y la editorial que lo publicó, le mandaré un buen libro de regalo. 
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jueves, 21 de julio de 2011

¿Realidad, ficción?

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El domingo pasado, el diario El País publicaba un texto de José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval y autor de éxito en el terreno de la narrrativa histórica, en el que se contaba cómo se produjo el robo del Codex Calixtinus en la catedral de Santiago. Lo curioso del caso es que el periódico, ¿o el autor, o ambos, de mutuo acuerdo?, tras el título de la pieza, "Así robaron el Códice", se sintió/sintieron obligado/s a poner entre paréntesis que era ficción. Y aunque el citado diario no pueda tacharse precisamente de sensacionalista, a pesar de que cada vez acoja en sus páginas más frivolidades y tontunas, ni esté dirigido al público lector más popular, debió de confiar más bien poco en la capacidad de discernimiento de sus lectores, cuando tuvo que advertirles de que el relato de Corral, poco original e imaginativo, por cierto, era pura ficción. La parte buena del robo es que ha servido para que nos enteremos al fin de su contenido y de cuál es el valor del Códice sustraido, además de poder conocer la naturaleza y el lugar en donde se guardan los demás códices valiosos que atesora la iglesia. Sí alguien se anima a hacer una novela con todo este material, en la que se narre el robo en cadena de estos códices, deberá acordarse de contar con el consejo de uno de esos comerciantes que se disfrazan de editores, junto con el apoyo de periodistas culturales complacientes, y de plagar la historia preferiblemente de lugares comunes, aparte de escribirla en una prosa funcional, sin que falten -además- peripecias mil y esoterismos varios. ¡Podría convertirse en el nuevo Dan Brown, e incluso podría rodarse una película subvencionada por el Ministerio de Cultura, siempre que, en aras de la igualdad, tal y como la entiende la señora ministra, la mitad de los personajes fueran femeninos! ¡Viva la bagatela!
 

P.S. De todas formas, no seré yo quien los culpe porque hace ya tiempo que a mis estudiantes tengo que advertirles, una y otra vez, de que las lecturas obligatorias son obligatorias; o sea, que hay que leerlas, para que no se crean que todo es pura ficción. En fin, qué mundo, que diría el mejor Millás.