lunes, 23 de julio de 2012

Ha muerto Esther Tusquets

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Dice la noticia, para mí pésima noticia, que ha muerto la editora y escritora Esther Tusquets de una pulmonía. Tenía 75 años y desde hace unos pocos padecía párkinson, lo mismo que le ocurrió a su madre, con quien mantuvo una conflictiva relación a lo largo de toda su existencia, y que tan importante lugar ocupa en su obra literaria. El inicio de la vejez no lo llevaba nada bien y se quejaba con amargura. "La vejez -escribe en su último libro- es una larga sucesión de pérdidas". Quizá pensara que la muerte andaba rondándola, pues solía afirmar que le gustaría morir en el mar, o en su piso de la calle Muntaner. Le había pedido a sus allegados que no permitieran que falleciera en un hospital, que no la incineraran, y que su hermano, el arquitecto Oscar Tusquets, le construyera un panteón cerca de Vicenza, amparado por las obras de Palladio.
Esther Tusquets ha sido una excelente editora, quizá no a la misma altura de Jorge Herralde y Beatriz de Moura, pero tampoco alejada de ellos. Con el primero mantenía una amistad que se inició en la infancia, pues se conocieron durante los veraneos en Playa de Haro. La segunda formó parte de su familia, pues estuvo casada con su hermano.  Como editora, el suyo era otro estilo, distinto, quizá más personal e incluso arriesgado, más parecido al de su reconocido maestro Carlos Barral, quien le cedería los derechos de sus dos autores más vendidos. Dirigió Lumen durante cuarenta años, destacando sus colecciones de libros infantiles (arrancó con El saltamontes verde, de Ana María Matute); la de poesía El Bardo, donde aparecieron libros de Pablo Neruda, Blas de Otero y José Agustín Goytisolo, entre otros muchos; y la singular colección Palabra e imagen, en la que aparecieron obras de Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, C.J. Cela, Cortázar, Neruda y Caballero Bonald, en diálogo con prestigiosos fotógrafos como Joan Colom, Oriol Maspons, Ramón Massats o Colita.
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Comentario aparte merece la colección de narrativa y ensayo internacional, Palabra en el tiempo, dirigida por el sabio Antonio Vilanova, quien había sido profesor suyo en la Universidad de Barcelona. Allí aparecieron obras de Samuel Beckett, James Joyce (los derechos se los regaló Carmen Balcells), Virginia Woolf, André Gide, Kafka, Céline, Marguerite Yourcenar, Hermann Broch, Giorgio Bassani, Claude Simon... La parte española de este ambiocioso catálogo tampoco estaba nada mal, con libros de Rosa Chacel, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Juan Benet y Jaime Gil de Biedma, a los que habría que añadir su último gran descubrimiento: Gustavo Martín Garzo, de quien publicó El lenguaje de las fuentes, cuando era un perfecto desconocido. Menos acierto tuvo con la colección Femenino singular. Pero los éxitos económicos llegaron con las tiras de Quino, de manos de la inolvidable Mafalda, y con la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, a quien ella había editado su producción ensayística anterior.  
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Su obra de creación está formada por novelas, cuentos y, en los últimos años, por libros memorialísticos como las conversaciones que mantuvo con su hermano Oscar (sin acento en la O, como a él le gusta), tituladas Tiempos que fueron (Bruguera, Barcelona, 2012). Su obra preferida era Varada tras el último naufragio, aunque yo destacaría, sobre todo, las novelas El mismo mar de todos los veranos (1978) y Para no volver (1985); el ciclo de cuentos Siete miradas en un mismo paisaje (1981), además de un puñado de extraordinarios relatos como "Los primos", "En la ciudad sin mar", "Carta a la madre" o "La niña lunática". Tuve la fortuna de recoger y prologar sus cuentos, primero en La niña lunática y otros cuentos (1996), libro con el que obtuvo el premio Ciudad de Barcelona, y luego en Carta a la madre y cuentos completos (Menoscuarto, Palencia, 2009).  Todas ellas se ocupan de las relaciones personales, sentimentales, de la amistad y del amor, pero lo que las singularizan son una visión femenina del mundo distinta, mucho más acorde con los tiempos que le había tocado vivir, aunque infrecuente todavía en la narrativa española.  
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Pero aun apreciando mucho su obra, siento sobre todo la muerte de la amiga querida, tímida, austera en el trato personal, pero discretamente cariñosa, extrañamente sincera y fiel a sus amigos. Mi despacho, en la Universidad Autónoma de Barcelona, está presidido por un reloj de pared que ella me regaló, diseñado por su hermano. Así la tengo a menudo siempre presente, pues aquel reloj apenas nunca funcionó.   
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5 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Una gran editora, pese a que, como ella misma confesó más de una vez, no tuviera "vocación". Y una escritora valiente (aunque no sé si el adjetivo es el más preciso). Morirse de pulmonía suena a cosa del siglo pasado (incluso a verso de romance antiguo), pero se ve que también en esto caminamos a marchas forzadas hacia la prehistoria. Descanse en paz. Y leamos sus libros.

Valentina Truneanu dijo...

Esther Tusquets vino a Suiza en octubre de 2010. Yo tenía muchos deseos de conocerla, acababa de leer su libro "Confesiones de una vieja dama indigna" y esperaba que me lo firmara. Justo ese día me enfermé y no pude asistir a la lectura que había organizado la librería LibRomania de Berna. Es triste saber que esa oportunidad nunca volverá a presentarse.
He leído que, pese a sus deseos, Esther Tusquets sí falleció en un hospital. Esperemos que haya sido en paz. Su voz seguirá viva en sus libros, que siempre nos permitirán acercarnos a ella.

Susanna Toledo dijo...

De Esther Tusquets leí no hace mucho en una entrevista que le hizo la revista ÑU, una declaración, unas palabras que me impactaron por la carga de sinceridad, tan inusual, que conllevaban: "El problema con mi madre es que yo no me he sentido nunca querida. No es que no me quisiera, es que yo no me he sentido querida." Estas son cosas que casi nunca se reconocen y, mucho menos, se dicen. Ahora, al enterarme de la noticia de su muerte, las recuerdo, y hago el propósito de leer sus libros como un sentido homenaje.

César Romero dijo...

Magnífico obituario, lleno de elocuente respeto, dolor latente y admiración razonada.
Gracias

Rosana Alonso dijo...

Que entre los libros preferidos de la autora esté incluido Siete miradas sobre un mismo paisaje me alegra mucho porque, como me sucede a menudo, fue un libro que compré de forma intuitiva y me gustó mucho, fondo y forma. Lo leí a los 18/19 creo recordar. A ver si lo encuentro.