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domingo, 25 de julio de 2010

Para Francisco Coloane, de VIRGINIA VIDAL

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Entonces, trabajábamos en Pekín, allá por 1962. Francisco Coloane y yo, fuimos al museo a ver el famoso sismógrafo chino. Él quedó deslumbrado viendo el admirable artefacto rodeado de sapos de bronce.
Al menor movimiento de la tierra, caía una bola y con perfecta puntería caía en las fauces de un sapo.
Estuvimos largo rato en silencio contemplando el sismógrafo hasta que Francisco dijo:
“Estos sapos me recuerdan algo. Te voy a regalar un cuento que yo no escribiré jamás”.
Entonces me contó este extraño relato.
Se convirtió en capítulo en la novela aún inédita que escribí en Caracas. Allí la leyeron solo tres personas: el Padre Barnola S.J., eminente crítico literario, quien me hizo atinadas observaciones, Isabel Allende y su madre Panchita Llona. Cuando retorné a Chile, Coloane la leyó en una de las estancias en su casa de Quintero.
Ahora, a cien años de su nacimiento (19 de julio de 1910), lo publico, como homenaje a su generosidad y al permanente estímulo que me proporcionó cuando yo empezaba a novelar.
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JUEGO DEL SAPO
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—"CORAZÓN de escarcha se fue de la estancia fija la mirada frío el corazón toda la peonada sintió al ovejero... "
—¿Cordero es tu nombre o apodo?
—Ya ni me acuerdo —Cordero tararea, después dice—: Acaso ese nombre me lo endilgarían en la tierra del coirón...
—¿Qué?
—... pasto tan duro que le gasta los dientes a las ovejas. Ya le dije, niño, por allá pasé la mayor parte de mi vida con su abuelo. ¿No sabía? El padre de su padre también se llamaba Reymundo, pues...
—¿Mi padre?
—... gaucho como el que más, anduvimos cazando focas y lobos de dos pelos; juntamos plumas de avestruz, trocamos pieles de huillín y lavamos oro. Hicimos de todo, menos cazar indios.
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—¿Qué diablos es eso de cazar indios?
—Indios es un decir. Eran los originarios de esas regiones. Para que no robaran ovejas, en fin, para quitarles las tierras. Empezaron cortándoles las orejas, pero eso no bastó; los estancieros impusieron que los cazadores les llevaran los testículos de los hombres y los pechos de las mujeres. Tampoco les bastó, entonces exigieron la cabeza completa. Si hubo uno, un rumano, famoso por cazar onas, yaganes y qaweshqar, que es el verdadero nombre de los alacalufes. Con decirle que ése hasta moneda acuñada con su nombre tuvo. ¿Quién no conoce su foto junto al hombre desnudo y tumbado por él? También hubo un cazador que en un año se ganó cuatrocientas doce libras esterlinas por otras tantas cabezas bien rebanadas que entregó a sus patrones. ¿Ve? El cazador de marras era Míster Leemans: rebanó más de una cabeza de hombre por día. Para celebrarle su buena puntería, sus compañeros de caza le dieron una fiesta regada con champaña.
—¿Y todo eso pasaba aquí, en este país?
—Hijo, ay, ay, ay. ¿No ve? Aquí pasan cosas. Y se echan al olvido…
—¿Tú naciste entre esos alacalufes?
—No. Más al norte. En la Isla Grande. No conocí padre, porque apenas vine al mundo, él se fue a trabajar más al sur en una comparsa de esquila y desapareció en un lugar donde no estuve nunca, pero que mucho después pude hallar en el mapa:.
—¿Y tu padre desapareció así, no más? No sería que los abandonó?
—El abandono es normal, pero no fue el caso. Desapareció con otros cien chilotes. Dizque en Caleta Tortel, la Compañía no les quería pagar cuanto les adeudaba y el capataz Esteban Lucas Bridges los hizo envenenar a todos…
—¡No embromes! ¿Cómo se te ocurre que van a envenenar de un golpe a un centenar de hombres?
—No se me ocurrió a mí, sino a la Compañía Ganadera del Baker.
—¡De ese crimen se sabría!
—Nunca se supo y ocultaron la verdad diciendo que habían muerto de escorbuto. También contaron el cuento de que habían recibido unos sacos de harina contaminada con antisárnico. ¿Quién se va imaginar a un chilote conociendo las nalcas, canelos y cuanta hierba hay, enfermo de escorbuto? Y murieron como pescados bajo el mar. Tanto es así, que hay un lugar que llaman Isla de los Muertos donde los enterraron a todos…
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—¿Por qué no fuiste a averiguar?
—Era mi propósito cuando salí de mi casa a los once años, pero de trabajo en trabajo, fui a dar a lo más austral de la Patagonia. A mi casa volví muchos años más tarde, para encontrar la tumba de mi madre y otros parientes cercanos. Ya no me acuerdo dónde, pero tengo patente un mausoleo con dos camas barnizadas color nogal oscuro, velador y un florero, choapinos, frazadas. Nunca sabré si capricho o cumplimiento de un sueño.
—No me hables de tumbas ni cosas parecidas... ¿Por qué no volviste a tu pueblo?
—Nadie volvía cuando ya te atrapaba el país del viento, donde los ramajes y hasta los troncos siguen las huellas del humo. Todos los hombres partían. Yo tomé la decisión cuando mi madre fue a vender el último almud de papas y ya no quedaba ni harina en la casa. Trabajé en una pulpería, para los mandados. En un frigorífico trabajé. Después hice de todo: peón, carretero, ovejero, agarrador, vellonero, prensador, latero, hasta que me convertí en esquilador. No le miento si le digo que llegué a trasquilar cerca de cien ovejas por día cuando los mejores llegaban a cincuenta… Curioso, esos animalitos, son lo único suave de aquellas soledades.
—A lo mejor, por eso te dicen Cordero.
—Bien puede. O será que el nombre es destino —sonríe entre socarrón y nostalgioso— ¿Quién sabe?
—¿Siquiera tuviste momentos de buena vida?
—Uf... Un mundo bruto de hombres solos. Prohibido recibir matrimonios en las estancias. Pasaban cosas bochornosas. ¡Si había hombres que se disfrazaban de mujer! Se vendían para juntar plata y, llegado el momento, gastarla con mujeres de verdad.
—Y el abuelo ¿qué hacía por allá?
—Lo conocí muy temprano, a poco de haberme incorporado al trabajo en una estancia, cuando me fusilaron entre un montón de huelguistas.
—¡Fusilado! ¿Estás loco?
—Así no más fue. Todos amarrados ante un peñón y dan la orden de fuego. No sé cuánto tiempo pasaría. Pasa por ahí don Reymundo y entre tanto cadáver me descubre a mí, malherido, pero no muerto. Me arrastra a la cueva de un puma y me empieza a curar... Desde allí veríamos rociar con kerosén a los fusilados. Hicieron tamaña fogarata... Pasamos tiempo sin poder comer porque el estómago no aceptaba carne. Caminamos leguas y leguas, sólo mascando brotes de coirón. Hambreados.
—Pero ¿por qué los fusilaron?
—Ya no aguantábamos tanta injusticia y nos alzamos. Pero nos aniquilaron. Nos torturaban y nos hacían cavar nuestras propias fosas, después nos fusilaban. Esa es, pues, la verdadera historia, no la han escrito ni la enseñan en la escuela. Acabaron con mil quinientos huelguistas, por lo menos. Nos robaban los caballos, los aperos y los recados, hasta los perros, que esto es peor que cortarle las manos a uno...
—Y mi abuelo ¿quién era?
—Demoré en saberlo. Allá los hombres llegan a trabajar por sólo un tiempo y se van quedando, como si la soledad los amarrara. Parece que lo estuviera viendo: bien cacharpeado, de jockey, la capa de guanaco, pantalón de montar, envueltas las piernas en piales.
—¿Muy joven?
—Un cincuentón imponente... Él me resucitó, pero antes me había enseñado a leer. "Bakunin": esta fue la primera palabra que supe deletrear. Bakunin y Tolstoi, Facón Grande y el Cristo Kurt Wilckens, con la ayuda de su abuelo, me enseñaron a ser hombre de veras.
—¿Quiénes son ésos?
—El resumen de un sueño. Ya le explicaré otro día... Volviendo a don Reymundo, él por nada hablaba de su vida, algo normal en los hombres de allá. Pero con los años fui armando el rompecabezas. Algún bolichero me dio a entender que lo habían hechizado.
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—Cordero, no embromes ¿Me vas a contar un cuento de hadas? ¿Quién era la bruja?
—¡La Potra! Peor que bruja.. Empezó, cuentan, como regente de un quilombo, famosa casa de niñas donde se jugaba al sapo. Quien lo diría: ella, fugada del fin del mundo, habría de hacer estirpe.
—Bueno, cómo era la Potra?
—La piel tersa de los inviernos de nieve se le estiraba en los pómulos y bajo los párpados carnosos los ojos parecían mirar siempre muy lejos, como si ese horizonte le quedara estrecho. Acaso todavía tenía adelante a los guardias blancos matando, arrastrando a la gente de su aldea, mientras otros arrasaban con las joyitas y hasta los objetos de su culto. No. Ya no la perseguirían: ahora ella misma podía tener su propia guardia bien armada y abastecida. Qué cosa... Pronto se dio cuenta del efecto de su voz ronca ahí en el último rincón de la tierra donde iban a varar hombres de los mundos más remotos...
—¿Y el sapo?
—Es un juego muy antiguo donde se lanzan monedas al hocico de un sapo de metal. Dicen que lo trajo un chino y lo usaba para adivinar los temblores... Pero la Potra inventó un sapo único. Su cuerpo echado atrás, se levantaba las faldas y, abierta de piernas, dejaba sus partes al aire mostrando el brocal de la vida, eso sí, la cabeza siempre adelante, los ojos fijos en el jugador, sin dejar de sonreír. Prometía que ella sería de quien acertara, pero sólo debían lanzarle monedas de ley... Podía estar horas a la intemperie. La Potra. Cómo olvidar su voz ronquita. Movía la cabeza agitando el pelo recortado sobre la frente hasta más abajo de las cejas. Bajo ese pelo le brillaban los ojos color témpano levantándose hacia las sienes. Nariz de pico de águila. Tenía un no sé qué. De sólo oírle ese acento extraño como lamentarse de ventoleras o quebrarse de escarcha, un hombre se pondría a temblar de gusto...
—¿Y el abuelo?
—Era un varón altanero y bien plantado en aquel entonces. Independiente total. Pero en mala hora trató de acertar entre esas piernas de nieve, aunque nunca se había sabido de un ganador. Unos decían que la Potra se ingeniaba para emborracharlos con su famoso licor de oro antes del juego, otros fantaseaban que en el fondo de su pozo escondía un imán para rechazar las monedas. Acaso los deslumbraría enfocándolos con sus ojos de acero. De seguro, era experta en culebrear de manera invisible. Lo cierto es que uno se cegaba y le temblaba el pulso de puro comer ansia… Y no hubo en la pampa toda ni ruso ni gallego ni yugoslavo ni chileno ni argentino ni alemán ni polaco ni borracho de esos delirantes jactanciosos de sus sobrenaturales potencias, que pudiera fanfarronear de haberle echado el lazo a esa baguala. Su sapo y la matanza de indios la ayudaron para llegar a tener estancia de más de un millón de hectáreas...
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—Pero qué tuvo que ver con ella el abuelo.
—Según decían, después de jugar en vano, noche tras noche, una y otra temporada, recibió una promesa de la Potra. Para tenerla ya no le iba a hacer falta jugar, sólo bastaría con que le entregara un peso fuerte, pero multiplicado por uno, por dos, por tres, por cuatro, y así, hasta diez, nada más…Le insistió que hasta diez, no más. Un arriero juraba haber sido testigo de la infamia. Don Reymundo habría sonreído corajudo, prometiendo volver y entregarle peso sobre peso. Se perdió un buen tiempo. Trabajó como demente hasta que apenas pudo con su cinturón. Volvió sobrador al quilombo.
—Y ganó…
—Dicen que pegó un chiflido capaz de atajar a diez percherones juntos. Saludó a la Potra, pidió trago. Primero puso en el mostrador un peso. Al lado, uno sobre otro. Luego, un reluciente montoncito con una esterlina y dos pesos. Otro montón de seis esterlinas. Y fueron creciendo los montones hasta verse siete... Hasta ahí no más llegó don Reymundo. La Potra, riendo con esa amabilidad tan suya, agitó el pelo recortado encima de los ojos, guardó indiferente eso que era una fortuna para cualquiera de nosotros y le dijo que no se preocupara por el plazo, pues su palabra era ley. Después se fue a encuclillar al descampado para iniciar el juego. Él iba a demorar un buen rato en percatarse de que todo lo trabajado y por trabajar, así viviera cien años, no le alcanzaría... Pasaron añares. Don Reymundo nunca volvió a ese quilombo.
—¿Y mi abuela?
—Aguarde, no coma ansia… Él nunca más pudo abandonar esos páramos. No consiguió borrar la vergüenza de haber sido burlado por la dueña del sapo. Supe que era casado cuando una señora no tan joven llegó a buscarlo. Lo acompañó un tiempo y regresó al norte, sola y preñada. Él no le pudo cumplir la palabra de volver muy luego a reunirse con ella: moriría acarreando un piño, de un aneurisma... Yo le había prometido hacer su voluntad. Me vine a darle la noticia a la viuda y a traerle sus pertenencias: papeles, su poncho, el reloj con cadena, unas economías... Y aquí me quedé.
—¿Tú conociste a la Potra, no es cierto?
—Ay hijo. De algún modo, uno no deja de conocer a mujer semejante. Acaso mis manos le sirvieron de estribo cuando iba a montar o la habré visto envuelta en pieles de huillines que yo mismo cazara... No hay caso, se me quedó para siempre en algún resquicio de la mente su imagen: su cabeza sacudiendo las mechas sobre los ojos implacables, los piececitos escondidos en sus botinas, la corola de su falda de sarga y las randas del refajo. Los muslos de luna y hielo. Ese codiciado pero inalcanzable espejo capaz de reflejar todas nuestras hambres. Su otra boca voraz. La risa falsa. Sólo el viento helado era dueño de oprimir esas nalgas y penetrar a la que desde entonces y para siempre mientan "doña" con sumo respeto…
Cordero calla y luego entona burlón: "... a buscar el oro en penosa marcha y oro a manos llenas, Escarcha encontró".
Virginia Vidal
(Escrito en Caracas, 1981)

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* En la primera foto aparece la escritora chilena Virginia Vidal y en la segunda el también chileno Francisco Coloane (1910-2002). Las otras dos ilustraciones son de sismógrafos chinos.
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martes, 29 de junio de 2010

Entrevista sobre el cuento

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- Hoy en día hay muchos escritores vinculados al relato, tanto nuevos como veteranos, que siguen volviendo al género. ¿Crees que es un síntoma de buena salud? Ya no está tan desprestigiado, ¿no?
- Nunca me pareció que estuviera desprestigiado, ni que tuviera mala salud, buena prueba es que a partir de los años cincuenta, con continuidad, hemos tenido excelentes cultivadores del cuento, de Aldecoa, Matute, Sánchez Ferlosio, Fernández Santos y Daniel Sueiro, a José María Merino, Cristina Fernández Cubas, Javier Marías o Eloy Tizón, por sólo citar a unos pocos autores.
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- ¿Piensas que la consolidación de editoriales especializadas e Internet ha podido contribuir a que se revalorice? Concretamente, Internet está desempeñando un papel importante en el ámbito literario, sobre todo en cuanto a difusión e innovación, ¿no crees?
- Sí, las editoriales especializadas en el género, como Páginas de Espuma o Menoscuarto, han oxigenado el género, e Internet le ha proporcionado visibilidad, en forma de críticas o entrevistas. La innovación, en cambio, se produce por otras razones, creo, que poco tienen que ver con la red.
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-En el caso de que estés de acuerdo con el auge del relato, ¿a qué crees que se debe? ¿Quizás el ritmo de vida actual nos pide un tipo de narrativa más corta?
- Hay auge si existen libros de cuentos de calidad y me parece no han faltado en estas últimas décadas. No creo que el ritmo de la vida actual tenga que ver con el auge del cuento. Eso es un tópico. Buena prueba de ello es que lo que vemos en los transportes públicos es gente leyendo novelas de grueso calibre, no libros de microrrelatos.
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-¿Se cumple eso de 'Lo bueno, si breve, dos veces bueno'?
- Eso es otro tópico, en el que tampoco creo. No me gusta más un libro de cuentos en sí, que una novela, sino que depende de la calidad de los libros, sean del género que sean.
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- ¿Qué ventajas piensas que tiene el relato a la hora de escribir? ¿Y a la hora de leer?
- Ninguna. Tan difícil puede resultar escribir un buen cuento, un buen poema o una novela lograda; y lo mismo puede decirse de la lectura. Después, claro, están los gustos personales de los lectores.
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- ¿Quién es para ti el mejor autor de relatos?
- No hay mejor, sino mejores. Todos los nombres que he citado arriba son muy recomendables. Si pensamos en la literatura de otros países o lenguas, me interesan mucho Poe, Chejov, el Joyce de Dublineses, Dorothy Parker, Isaak Dinnesen, Borges, Cortázar, Carver, Alice Munro, Lorrie Moore y Quim Monzó, por sólo aducir unos pocos nombres que recuerdo ahora.
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- Respecto a la antología que has elaborado junto a Gemma Pellicer, ¿qué criterios habéis seguido en la elección de los autores? Es una narrativa muy heterogénea...
- Sí, por fortuna cultivan estéticas distintas, lo que resulta muy enriquecedor. El criterio ha sido la calidad, la variedad y la representatividad, y que hubieran hecho casi toda su obra en el siglo XXI.
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- ¿Existen unas características que distinguen a los autores españoles de relatos?
- En esencia, me parece que no, y resulta –como decía antes- un alivio.
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(De esta entrevista sólo se ha aprovechado una mínima parte, en el reportaje de Marina Martínez para el Diario Sur, de Málaga, aparecido el pasado domingo, día 27).
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* El cuadro es de Giorgio De Chirico.
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jueves, 10 de junio de 2010

La antología Siglo XXI en Madrid

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El viernes, día 11, a las 7 de la tarde, en la Librería La Central, situada en el centro de Arte Reina Sofía, se presentará la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual. Junto a los compiladores y el editor, José Ángel Zapatero, estarán presentes algunos autores, como Pilar Adón, Pablo Andrés Escapa, Jon Bilbao, Ernesto Calabuig, Matías Candeira, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Ignacio Ferrando, Víctor García Antón, Esther García Llovet, Juan Carlos Márquez, Lara Moreno, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Elvira Navarro, Javier Sáez de Ibarra y Ángel Zapata.
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La antología Siglo XXI en Zaragoza

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Hoy, jueves, 10 de junio, a las 20 horas, Menoscuarto ediciones y la Librería Los portadores de sueños tienen el gusto de invitaros a la presentación de la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, recopilación al cuidado de Gemma Pellicer y Fernando Valls. La presentación correrá a cargo de José Luis Calvo Carilla, profesor de la Universidad de Zaragoza, y se espera también la presencia e intervención de alguno de los autores: Carlos Castán, Fernando Clemot, Daniel Gascón, Cristina Grande, Ismael Grasa y Miguel Serrano Larraz.
Como de costumbre, al terminar la presentación tomaremos un vino juntos por cortesía de la D.O. Cariñena.
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sábado, 29 de mayo de 2010

Adivinanza: ¿qué libros tiene a mano José María Merino?

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* La foto, de Luis Magán, aparece hoy en el diario El País. Acaba de publicarse Historias de otro lugar (Alfaguara), recopilación de los cuentos completos de José María Merino, una buena adquisición para la Feria del Libro. Si pincháis sobre la imagen, se amplía.
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viernes, 21 de mayo de 2010

Ángel Olgoso en Madrid

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Hoy, viernes, 21 de mayo, a las 8 de la tarde, se presenta en el Cafe Libertad (c/ Libertad, 8, Madrid), el libro de cuentos Los líquenes del sueño, publicado por Tropo editores. Intervendrán, además del autor, Ángel Olgoso, Juan Jacinto Muñoz Rengel y Mario de los Santos. La nota editorial recuerda que "la crítica considera a su autor como un auténtico maestro del microrrelato y del cuento fantástico; un narrador al margen de las modas con una capacidad verbal, una versatilidad y una potencia imaginativa portentosas; un exquisito prosista y constructor de mundos extraños, alternativos, oníricos o visionarios que siempre sorprenden al lector". Por una vez, no me queda más remedio que estar de acuerdo con la nota editorial.
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lunes, 17 de mayo de 2010

Siglo XXI en Granada

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El viernes pasado, presentamos en Granada, en la librería Picasso, la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual. Tras la presentación, nos fuimos a cenar a un restaurante italiano, nos tomamos unas copas, estuvimos de charla, se habló de nuevos proyectos, e incluso vi que a algunos se le iban los pies tras la música...
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De izqda. a dcha. y de arriba abajo,
Manuel Moyano, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, FV, Miguel Ángel Muñoz,
Irene Jiménez, Pepe Cervera y Jesús Ortega.

Pepe Cervera y FV (echamos de menos a Gemma)
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Miguel Ángel Muñoz, Neuman, Moyano, FV y el perfil de Irene
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Moyano, Cervera, Irene, un trozo de Neu, Jesús Ortega, M. Á. Muñoz y Olgoso
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Cervera, Muñoz, Olgoso,
Moyano, Jesús Ortega, Irene, el editor y poeta Miguel Ángel Arcas y un trozo del rostro de la poeta Aurora Luque
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viernes, 14 de mayo de 2010

La antología Siglo XXI en Granada

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La editorial Menoscuarto y la librería Picasso tienen el placer de invitaros a la presentación en Granada de la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, de Gemma Pellicer y Fernando Valls.
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Junto a Fernando Valls, estarán presentes Ángel Olgoso, Pepe Cervera, Jesús Ortega, Miguel Ángel Muñoz, Andrés Neumán, Manuel Moyano e Irene Jiménez.
En el libro se recogen relatos de, además de los ya citados, Pilar Adón, Pablo Andrés Escapa, Jon Bilbao, Ernesto Calabuig, Matías Candeira, Carlos Castán, Cristina Cerrada, Fernando Clemot, Óscar Esquivias, Patricia Esteban Erlés, Ignacio Ferrando, Víctor García Antón, Esther García Llovet, Daniel Gascón, Cristina Grande, Ismael Grasa, Juan Carlos Márquez, Berta Marsé, Ricardo Menéndez Salmón, Lara Moreno, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Hipólito G. Navarro, Elvira Navarro, Julián Rodríguez, Javier Sáez de Ibarra, Miguel Serrano Larraz, Berta Vias Mahou y Ángel Zapata.
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Viernes, 14 de mayo, a las 19,30 horas, en la Librería Picasso.
c/ Obispo Hurtado, 5, Granada.
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El nuevo siglo nos ha traído, junto con la aceleración de la historia, una nueva hornada de escritores de relatos. Si el cuento español parecía haber gozado hasta hoy de una mala salud de hierro, Internet se ha convertido en uno de sus canales básicos de difusión, permitiéndole llevar una dieta sana y transformándose en su alimento bio, al tiempo que le insuflaba vitalidad y aumentaba su público. Los lectores que se pregunten cómo es el cuento actual en nuestro país pueden encontrar respuesta en las treinta y cinco historias atractivas y amenas aquí recogidas. Esta antología de cuentos de estéticas muy diversas, que van del realismo a lo fantástico, da buena muestra de la ambición y el vigor con los que hoy se cultiva la narrativa breve española.
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martes, 27 de abril de 2010

Presentación de la antología `Siglo XXI´

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La editorial Menoscuarto y la librería La Central tienen el placer de invitaros a la presentación en Barcelona de la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, de Gemma Pellicer y Fernando Valls.
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Además de los responsables de la edición, intervendrán los escritores Jordi Gracia e Ignacio Martínez de Pisón y estarán presentes Berta Marsé, Cristina Grande y Pepe Cervera.
En el libro se recogen relatos de Pilar Adón, Pablo Andrés Escapa, Jon Bilbao, Ernesto Calabuig, Matías Candeira, Carlos Castán, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Fernando Clemot, Óscar Esquivias, Patricia Esteban Erlés, Ignacio Ferrando, Víctor García Antón, Esther García Llovet, Daniel Gascón, Cristina Grande, Ismael Grasa, Irene Jiménez, Juan Carlos Márquez, Berta Marsé, Ricardo Menéndez Salmón, Lara Moreno, Manuel Moyano, Miguel Ángel Muñoz, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Hipólito G. Navarro, Elvira Navarro, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Jesús Ortega, Julián Rodríguez, Javier Sáez de Ibarra, Miguel Serrano Larraz, Berta Vias Mahou y Ángel Zapata.
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Martes, 27 de abril, a las 19,30 horas, en la Librería La Central.
C/ Mallorca, 237. Metro: Diagonal (L3, L5) y Provença (FGC) http://www.lacentral.com/
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El nuevo siglo nos ha traído, junto con la aceleración de la historia, una nueva hornada de escritores de relatos. Si el cuento español parecía haber gozado hasta hoy de una mala salud de hierro, Internet se ha convertido en uno de sus canales básicos de difusión, permitiéndole llevar una dieta sana y transformándose en su alimento bio, al tiempo que le insuflaba vitalidad y aumentaba su público. Los lectores que se pregunten cómo es el cuento actual en nuestro país pueden encontrar respuesta en las treinta y cinco historias atractivas y amenas aquí recogidas. Esta antología de cuentos de estéticas muy diversas, que van del realismo a lo fantástico, da buena muestra de la ambición y el vigor con los que hoy se cultiva la narrativa breve española.
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martes, 30 de marzo de 2010

El cuento según el editor Vergés, y Delibes

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En los utilísimos comentarios que Ramón García Domínguez ha escrito para la edición de las Obras completas de Miguel Delibes publicadas por Destino y Círculo de Lectores, en el 2008, recuerda que Josep Vergés (entonces José), el editor de Destino y fundador del Premio Nadal, además de la revista del mismo nombre, se mostró siempre reacio al cuento, de lo que es buena prueba su propio catálogo. Así, en una carta del 26 de febrero de 1952, le comenta a Delibes: "Creo que es un error editorial publicar libros de cuentos en un país donde casi no se venden novelas". Juicios como éste explican muchas de las carencias que la normal difusión de los libros del género padecieron en la postguerra.
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lunes, 25 de enero de 2010

El cuento en la revista Mercurio, y 2

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Así las cosas, entre mediados de los sesenta y setenta hubo unos años de un cierto decaimiento en el género, que empezó a recuperarse en 1980, con la aparición de tres libros importantes pertenecientes a Juan Eduardo Zúñiga (Largo noviembre de Madrid, 1980), Cristina Fernández Cubas (Mi hermana Elba, 1980) y Esther Tusquets (Siete miradas en un mismo paisaje, 1981). Este grupo de autores se consolidaría durante la década de los ochenta, junto a otros nombres y libros, como los de Álvaro Pombo (Relatos sobre la falta de sustancia, 1977), Luis Mateo Díez (Brasas de agosto, 1989), José María Merino (El viajero perdido, 1990; y Cuentos del Barrio del Refugio, 1994), Enrique Vila-Matas (Suicidios ejemplares, 1991; e Hijos sin hijos, 1993), Ana María Navales (Cuentos de Bloomsbury, 1991), Javier Marías (Mientras ellas duermen, 1990; y Cuando fui mortal, 1996) y Juan José Millás (Primavera de luto y otros cuentos, 1992). Todos estos nombres aparecen recogidos en mi recopilación Son cuentos. Antología del relato breve español, 1975-1993 (1993), que cuenta ya con con cinco ediciones, en un momento en que se hace balance del renacimiento del género. A los citados narradores habría que sumar el nombre de Juan Marsé, cuyo Teniente bravo (1987) tiene al menos un par de piezas, la que da título al conjunto e “Historia de detectives”, que podrían figurar en las antologías más exigentes.
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En estas dos últimas décadas, el cuento español ha pasado por diversos avatares, viniendo a cuajar en un puñado de nombres nuevos que ya a finales del XX y comienzos del XXI apuntan excelentes maneras. Se trata de Agustín Cerezales (Perros verdes, 1989), Antonio Soler (Extranjeros en la noche, 1992), Mercedes Abad (Amigos y fantasmas, 2004), Eloy Tizón (Velocidad de los jardines, 1992; Parpadeos, 2006), Carlos Castán (Frío de vivir, 1997), Javier González (Frigoríficos en Alaska, 1998), Juan Bonilla (Tanta gente sola, 2009), Gonzalo Calcedo (Temporada de huracanes, 2007), casi todos ellos recogidos en la antología Los cuentos que cuentan (1998), que preparé junto a Juan Antonio Masoliver Ródenas, quien también –por cierto- es un valioso cultivador del relato.
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Por fin, de entre las más recientes antologías del cuento español, destacaría la de Andrés Neuman, Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002), avalada por un prólogo de José María Merino. Los nuevos nombres, ya en el siglo XXI, con sus libros más significativos, podrían ser los siguientes: Javier Sáez de Ibarra (Mirar el agua, 2009); Pablo Andrés Escapa (Las elipsis del cronista, 2003), Ángel Olgoso (Los demonios del lugar, 2007), Ricardo Menéndez Salmón (Gritar, 2007), Hipólito G. Navarro (El pez volador, 2008), Óscar Esquivias (La marca de Creta, 2008) y Andrés Neuman (El último minuto, 2007). Pero, además, de entre los libros más logrados, los que parecen haberse convertido ya en referencia en lo que llevamos de nuevo siglo, figuran Capital de la gloria (2003), de Juan Eduardo Zúñiga; Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez, con más de 250.000 ejemplares vendidos; Los peces de la amargura (2006), de Fernando Aramburu, y la recopilación de Todos los cuentos (2008), de Cristina Fernández Cubas.
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El fenómeno más novedoso y significativo quizá sea el papel que viene desempeñando internet, a través de las bitácoras y páginas web (véase el blog del escritor de cuentos Miguel Ángel Muñoz, http://elsindromechejov.blogspot.com/), un formato ideal para la difusión de las formas literarias breves, en la propuesta y defensa de nuevos nombres, mediante críticas y entrevistas. Tampoco debería olvidarse la apuesta por el relato de algunas pequeñas editoriales, como Páginas de Espuma y Salto de página, en Madrid; Xordica y Tropo, en Zaragoza; y Menoscuarto, de Palencia, consagradas casi en exclusiva o prestándoles mucho interés al género, como apenas nunca había ocurrido antes.
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Sea como fuere y a pesar de todos los lamentos y pesares, en este último medio siglo, el cuento ha dado en España excelentes frutos; buena prueba de ello son los autores y libros citados, en los diversos matices que van del realismo más estricto a los distintos ribetes que ofrece lo simbólico o lo fantástico, y sus innumerables hibridaciones. Su mala salud de hierro, su crisis permanente, lo ha convertido en un territorio, ante todo, de libertad y experimentación. A la vista de los numerosos autores jóvenes que lo cultivan, así como de la calidad y ambición de sus primeras propuestas, el panorama futuro se me revela muy esperanzador.
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* En las fotos, por orden de aparición, Cristina Fernández Cubas, Esther Tusquets, Juan Eduardo Zúñiga, Javier Marías e Hipólito G. Navarro.
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sábado, 23 de enero de 2010

El cuento en la revista Mercurio, 1

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La revista Mercurio, que se regala en las librerías, le ha dedicado el informe de su número de diciembre al auge del relato. Entre los trabajos que se recogen destacan los artículos de José María Merino, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki y Clara Usón, así como una entrevista con el escritor catalán Quim Monzó. Varias de las habituales reseñas se ocupan también de libros de cuentos recientes de Amy Hempel, Tobias Wolff, Eudora Welty, Eduardo Mendoza, Daniel Kehlmann y E.A. Poe. Reproduzco, a continuación, la primera parte de mi artículo. Se trata de un sucinto panorama sobre el cuento español desde los años cincuenta.
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De Ignacio Aldecoa a Andrés Neuman
LOS ZIGZAG DE LA HISTORIA DEL CUENTO ESPAÑOL

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Es probable que el cuento español que hoy tenemos en la memoria arranque con Ignacio Aldecoa y llegue hasta el joven Andrés Neuman. Son cuatro o cinco las hornadas de narradores que se han venido desarrollando entre los extremos del realismo y lo fantástico, en torno a Poe y Cortázar, Chéjov y Carver, sin olvidar a los autores norteamericanos de la generación perdida, o a escritores tan significativos como Isak Dinnesen, Joyce, Dorothy Parker, Cheever, Borges, Rulfo y Mercè Rodoreda, por citar sólo unas pocas referencias imprescindibles; mientras que si nos atenemos al presente más rabioso, las referencias indiscutibles pasan por Alice Munro, Quim Monzó o Lorrie Moore.
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El caso es que en España el auge del cuento empezó con el grupo del 50, encabezado por el citado Aldecoa (El corazón y otros frutos amargos, 1959, me sigue pareciendo su mejor libro) así como también por Rafael Sánchez Ferlosio (“Dientes, pólvora, febrero”, no debe faltar en ninguna antología del género), Jesús Fernández Santos (Cabeza rapada, 1958), Medardo Fraile (A la luz cambian las cosas, 1959), Carmen Martín Gaite (Las ataduras, 1960), Ana María Matute (Historias de la Artámila, 1961) y Daniel Sueiro (Los conspiradores, 1963). Predominaba entonces el realismo, descarnado o lírico, irónico o kafkiano, y los maestros más frecuentados solían ser Hemingway, Faulkner, Carson McCullers, Truman Capote y el italiano Cesare Pavese.
En medio de la constante defensa del género, la participación en concursos y la búsqueda -no siempre sencilla- de una editorial que apoyara sus obras narrativas breves (recuérdese dónde aparecieron los relatos de Aldecoa ), surgió una recopilación significativa e influyente, acogida por una casa editorial académica, Gredos, la de Francisco García Pavón, Antología de cuentistas españoles contemporáneos (1959), que obtuvo un par de ediciones más, en 1966 y 1976, aun cuando su excesiva benevolencia en la elección de los autores impidiera una cierta jerarquización de nombres y obras. El mismo García Pavón, director de la editorial Taurus, le encargó por aquel entonces a Aldecoa una colección de Narraciones (1961-1968), tal fue su título, en la que aparecieron algunos de los volúmenes que pronto recordaremos, u otros no menos singulares de Carlos Clarimón, Juan Antonio Gaya Nuño y Carlos Edmundo de Ory. Respecto a los premios, entre mediados de los sesenta y de los setenta, surge el Leopoldo Alas (1955-1969), cuya primera convocatoria ganó en juvenil Vargas Llosa, el Sésamo (1955-1967) y un par que todavía hoy siguen fallándose: el Gabriel Miró (1960) y la Hucha de Oro (1966). Pero visto con la perspectiva que nos proporciona el tiempo, los premios apenas han descubierto a nuevos autores, y sólo parecen haber servido para que surja esa curiosa especie que son “los fabricantes de cuentos para concursos”, a quienes parodia con ingenio Fernando Iwasaki, en el reciente España, aparta de mi estos premios (2009).
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Y, sin embargo, el libro más sorprendente y novedoso, a pesar de sus innecesarias oscuridades, sigue pareciéndome el de Juan Benet, Nunca llegarás a nada (1961), aunque en aquel momento apenas nadie lo apreciara. El cuento vivía entonces, en perpetua crisis, como ha sido siempre, en la que los autores se lamentaban de la escasa atención que les prestaba la crítica y el poco aprecio que mostraban los editores por el género. Pero todo ello no impidió que narradores de otras hornadas sacaran a la luz volúmenes de gran calidad, tanto en el interior como en el exilio: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos (1960), de Max Aub; Cuentos republicanos (1961), de Francisco García Pavón; el ciclo de cuentos de Miguel Delibes, Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), a los que habría que añadir los nombres de Carmen Laforet, Jorge Campos, Alonso Zamora Vicente, Arturo del Hoyo, Fernando Quiñones, Juan García Hortelano, Ricardo Doménech y Antonio Pereira. Y, desde luego, los excelentes cuentistas del exilio republicano, cuya obra, en el mejor de los casos, recibimos siempre con un cierto retraso. Me refiero a Ramón J. Sender, Rosa Chacel, Manuel Chaves Nogales (A sangre y fuego, 1937), Rafael Dieste (Historias e invenciones de Félix Muriel, 1943), Francisco Ayala (Los usurpadores, 1949), Álvaro Fernández Suárez (Se abre una puerta..., 1953) y Manuel Andújar. Puede consultarse, al respecto, la cuidada antología de Javier Quiñones, Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006).
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El denominado boom latinoamericano, junto con la llamada de atención sobre sus antecedentes, cambió radicalmente el panorama, no sólo por el prestigio de la obra de Borges, Juan Rulfo y Cortázar, sino también porque otros escritores, como Alejo Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, habían cultivado el género con notable fortuna. En primer lugar, el cuento era para ellos un género prestigioso, algunos se habían consagrado como narradores de proyección internacional, así Borges o Cortázar, con sus relatos, un concepto que reivindicó el autor de Rayuela, frente al de cuento o narraciones que solían utilizar los españoles, contagiados de realismo. En segundo lugar, el relato fantástico nos proporcionaba un visión más sutil y compleja de la realidad. Y, por último, el relato ofrecía una distancia perfecta para la experimentación, aunque esto se acentuó con los años, cuando la novela, en las prostrimerías del XX, se hizo más conservadora (Continuará).
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martes, 5 de enero de 2010

`Sueño de Reyes´, de MARÍA CASTRO

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Antes de acostarse Antonio se acerca hasta donde están sus guerreros de Star Wars. Comprueba con desolación que otra vez están desperdigados, alguno incluso derribado. Jopetas, piensa y mira alrededor con cierto temor porque no sabe si ha llegado a decirlo en voz alta, lo suficientemente alta como para que su madre lo oiga y le regañe, pero no, ella todavía está en el cuarto de su hermana con sus abracitos y sus besitos y ese rollo que se traen. Todos los días igual, ya está harto, mira que se lo ha dicho, deja el libro de Los cinco boca abajo sobre la cama y se tumba en el suelo para poder colocar sus guerreros. Le ha advertido cien mil veces, un millón de veces, cuatrocientos mil millones de veces, de que no toque sus guerreros y nada, todos los días alguno abatido o sin su arma... Agita la cabeza mientras levanta a uno de los soldados del Imperio con extremo cuidado para no rozar a cualquiera de los que lo rodean y producir entonces una catastrófica caída en cadena, algo que, por otra parte, suele ocurrirle. Su madre no se entera, parece que esté en otro planeta, es fundamental que los guerreros permanezcan en sus posiciones para que puedan defenderlo de los malos, que vienen a atacarle por la noche. A veces los mayores no se enteran de nada, es desesperante, y su madre la que menos, lo único que le preocupa es no tener “trastos” molestando cuando tiene que limpiar la habitación, como si eso fuera algo importante cuando uno se está jugando la vida. Termina de colocarle la pistola a Han Solo, se asegura de que todos están en sus puestos, apuntando hacia la entrada, una posición estratégica, entre la puerta y la cama, que le asegura salir ileso de los ataques nocturnos. Son unos buenos soldados, unos soldados valientes, a pesar de su tamaño, gracias a ellos ha logrado sobrevivir durante el último año, en que un absurdo enano intentó secuestrarlo en varias ocasiones. Aunque él, todo hay que reconocerlo, también es un buen general, porque saber dónde deben colocarse los soldados para repeler bien un ataque es algo fundamental, la táctica es lo más importante en una guerra, eso se lo dijo su abuelo, que sabe mucho de guerras, por algo vivió una cuando era un niño como él. Se levanta, echa un último vistazo a su destacamento, quita el libro de encima de la cama y lo coloca en la silla, de la misma forma, abierto boca abajo, aunque sabe que su madre le regañará, pero si no se da prisa le pillará fuera de la cama y eso será peor, se mete rápido dentro y se tapa hasta los ojos. Su madre ya sale de la habitación de su hermana, oye sus pasos en el suelo de madera, entra en su cuarto, sortea a los soldados. Otra vez estos muñecos en medio, ya estoy harta, Antonio, mañana los guardas en una caja. Y el libro...qué te he dicho miles de veces, para qué quieres tantos separadores si luego no los usas, así se desloman los libros. Antonio ve cómo se dirige a la mesita de noche, saca un separador del cajón, lo coloca en el libro, lo cierra con cuidado y lo deja en la silla. Después se agacha hacia él y le da un kilo de besos, siempre igual, nunca tiene bastantes, es una besucona, no se libra de sus besos ni aunque haya dejado el libro mal y los soldados en medio, tiene unos enfados más raros...
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Buenas noches, cariño, y duérmete bien porque ya sabes que los Reyes no vienen hasta que no estás dormido. Sale del cuarto, apaga la luz y entorna la puerta. Bien, ahora hay que dormirse, los pasos de su madre se alejan, los soldados se mantienen alerta, no desfallecen nunca. Le pica un poco la nariz, mueve la mano con sigilo, hay que evitar los ruidos porque el enemigo puede aprovecharlos para avanzar posiciones. De pronto un susto, un susto tremendo que casi le corta la respiración ¡se le ha olvidado advertir a los soldados de que no disparen a los Reyes! Dios mío, qué tremendo fallo, menos mal que no se había dormido todavía, ¡menuda catástrofe se podía haber producido por su culpa! Antonio se estremece, ¿y si él es el primero, la primera casa? Mañana todos los niños despertarán sin regalos y los Reyes....muertos en su casa, la casa de Antonio y ¡en su cuarto! ¡Socorro! Tranquilo Antonio, tranquilo, no hay que perder la calma, se repite, piensa, piensa. Ahora tiene que sacar la mano fuera de la cama para encender la luz, es una maniobra delicada, muy delicada, como buen estratega que es, sabe perfectamente que es un movimiento que lo deja indefenso durante un instante, el instante en que su cuerpo se estira hacia la luz en una postura que le impide protegerse, segundo que el enemigo puede aprovechar vilmente, porque el enemigo no entiende de códigos de honor, para inmovilizarlo. Tendrá que confiar en que sus soldados no se hayan distraído. El interruptor está a su derecha, lo que tiene que hacer es deslizar la mano muy lentamente hasta el borde de la cama, calcular mentalmente la distancia para poder ejecutar un movimiento rápido hasta el interruptor, y hacerlo a la velocidad de la luz, así puede pillar por sorpresa al enemigo. Otra opción es dar las órdenes en voz alta, pero claro, eso es demasiado arriesgado, el enemigo, el enano absurdo, puede estar ya escuchando y aprovecharse de la ventaja de la información, hacerse pasar por Rey Mago o... algo peor: ¡atacar él mismo a los Reyes!! Antonio cierra los ojos y ensaya mentalmente la maniobra, está claro que no le quedan más opciones, y que debe darse prisa, porque ya empieza a notar el peso de los párpados, el sueño puede vencerlo en cualquier momento. Mueve la mano, al menos está seguro de que le ha dado orden a su cerebro de que lo haga, y nota el frescor de la sábana en esas zonas fronterizas en las que no suele adentrarse. Eso es bueno, lo espabila un poco, un poquito, tiene que ser fuerte, tiene que resistir, hay demasiadas cosas que dependen de él esta noche. La mano llega con éxito hasta el final del colchón, avanza un poco más y nota cómo sus dedos se asoman al abismo negro y frío, no temáis, no os abandonaré, piensa. Ahora hay que contar hasta tres para sincronizar los movimientos. Uno, dos tres... Antonio salta sobre el interruptor, al tiempo que pega un grito. Se hace la luz. Escucha los pasos rápidos de su madre por las escaleras, ¿habrá gritado tan fuerte? No tiene mucho tiempo, hay que dar la orden antes de que llegue su madre y le desbarate el plan, le obligue a meterse en la cama y a taparse, siempre tan preocupada por los catarros. Se acerca a sus soldados: ATENCIÓN SOLDADOS, MUY IMPORTANTE: NO DISPARÉIS A LOS REYES. Y corre a la cama y vuelve a taparse hasta los ojos.
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* Nací en Madrid en 1969. Ciudad en la que vivo desde entonces. Empecé la carrera de Filosofía, pero terminé la de Periodismo. En la prehistoria de mi vida tocaba el piano. Por mi amor a la música y mi deseo de que mis hijos lo compartieran, me embarqué con una amiga, Gádor Soriano, en la formación de un coro infantil, el coro carambola, con el que ahora estamos preparando la ópera infantil Una buena receta, para coro de voces blancas y piano, con música de Gádor y letra mía, que esperamos estrenar en mayo de este año. Tengo dos novelas y un libro de relatos, Lo que nos tocó vivir, inéditos.
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viernes, 11 de diciembre de 2009

Los cuentos de Isabel Núñez

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Como una excepción, y sin que sirva de precedente, voy a anunciar la presentación de un libro. Se trata de un volumen de cuentos de Isabel Núñez, Algunos hombres… y otras mujeres. Además de la autora, intervendrán el poeta y editor Antoni Clapés, la traductora y cineasta Elena Villalonga, el profesor Álvaro de la Rica y el editor José Ángel Zapatero, director de la editorial de Menoscuarto.
Viernes, 11 de diciembre del 2009, a las 19,30 horas, en la Librería La Central (c/ Mallorca, 237).
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domingo, 22 de noviembre de 2009

Los cuentos de Álvaro Fernández Suárez

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De los escritores que formaron parte del exilio republicano español uno de los menos conocidos quizá siga siendo Álvaro Fernández Suárez (1906-1990), a pesar de la calidad indiscutible de su única novela y de sus dos libros de cuentos. Hermano perro (La novela de los tiempos), se publicó en México en 1942, siendo reeditada por Edicios do Castro en el 2006, con un prólogo de Ignacio Soldevila Durante. Se trata, en suma, de una narración antimilitarista, contra las guerras.
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Respecto a sus cuentos, el primer libro, Se abre una puerta... (1953) se acaba de reeditar en KRK, de Oviedo, con un prólogo mío. Son fábulas existencialistas, el autor las tacha de "celestiales" e "infernales", atípicas tanto por lo que se refiere al cuento que se cultiva en España, como respecto a los que escribían los exiliados. En estas seis narraciones, se tratan algunos de los problemas filosóficos y políticos candentes tras la Segunda Guerra Mundial. El libro apareció en la mítica editorial Sur, de Victoria Ocampo, vinculada a la no menos prestigiosa revista del mismo nombre. Creo que Álvaro Fernández Suárez es un eslabón imprescindible para entender la trayectoria del cuento español a comienzos de la segunda mitad del siglo XX. Me parece que estos relatos no decepcionarán a ningún amante del género.

domingo, 8 de noviembre de 2009

`Winesburg, Ohio´, de Sherwood Anderson, premiado

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Los libreros catalanes le han concedido el Premio Llibreter, que cumple diez años, al libro de relatos Winesburg, Ohio, del norteamericano Sherwood Anderson (1876-1941), publicado por Acantilado en castellano y Viena Edicions en catalán, del que ya nos ocupamos aquí. Este ciclo de cuentos muestra la frustración de los habitantes de un pueblo de la América profunda.
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* En la foto, Sherwood Anderson and Elizabeth Prall, hacia 1923.
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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Fernando Clemot gana el Setenil

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El jurado del VI Premio Setenil acordó conceder el galardón a Fernando Clemot por su libro Estancos del Chiado, publicado por Paralelo Sur Ediciones, de Barcelona. El jurado estuvo compuesto por Javier Tomeo, José María Pozuelo Yvancos, José Belmonte Serrano y Manuel Moyano. El premio lo concede el Ayuntamiento de Molina de Segura (Murcia), tiene una dotación de 12.000 euros, e incluye también la inserción de anuncios en prensa, así como la edición de una separata con uno o varios relatos del ganador.
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El escritor galardonado, Fernando Clemot (Barcelona, 1970), es también filólogo y editor, y a lo largo de su trayectoria literaria ha obtenido numerosos premios en el género del relato corto, tales como el Kutxa Ciudad de San Sebastián, el Barcarola, el Ciudad de Hellín o el Villa de Benasque. Como novelista, acaba de publicar El golfo de los poetas, que fue finalista en los premios Ateneo de Sevilla y Ciudad de Logroño en el 2008. Colabora en revistas literarias como Quimera, Barcarola o Literaturas.

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Lo que llama la atención, si recordamos los finalistas, es que el jurado haya optado por un autor nuevo, saltándose -digamos- la jerarquía literaria, el prestigio de Juan José Millás, Vicente Molina Foix, e incluso el de Juan Bonilla, para apostar en favor de un escritor poco conocido, autor de una recopilación de cuentos excelente. Ésta debería ser siempre la función de los concursos literarios, premiar el mejor libro, pero también repartir juego, intentando llamar la atención sobre aquellos nuevos nombres, para quienes un premio del prestigio de éste supone un importante acicate en el empeño de seguir escribiendo con ambición, con una cierta garantía de obtener reconocimiento.

¡Felicidades a Fernando Clemot, y al jurado del premio, por su independencia!
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jueves, 29 de octubre de 2009

Sin la letra...

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Cuenta Llàtzer Moix en La Vanguardia que el relato "El final de Dubslav", incluído en el último libro de Eduardo Mendoza, Tres vidas de santos (Seix Barral), presenta una particularidad: no incluye, a lo largo de sus cuarenta páginas, la palabra que. "Es una omisión deliberada -comenta el autor-. Esta palabra se cuela por todas partes, de modo que me propuse escribir un cuento donde no apareciera ni una vez". Este ejercicio de autolimitación lingüística evoca el que practicara Georges Perec en La disparition, una novela de 320 páginas (78.000 palabras) que escribió sin utilizar ni una vez la letra e.
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A mi parecer, se semeja más a los experimentos que, mucho antes que Perec, hizo Jardiel Poncela, en cuentos en los que prescindía de una vocal, de la e. No olvidemos que el título de la novela de Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias (2006), remedaba ya otro de Jardiel, Mauricio, o una víctima del vicio, que es uno de sus llamados celuloides rancios.
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* P.D. Me acabo de dar cuenta que Eduardo Mendoza, en una entrevista que Carles Geli le hace en El País (22 de octubre), reconoce la influencia de Jardiel.
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martes, 7 de julio de 2009

Winesburg, Ohio

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Quien quiera conocer cuál ha sido la historia del cuento occidental contemporáneo, tiene que pasar por Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson (1876-1941), como debe conocer lo cuentos de Maupassant, Chejov, Henry James, Joyce e Isaak Dinesen, y no sigo por no hacer la lista apabullante. Aunque para ser más precisos, más que un libro de cuentos tradicional es lo que hoy denominamos un ciclo de cuentos, como Los cuentos del Barrio del Refugio, de José María Merino, o Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. El volumen apareció en 1919, cuando su autor tenía 33 años, y me parece que nunca volvió a escribir otra de tanto interés, ni que tuviera tanta repercusión. Pero con ella, se convirtió en la principal referencia de los narradores de la llamada generación perdida, incluso se adelantó a ellos en la visita a París, por donde pasó en 1921. En España, el libro se ha editado en varias ocasiones: Alianza (1968), Fontamara (1981, trad. de Emilio Olcina Aya), Cátedra (1990, trad. de A. Ros y ed. de Mª. Eugenia Díaz), RBA (1996, trad. de Emilio Olcina Aya) y ahora en Acantilado (2009, trad. de Miguel Temprano García), que anuncia la publicación del conjunto de su obra. En esta última ed., que es la que manejo, se echa de menos un prólogo que contextualice la obra, en el conjunto de la producción del autor y en la narrativa norteamericana y occidental contemporánea. Este mismo año se ha publicado también un volumen con sus Cuentos reunidos (Lumen), que lamentablemente no conozco.

En favor de Acantilado debe recordarse que también tiene en su catálogo, por lo que se refiere al cuento, obras de Dino Buzzati, Hawthorne y Kipling.
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jueves, 11 de junio de 2009

Los cuentos de Jardiel Poncela

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La editorial Rey Lear está llevando a cabo una meritoria labor, editando la obra narrativa breve de Enrique Jardiel Poncela, quien curiosamente no aparece nunca recogido en las mejores antologías dedicadas al género. Esta Ventanilla de cuentos corrientes se publicó por primera vez formando parte de El libro del convaleciente, aunque antes habían podido leerse en la prensa, en la colección Hispania, de Zaragoza, en 1939, y no en Biblioteca Nueva, en 1930, como se afirma tanto en los créditos como en el prólogo. Y no podía ser porque era un libro compuesto para los combatientes, no en vano se subtitulaba Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios. Ya en 1955, la editorial GP, en su célebre Enciclopedia Pulga, incluyó este mismo volumen. En él se recogen las dos célebres piezas de Jardiel Poncela, escritas sin la letra e, "Un marido sin vocación", en la que un hombre acaba enloqueciendo, tras empeñarse en fastidiar a su mujer con una conducta tan antipática como estrambótica; y sin la letra a, "El chófer nuevo", en donde un chófer, antes bombero, no puede dejar de arramblar con todo lo que encuentra a su paso. Y todo ello, mucho antes de los experimentos del OULIPO. Pero, en mi opinión, la mejor narración del conjunto es "El domador y los dos ancianos", relato que no debería faltar en ninguna antología del cuento español de la primera mitad del siglo. Así, Jardiel se mueve como pez en el agua, entre el experimento lingüístico, el absurdo y las situaciones más disparatadas, siempre hilarantes. Un prólogo mejor, hubiera supuesto la guinda del pastel.
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