lunes, 7 de abril de 2014

Sobre `Kassel no invita a la lógica´, de Enrique Vila-Matas

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En el corazón de Europa
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Es probable que nadie haya explicado mejor la literatura de Vila-Matas que él mismo, bien en sus propias obras bien en las entrevistas que ha ido concediendo a lo largo de los años. Ahora, cuando acaban de cumplirse cuarenta años de la publicación de su primer libro, podemos observar mejor el sentido del conjunto, sus dudas y rectificaciones, pues a las inquietudes literarias habituales se ha sumado su interés por las artes contemporáneas, otro acicate más para la propia creación.
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La historia que nos ocupa (Kassel no invita a la lógica,  Seix Barral, Barcelona, 2014) se inicia en el 2012, tras ser invitado a participar en la Documenta 13 de Kassel, quizás el mayor foco de resonancia de las vanguardias artísticas. Su papel consistía en sentarse a escribir unas horas a lo largo de cinco días en un restaurante chino situado en las afueras de la ciudad, atendiendo las preguntas que pudieran formularle, como si él mismo fuera una instalación viva. 
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En la presente obra se produce una absoluta identificación entre el autor y el narrador protagonista, incluso cuando se desdobla en Autre, su yo más conservador, y luego en el más atrevido  Piniowsky, técnica narrativa que creo que acercaría el texto al dietario, al calendario sin fechas. Sin embargo, en el momento de preguntarle al autor por el género del libro, y aunque afirme “pasar de los géneros” (p. 215), acaba decantándose por el reportaje novelado (p. 222), en el que vivencias y reflexiones aparecen narradas. Sea como fuere, la palabra novela no figura en los paratextos, sí en la faja de promoción y en la publicidad que la editorial ha insertado en este diario, aunque cuando posea muchas de sus trazas, pudiendo tratarse de una novela monofónica, al no oírse más voces que la del narrador; mientras que el resto de personajes solo la obtiene cuando se la concede el protagonista, así ocurre con la breve confesión de Boston (p. 208). El autor baraja diversos mecanismos: narrativos, memorialísticos y ensayísticos; si bien sería importante saber cómo perciben el libro los lectores más atentos.
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Podría leerse, en fin, más que en la estela de la literatura de viajes, como el relato de un vagabundeo perplejo, de lo que resulta ser una inmersión en las vanguardias artísticas, capaz de producir en Vila-Matas un impulso que en soledad y crisis creativa, propicia la reflexión sobre el estado de la cultura en un mundo a la deriva, además de sobre su propia trayectoria intelectual. Ante todo, se trata de un alegato a favor del papel que deberían desempeñar las artes renovadoras en la sociedad actual, a la vez que insiste en la necesidad de no perder el entusiasmo y la curiosidad, la capacidad de disfrute. O se muestra como un firme partidario de buscar nuevos caminos, de asumir riesgos.
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Pero como todo ello no se improvisa, se alimenta de una tradición que alejándose de la lógica racional se sustenta en la innovación, la que arranca con el Romanticismo de Jena, aunando vida y literatura (“el primer Romanticismo fue el único […] hermoso, loco, imaginativo, embelesador, profundo”, p. 231), cuya esencia reencuentra nuestro autor en Mallarmé, Kafka, Joyce, Raymond Rousell, Robert Walser y Duchamp, al mantener todos ellos la sustancia de ese primer aliento romántico.       
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Si Colapso y recuperación fue el lema de la última Documenta, Vila-Matas relaciona ambos conceptos tanto con su vida privada como con sus inquietudes artísticas, bien se trate de recuerdos de infancia, bien de su obsesión por el paso del tiempo, por una vejez que siente cercana. Y por ahí andan los mejores momentos del libro, de su escritura, como ocurre por ejemplo, en el capítulo 22, con esa confesión letanía del “quedé pensativo…”, o esas otras preguntas disfrazadas de afirmaciones, en el capítulo 28, o en el mismo desenlace, entre otros posibles. En un momento dado, nos confiesa la emoción que le producen las sardanas, lo que tratándose de un vanguardista no está nada mal.
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Si Italo Calvino afirmaba que “Turín invita a la lógica”; Kassel, en cambio, propicia en Vila-Matas la reflexión sobre lo nuevo, su afán por comprender aquello que no siempre resulta fácil, a la vez que denuncia el desapego de España por las artes y su anclaje en formas artísticas periclitadas. Así, el libro, no otra es su esencia, obliga a replantearnos ciertas preguntas acerca del sentido del arte innovador en nuestro tiempo; sobre cómo representar un mundo en crisis, en el que además, las humanidades están perdiendo protagonismo. Y a pesar de que no siempre comparta las reflexiones del autor, a veces demasiado complacientes con las instalaciones que visita, cuando no peca de reiterativo (abusa de algunos motivos, como los mcguffins, las cabañas para pensar o la brisa de aire que lo impulsa…), me parece que se trata de un sostenido alegato a favor de la renovación de las artes, literatura incluida. Aunque tal vez quepa añadir que semejantes innovaciones puedan alcanzarse por caminos distintos de los que él transita, sin renunciar a diversas formas de realismo, alejadas del decimonónico.
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Vila-Matas se plantó en Kassel a la caza de respuestas, pero regresó con renovadas preguntas y unas pocas certezas, redescubriendo ese aire diferente que posee lo innovador. Y sin embargo, he echado de menos que quien fuera Satam Alive no aprovechara su vagabundeo para recorrer también el Teufelsbrücke o Puente del diablo, una especie de instalación avant la lettre cuyo éxito dura ya más de dos siglos.   
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         El Teufelsbrücke, o Puente del diablo
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 5 de abril del 2014......          
    

3 comentarios:

Ernesto Calabuig dijo...

Muy bueno tu análisis, Fernando. Un abrazo

Purificacion Menaya dijo...

Estuve viendo y escuchando a E. Vila-MAtas en Zaragoza en el ciclo "Conversaciones con el autor" y con su peculiar sentido del humor, me convenció de que tenía que leer este libro; la anécdota del escritor en el restaurante chino da juego para ir más allá en ese recorrido por las vanguardias artísticas y su sentido. Me gustan las novelas de E. Vila-Matas (me gusta llamarlas novelas aunque para algunos no sean estrictamente las novelas en el sentido "normal" del término) por esa mezcla de reflexión y vida que aparece en ellas, ese personaje que se pregunta, que experimenta y que divaga cuando escribe sus propias experiencias. Este libro lo tengo en la lista de pendientes de leer... Y esta reseña vuelve a invitarme a su lectura.

Agencia Joyce dijo...

¿Por qué siempre me resultó antipático este escritor? Ya lo sé: porque siempre me pareció un tipo pedante. Sin haber leído nada de él me caía antipático porque tenía el prejuicio de considerarlo un tipo esnob, un pedante, un afrancesado... Bien. He leído este libro y lo he comprobado: Este escritor es un pedante que no puede dejar de serlo. Supongo que su éxito se debe a que la literatura (igual que el arte que se expone en Kassel) es solo para una minoría. Me imagino que este escritor está escribiendo todo el tiempo pensando en esa minoría de gente culta e intelectual. De todas formas, entiendo que se centre en esa minoría y pase del público general. No es tonto y sabe que el público, que la masa, pasa totalmente de lo que él escribe. En este caso, entiendo al público. No creo que vuelva a leer un libro de este escritor. Me encantaría que los que hacen de críticos se fijasen más en otros escritores y no solo en los que ya han alcanzado la fama. Por supuesto también estaría encantado con que la literatura y el arte contemporáneo fuese algo que llegase a una mayoría.