viernes, 21 de septiembre de 2012

Microlecturas, 9: Juan Romagnoli

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CÓMO DESCUBRÍ EL MICRORRELATO
(o el síndrome de Estocolmo)
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Comencé a escribir cuando tenía 17 o 18 años. Había sentido vagamente esa inclinación desde mis primeras lecturas de Julio Verne, en la escuela primaria. Comencé escribiendo poesía, claro, y de la mala. Poco tiempo después me pasé a la narrativa. Cuentos. Me sentía más a gusto, mi imaginación fluía mejor. Diré que me gustaba el cuento fantástico y de ciencia ficción, pero me salían cuentos “extraños”, es decir, clásicos en su forma pero acerca de lo extraño, lo improbable, lo dudoso. Eran mis primeras experiencias con la escritura y, por suerte, comprendí que necesitaba ayuda. Hacia finales de los años 80 asistí a un taller literario. Me vino bien por varias razones: Mis hijos eran muy pequeños y me encontré, sin darme cuenta, con dos trabajos, estresado y sin tiempo para escribir (sobre todo “tiempo mental”), salvo por esas dos horitas de taller semanal que por suerte tenía. Pero me era insuficiente. Yo quería, necesitaba, escribir, y para eso debía producir con mayor regularidad.
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Entonces recordé que en 2º. año de secundaria, cuando tenía 13 años, una profesora de dibujo, allá en Mendoza, nos mandó comprar un bloc de hojas lisas y un lápiz blando. La idea era realizar varios dibujos por semana (si eran varios por día, mejor), a mano alzada, y llevárselos a sus clases. Debían ser simples, y no importaba qué, ni tampoco la calidad o la inventiva; sólo importaba la cantidad, para ir soltando la mano. ¡Eso era lo que yo necesitaba! De inmediato compré un bloc de hojas (rayadas en este caso) y me dispuse a hacer mis bocetos diarios, a mano alzada. Así comencé a escribir frases sueltas, a anotar ideas (al modo de Nathaniel Hawthorne), o describir brevemente lo que veía y oía. Pasados unos meses, me di cuenta que me gustaban esas anotaciones y que, en algunos casos, lograban cierta autonomía como textos narrativos. Además, notaba que escribir las ideas para cuentos se convertía a veces en el cuento mismo, desarrollado en 4 o 5 líneas esenciales. Estaba fascinado. Se los llevé a Ana Auslender, coordinadora del taller al que asistía, y por primera vez en mi vida oí la palabra “minicuento”. Ana me animó a seguir intentándolo y lo hice, ahora ya más conciente de lo que buscaba..
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La foto está hecha, en mayo del 2011, tras la presentación de la Orden de la Brillante Brevedad.
De izq. a dch. aparecen Sandra Bianchi, Miroslav Scheuba, Luisa Valenzuela, Laura Nicastro y Juan Rogmagnoli.
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En el taller me comentaron de la revista Puro cuento, que dirigía el escritor Mempo Giardinelli . Allí supe que otros escritores cultivaban esta forma, y poco a poco mi horizonte de lectura minificcional se fue ampliando. Envié algunos textos a la revista y me aportaron devoluciones valiosas. Releí (con otro criterio ahora), Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar y la famosa antología de Borges y Bioy Casares; descubrí los “Casos” de Anderson Imbert, y luego agregué la lectura de Juan José Arreola, los maravillosos textos breves de Kafka, etc. Debo hacer un paráte, ahora, para destacar un librito que apareció ante mí por aquel entonces: La sueñera, de la argentina Ana María Shua, y que me marcó en varios sentidos: En primer lugar, porque la inventiva de la autora me deslumbró. Y en segundo lugar, porque se trataba de un libro entero de puras minificciones. Esto me resultó fascinante. Y agrego, como tercer punto, que la escritura de Ani Shua es una clase magistral, en cada uno de sus textos, de concisión y dominio de las formas breves, además de su indómito espíritu transgresor de dichas formas. Por fortuna, no caí en la trampa de querer imitarla, sino que me propuse y me aboqué a buscar mi propio estilo (o no desviarme de él, si iba por buen camino), sabiendo ya que mi objetivo, sin plazos, era acumular material para completar mi primer libro de microrrelatos.........
Por esos días recordé la revista mexicana El cuento, publicación legendaria y señera, de la cual tenía dos o tres ejemplares del año 85-86. Me suscribí pero no mandé textos de inmediato, sino que esperé a estar más sólido en mi escritura. Es así que en el año 1994 me animé y envié un par de textos, con la fortuna de que me publicaron uno: “Historia”. Unos años después, en 1999, envié algunos más y me publicaron dos: “Invitación” y “El niño y el mar” (además de una crítica generosa). Este último, inspirado en una anécdota de San Agustín, sería leído por mi compatriota Raúl Brasca, reconocido antólogo y estudioso del género, además de gran escritor. Le gustó mucho y de inmediato nos contactamos. Brasca estaba preparando su tercera antología Dos veces bueno y quería incluir mis textos. Gracias a su generosidad, pasé de ser un autor inédito y sin apuro por publicar, a ser tenido en cuenta en el pujante ámbito de la minificción.
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Enrique Anderson Imbert
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Mi horizonte de lecturas sobre el género se vio ampliado, como es natural. Fui descubriendo que Latinoamérica era un terreno muy fértil y lleno de grandes cultores del género. En México: Julio Torri, René Avilés Fabila, Salvador Elizondo, Rogelio Guedea. En Venezuela: Gabriel Jiménez Emán, Ednodio Quintero y Luis Britto García. De El Salvador: Álvaro Menén Desleal. En Colombia: Guillermo Bustamante Zamudio y Nana Rodríguez. En Chile (país prolífico en talento y producción), Vicente Huidobro, Juan Armando Epple, Diego Muñoz Valenzuela, Lilian Elphik. Uruguay, con Mario Benedetti y Eduardo Galeano. Y muchos argentinos, claro. A los ya nombrados, agrego: Marco Denevi y Luisa Valenzuela; y los más jóvenes y no menos talentosos: Orlando Romano, Fabián Vique, Alejandro Bentivoglio, Laura Nicastro, Eugenio Mandrini, etc. La lista de cultores es interminable en toda Latinoamérica, pero sólo consigno los que fui leyendo en esos años. Más recientemente, por no tener acceso antes, fui leyendo a algunos escritores españoles. Entre ellos, disfruté mucho de los microrrelatos de Ana María Matute y José María Merino, pero la lista es también extensa y de calidad.
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Excede el espacio de esta enumeración el consignar qué me gustó de cada uno de los autores nombrados, pero tal vez sirva de astrolabio decir lo que veo más o menos en común entre ellos y que es uno de los aspectos que más me atrae del género mismo: Para mi gusto, un buen microrrelato es aquel que deja en el lector la sensación de que le han metido la mano en el bolsillo sin que lo note y, sin embargo, no puede denunciar el hurto porque, de algún modo, el autor lo ha hecho sentirse cómplice. Como si el texto estableciera, entre escritor y lector, una suerte de Síndrome de Estocolmo literario.
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jueves, 20 de septiembre de 2012

Pirañas a las 7´30

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La presentación de la antología Mar de pirañas, organizada por la ACEC, será el próximo día 27, jueves, a las 7´30 de la tarde, en el Ateneo de Barcelona (c/ Canuda, 6), y correrá a cargo de la narradora CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS y el poeta, traductor y profesor JOSÉ MARÍA MICÓ.
Además, los escritores que están incluidos en la recopilación, y que lo deseen, leerán una muestra de su obra.
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miércoles, 19 de septiembre de 2012

La Kerkyra azul de Gabriel de Biurrun

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Mi primera visita a la isla fue leyendo, hace unos treinta años, de la mano de Gerald Durrell. Esta vez ha sido de verdad. Dos sueños de golpe. Ganar dinero con un microrrelato y gastármelo en un viaje a Corfú.
Decía Lawrence Durrell que a Kerkyra hay que llegar en barco, desde Italia. Me permito desobedecer, por cuestiones de calendario y de logística familiar. También desde el cielo se aprecia una isla increíble, de vegetación prieta y oscura, de playas eternas y aguas con todos los azules. No deja uno de plantearse, sin embargo, quién limpia las ventanillas de los aviones.
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Laguna de Korission
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Tras encontrar nuestro coche de alquiler, un Skoda tan feo como funcional, que parece un coche fúnebre para difuntos encogidos, nos inyectamos en un tráfico criminal. Apenas media hora de trayecto hasta Messonghi. Los carriles de las carreteras están a veces marcados con unos botones reflectantes esparcidos en el asfalto por un Pulgarcito borracho y demente. Los corfiotas parecen circular con una especie de resignación entre suicida y alevosa, sabiendo que alguien, en algún momento, cometerá un error. Es cuestión de que no te toque.
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El apartamento es lo que parecía en las fotos. Un conjunto de cubos abiertos hacia el mar, con cama y jacuzzi en la terraza, con todo el aire azul que uno pueda absorber. Desde el extremo sur de Messonghi se observa a la izquierda la costa este de la isla, Moraitika, Benitses, y casi la ciudad de Corfú. Al frente, la costa desértica de la Grecia continental, envuelta en una bruma sospechosa.
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Pelekas
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Con una vista así, y con diez días por delante, me da la risa mientras apuro en dos tragos la “Cerveza Helénica más famosa del mundo. Mythos”.
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Visitamos la ciudad de Corfú, rodeada por un caos suburbial que desemboca de pronto en la zona comercial, desde la que se accede a la ciudad vieja. Paseando sin rumbo observamos el Viejo Fuerte, atravesamos calles abarrotadas de tiendas de souvenirs, y nos encontramos junto a la Iglesia de San Spiridion, patrono de la isla. La mitad de los corfiotas se llama Spiro en su honor. Desde fuera apenas puede apreciarse la torre, las paredes lisas, amarillas, las vidrieras en las ventanas. El interior es un espectáculo de madera labrada, arañas de cristal, y un techo increíble con escenas de la vida del santo. Hay gente rezando. Casi todos rezan.
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Interior de la Iglesia de San Spiridion
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Junto al altar, en una pequeña capilla, descansa el sarcófago con los restos momificados del santo, cuyas babuchas besó apasionadamente Margo Durrell. La gente entra en una fila ordenada, se arrodillan, besan cada esquina del sarcófago, apoyan la cabeza. Junto a mí, una joven saca unas tablas de madera labrada con imágenes religiosas. Las apoya en el sarcófago, las besa, las abraza.
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Sacando fotos mientras paseamos, caigo en la cuenta de que el azul se inventó aquí. La luz ofrece unos contrastes que hacen que cualquier esquina te cautive diez minutos.
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Playa de Ermones
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No hay prisa por hacer visitas. El dueño del apartamento nos recomienda varios sitios, must go, must go, this is a go-go...

La playa de Messonghi es de piedras pequeñas. La gente sale del agua haciendo posturas de Tai-chi, descoyuntándose las caderas y los hombros, apretando los dientes por no ladrar. Sólo el primer día. Luego te acostumbras. Cuando el agua te llega a los muslos desaparecen las piedras, y la arena es fina y amable. El agua se mantiene a una temperatura constante, medio amniótica, poblada de peces y de cangrejos ermitaños, de erizos entre las rocas. Estamos a cinco minutos del apartamento. Subimos y bajamos cuando queremos por una estrecha carretera bordeada por casas viejas, envidiables, con embarcadero propio, con unos olivos que harían palidecer al roble más añoso.
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El cielo se ve más blanco desde la playa. El azul se lo come el mar, sin olas, denso y cómodo. Bucear, seleccionar cientos de piedras de la orilla, caracolas enrevesadas.
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Fortaleza antigua de Corfú
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El Monte Pantokrator es el más alto de la isla. Situado al noreste, a poca distancia de Albania, desde su cumbre se ve la isla entera. La subida en coche es larga y entretenida. Nadie se marea. El paisaje playero da paso a una atmósfera fresca de olivares en terrazas, de sombras difusas y luces filtradas. Más arriba, ya sin olivos, los cipreses oscurecen las curvas de la carreteras. Sombras densas, frescas. Y más arriba, brezos y piedras; calvas, heridas, atravesadas por una población insultante de antenas, repetidores, parabólicas, torres que zumban. Y no hay wifi.
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Allí arriba hay una capilla, un pequeño museo, y unas ganas tremendas de subirse a un árbol para tener una vista circular de toda la isla, de Albania, de Italia si el día está claro. No es tan alto, novecientos metros; pero la isla no es tan grande, y espiarla así, desde lo alto, cada playa, cada barco, los pueblos a vista de pájaro, es una especie de lujo barato. Las vistas al bajar son espectaculares, nos detenemos en Spartilas, para comer los bocadillos en un olivar, fresco, tapizado por las mallas con que recogerán las olivas.
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Más playa, esta vez Issos Beach, a diez minutos de casa, pero al otro lado de la isla, en la costa oeste. Kilómetros de arena y dunas. Las olas son de verdad. Y el sol. Hemos ido a pasar el día y alquilamos una sombrilla con tumbonas, mesa y cenicero. La parte organizada de la playa tiene un bar neo-hippie, con cojines por el suelo, y gente extraña bebiendo daikiris y café con pajita en copas de plástico. Hacia el norte, sin embargo, las parejas, la gente haciendo footing, nudistas anónimos y paseantes, se reparten cientos de metros de playa por cabeza. Respetan la distancia, la intimidad, las ganas de no oír a nadie. Un café con hielo, “ah, espresso freddo”, dos cincuenta, la madre que te parió, neo-hippie. Menos mal que soy feliz.
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En Ermones
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Más playa, junto al apartamento. Camisetas y after-sun porque nos hemos quemado los hombros. Callejeando por Messonghi descubrimos los grandes hoteles, llenos de ingleses y alemanes bailando la conga bajo las órdenes de una pequeña orquesta. Encontramos que la parte antigua del pueblo parece ser sólo el portal de una casa que aloja dos piedras de molino. Compramos el pan en un pequeño supermercado de la calle principal de Messonghi. Hablan todos los idiomas. Tienen conversaciones con todos los turistas. Hablan, de verdad, los idiomas. Al ir a pagar, dan caramelos a los niños, y un vasito con una mezcla de ouzo y zumo para los mayores. Todos los días, a todas horas. Dan ganas de hacer la compra a plazos, para beber, para brindar con el cajero al ritmo de un alargado kalimera, kalispera, buenos días, buenas tardes.
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Nos han recomendado ir a Pelekas, pueblo antiguo, que se ha mantenido muy tradicional; sea lo que sea lo que eso signifique. De camino, atravesando el interior de la isla, se sube parte del monte Agios Matthaios, desde el que se ve la costa de Pentati, un islote, otra vez toda la gama de azules; el sol de cara, que ciega y colorea de verde algunas sombras. La carretera rodea Pelekas, y nos lleva directamente al Trono del Kaiser. Desde allí, en lo más alto, el Kaiser Guillermo oteaba la isla a sus pies, tarareando, supongo, haciendo tiempo para ver el atardecer a su espalda. El sol minúsculo acunado en una nube horizontal.
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Paseamos luego por el laberinto de Pelekas, con calles estrechas, en cuesta, con escaleras, vueltas y callejones con escalones encalados, esquinas encaladas, como si hubiera habido una caprichosa nevada geométrica. De vuelta al coche nos detenemos a ver el sol sumergirse en el mar. Íñigo ve el rayo verde. Un poco.
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Atardecer azul en Messonghi
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Soñaba con alquilar un bote. Pasar un día en mi propio Bootle-Bumtrinket. No es fácil. Al final encuentro en Benitses un tipo que alquila pequeñas barcas a motor. Hablamos del precio. Se regatea él solo hasta que puedo intervenir. No es tanto, es un día, sólo una vez.
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El domingo nos saca Fanis del puerto y salta en la playa. No problem, no problem, good day. Y se va cabalgando en unos pies descalzos que parecen bogavantes. Bordeamos la costa de Benitses hacia el sur, Tsanis, Moraitika, Messonghi. Vamos hacia las playas azules de Petriti. Pagaría un dineral por ver delfines.
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Me sale gratis.
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De repente veo algo negro que sale del agua. Pienso que es una gaviota que se ha posado. No digo nada y me acerco. Ahí están. No sé si son dos o tres. Aviso a Irantzu. Ella avisa a Íñigo e Itsaso. Enmudecemos. Me acerco más y apago el motor. Nos da tiempo a ver sus lomos entrar y salir, cosiendo el agua sin ruido. Me sabe a poco, aunque recapacito y concluyo que el hombre hace lo que puede para acercarse, y, a veces –ahora– la naturaleza hace lo que quiere para alejarse.
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Entre avispas y pesca infructuosa, terminamos la jornada acalorados, sudorosos y medio deshidratados. No hay quien beba la mejor cerveza Helénica caliente.
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Más playa en Messonghi. Contamos diez, doce tipos de peces distintos. Sobrevolamos las algas. Pasamos una hora buscando la linterna de Aristóteles entre los esqueletos de erizo. Y encontramos cohombros de mar, más ermitaños verdosos y rojizos, que sacuden un latigazo dentro de casa para dar la vuelta a la concha.
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Calles de Corfú
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Desde el apartamento, a pesar de cuatro cables que raspan el horizonte, se disfrutan unos atardeceres cálidos, antes de que las avispas den paso a los mosquitos. Una especie de auroras boreales al sur, que preceden a la salida de la luna, que deja un rastro de linterna en el agua quieta.
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Paleokastritsa es la zona más turística de la isla. Cinco bahías consecutivas cinceladas, con playas arrancadas al acantilado, como prestadas a lo salvaje. Hay cuevas y pequeñas calas, y cientos de barcos pequeños, decenas de barcos grandes.
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Antes de llegar a Paleokastritsa nos hemos detenido en Ermones, donde Ulises hizo su última parada en el viaje a Ítaca. La playa es pequeña y luminosa, plagada de rocas. Parece que hay más hoteles que gente. Paradojas inmobiliarias.
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Paleokastritsa es un sitio extraño. Estás pero no has llegado. No hay un núcleo claro, sino más bien un cordón de bares y hoteles que se han apropiado de lo que debería haber sido un paseo con vistas. Los acantilados alojan casas blancas ancladas, temerarias; bares con terrazas y escaleras suicidas hacia las calas casi desiertas. No sé qué idea tienen aquí de aglomeración. Ahí queda Salou.
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Acantilado en Paleokastritsa
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Dejamos el coche en la última bahía, con una cala circular. Nos sentamos en una terraza donde un Spiro inmenso nos palmea los hombros, nos mima con agua, cerveza, vino blanco y unos helados hidrocefálicos que se derriten al ritmo vertiginoso con que el sol vuelve a hundirse, esta vez más cerca. Amo a este hombre, que representa el espíritu corfiota de amabilidad con una sonrisa de ciento cincuenta kilos, mientras disfruta viendo cómo nos reímos del atardecer, de una nube descafeinada que lleva ahí dos días, sin dar sombra, sin atreverse a intentar nada.
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No hemos visto las islas de Paxos y Antipaxos, ni la bahía de Kalami, ni tortugas en los olivares, ni lirones persiguiéndose a la luz de la luna. Me da igual. Me voy, nos vamos, con una nueva concepción del color, de la luz, de disfrutarnos en familia, de reír por puro placer.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten.
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lunes, 17 de septiembre de 2012

En Llançà, con Carver y la Tramontana, por Pedro Herrero

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Veranear en septiembre tiene sus ventajas. Hay menos gente en todas partes, todo funciona sin prisas, sin aglomeraciones. Allá donde vas, el turismo lo componen parejas de la tercera edad, familias con más hipotecas que hijos, y pringaos de diversa edad y condición. Los precios son más asequibles. Me he alojado una semana en Llançà, al norte de la Costa Brava catalana, a 12 km de la frontera con Francia. He alquilado un apartamento con vistas exclusivas a la playa, tirado de precio. He traído conmigo un libro de relatos de Raymond Carver. Para este entorno, quizá habría sido más adecuada la prosa de Josep Pla, pero creo que a Carver también le habría gustado la falta de pretensiones de mi apartamento.
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Llançà se encuentra en la comarca de l’Alt Empordà, un entorno a merced de la Tramuntana, que es un viento frío del norte, capaz de causar estragos en el ánimo de las personas. En Suiza padecen algo parecido, aunque con un viento cálido, de un ámbito más local, como es el Foehn. Según la jurisprudencia del país helvético, si se demuestra que un crimen fue cometido mientras soplaba el Foehn, ello constituye un elemento atenuante. Aquí, que yo sepa, el código penal no recoge nada parecido, y eso que somos bastante más temperamentales.
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Carver se lee bien bajo los efectos de la Tramuntana. En casa he dejado a medias un libro de relatos de Haruki Murakami: Sauce ciego, mujer dormida. En mi opinión, algunas de sus páginas huelen a Cheever. Algún planteamiento me recuerda a Auster. Alguno de sus finales parece evocar la violencia contenida de Salinger. ¡Qué no sabrán hacer estos japoneses!
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Llançà, como todos los pueblos del litoral catalán, se alimenta en gran medida del turismo. Hace su agosto en agosto, como está mandado. Las inmobiliarias que gestionan apartamentos de venta y alquiler ocupan puntos estratégicos. Los carteles en varios idiomas están a la orden del día. Los comercios se adaptan a las exigencias del mercado. Como botón de muestra, tomé una fotografía de una presunta perfumería, cuya fachada desprendía aromas inequívocamente marineros.
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Al acabar la Guerra Civil española, Llançà pasó a denominarse Llansá. La sumisión lingüística que impusieron las autoridades franquistas erosionó la toponimia local con resultados desiguales. Portbou siguió siendo Portbou, pero Figueres se convirtió en Figueras (la traducción habría sido Higueras, pero no se trataba de traducir, sino de desfigurar la etimología). Terrassa se llamó Tarrasa. A Cerdanyola la rebautizaron como Sardañola. Oficialmente, aquel cúmulo de despropósitos duró lo que tardó en morir el dictador. Aunque empresas como LLANSA S.A. (cementos y feldespatos), cuyo cartel aparece en la entrada a Llançà por la N-260, demuestren que el mundo de los negocios tiene su propia historia.

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Claro que la insensatez viaja en todas direcciones, eso que conste también. Yo vivo en Castellar del Vallès, una población de menos de 20.000 habitantes, situada al norte de Sabadell. Una vez, en la Diada del 11 de septiembre (fiesta nacional en Cataluña), algún descerebrado pintó los carteles de entrada al pueblo para que se leyera “Català del Vallès”. Hay gente que está mal de la cabeza. Además, el castellar es una planta herbácea de flores amarillas, cuya infusión tiene propiedades medicinales. Lo malo de los fanáticos (de cualquier signo) es que, cuando ocupan el poder, la vida acaba siendo algo tan turbio y errático, tan alejado de los dominios de la esperanza, como un relato de Raymond Carver.
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domingo, 16 de septiembre de 2012

Cortázar: tapas y lomos

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Uno de los asuntos que más me ha llamado la atención, en esta impresionante recopilación de la correspondencia de Julio Cortázar, es su constante interés por todos los elementos que componen el libro, por el diseño de la cubierta (la tapa, en Argentina) y el papel protagonista que para él tenía el lomo, no en vano -lo recuerda- es lo único que acabamos viendo cuando el libro está colocado en la estantería. "El lomo no lo es en absoluto sino que es la cara del libro, su parte más importante y más viva", escribe en 1962. Y todo ello a pesar de que en 1960 afirma que siempre fue un negado para las artes gráficas.
Hasta tal punto le interesaban estos temas que, a pesar de la distancia, de París a Buenos Aires, le cuenta a Francisco Porrúa, su editor, cómo se imagina sus libros, e incluso le manda maquetas con posibles ideas para su realización. Así, por ejemplo, para las Historias de cronopios y de famas le suguiere una caja insólita, más ancha que alta, con los textos ilustrados y generosos márgenes y blancos entre las distintas piezas.  Cuando recibe el libro, editado en Argentina por Minotauro, se queja de que en el lomo su nombre ha quedado reducido a J. Cortázar.
Para Rayuela piensa en un cuadro de Dubuffet, "con un graffiti mostrando el dibujo clásico de cualquier rayuelita de barrio", o en una rayuela que se extienda por la contracubierta, ocupando incluso el lomo.
En la práctica, quizá por motivos econónicos, nunca llegaron a cuajar del todo sus ideas y como él temía le encajaron la rosa en el zapato. Espero, sin embargo, que en alguna ocasión alguien se atreva a editar Rayuela con el lomo y la tapa que a él le hubiera gustado. No parece que, a estas alturas, sea mucho pedir.
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viernes, 14 de septiembre de 2012

Las cartas de Cortázar, `Rayuela´ y David Lagmanovich

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Alfaguara ha iniciado la ed. de las Cartas de Julio Cortázar, al cuidado de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, que constará de cinco volúmenes. Ya han aparecido los tres primeros. Me he zambullido en ellos, olvidando otras obligaciones más apremiantes, picoteando aquí y allá, aunque me he centrado, sobre todo, en el segundo tomo, donde se recoge la correspondencia entre 1955 y 1964, y por tanto todo lo que tiene que ver con la edición de Rayuela (1963) en la editorial Sudamericana, de Buenos Aires, en donde su interlocutor solía ser Francisco Porrúa, más que Antonio López Llausás, por quien muestra escaso aprecio. En un momento dado (carta desde París, 19 de abril de 1964), Cortázar le lista y jerarquiza a la gran crítica e investigadora Ana María Barranechea, una de las mejores expertas en su obra, las primeras reseñas de la novela, y entre las que considera más acertadas aparece la escrita por David Lagmanovich, publicada en La Gaceta de Tucumán, el 29 de marzo de 1964. En otra carta de ese mismo año, aunque posterior, dirigida a Enrique y Anita Rotzait, apunta Cortázar, al respecto: la reseña "es muy buena, y me ha gustado que alguien vea con tanta inteligencia lo que he tratado de hacer en Rayuela. Quiero decir que muchos lo han visto, pero pocos han sabido escribirlo como ese crítico. También conozco la nota de Anita Barrenechea en Sur, que es excelente" (p. 529).
A ver si algún amigo tucumano consigue localizarla y mandárnosla para que la reproduzcamos aquí, como un homenaje a esos dos grandes cronopios que fueron Cortázar y Lagmanovich, a quien le debemos las consideraciones más inteligentes que conozco sobre los microrrelatos del autor de Rayuela. Seguiremos comentando estas cartas.          
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jueves, 13 de septiembre de 2012

Ana Alonso

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MIDELT
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¿Alguno de ustedes ha visitado Midelt? Midelt es una ciudad pequeña situada en el Atlas Oriental de Marruecos, a la que las guías turísticas apenas dedican unas líneas, o definen como “ciudad sin interés turístico alguno”. Por una serie de casualidades, hace dos primaveras fui a parar allí.
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Todo empezó cuando me puse de acuerdo con una amiga para recorrer Marruecos en coche, las dos solas. Mi familia puso el grito en el cielo. Me fueron expuestos con todo lujo de detalles los riesgos a los que me exponía, pero tenía curiosidad por conocer algo del mundo de las mujeres marroquíes y, por experiencias anteriores, sabía que era imposible si había algún hombre entre los viajeros.
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Una mañana de abril mi amiga y yo cruzamos la frontera por Ceuta y emprendimos el camino  en dirección al sur. Pasados varios días, estando en Fez, decidimos hacer de un tirón el trayecto hasta Tifnit para contactar allí con los guías que organizan excursiones al desierto.
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Salimos temprano con la idea de pasar por los montes de cedros gigantes del Atlas Medio, para lo que hay que desviarse algo de la ruta principal. Tengo que decir que yo iba de copiloto y que mi sentido de la orientación nunca ha sido brillante. De hecho, cada vez que llego a un cruce, si tengo que girar a la derecha, una fuerza oculta me hace girar a la izquierda y viceversa.  Mis hijos, sabedores de esta peculiaridad mía, insistieron en la conveniencia de instalar un GPS, pero no les hice caso, acabas mirando más la pantalla que el paisaje. Pusimos, eso sí, una pequeña brújula en el salpicadero del coche.
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Transcurridas un par de horas y muchas vueltas por caminos difícilmente accesibles, en medio de espectaculares bosques pero sin identificar ni un cedro ni un alma,  recordé la existencia de la brújula que, para mi sorpresa, dirigía la aguja al Norte. Me armé de valor y admití en voz alta que nos habíamos perdido. Consultados varios planos pudimos situarnos y, después de comprender que si retrocedíamos sería peor, conseguimos llegar a otra vía que, dando una larga vuelta, también conducía a Tifnit.
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Más adelante el paisaje bruscamente cambió de montañoso a un inmenso pedregal enmarcado por el Atlas Medio, que acabábamos de dejar atrás, y las cumbres nevadas del Alto Atlas que corrían paralelas a la carretera. El sol ya estaba bajo y teníamos que buscar un sitio para dormir. Por fin, a eso de la mediatarde llegamos a Midelt.
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Accedimos por la calle principal, una hilera de casas destartaladas a un lado y otro de la carretera,  hasta encontrar un hotel abierto, bastante cutre, del que seríamos las únicas huéspedes y del que juraron (en falso) que tenía calefacción. Mientras un empleado nos ayudaba a descargar el equipaje, se inició el ritual de preguntas, de dónde eres, de España, ¡ah!, Barcelona (no sé por qué nunca dicen Madrid, o Valencia); no, Barcelona no; de qué sitio, y mi amiga, bastante harta, intentó zanjar el tema y con sonrisa malévola contestó: “de Cantabria”. Fue como un grito de guerra. Resultó que todas las familias de Midelt tenían un hijo, un hermano, un primo que trabaja en Santander, y todo el mundo sabía qué es Cantabria. La noticia corrió por todo Midelt.
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Tras la inevitable visita a la tienda de alfombras pedimos una prórroga para descansar y pasear un rato. Aparte de la fea calle principal, Midelt tiene barrios periféricos muy bonitos, separados por campos surcados por canales de riego y riachuelos y unidos por caminos poco poblados.
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Visitamos primero la kasba, en muy buen estado porque había sido objeto de restauración reciente por la UNESCO, aunque lo más interesante es que estaba habitada y en sus callejuelas jugaban niños, a través de las puertas se veía ropa tendida, y desde las ventanas se esparcía un fuerte olor a especias. Después dimos un largo paseo siguiendo el curso de un riachuelo en el que las mujeres lavaban la ropa y la colgaban a secar en las ramas de los árboles, mientras los hombres trabajaban sus trocitos de tierra, sacho en mano, o rezaban, y los burros nos miraban con cara de pocos amigos.
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El camino nos condujo a unas casas de adobe en las que un grupo de mujeres charlaba mientras cuidaban a los niños. Nos pidieron que les hiciéramos unas fotos y, después de muchas risas al ver sus imágenes en la pantalla de la cámara, nos invitaron  a compartir su cena: té dulce, galletas caseras y pan mojado en aceite de argán. Las casas eran muy sencillas, con camastros a modo de sillones alrededor de una estufa, y la televisión en el sitio principal, que encendieron como muestra de cortesía. Nosotros lo agradecimos atendiendo con mucho interés un noticiario en árabe. Tampoco faltaba un cable que colgaba de una habitación a otra y terminaba en un cargador de móvil comunitario. Pese a entendernos en el idioma universal de los gestos, que por cierto da mucho más de sí de lo que uno piensa, se empeñaron en intercambiar nuestros números de móvil.
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Regresamos al hotel casi de noche. Allí nos esperaba un sinfín de invitaciones de madres, abuelas, hermanas, para cenar o tomar el té. Como no podíamos atenderlas todas, saludamos a los que pudimos, y aceptamos tomar un té en la de nuestro amigo de Cantabria-Santander. Dijo que su casa estaba muy cerca pero nos hizo caminar, con un frío que cortaba la piel, al menos durante media hora, por caminitos de tierra que bordeaban los cultivos, sin apenas luz, a punto de rompernos la crisma.
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Llegamos a otro barrio de calles asfaltadas y casas amplias y modernas, algunas  a mitad de construcción. Nuestro amigo explicó que eran de los emigrantes, que año a año las iban terminando con sus ahorros, para cuando se jubilaran. Por fin llegamos a su casa. Nos recibió su madre, acompañada de varios hijos e hijas y un nutrido grupo de familiares. En un salón muy recargado que se veía que solo se usaba para las visitas, como antiguamente en algunas casas de España, y tras un rato de conversación la madre nos informó que tenía otra hija, Nadia, casada con un belga, que vivía en Francia pero que casualmente estaba ahora en el Valle del Dadès, donde regentaba con su marido un hotel que abría dos veces al año. Nos dio una tarjeta para su hija y encarecidas recomendaciones de que fuéramos a visitarla.
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Cuando por fin pudimos marcharnos, al borde del agotamiento, nuestro amigo se ofreció a conseguirnos un taxi: paró el primer coche que pasó por la calle y negoció que por 10 rupias nos dejara en el hotel, dónde aún nos esperaba otro rato de tertulia, esta vez solo con hombres dado lo avanzado de la hora, y donde  nos calentamos con los rescoldos del calor humano, porque lo de la calefacción había sido un timo.
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A la mañana siguiente y tras una despedida triunfal, salimos, esta vez de verdad, hacia el desierto. Quién nos iba a decir que Midelt, con su, al parecer, escaso interés turístico, nos iba a ofrecer una vida social tan  intensa.
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Días después, camino de Marraquech, paramos en el hotel de Nadia. Resultó ser un sitio maravilloso que no puedo dejar sin recomendar, “Chez Pierre” (además nos hicieron un precio especial gracias a las amistades de Midelt). Esa noche, sentadas en un comedor magnífico, la luna iluminando los desfiladeros, la vajilla impecable, Nadia encantadora, el menú exquisito, rollos de hojaldre a la menta, codornices confitadas y tartaleta de manzana, y un Rioja que sacamos del maletero del coche  (no te venden alcohol, pero te dejan que lleves tu botella), bromeamos sobre qué peligrosas aventuras tendríamos que inventar para contentar las expectativas de nuestros amigos y familiares.
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* Ana Alonso F. Aceytuno se presenta a sí misma: "Tengo 63 años. Nací en Las Palmas. Soy patóloga. Mi vida profesional ha transcurrido entre Barcelona, Canadá y Las Palmas, donde trabajo actualmente, excepto el periodo comprendido entre 1983 y 1989, en el que ocupé algunos cargos de gestión sanitaria en Canarias y Andalucía. Carezco de curriculum literario. De forma esporádica he escrito unos pocos relatos en los programas radiofónicos de Millás, sobre todo en la primera etapa, y en algunos blogs de aficionados (Ventanianos y La página de los cuentos), y he participado en dos cursos cortos a distancia de microrrelatos en La Escuela de Escritores. Eso es todo. Viajo cuando puedo y me gusta tomar notas para, al regreso, esribir pequeñas crónicas que sirvan de recuerdo. Esta forma parte de uno de esos viajes".
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martes, 11 de septiembre de 2012

Las PIRAÑAS en Barcelona

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El próximo día 27, jueves, se presentará en el Ateneo de Barcelona la antología Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español. Espero poder encontrarme con todos los autores residentes en Barcelona y alrededores, amantes del género e interesados en la literatura.  
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lunes, 10 de septiembre de 2012

Contador, Valverde, Purito...

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La edición de la Vuelta Ciclista a España que concluyó ayer me parece que ha sido una de las mejores que recuerdo, y creo que las he visto todas, desde que empezaron a televisarlas, ya en la noche de los tiempos... Ha supuesto el regreso de dos grandes, tras sus sanciones por dopaje, como son Valverde y Contador, justo vencedor, luchando y dando la cara siempre. Pero lo que más me ha impresionado, tras la gran etapa en la que Contador se hizo con el maillot rojo, es el papel que ha desempeñado Purito Rodríguez, tercero en discordia, pero no en méritos, que ha sabido perder con una elegancia insólita, reconociendo los méritos del adversario, e intentando la victoria hasta el último momento, donde todavía arrancó unos segundos a sus máximos rivales. Froome, la gran revelación de la temporada, quedó muy atrás, tras presentar batalla en las primeras etapas. El próximo Tour promete ser extraordinario, con Wiggins, Froome, Andy Schleck y los españoles, con todas las grandes figuras en competición.
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sábado, 8 de septiembre de 2012

Lentos despertares

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"Twitter te hace creer que eres alguien importante; Instagram te convence de que eres un buen fotógrafo y Facebook de que tienes muchos amigos. El despertar será difícil".
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Jean-François Leroy, fundador y director de Visa pour l´image, festival de fotoperiodismo, en Óscar Caballero, "Esplendor y agonía del fotoperiodismo", La Vanguardia, 6 de septiembre del 2012, p. 34. El cuadro es de José Manuel Ciria.
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viernes, 7 de septiembre de 2012

Gigantes, por Paloma Hidalgo

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MARCHANDO UNA DE GIGANTES
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Deseo mirar atrás, no lo hago por si la sensación que me embarga es más real de lo que yo misma supongo, y a mis espaldas encuentro algún dinosaurio  procurándose alimento entre las enormes hojas de helecho que me rodean. El fascinante paisaje que se extiende ante mis ojos parece el escenario perfecto para ubicar esas magníficas criaturas que poblaron el planeta, en pleno apogeo del Jurásico. Solo los trinos de pájaro me permiten mantener la conexión con el presente; aún así, el miedo a que un herbívoro de proporciones desmesuradas aparezca sigue latente.
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Respiro un aroma intenso, mezcla del  olor resinoso de la madera roja y esponjosa de las secuoyas con el frescor del musgo que crece  en los recovecos húmedos de las raíces. Es una de las experiencias más impactantes que jamás haya vivido. Con los pulmones llenos, disfruto del espectáculo que la luz del sol, que aún no ha alcanzado su cénit, me brinda. Sus rayos, tamizados por las ramas más altas, inciden en la corteza de los troncos desmesuradamente grandes e iluminan el bosque; una luz alizarina me envuelve con su magia y me llena de paz. Voy sembrando mis recuerdos con cada paso que doy en esta Senda de Gigantes, entre estos secuoyas que se yerguen ajenos al paso del tiempo como inmensos universos enraizados, que guardan entre sus acículas las historias que el viento les ha susurrado. Estoy en  el Secuoya National Park, en el sur de la Sierra Nevada californiana..
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Estremece pensar que cuando Cleopatra y Marco Antonio gobernaban el mundo, algunos de estos árboles ya contaban con unos cuantos cientos de años, varios de estos árboles sobrepasan los 2.200 años; aunque no son los más viejos del planeta. Esos son los Bristelcone pines, unos jovencitos de más de cuatro mil años…
No, los dinosaurios no se cruzaron en mi camino, pero sí otros animales; la naturaleza ha encontrado en ese Parque Nacional un refugio estupendo. Y prueba de ello son los osos que pude ver en las llanuras herbáceas que se salpican entre los bosques de mis admirados gigantes; y los ciervos, los Mule Deer; y las ardillas terreras, y las ardillas listadas, las marmotas, los hermosos pájaros azules o Steller’s Jay… Es un paraíso para los que, como yo, crecimos con Félix Rodríguez de la Fuente.
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En Grant Grove, una de las arboledas más llamativas que se pueden ver por aquí, vive el Monarca (a las secuoyas que tienen más de 2.000 años las denominan así) que otorga el nombre al lugar: El Negral Grant, el Christmas Tree por excelencia, que con sus ochenta y dos metros de altura  es el tercero en el medallero de gigantes. El primer premio se lo lleva otro general: el Sherman, con ochenta y cinco. Y como sé que a alguien le habrá sobrevenido la duda, os confirmo que afortunadamente no todos tienen a un general por patronímico: están también Las Tres Gracias, el Bachiller, el Grizzly, entre otros muchos.
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Vamos, que aquel que quiera saber lo que se siente siendo hormiga, siendo pequeño y más que pequeño, lo puede experimentar a los rojos pies de las secuoyas.
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* Paloma Hidalgo es madrileña, nació en 1964, gata de Cuatro Caminos, que también conoce los tejados de París tras casi diez años de residencia en el país vecino. Escribe relatos, poesía y cuentos. También pinta. Mantiene el blog:
 http://unlibroesunjardndebolsillo.blogspot.com
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten.......

miércoles, 5 de septiembre de 2012

FÉLIX TERRONES

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Turistas
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Llegaron durante el verano como solían hacerlo: en mareas de buses y coches que inundaron la ciudad de un momento a otro. Ansiosos por tomar la mejor foto, bulliciosos en las mesas de los restaurantes, impertinentes en cualquiera de las calles: los reconocíamos desde lejos, con esa irónica simpatía que nos provocaban, sin poder imaginar lo que ocurriría después. El verano terminó pero extrañamente ninguno de ellos partió sino que al contrario siguieron en las calles con sus cámaras y flashes, intercambiando puntos de vista en ese idioma incomprensible que utilizaban. Cuando nos dimos cuenta ya era muy tarde: entraban en nuestras casas, comían en nuestras mesas e incluso dormían en nuestras camas, al abrigo del frío invernal. Ahora que viajamos rumbo a lo desconocido, en los mismos autos que ellos utilizaron, recordamos que un poco más al sur hay otra ciudad. Dicen que en ella hay muchas cosas lindas, dignas de una buena fotografía.
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Traicioneras
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Tomé mi tiempo en aprenderlas pero una vez que empecé a manejarlas, no hubo quien me superase. Escogía las más pertinentes a la hora de conocer a alguien, explicar cualquier cosa o exponer mi punto de vista. Incluso cuando se trataba de mentir ellas surgían, veloces y persuasivas, para recrear esa realidad que me negaba a aceptar. Pero cuando me llegó el momento final, las traicioneras se resistieron a salir de mis labios, dejándome en un silencio vacío de palabras.
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* Félix Terrones (Lima, 1980) es escritor, crítico y traductor. Se ha doctorado en literatura por la Université Michel de Montaigne de Burdeos (Francia). Autor de las novelas cortas recogidas en A media luz (PUCP, 2003) y de la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). En la actualidad, está acabando la novela La tierra prometida. Estos microrrelatos inéditos forman parte de un libro aun sin publicar El viento en tu cara.
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* La imagen es de Dis Berlin y la foto es de Emmanuelle Terrones.
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martes, 4 de septiembre de 2012

Amor loco en Baeza

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Alguien con una firma ininteligible declara en una pared de Baeza que ama a Eli "con tendencia a la locura" que es -me parece- como hay que amar siempre, como quiso Don Quijote a Dulcinea, Romeo a Julieta y Petrarca a Laura..., si es que tenemos que ponernos estupendos. El anónimo enamorado ha tenido el buen gusto de escribirlo en la pared ("Voy a pintar las paredes con tu nombre, mi amor...", decía una canción hortera de Los Mismos, a finales de los sesenta), sin cometer la ordinariez de decírselo por el móvil, ni en Facebook... ¿Habrá visto Eli el mensaje? ¿Le corresponderá, aunque sea con algo menos de locura? Y, además, me pregunto: ¿cuánto puede durar ese amor con tendencia a la locura?  En fin, todo son preguntas, sin que se atisbe apenas alguna certeza con tendencia a la sensatez...
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* Juan Florido Florido, alumno del curso sobre el microrrelato celebrado en Baeza, me ha mandado este grafitti que encontró en el pueblo.
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lunes, 3 de septiembre de 2012

En Weimar, con María Castro

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WEIMAR, EL ESPÍRITU POÉTICO Y LA NATURALEZA
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                                                Über allen Gipfeln
                                                                                              Ist Ruh
                                          (Sobre todas las cumbres/ reina la calma)
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Dicen que las noches estivales de luna llena, Goethe salía de su Gartenhaus (casa en el jardín) y bajaba a bañarse al río, el Ilm. Comunión de lo sublime, podría titularse esa imagen que sólo existe en mi imaginación mientras desde la ventana superior de esta pequeña casita, en la habitación que Goethe utilizaba como lugar de trabajo, observo los movimientos de los Wanderer (caminantes) de este siglo abandonar el jardín lleno de flores y cruzar la inmensa pradera hacia los árboles, hacia el río, como tantas veces haría el gran poeta.
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Um Mitternacht, wenn die Menschen erst schlafen
Dann scheinet uns der Mond
Dann leuchtet uns der Stern.

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A medianoche, cuando ya duermen los hombres
Entonces brilla para nosotros la luna
Entonces nos ilumina la estrella.

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Que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río ya nos lo advirtió Heráclito. Pero, añadió, en el fuego todo permanece. El fuego de Goethe surge desde Weimar y se eleva sin miedo, como un gran faro destinado a iluminar y a amparar a Alemania, a Europa, al Mundo. Ir a Weimar es ir a Goethe, ir a Goethe es cultivar nuestra humanidad, ir al Mundo.
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El Ilm discurre plácidamente y en continuos giros trenza un gran parque que arropa de norte a sur las poblaciones de Ettersburg, Tiefurt, Weimar y Belvedere: “murmura, río, a lo largo del valle/sin cesar y sin descanso,/susurra para mi canción/ secretas melodías” ( Rausche, Fluss, das Tal entlang/ ohne Rast und ohne Ruh/ rausche, flüstre meinem Sang/ Melodien zu). Sin abandonar los árboles (tilos, robles, abedules, hayas…), los arbustos, las praderas… puede uno dedicar más de un día a pasear por este inmenso parque sin lograr abarcarlo en su totalidad. A uno le embarga la extraña sensación comprensiva de que es la Naturaleza la que domina el paisaje, de que, accidentalmente, se han formado, con su permiso, pequeñas ciudades que en nada interrumpen su sereno dominio. Una madre Tierra adormecida que tolera nuestro paso, sabedora de que un solo gesto suyo bastaría para acabar con nosotros, tal es su poder, tal es su misterio, tal es su belleza,“no me pidas que hable, pídeme que calle,/ pues mi misterio es mi deber” (Heiss’ mich nicht reden, heiss’ mich schweigen,/ denn mein Geheimnis ist mir Pflicht). Ese es el pacto que todo habitante de esos lugares parece conocer y respetar, en el silencio de sus conversaciones, en sus pies descalzos, en su plácido disfrute de cada rincón. Revierte esa relación en un conocimiento de nosotros mismos, alcanza uno así una cierta comprensión de la humanidad en medio de tanta Naturaleza, un conocimiento que permanece oculto en nuestra vida urbana diaria y del que podemos incluso llegar a renegar.
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Desde la casa en el jardín de Goethe, situada al este del cauce del río, apenas se ve la ciudad, que queda oculta en el oeste, tras los grandes árboles y las suaves colinas que protegen el valle. Aquí vivió muchos años, y aquí se retiraba a trabajar a salvo de visitas no deseadas que pudieran interrumpirlo. Ya cuando la recibe como regalo del Duque escribe:
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Ich irrer Wandrer
Fühlt’ erst auf dir
Besitztums-Freuden
Und Heimats-Glück
Da, wo wir lieben,
Ist Vaterland;
Wo wir geniessen,
Ist Hof und Haus.

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(Yo, caminante perdido, /sólo en ti me siento / alegre y dichoso propietario/ Ahí donde amamos está nuestra patria/ allí donde disfrutamos/están nuestra corte y casa).
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Goethe encontró allí un refugio en el que disfrutar de la amistad, del amor y de esa Naturaleza que tanto le atraía y fascinaba, símbolo del alma y de la vida. “Por primera vez dormir en el jardín y ahora ser para siempre parte de la Tierra”, le escribe a Frau von Stein.
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Una pequeña puerta blanca permite el acceso al jardín lleno de parterres con tantas flores desplegando su colorido y belleza de una manera tan sencilla, como si no hubieran sido plantadas por una mano humana, sino que aquel fuera su lugar y esa su combinación, que no puede uno dejar de entretenerse en cada una de ellas asombrado al descubrir nombres familiares renacidos en aquel espacio tan mágico. Recorriendo los pequeños paseos de piedras encuentra uno los rincones favoritos del poeta: la piedra de la suerte, la mesa en la que pasaba las tardes con sus amigos, bancos en los que descansar y disfrutar…
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Asciende uno la colina detrás de la casa, las ramas de los manzanos y robles juegan a ocultarla en cada giro del camino mientras nosotros jugamos a descubrirla. En tiempos del poeta no había ninguna casa más arriba, sólo más bosque frondoso, ahora, si siguiésemos subiendo, nos encontraríamos con otras construcciones, como la conocida Haus am Horn, experimento de la Bauhaus que hoy en día todavía revoluciona la arquitectura. Aun así, el silencio se hace muy presente y el crujido de piedras, hojas y ramas a nuestro paso puede escucharse como una melodía.
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El interior de la casa es austero. Destruida durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, como casi todo Weimar y casi todo Alemania, una paciente y metódica restauración permite ahora visitarla como si hubiese realizado un salto en el tiempo sorteando el horror para llegar incólume hasta nosotros. Un deseo del poeta, pienso. Nos informan de que la cama era la auténtica cama de viaje de Goethe, una cama plegable bastante pequeña. Objetos originales y objetos que podrían serlo comparten espacio. Las siluetas, trazadas en negro sobre blanco, el gran divertimento de la época, de Charlotte von Stein y Christiane adornan las paredes. Su despacho, mapas, algunos libros, bustos, el escritorio, una sala en la que disfrutaba de las visitas hasta altas horas de la noche, dice la audioguía, largas conversaciones con sus amigos: Schiller, Wieland y Herder, entre otros, lo mejor de aquella Alemania confluyó en ese lugar. Cuelgan también algunas acuarelas del propio poeta, imágenes de su jardín, de su querida vivienda trazadas como esbozos que, en su indefinición, intentan atrapar la abundancia natural que lo rodeaba. ¿Qué queda de él en sus habitaciones? ¿Qué espero descubrir? Me pregunto mientras observo una y otra vez esas paredes, esos objetos cotidianos y sencillos, con cierta ansiedad recorro las estancias (“¡Qué fuego en mis venas!/ ¡en mi corazón, qué ardor!” (In meinen Adern welches Feuer! /in meinem Herzen welche Glut!). Y entonces, al asomarme a las ventanas, encuentro la respuesta: primero el jardín, con sus flores de colores, luego la puerta, el inmenso valle iluminado por la luz del atardecer, las siluetas de los grandes árboles, las colinas, ya convertidas en sombras cuando el sol se oculta tras ellas, en las que se pierde nuestra vista. Los distintos caminos trazados para explorar el parque desaparecen y sólo los lejanos perfiles de aquellos que los recorren, nos permiten adivinar que están allí: “Tú llenas de nuevo el bosque y el valle/ en calma con una bruma resplandeciente,/ abres por fin y al unísono/totalmente mi alma”.
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Al salir de allí recuerdo a Rilke y su fe en la existencia de un Espíritu poético del que todo poeta era simplemente la voz. Como si pudiésemos en este momento respirar ese Espíritu, así de viva se me presenta esa idea, así de contundente este lugar. Soltamos las cadenas de nuestras bicis, pedaleamos hacia el Ilm. Estos versos de Rilke me acompañan:
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Die, so ihn leben sahen, wussten nicht,
Wie sehr er eines war mit allem diesen,
Den dieses: diese Tiefe, diese Wiesen
Und diese Wasser waren sein Gesicht.
O sein Gesicht war diese ganze Weite,
Die jetzt noch zu ihm will und um ihn wirbt.

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Los que lo veían vivir no sabían
Que todo aquello y él era lo mismo;
Y es que aquello: aquellos valles, aquellas praderas
Y aquellas aguas eran su cara.
Oh sí, su cara era todo aquel espacio
Que ahora aún acude a él y lo reclama.

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A principios del siglo veinte, Rainer María Rilke viaja hasta Weimar acompañado por la princesa Marie von Thurn und Taxis. Se alojan los dos en el hotel Elephant, que todavía sigue siendo el más elegante de la ciudad, justo en la plaza del mercado y junto adonde estuvo la vivienda de Bach (nueve años pasó en Weimar el gran compositor, pero esa es otra historia), que desapareció en los bombardeos de la segunda guerra mundial y no ha sido reconstruida. La princesa dejó testimonio de aquella visita: “Nuestra primera salida del hotel fue, por supuesto, para visitar la casa de Goethe; desde ella nos dirigiríamos al pabellón del jardín. Dado que Rilke afirmaba conocer el camino que llevaba allí, nos encaminamos hacia el gran parque, pasando por delante de la hermosa casa de Frau von Stein. Pero el cielo adquirió de repente tintes amenazadores, se levantaron intensas ráfagas de viento, las oscuras arboledas zarandeadas por el vendaval, adquirieron un aspecto inverosímil, como uno de esos paisajes monumentales de Ruysdael: sombras negruzcas a la luz mortecina, el cielo cubierto de gigantescos jirones de nubes que cabalgaban por encima de nuestras cabezas. Y no tardó en alzarse en torno a nosotros una espesa niebla blanca que inundó el césped y desfiguró los caminos. Seráfico confesó con gran turbación que no sabía por dónde seguir”. De esa forma tan grandiosa recibió el espíritu de Goethe al del otro gran poeta. En este lugar mágico, se cruzaron:
“¡Dejadme únicamente seguir mi curso! / ¡Quedaos en vuestras chozas, en vuestras celdas! /Yo cabalgaré feliz hacia lo lejos, /sobre mi cabeza estarán sólo las estrellas”.
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* Los fotos son de Antonio Calabuig Castro.
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sábado, 1 de septiembre de 2012

`La danza de las horas´, de Gemma Pellicer

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El gigante y la niña
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El gigante y la niña pasean de la mano como cada tarde. A ambos les gusta seguir el sendero que corre junto al río y contemplar, desde lo alto del camino, el pueblito en el que viven.

GIGANTE: ¿Has visto?, le dice señalando el vuelo rasante de una golondrina que les sale al paso.
NIÑA: Sí.

Al cabo de media hora de paseo, llegan a la cima y deciden descansar un rato antes de coger el camino de vuelta a casa. El gigante tiene las manos grandotas y las espaldas muy anchas. La niña, una sonrisa redonda y brillante como un sol.

GIGANTE: ¿Te ha gustado el paseo?
NIÑA: Sí.
GIGANTE: ¿Y no te has cansado esta vez?
NIÑA: No.
GIGANTE: ¿Querrás que volvamos entonces mañana?
NIÑA: Sí.

El gigante y la niña contemplan los últimos rayos de sol, antes de que éste se esconda definitivamente, según tiene por costumbre. A la niña no le importa que el gigante sea feúcho y grandullón. A lo lejos, las chimeneas empiezan a humear.
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* No se me ocurre mejor manera de empezar septiembre que con el anuncio de la aparición del libro de microrrelatos de Gemma, La danza de las horas, publicado por la editorial Eclipsados, de Zaragoza, del que doy una muestra.
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* Gemma Pellicer (Barcelona, 1972) es licenciada en Filología Hispánica y en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona, y trabaja como editora y correctora. Ha cultivado la crítica literaria en diarios y revistas, como Avui y Quimera, y en colaboración con Fernando Valls ha publicado la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010). Mantiene el blog Sueños en la memoria, donde publica sus textos literarios. La danza de las horas es su primer libro de microrrelatos.
** La foto es de Luis Matilla.
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