Podredumbre
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Los lectores más exigentes se quejan a veces de que apenas
se escriban relatos sobre el presente, ocupándose de la conflictiva realidad
social. Rafael Chirbes, tras la excelente Crematorio
(2007), aborda en su nueva novela, En la orilla (Anagrama, Barcelona, 2013), la actual crisis, que no ha resultado ser
solo económica, sino también social y ética. Así, nos muestra cómo se fue
gestando la debacle y de qué forma ha ido afectándonos. La acción transcurre en
Olba, un pequeño pueblo cercano a Benidorm, durante el 2010. Sirviéndose de la
primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de
diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y
completo: un microcosmos representativo del conjunto del país.
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A pesar de que la narración tenga mucho de coral, el peso
recae sobre Esteban, un hombre de 70 años cuya ebanistería y negocios inmobiliarios
acaban de irse al garete, dejando en el paro a los trabajadores. La novela está
compuesta por las reflexiones del protagonista, aunque se presenten contrastadas
por los puntos de vista de diversos allegados. Esteban rememora un pasado común,
para comprender la historia personal, familiar y social; los fantasmas que
componen una existencia. Y no está mal recordar aquí que para el autor “la
Historia es pura carnicería”. A lo largo de estas cavilaciones hacen su aparición
las distintas edades del hombre, aunque se ocupe sobre todo de la muerte, de los
numerosos contratiempos que acarrea la vejez, la degradación del cuerpo (“como
los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan”, se lee), y del poder destructor
del dinero.
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El protagonista, al igual que algunos personajes de Robert
Musil o Álvaro Pombo, es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto
de que en un momento dado afirma: “soy un esclavo en busca de amo”. Ni quiso
ser escultor de joven, ni ha sentido interés alguno, a diferencia de su padre,
por el oficio de carpintero, solo quería vivir... Y en el terreno de los
sentimientos, a pesar de que nunca ha llegado a sentir aprecio por su progenitor,
a quien tacha de “oscuro murciélago”, han terminado compartiendo sus vidas, y
él cuidándolo. Ni siquiera tuvo fortuna con las mujeres, pues las más cercanas se
alejaron de él: ni con Leonor, que triunfa como cocinera Michelín, tras casarse
con Francisco, periodista y escritor, su mejor amigo, pero a quien no estima
(en algunos aspectos, alter ego del
autor); ni tampoco con Liliana, la criada colombiana que atiende a Esteban y a
su padre, a la que despide porque ya no puede pagarle, y cuya voz, a
veces zumbona, aporta los toques de humor más sobresalientes que aparecen en la narración.
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Pero, aunque no sea necesario buscarle antecedentes nobles,
sí me gustaría recordar que el lector avezado que es Chirbes reutiliza con
sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo
calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace,
el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique. La obra, por lo que
se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, se
nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucien Freud, como en su
anterior producción.
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Chirbes nos
proporciona una visión crítica, pesimista, incluso corrosiva, pero también
lúcida, de la condición humana, como antes lo hicieron Miguel Espinosa o Thomas
Bernhard: de los perversos mecanismos que rigen el funcionamiento de la
sociedad, del triunfo y del fracaso; y de las relaciones personales: de la
lucha que mantenemos con la familia, los amigos y los subordinados. O de cómo
el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la
lujuria y la gula sobre todo. Por ello, podría emparentarse la narración con la
pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill. No sorprende,
por tanto, que el texto aparezca salpimentado con frases entre lapidarias y sentenciosas,
del tipo: “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”; “no
hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”...
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Esta obra es
una buena muestra de las infinitas y todavía inexploradas posibilidades del
realismo, aquí una estética con ribetes expresionistas que echa mano de lo
simbólico cuando lo considera adecuado, tal y como ocurre en el tratamiento que
se le da al pantano fangoso, próximo a Olba. Además, Chirbes, como casi todos
los grandes escritores, cuestiona los usos espurios del idioma, la lucha entre “el
lenguaje ideológico que oculta y el enunciativo que desnuda”. En la orilla es una gran novela que no
deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del
siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que
el capitalismo financiero, con la complicidad de los gobiernos conservadores y
la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el estado de
bienestar.
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