viernes, 7 de septiembre de 2012

Gigantes, por Paloma Hidalgo

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MARCHANDO UNA DE GIGANTES
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Deseo mirar atrás, no lo hago por si la sensación que me embarga es más real de lo que yo misma supongo, y a mis espaldas encuentro algún dinosaurio  procurándose alimento entre las enormes hojas de helecho que me rodean. El fascinante paisaje que se extiende ante mis ojos parece el escenario perfecto para ubicar esas magníficas criaturas que poblaron el planeta, en pleno apogeo del Jurásico. Solo los trinos de pájaro me permiten mantener la conexión con el presente; aún así, el miedo a que un herbívoro de proporciones desmesuradas aparezca sigue latente.
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Respiro un aroma intenso, mezcla del  olor resinoso de la madera roja y esponjosa de las secuoyas con el frescor del musgo que crece  en los recovecos húmedos de las raíces. Es una de las experiencias más impactantes que jamás haya vivido. Con los pulmones llenos, disfruto del espectáculo que la luz del sol, que aún no ha alcanzado su cénit, me brinda. Sus rayos, tamizados por las ramas más altas, inciden en la corteza de los troncos desmesuradamente grandes e iluminan el bosque; una luz alizarina me envuelve con su magia y me llena de paz. Voy sembrando mis recuerdos con cada paso que doy en esta Senda de Gigantes, entre estos secuoyas que se yerguen ajenos al paso del tiempo como inmensos universos enraizados, que guardan entre sus acículas las historias que el viento les ha susurrado. Estoy en  el Secuoya National Park, en el sur de la Sierra Nevada californiana..
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Estremece pensar que cuando Cleopatra y Marco Antonio gobernaban el mundo, algunos de estos árboles ya contaban con unos cuantos cientos de años, varios de estos árboles sobrepasan los 2.200 años; aunque no son los más viejos del planeta. Esos son los Bristelcone pines, unos jovencitos de más de cuatro mil años…
No, los dinosaurios no se cruzaron en mi camino, pero sí otros animales; la naturaleza ha encontrado en ese Parque Nacional un refugio estupendo. Y prueba de ello son los osos que pude ver en las llanuras herbáceas que se salpican entre los bosques de mis admirados gigantes; y los ciervos, los Mule Deer; y las ardillas terreras, y las ardillas listadas, las marmotas, los hermosos pájaros azules o Steller’s Jay… Es un paraíso para los que, como yo, crecimos con Félix Rodríguez de la Fuente.
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En Grant Grove, una de las arboledas más llamativas que se pueden ver por aquí, vive el Monarca (a las secuoyas que tienen más de 2.000 años las denominan así) que otorga el nombre al lugar: El Negral Grant, el Christmas Tree por excelencia, que con sus ochenta y dos metros de altura  es el tercero en el medallero de gigantes. El primer premio se lo lleva otro general: el Sherman, con ochenta y cinco. Y como sé que a alguien le habrá sobrevenido la duda, os confirmo que afortunadamente no todos tienen a un general por patronímico: están también Las Tres Gracias, el Bachiller, el Grizzly, entre otros muchos.
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Vamos, que aquel que quiera saber lo que se siente siendo hormiga, siendo pequeño y más que pequeño, lo puede experimentar a los rojos pies de las secuoyas.
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* Paloma Hidalgo es madrileña, nació en 1964, gata de Cuatro Caminos, que también conoce los tejados de París tras casi diez años de residencia en el país vecino. Escribe relatos, poesía y cuentos. También pinta. Mantiene el blog:
 http://unlibroesunjardndebolsillo.blogspot.com
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten.......

miércoles, 5 de septiembre de 2012

FÉLIX TERRONES

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Turistas
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Llegaron durante el verano como solían hacerlo: en mareas de buses y coches que inundaron la ciudad de un momento a otro. Ansiosos por tomar la mejor foto, bulliciosos en las mesas de los restaurantes, impertinentes en cualquiera de las calles: los reconocíamos desde lejos, con esa irónica simpatía que nos provocaban, sin poder imaginar lo que ocurriría después. El verano terminó pero extrañamente ninguno de ellos partió sino que al contrario siguieron en las calles con sus cámaras y flashes, intercambiando puntos de vista en ese idioma incomprensible que utilizaban. Cuando nos dimos cuenta ya era muy tarde: entraban en nuestras casas, comían en nuestras mesas e incluso dormían en nuestras camas, al abrigo del frío invernal. Ahora que viajamos rumbo a lo desconocido, en los mismos autos que ellos utilizaron, recordamos que un poco más al sur hay otra ciudad. Dicen que en ella hay muchas cosas lindas, dignas de una buena fotografía.
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Traicioneras
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Tomé mi tiempo en aprenderlas pero una vez que empecé a manejarlas, no hubo quien me superase. Escogía las más pertinentes a la hora de conocer a alguien, explicar cualquier cosa o exponer mi punto de vista. Incluso cuando se trataba de mentir ellas surgían, veloces y persuasivas, para recrear esa realidad que me negaba a aceptar. Pero cuando me llegó el momento final, las traicioneras se resistieron a salir de mis labios, dejándome en un silencio vacío de palabras.
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* Félix Terrones (Lima, 1980) es escritor, crítico y traductor. Se ha doctorado en literatura por la Université Michel de Montaigne de Burdeos (Francia). Autor de las novelas cortas recogidas en A media luz (PUCP, 2003) y de la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). En la actualidad, está acabando la novela La tierra prometida. Estos microrrelatos inéditos forman parte de un libro aun sin publicar El viento en tu cara.
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* La imagen es de Dis Berlin y la foto es de Emmanuelle Terrones.
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martes, 4 de septiembre de 2012

Amor loco en Baeza

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Alguien con una firma ininteligible declara en una pared de Baeza que ama a Eli "con tendencia a la locura" que es -me parece- como hay que amar siempre, como quiso Don Quijote a Dulcinea, Romeo a Julieta y Petrarca a Laura..., si es que tenemos que ponernos estupendos. El anónimo enamorado ha tenido el buen gusto de escribirlo en la pared ("Voy a pintar las paredes con tu nombre, mi amor...", decía una canción hortera de Los Mismos, a finales de los sesenta), sin cometer la ordinariez de decírselo por el móvil, ni en Facebook... ¿Habrá visto Eli el mensaje? ¿Le corresponderá, aunque sea con algo menos de locura? Y, además, me pregunto: ¿cuánto puede durar ese amor con tendencia a la locura?  En fin, todo son preguntas, sin que se atisbe apenas alguna certeza con tendencia a la sensatez...
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* Juan Florido Florido, alumno del curso sobre el microrrelato celebrado en Baeza, me ha mandado este grafitti que encontró en el pueblo.
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lunes, 3 de septiembre de 2012

En Weimar, con María Castro

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WEIMAR, EL ESPÍRITU POÉTICO Y LA NATURALEZA
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                                                Über allen Gipfeln
                                                                                              Ist Ruh
                                          (Sobre todas las cumbres/ reina la calma)
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Dicen que las noches estivales de luna llena, Goethe salía de su Gartenhaus (casa en el jardín) y bajaba a bañarse al río, el Ilm. Comunión de lo sublime, podría titularse esa imagen que sólo existe en mi imaginación mientras desde la ventana superior de esta pequeña casita, en la habitación que Goethe utilizaba como lugar de trabajo, observo los movimientos de los Wanderer (caminantes) de este siglo abandonar el jardín lleno de flores y cruzar la inmensa pradera hacia los árboles, hacia el río, como tantas veces haría el gran poeta.
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Um Mitternacht, wenn die Menschen erst schlafen
Dann scheinet uns der Mond
Dann leuchtet uns der Stern.

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A medianoche, cuando ya duermen los hombres
Entonces brilla para nosotros la luna
Entonces nos ilumina la estrella.

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Que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río ya nos lo advirtió Heráclito. Pero, añadió, en el fuego todo permanece. El fuego de Goethe surge desde Weimar y se eleva sin miedo, como un gran faro destinado a iluminar y a amparar a Alemania, a Europa, al Mundo. Ir a Weimar es ir a Goethe, ir a Goethe es cultivar nuestra humanidad, ir al Mundo.
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El Ilm discurre plácidamente y en continuos giros trenza un gran parque que arropa de norte a sur las poblaciones de Ettersburg, Tiefurt, Weimar y Belvedere: “murmura, río, a lo largo del valle/sin cesar y sin descanso,/susurra para mi canción/ secretas melodías” ( Rausche, Fluss, das Tal entlang/ ohne Rast und ohne Ruh/ rausche, flüstre meinem Sang/ Melodien zu). Sin abandonar los árboles (tilos, robles, abedules, hayas…), los arbustos, las praderas… puede uno dedicar más de un día a pasear por este inmenso parque sin lograr abarcarlo en su totalidad. A uno le embarga la extraña sensación comprensiva de que es la Naturaleza la que domina el paisaje, de que, accidentalmente, se han formado, con su permiso, pequeñas ciudades que en nada interrumpen su sereno dominio. Una madre Tierra adormecida que tolera nuestro paso, sabedora de que un solo gesto suyo bastaría para acabar con nosotros, tal es su poder, tal es su misterio, tal es su belleza,“no me pidas que hable, pídeme que calle,/ pues mi misterio es mi deber” (Heiss’ mich nicht reden, heiss’ mich schweigen,/ denn mein Geheimnis ist mir Pflicht). Ese es el pacto que todo habitante de esos lugares parece conocer y respetar, en el silencio de sus conversaciones, en sus pies descalzos, en su plácido disfrute de cada rincón. Revierte esa relación en un conocimiento de nosotros mismos, alcanza uno así una cierta comprensión de la humanidad en medio de tanta Naturaleza, un conocimiento que permanece oculto en nuestra vida urbana diaria y del que podemos incluso llegar a renegar.
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Desde la casa en el jardín de Goethe, situada al este del cauce del río, apenas se ve la ciudad, que queda oculta en el oeste, tras los grandes árboles y las suaves colinas que protegen el valle. Aquí vivió muchos años, y aquí se retiraba a trabajar a salvo de visitas no deseadas que pudieran interrumpirlo. Ya cuando la recibe como regalo del Duque escribe:
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Ich irrer Wandrer
Fühlt’ erst auf dir
Besitztums-Freuden
Und Heimats-Glück
Da, wo wir lieben,
Ist Vaterland;
Wo wir geniessen,
Ist Hof und Haus.

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(Yo, caminante perdido, /sólo en ti me siento / alegre y dichoso propietario/ Ahí donde amamos está nuestra patria/ allí donde disfrutamos/están nuestra corte y casa).
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Goethe encontró allí un refugio en el que disfrutar de la amistad, del amor y de esa Naturaleza que tanto le atraía y fascinaba, símbolo del alma y de la vida. “Por primera vez dormir en el jardín y ahora ser para siempre parte de la Tierra”, le escribe a Frau von Stein.
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Una pequeña puerta blanca permite el acceso al jardín lleno de parterres con tantas flores desplegando su colorido y belleza de una manera tan sencilla, como si no hubieran sido plantadas por una mano humana, sino que aquel fuera su lugar y esa su combinación, que no puede uno dejar de entretenerse en cada una de ellas asombrado al descubrir nombres familiares renacidos en aquel espacio tan mágico. Recorriendo los pequeños paseos de piedras encuentra uno los rincones favoritos del poeta: la piedra de la suerte, la mesa en la que pasaba las tardes con sus amigos, bancos en los que descansar y disfrutar…
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Asciende uno la colina detrás de la casa, las ramas de los manzanos y robles juegan a ocultarla en cada giro del camino mientras nosotros jugamos a descubrirla. En tiempos del poeta no había ninguna casa más arriba, sólo más bosque frondoso, ahora, si siguiésemos subiendo, nos encontraríamos con otras construcciones, como la conocida Haus am Horn, experimento de la Bauhaus que hoy en día todavía revoluciona la arquitectura. Aun así, el silencio se hace muy presente y el crujido de piedras, hojas y ramas a nuestro paso puede escucharse como una melodía.
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El interior de la casa es austero. Destruida durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, como casi todo Weimar y casi todo Alemania, una paciente y metódica restauración permite ahora visitarla como si hubiese realizado un salto en el tiempo sorteando el horror para llegar incólume hasta nosotros. Un deseo del poeta, pienso. Nos informan de que la cama era la auténtica cama de viaje de Goethe, una cama plegable bastante pequeña. Objetos originales y objetos que podrían serlo comparten espacio. Las siluetas, trazadas en negro sobre blanco, el gran divertimento de la época, de Charlotte von Stein y Christiane adornan las paredes. Su despacho, mapas, algunos libros, bustos, el escritorio, una sala en la que disfrutaba de las visitas hasta altas horas de la noche, dice la audioguía, largas conversaciones con sus amigos: Schiller, Wieland y Herder, entre otros, lo mejor de aquella Alemania confluyó en ese lugar. Cuelgan también algunas acuarelas del propio poeta, imágenes de su jardín, de su querida vivienda trazadas como esbozos que, en su indefinición, intentan atrapar la abundancia natural que lo rodeaba. ¿Qué queda de él en sus habitaciones? ¿Qué espero descubrir? Me pregunto mientras observo una y otra vez esas paredes, esos objetos cotidianos y sencillos, con cierta ansiedad recorro las estancias (“¡Qué fuego en mis venas!/ ¡en mi corazón, qué ardor!” (In meinen Adern welches Feuer! /in meinem Herzen welche Glut!). Y entonces, al asomarme a las ventanas, encuentro la respuesta: primero el jardín, con sus flores de colores, luego la puerta, el inmenso valle iluminado por la luz del atardecer, las siluetas de los grandes árboles, las colinas, ya convertidas en sombras cuando el sol se oculta tras ellas, en las que se pierde nuestra vista. Los distintos caminos trazados para explorar el parque desaparecen y sólo los lejanos perfiles de aquellos que los recorren, nos permiten adivinar que están allí: “Tú llenas de nuevo el bosque y el valle/ en calma con una bruma resplandeciente,/ abres por fin y al unísono/totalmente mi alma”.
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Al salir de allí recuerdo a Rilke y su fe en la existencia de un Espíritu poético del que todo poeta era simplemente la voz. Como si pudiésemos en este momento respirar ese Espíritu, así de viva se me presenta esa idea, así de contundente este lugar. Soltamos las cadenas de nuestras bicis, pedaleamos hacia el Ilm. Estos versos de Rilke me acompañan:
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Die, so ihn leben sahen, wussten nicht,
Wie sehr er eines war mit allem diesen,
Den dieses: diese Tiefe, diese Wiesen
Und diese Wasser waren sein Gesicht.
O sein Gesicht war diese ganze Weite,
Die jetzt noch zu ihm will und um ihn wirbt.

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Los que lo veían vivir no sabían
Que todo aquello y él era lo mismo;
Y es que aquello: aquellos valles, aquellas praderas
Y aquellas aguas eran su cara.
Oh sí, su cara era todo aquel espacio
Que ahora aún acude a él y lo reclama.

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A principios del siglo veinte, Rainer María Rilke viaja hasta Weimar acompañado por la princesa Marie von Thurn und Taxis. Se alojan los dos en el hotel Elephant, que todavía sigue siendo el más elegante de la ciudad, justo en la plaza del mercado y junto adonde estuvo la vivienda de Bach (nueve años pasó en Weimar el gran compositor, pero esa es otra historia), que desapareció en los bombardeos de la segunda guerra mundial y no ha sido reconstruida. La princesa dejó testimonio de aquella visita: “Nuestra primera salida del hotel fue, por supuesto, para visitar la casa de Goethe; desde ella nos dirigiríamos al pabellón del jardín. Dado que Rilke afirmaba conocer el camino que llevaba allí, nos encaminamos hacia el gran parque, pasando por delante de la hermosa casa de Frau von Stein. Pero el cielo adquirió de repente tintes amenazadores, se levantaron intensas ráfagas de viento, las oscuras arboledas zarandeadas por el vendaval, adquirieron un aspecto inverosímil, como uno de esos paisajes monumentales de Ruysdael: sombras negruzcas a la luz mortecina, el cielo cubierto de gigantescos jirones de nubes que cabalgaban por encima de nuestras cabezas. Y no tardó en alzarse en torno a nosotros una espesa niebla blanca que inundó el césped y desfiguró los caminos. Seráfico confesó con gran turbación que no sabía por dónde seguir”. De esa forma tan grandiosa recibió el espíritu de Goethe al del otro gran poeta. En este lugar mágico, se cruzaron:
“¡Dejadme únicamente seguir mi curso! / ¡Quedaos en vuestras chozas, en vuestras celdas! /Yo cabalgaré feliz hacia lo lejos, /sobre mi cabeza estarán sólo las estrellas”.
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* Los fotos son de Antonio Calabuig Castro.
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sábado, 1 de septiembre de 2012

`La danza de las horas´, de Gemma Pellicer

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El gigante y la niña
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El gigante y la niña pasean de la mano como cada tarde. A ambos les gusta seguir el sendero que corre junto al río y contemplar, desde lo alto del camino, el pueblito en el que viven.

GIGANTE: ¿Has visto?, le dice señalando el vuelo rasante de una golondrina que les sale al paso.
NIÑA: Sí.

Al cabo de media hora de paseo, llegan a la cima y deciden descansar un rato antes de coger el camino de vuelta a casa. El gigante tiene las manos grandotas y las espaldas muy anchas. La niña, una sonrisa redonda y brillante como un sol.

GIGANTE: ¿Te ha gustado el paseo?
NIÑA: Sí.
GIGANTE: ¿Y no te has cansado esta vez?
NIÑA: No.
GIGANTE: ¿Querrás que volvamos entonces mañana?
NIÑA: Sí.

El gigante y la niña contemplan los últimos rayos de sol, antes de que éste se esconda definitivamente, según tiene por costumbre. A la niña no le importa que el gigante sea feúcho y grandullón. A lo lejos, las chimeneas empiezan a humear.
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* No se me ocurre mejor manera de empezar septiembre que con el anuncio de la aparición del libro de microrrelatos de Gemma, La danza de las horas, publicado por la editorial Eclipsados, de Zaragoza, del que doy una muestra.
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* Gemma Pellicer (Barcelona, 1972) es licenciada en Filología Hispánica y en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona, y trabaja como editora y correctora. Ha cultivado la crítica literaria en diarios y revistas, como Avui y Quimera, y en colaboración con Fernando Valls ha publicado la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010). Mantiene el blog Sueños en la memoria, donde publica sus textos literarios. La danza de las horas es su primer libro de microrrelatos.
** La foto es de Luis Matilla.
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viernes, 31 de agosto de 2012

Una difunta nos habla desde su esquela

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MARIONA VILALLONGA BORDAS
Yo, Mariona Vilallonga Bordas:
Fallecí el 17 de agosto del 2012 y fui incinerada por decisión propia. Mis hijas, Georgina y Mireia; mi yerno, Jaume; mis nietos, y toda la familia lo hacen saber a sus amigos y conocidos y les ruegan que le manden un beso cariñoso. La esquela, por deseo expreso mío, será publicada unos días después.
......................................................................................................Premià de Mar, 17 de agosto del 2012
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* Acabamos septiembre y el verano con esta sorprendente esquela, aparecida en el diario La Vanguardia el pasado 26 de agosto, en la que la difunta toma la palabra el mismo día de su fallecimiento para mandarnos un mensaje. No recuerdo haber visto nunca nada igual. Quizá lo más parecido sean los recordatorios que ahora se hacen cuando se bautiza a un niño, en los que el recién nacido se dirige a los invitados. En fin, la primera vez que se hizo debió de tener su gracia, aunque al repetirlo pierda todo sentido. Esperemos que a partir de ahora los difuntos no empiecen a mandarnos mensajes desde las esquelas. Démosles un poco más de tiempo para que se acostumbren a la vida en el más allá y luego ya veremos.      
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* El cuadro es del pintor chino Zhang Xiogang.
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jueves, 30 de agosto de 2012

Los viajes de Pedro Herrero

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VIAJAR, POR FIN, VIAJAR
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“¡Salir, por fin, salir”, proclama el poeta Jorge Guillén, en su libro Cántico, celebrando algo tan elemental como la breve carrera de un nadador sobre la arena de la playa hasta entrar en contacto con las olas. Un gesto inmediato, siempre iniciático, ante el cual el ser humano debería estar agradecido y dispuesto a repetirlo una y mil veces. Como el acto de viajar, ya sea a un país remoto o a una ciudad cercana y, sin embargo, desconocida. Me avergüenza admitir que todavía hay barrios de Barcelona en los que apenas he puesto el pie. Sé que existen, debo haberlos atravesado en coche o en autobús un montón de veces. Pero perderme en ellos una mañana, callejear con indolencia descubriendo el encanto de sus rincones aún me depara sorpresas.
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Otro poeta, Joan Margarit, titula así uno de sus poemas: “No llencis les cartes d’amor” ("No tires las cartas de amor)", en el que sostiene que ese tipo de correspondencia íntima, y acaso banal, puede convertirse con el paso del tiempo en la última literatura que seremos capaces de apreciar. Me gustaría pensar que el recuerdo de nuestros viajes también nos acompañará, si tenemos la suerte de llegar a viejos. Cuando nada de nuestro entorno nos apetezca, es posible que sigamos ocupando mentalmente aquella butaca de ventanilla que nos aproximaba a un paisaje idílico, recién descubierto. La pureza de esos recuerdos no dependerá de que nuestro viaje fuese en primera clase o en clase turista, ni de si se trató de una expedición de 15 días o de una escapada de fin de semana.
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Viajar, cerrar la propia casa, tomar como un intruso una nueva habitación de hotel, adueñarse del espacio. En esos casos, lo primero que hago es descorrer las cortinas y contemplar la vista que acaso será mía durante horas, echar un vistazo al baño y otro, algo más meticuloso, al interior del mueble bar. Es un ritual previo indispensable, antes de deshacer la maleta. Una vez, en Bilbao, al abrir la ventana del baño vi a una mujer duchándose en el edificio de enfrente. Se duchaba a oscuras, seguramente para eludir miradas indiscretas, pero no renunciaba a tener su ventana abierta a la brisa nocturna. No recuerdo qué otras cosas hice aquella noche, pero no tuvieron la menor importancia después de aquella fulgurante aparición.
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Viajar, dejarse llevar, caer en el exceso. Ceder -siquiera una vez en la vida- a la tentación de un buffet libre en el desayuno. Comprobar que el auténtico significado de la expresión “desayuno continental” es meterse un continente entero entre pecho y espalda. También meter la pata, constatar la propia torpeza ante el cambio de hábitos, sufrir en carnes los efectos de la desubicación. En un hotel de Liverpool, el camarero me fulminó con la mirada porque yo había movido sin querer los cubiertos de la mesa inmaculada. No dijo nada, pero vino derecho hacia mí, me rodeó por detrás y volvió a colocarlos correctamente. Otro camarero, esta vez en el madrileño café Gijón, puso cara de Buster Keaton cuando pedí un bikini para saciar mi apetito (los catalanes no usamos la palabra sandwich). Esta escena, no obstante, tuvo su punto agradable de ternura castiza. En cambio, al camarero inglés le habría clavado con gusto el cuchillo de pescado (el primero por la derecha) allá donde más duele.
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Viajar, gozar, coleccionar instantes. Guardar el rastro de nuestros pasos, la bitácora de los acontecimientos. Tengo en casa una caja llena de mapas de ciudades, billetes de avión, facturas de hotel, notas de restaurantes, tarjetas de metro, tickets de aparcamiento, entradas a museos, recibos, resguardos, posavasos. Ojear todo ese material, tan lejos de su lugar en el tiempo, permite revivir aromas, convocar alientos, estados de ánimo, desafiar a la memoria. Es una invitación a sentir de nuevo el vértigo de la experiencia.
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Viajar, huir hacia delante, fundir origen y destino en un mismo punto sensorial. Decía Groucho Marx: “No quiero una casa muy sofisticada. Únicamente una casita pequeña que pueda llamar mi hogar, un lugar al que poder llamar para decirle a mi mujer que no iré a cenar esta noche”. Yo creo que si tenemos un hogar, la mitad de nuestra felicidad está plenamente consolidada. La otra mitad dependerá del número de veces que inventemos excusas para abandonarlo y salir, viajar, salir por fin de viaje.
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* Las fotos son de la playa de Calafat; una vista aérea de los Alpes; el Hotel Crowne Plaza de Viena y el tren Barcelona-Burgos. La cuarta es un autorretrato. Todas son del autor, salvo la primera y la quinta, realizadas por su hijo Jaume.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten..
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miércoles, 29 de agosto de 2012

Con Purificación Menaya y su familia por Albi

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Albi, el gran horno de ladrillo
 
Después de derretirnos bajo el sol en Cordes sur le Ciel (y es que no se puede estar tan cerca del cielo, os lo digo yo) llegamos a Albi por la tarde. Soñábamos con un helado, o mejor un granizado de limón. Ya cuando descendíamos por la carretera hacia la ciudad, la catedral, mirándose presumida en el río, impresionaba. Una fortaleza de la fe de ladrillo (sí, de ladrillo) que se eleva majestuosamente hasta el cielo celestial. El poder de la Iglesia alzándose y pisoteando a los cátaros… Si de lejos impresiona, imaginaos cuando uno está debajo de ella pasando con el coche, al ritmo cansino del atasco habitual de la tarde. Y cuando se pasea como una hormiga echando la cabeza para atrás bajo el riesgo de pillar un torzón de cervicales para alcanzar allá donde acaban las torres. Pero el paseo vendría luego, ahora estábamos en el coche, bajo la catedral, siguiendo las instrucciones del Tom-tom para encontrar nuestro hotel. Había obras, cada vez nos recuerda más Albi a Zaragoza: con sus obras del tranvía, los atascos y ese calorazo abrasador. El Tom-tom nos llevaba directo contra la valla que limitaba las obras e impedía el paso. Tras dar algunos rodeos más, y como el Tom-tom, con su empecinamiento habitual, siempre nos conducía al mismo sitio, madre e hija nos bajamos del coche para localizar el hotel.


Le pregunto a una lugareña en inglés por la Rue St Clair (llevo a mi hija de traductora de francés, pero se comporta como el convidado de piedra) y más o menos me comprende y me explica muy amable hacia donde tenemos que ir, con evidente apuro por su escaso inglés, pero nos entendemos perfectamente. Llegamos al hotel St Clair atravesando la Rue Toulouse Lautrec, donde se encuentra la casa natal del pintor, no está mal para empezar a ambientarnos en la ciudad.

Al hotel no se puede acceder en coche, está en pleno casco histórico y es todo peatonal. La recepcionista nos indica un parking gratuito cerca de la catedral. Desde donde hemos dejado el coche podemos venir con las maletas andando, lo más pesado es atravesar el tramo de las obras (ni un miserable tablón para no tener que pisar las piedras y el polvo).


El hotel… no lo califiqué de mochilero cuando lo vi en booking.com, pero después de haber estado en una bucólica granja en el Perigord y en una mansión con jardín (estanque con peces de colores incluido) en L’Auvernia, este se quedaba a la altura del barro (reseco, con este calor). Nuestra habitación daba al patio (florido, eso sí, y con gato), al que subíamos por una escalera; era una cuádruple con las tres camas encajadas como en un puzzle, y en ella teníamos que respirar por turnos y pedir permiso para mover un pie; con un armario estrecho de puertas metálicas donde no cabía ni una maleta. El baño, diminuto, con el techo inclinado y una luz lóbrega que iluminaba el espejo roñoso. El único aire vintage de la habitación que un cliente de booking alababa en sus comentarios era la lámpara floreada de la mesilla.

Aterrizamos sobre las camas. No había aire acondicionado (quién esperaba necesitar aire en Francia), y tampoco podíamos abrir la ventana pues afuera hacía más calor, así que estrené el regalo que tenía para mi sobrina: un abanico, y el airecillo nos alivió un poco. Luego nos dimos una ducha para refrescarnos y hacia las ocho y media salimos a conocer la ciudad y a cenar. Camiseta de tirantes y pantalón corto, por supuesto; mi hijo preguntó si cogía un jersey, pero sería para estrangular al gato (que había arañado a su hermana), porque aquí no tenía pinta de ir a refrescar.
 
 
Parece que en Albi los horarios de la cena estaban bastante españolizados, así que no íbamos con tanta prisa. Y es que hay españoles por todas partes… Salimos con el mapa que nos habían dado en el hotel, pero no hacía falta; todas las calles conducían a la catedral de St Cecile, aunque creyeras que ibas en dirección contraria. Un poco laberíntica esta ciudad anaranjada de ladrillo. Descubrimos el pasaje Saint-Salvy, que en su misteriosa oscuridad nos llevó al claustro del mismo nombre. Solo queda una parte del claustro pegado a la iglesia por un lado, y la otra mitad al otro lado, con su pequeño huerto lleno de flores en el centro; un rincón tranquilo donde se pierde el sentido de la moderna realidad, con los viejos muros de la colegiata, las arcadas en penumbra y las flores dando color; los arcos siempre pedían ser el marco de una foto para la turista de turno (o sea, yo).

Acabamos cenando en una terraza de la plaza Saint Salvy, con el agradable acompañamiento musical de un cantante con guitarra. Más tarde llegaría un animador de calle cuya pianola entonó varias canciones populares francesas. Tararear una canción y seguir el ritmo con el pie mientras comía un “Risotto aux Gambas”, o, como dice mi hija, una paella mediocre, acompañado por una cerveza fresca, resultó un buen premio después de hacer turismo bajo el ardiente sol de Francia.
 
 
Por la noche, el hotel se volvió siniestro. Seguía haciendo un calor infernal, y aunque afuera parecía haber refrescado un poco, no nos atrevimos a dejar abierta de par en par la ventana que daba al patio, cualquiera podía entrar por ella, así que las cerramos. Tras apagar la luz, solo nos faltó contar historias de terror; mi marido y yo nos preguntábamos dónde nos habíamos metido, y mi hija protestó:
-¿Pero por qué no reservaste en el hotel dos habitaciones? Cuando no oigo a uno oigo al otro, no voy a pegar ojo…
-¡Si nos da miedo pasar aquí la noche los cuatro juntos, imagínate estar en habitaciones separadas…! -le digo, pero mi hija es como Juan sin miedo.

Por fin nos dormimos, pero a media noche se oyó a un borracho que llegaba; parecía que estuviera ahí mismo: abajo, en el patio; gritó, con voz de beodo, a saber qué dijo en francés, y luego vomitó: ¡guaaaaa! Mi hijo se despertó, tenía miedo. Luego se puso a discutir con una mujer. Al parecer, no estaban abajo, debía de ocurrir en otro patio, menos mal. La que no iba a pegar ojo no se despertó. Pronto todo se calmó y pudimos dormirnos.
 
 
Desayunamos en un cafecillo y nos dirigimos hacia la catedral de Saint-Cecile. Te sentías muy pequeñito bajo esa fortaleza que únicamente se permitía decoración en la fachada, el resto era de ladrillo liso y laso, elevando sus torres hacia Dios. Esa austeridad contrastaba con la esplendorosa decoración interior, que nos dejó sin palabras. Paredes, techos cúpulas pintadas, el tabique y el jubé del coro góticos esculpidos como un bordado en piedra blanca. En la bóveda central, con el fondo azul y los nervios dorados, ni un resquicio quedó sin pintar. Un azul tan intenso y brillante gracias al lapislázuli se conservaba con toda su riqueza. Mientras el fresco intimidador del Juicio Final instaba a los fieles a ser buenos para no sufrir las crueles torturas del infierno, representadas aquí con los más espeluznantes detalles; portémonos bien, les digo a los chicos, sin romper nada por si acaso.

Callejeamos un poco para descubrir la ciudad, el gran mercado cubierto, las casas de ladrillo con entramado de madera. Pero hacía demasiado calor, así que optamos por una botella de agua fresca para calmar la sed, y unos bocadillos para llevar en un garito que había junto a nuestro hotel, donde nos atendió una animada señora francesa, que nos dio conversación mientras los preparaba. En el hotel, la jefa no nos dejó comer en las mesas del patio: había que consumir en la cafetería, de lo contrario no había negocio. La recepcionista nos indicó en el mapa dos parques de la ciudad. Elegimos el que se encontraba junto al río, a ver si allí conseguíamos un poco de fresco.
 
 
Las gabarras paseaban a los turistas por el río mientras nosotros nos dedicábamos a zamparnos los bocadillos kilométricos. Como el calor seguía torturándonos, inmisericorde, decidimos refugiarnos en el Palacio Episcopal, el Palais de la Berbie, la sede del museo Touluse Lautrec, bajo cuyos muros habíamos estado comiendo.
 
Los jardines eran preciosos: con sus setos cuidadosamente recortados que dibujaban formas redondeadas y perfectas con el verde y las flores amarillas. Pero no pude detenerme más: el gran Lautrec me llamaba a gritos desde el interior.
 
Conozco las pinturas de Toulouse Lautrec desde niña, ¿qué tendría: nueve, diez años? Mi hermana mayor poseía un librito del pintor con ilustraciones del tamaño de una postal y yo estaba enamorada de sus obras, de esos maravillosos carteles de colores vivos, a medio camino entre el cómic y la realidad. Pasaba las páginas de aquel librito una y otra vez… Así que el reencuentro con aquellos Lautrec de mi infancia, pero esta vez a tamaño real, más grandes que yo, fue un shock del que todavía no me he recuperado. Estaban todos: el “Divan Japoneis”, las bailarinas del Moulin Rouge, la gran “Jane Avril” con aquel sombrero rojo que yo empecé a dibujar en mi cuaderno un verano… Y los guardianes del museo sin dejarme hacer ni una foto, e incluso me hicieron borrar una que me pillaron tomando. De todas formas, conseguí que no se enteraran de que había hecho esta:

 
Por supuesto tuvimos que salir otra vez a cocernos en el ladrillo aunque nos retiramos al hotel el resto de la tarde, donde nos echamos una siesta que duró hasta la hora de cenar.
 
Al día siguiente nos despedimos de Albi tomando un desayuno en un salón de té, frente a la catedral. Solo el té, en tres teteras de colores, porque los croissant, nos dijo la camarera, era mejor comprarlos en la tienda de la esquina. Cualquiera entiende a estos franceses…
 
Mientras mi marido iba a por el coche, nosotros arrastramos las maletas hasta la catedral, donde se había montado un atasco gigantesco con los camiones que descargaban sus productos para las tiendas y restaurantes de la plaza. Y es que lo mejor hubiera sido que les quitaran las cadenas que protegen la plaza y les dejaran estacionar en ella, porque de otro modo era inevitable montar un atasco en ese espacio, donde solo cabía un coche por carril. No sé por qué he elegido Albi para narrar nuestro viaje a Francia, cuando también habíamos estado en sitios tan bonitos en la Dordogna; quizá sea porque nos sentimos entonces como en España: con su calorazo, sus atascos, sus calles levantadas por las obras, y esas casas de ladrillo, por su ambiente propio del sur, tan cercano a nosotros.
 
* Puri Menaya es escritora de literatura infantil y administra el blog El rincón de la bruja de chocolate.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten..
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lunes, 27 de agosto de 2012

ALBERTO TUGUES

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PASAR DE LARGO
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Por dondequiera que fuese, pasaba de largo. No quería detenerse en ningún lugar, no quería pararse a hablar con nadie. Ella siempre seguía andando, sus pasos nunca se detenían, miraba de soslayo los escaparates de las tiendas y pasaba de largo, sin mirar a las personas. Dice que un día, al hablar con una persona, se quedó sin palabras, y desde entonces no tenía nada más que decir. Las cosas estaban así y, a su edad, ya no era posible cambiar de costumbres o caminar de otro modo. Las palabras se habían terminado y su destino era pasar de largo. Sin más.
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VIDA DE HUÉSPED
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Siempre hizo vida de huésped, desde su infancia, alojado siempre en casa ajena.
En la vida familiar, en el trabajo, en cualquier lugar, también cuando hablaba se sentía huésped de las palabras.
Hospedado, pues, en casa ajena, viviendo de las palabras de los otros, no decía lo que pensaba, lo que sentía.
Pasaba el tiempo y no decía sus propias palabras, sino las que oía en la casa de los demás, en la calle, en tiendas y bares, las palabras de afuera. Palabras de infancia y de familia, palabras de trabajo y de amor, pero no eran sus palabras. Siempre huésped de las palabras, diciendo la palabra conveniente para seguir viviendo en las palabras de los otros.
Aprovechaba las noches para hablar consigo mismo, pero sin abusar de las palabras. Vivía, pues, secretamente, sin enfrentarse a las palabras de los otros, hospedado en casa ajena. Hasta que fue apagándose el ruido de las palabras, dejó de oír las palabras de los otros y descansó en el último silencio, lejos por fin de todas las palabras.

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* Alberto Tugues, nacido en Barcelona, ha publicado: Guía urbana de perplejos (1989), Distritos postales para ausentes (1998) Historias breves de este mundo (2002), El caso de una sangre derramada (2008) y Cancionero de prisión (2011), entre otros libros. Miembro fundador de las revistas de poesía Asimetría, Hora de Poesía y Poesía 080, actualmente coordina en la ACEC los Encuentros 080 y Voces Nuevas.
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* El cuadro, homenaje a George Sand, es de Josep Guinovart.
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domingo, 26 de agosto de 2012

Por los cines del mundo, con Antonio Costa Gómez

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CINES DEL MUNDO
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En aquel cine como un hangar en Ushuaia, en la Tierra del Fuego, ponían una película sobre un deportista bocazas a cuyo cuidado dejan una niña. En un cine de Tokio en un décimo piso comprendí que un joven seguía a una joven y no se atrevía a hablarle en el metro y miraba su foto en la habitación. En otro cavernoso en Rostov del Don tuve que pagar quince entradas para que me pusieran a mí solo una película de Drácula. En uno imperial en Budapest vi una versión subtitulada en húngaro de Instinto básico y aprendí a decir “gracias” en húngaro. En un cine gigantesco de Agra todo el mundo daba vueltas y hablaba como en la calle y había un sonido altísimo y ponían una película donde indios de película llegaban a la mansión familiar en avión privado y todo el mundo lloraba mucho y se titulaba Días alegres, días tristes. En el Raj Mandir de Jaipur, el palacio del cine  de un multimillonario cinéfilo, había una cola larguísima pero un policía con una porra grande me ofreció entrar directamente. En uno polvoriento de Isfahan ponían una película en que un joven rapta a una chica y se empeña en llevarla por las montañas hasta el mar Caspio, pero nunca la toca, porque en el cine iraní nunca se tocan los hombres y las mujeres. En uno escondido en un vestíbulo en Estambul unos jóvenes quisieron desplumarme y vi como Valeria Bruni entraba lentamente en el mar. En una filmoteca solitaria en Bogotá solo estábamos Consuelo y yo y había carteles de películas que nadie vería. En el más apartado de Santiago de Compostela el patio estaba lleno de gatos y de carrocerías de coches, y me pusieron Leolo y el portero me preguntó si me había sentido solo. En la  filmoteca galáctica de Oslo volví a ver Lawrence de Arabia y tuve  una discusión con un estalinista sobre quién controla el cine. En una sala debajo de una escalera en Lisboa vi películas de terror y un día perdí la entrada y el portero me dejó entrar. En otra en Quito que se llamaba Ocho y medio volví a ver Cinema Paradiso y servían  platos combinados con nombres de películas. En un cine en el Village de Nueva York cada tres minutos se oía el estruendo del metro debajo de la sala y había que reconstruir  los diálogos. En el Luchana de Madrid ponían Ellos robaron la picha de Hitler. En otro detrás del templo de Luxor, los egipcios sonreían porque iba a ver una película europea y podían verse mujeres en ropa interior. En el Gaumont de Buenos Aires, en el vestíbulo  se veían reproducciones de Edward Hopper y las soledades de las habitaciones en los hoteles. En todos ellos me  preparaba para la magia de las imágenes en la oscuridad. Y la encontré muchas veces. Y la viví.
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Bar del cine Chaplin, La Habana
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Bar del cine Ocho y medio, Quito
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Cine Bucaresti, abandonado, en Bucarest
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Cine Rex, diseñado por John Ebertson
Cine Moskva, Yerevan, Armenia
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Cine Rustaveli, Tiflis, Georgia

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* Las fotos son de Consuelo de Arco.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten..
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sábado, 25 de agosto de 2012

En Cala Fustam, con Laura Garrido

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Cala Fustam. Por una ola
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Convertirse por un día en capitán de pequeña embarcación es una experiencia sensitiva para quien sólo haya utilizado un ancla como colgador de ropa en tierras de secano. Si hubiera sabido que no es necesario acreditar experiencia o poseer carnet de patrón para dirigir una barca de goma motorizada, hubiera recorrido las costas de las islas baleares por mar, en vez de soportar interminables caminatas  en busca de paraísos vírgenes a los que no lleguen los coches.  En el mes de agosto, como dicen por aquí, el “camí de cavalls” es sólo para los caballos.
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Fue así, de la forma más casual, cuando, con la llegada de una ola de calor y con la amenaza de transformarme en un charco (tuve pesadillas en las que dejaba de escribir por semejante circunstancia), decidí embarcar a mi familia en semejante aventura.  Navegamos desde playa de Son Bou, en la costa sur de Menorca, hasta Cala Turqueta. Como buenos principiantes esquivábamos las embarcaciones de mayor eslora mucho antes de que nuestra vista percibiera las siluetas de sus marineros: niñas con pareo tomando el sol en cubierta o señoras de buen tipo luciendo sus torsos al descubierto. Los veinte kilómetros por hora que alcanzaba nuestro motor a toda máquina, era más que suficiente para adelantar, por la derecha (como buenos conocedores del código vial), a piragüistas y barcas de remos.
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Fue así cómo descubrimos un paraíso virgen apto para intrépidos Robinsones: cala Fustam (cuatro kilómetros a pie desde el párking de Binigaus o, si lo prefieres, cuatro mil metros desde cala Galdana).
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En Cala Fustam, descubrimos un maravilloso entorno de aguas de color turquesa enmarcado por el verde de los pinos y la vegetación autóctona, que limitaba con una alfombra de arena blanca en la que únicamente relucían cuatro piraguas naranjas bajo un sol de justicia. Uno se pregunta, ensimismado por la belleza de postal de la que se siente protagonista,  el porqué de los tonos turquesas, el porqué de la mayor salinidad del agua, o el porqué de un sitio tan perfecto al alcance de cualquier humano con ganas de andar o navegar.
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Pasar unas horas en este lugar es como viajar a esas fotografías caribeñas, de las Fiji, o de las Bahamas. Puedes cerrar los ojos y pensar que habitas en otro país, que estás solo en el mundo o que nada de lo que has dejado atrás tiene ya mucho sentido. Y solos, muy solos en el mundo nos sentimos cuando una embarcación recogió a los cuatro piragüistas por culpa de un mar que se había encrespado. ¡Olas de un metro!, dijo el chaval del alquiler que enganchó las piraguas  a su barca motora y acomodó a los asustados remeros. Llamad para que vengan a buscaros, nos sugirió. Aquel chaval olvidó decirnos que en los paraísos vírgenes no hay cobertura, que la tecnología es ajena a los entrantes de mar, a sus calas y sus recovecos marinos. Regresamos bordeando la costa a diez por hora: Excorsada, hileras de pinos al servicio de la fina arena;  Binigaus, playas infinitas, vírgenes y tranquilas; Adeodat, separada de la siguiente por una punta rocosa llamada Punta Negra; Santo Tomás, hermano gemelo de Son Bou;  Atalis,  tierra de acantilados enanos, y Son Bou, tierra de turistas bronceados.
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Solo nos cruzamos con una piragua que luchaba contra el viento y que nos deseó mucha suerte. Como somos del mar cantábrico, adivinamos que las medidas de longitud marítima han de ser distintas en cada mar, pues aquello que el joven denominó “olas de un metro” más bien parecía un día con bandera verde en cualquier playa del norte. Lo que es innegable es que con ola de calor o con ola de un metro : las costas de Menorca nunca perderán su encanto. 
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* Laura Garrido (Vitoria, 1969) es licenciada en Ingeniería Informática. Tanto con su poesía como con su narrativa breve ha obtenido premios y ha sido includa en antología. En sus dos blogs (http://demispalabrasylasvuestras.blogspot.de/ y http://demisbocetosylosvuestros.blogspot.de/) puede verse tanto su obra narrativa como los bocetos que pinta.
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* Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten...

jueves, 23 de agosto de 2012

Lola Sanabria, en Praga, con la lengua fuera...

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UN DÍA MUY LARGO
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Lo dijo el Ivancito, el guía responsable, nada más subirnos al autocar. “Será todo el rato andando hasta las seis de la tarde. Si alguno quiere volver al hotel conmigo después de comer, puede hacerlo. Ja, ja, ja (se rió el malvado), ya sé que ahora todos están dispuestos a llegar hasta el final, van de refresco, pero ya veremos a mediodía”.
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Nos juntaron a todos en una plaza después de advertirnos, una vez más, de que tuviéramos separados los carnés de los pasaportes y vigiláramos los bolsos y las mochilas, y el Ivancito nos presentó a la guía local. Repartieron auriculares y aparatos y la mujer nos dijo que no perdiéramos de vista su paraguas, que no nos confiáramos porque la estuviéramos oyendo ya que podía desaparecer al doblar una esquina y ya no volver a encontrarla. Y se puso a andar y a hablar, paraguas en alto, y ya no dejó de hacerlo hasta que nos abandonó, primero en la comida y más tarde cerca de la parada del tranvía. Una mujer imbatible, lo juro.
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Casa de Kafka
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El barrio judío, la sinagoga, el cementerio judío con sus enterramientos en pisos y las lápidas torcidas que apenas vimos desde la calle (ya lo verán en otra ocasión por dentro, ahora no hay tiempo); la Universidad; el puente de Carlos IV hasta arriba de gente, con puestos y pintores y la figura de Nepomuceno, el santurrón que tiró el emperador al río Moldava porque se negó a contarle los secretos de la reina; el reloj astronómico con sus agujas girando en dirección contraria, con su carillón y sus apóstoles asomándose a la hora, a carreras con la muerte; el otro santurrón, Jan Hus, en mitad de la plaza, con las llamas debajo, mira tú que meterse con el Poder ese de la Iglesia y criticar su afán de acumular riquezas, ¡hala, a la hoguera por hereje!; la catedral de San Nicolás, la de Nuestra señora de Tyn... Aquí paramos para ir al baño y cambiar dinero y enseguida otra vez en marcha, el paraguas que volaba y lo veías perderse por momentos entre la multitud mientras escuchabas la voz de la dueña. “A mi derecha, un teatro negro. Si alguien quiere entradas para la función de la noche, que me lo diga y se las saco. El teatro negro es...”. Así hasta que se paraba, y mientras te mostraba el escaparate con cristal de Bohemia, auténtico, y repartía vales descuento, tú recuperabas algo de resuello y mirabas el reloj echando cuentas del tiempo que faltaba para comer. Entonces ella reanudaba la marcha y el monólogo, y cuando ya estabas a punto de decirle que te calles y pares que estoy hasta el mismísimo de la Guerra de los Treinta Años, que allá ellos con sus cosas, que tampoco me importa ahora mismo la jodida peste, ni las cruces que dan cuenta de ella, que nos dejes en paz tomándonos una cervecita, ella paraba justo delante del restaurante y veías al Ivancito que eso era buena señal porque se acercaba el descanso.
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Cementerio judío
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Comida típica en una cervecería con fabricación propia. Gulash. Es decir, tres trozos de carne estofada, arroz y alguna patata cocida, después de una sopa. Nos lo dijo La incansable, poco antes de dejarnos por primera vez. “Ja, ja. La comida tómensela como una aportación cultural más”. Y así hubo que tomarla, qué remedio. Y andarse con ojo para que no te quitaran el plato antes de haber acabado. ¡Qué manía!, en cuanto dejabas un momento descansar el tenedor, una mano entraba por un lateral y te dejaba sin la última patata. La cerveza buenísima, de lúpulo, menos amarga que la alemana. Medio litro por cabeza por menos de treinta coronas. Y el café ni olerlo. Una se preguntaba si en esas condiciones iba a poder soportar otras cuantas horas de pateo, sin café ni nada. Las piernas y los pies me latían de puro agotamiento. Pero allí nadie se volvió al hotel con el Ivancito. Y otra vez la Mujer de hierro. “Tengo pilas para aquellos a los que se les hayan agotado”, avisó mientras nos conminaba a colocarnos los auriculares y seguir su paraguas. Le pedimos un café y ella nos dijo que era el estímulo para continuar que, a mitad de camino, pararíamos para tomarlo. Empezamos derrengados pero conforme iba avanzando la tarde, aquello fue el ejército de Pancho Villa. Primero se descolgaron dos en unos servicios públicos mientras el resto observaba el cambio de guardia a la entrada del castillo. Hubo quien tuvo fuerzas para posar, sonriente, al lado de la estatua soldado que miraba de reojo al guiri en cuestión. Más tarde desapareció una tía con una amiga, dejando con nosotros a la sobrina, aprovechando que la guía iba a sacar las entradas para la Catedral de San Vito. Entramos, dejando atrás a las despistadas. Allí nos encontramos de nuevo con la historia del santurrón que habían tirado al río, versión casquería. Nos contó La incansable que encontraron un resto orgánico del confesor y dedujeron que era la lengua y eso era una señal porque, claro, como el desdichado no quiso irse de ella..., pero más tarde, unas pruebas determinaron que era el cerebro fosilizado y encogido por las aguas y el tiempo y qué sé yo... Hasta ahí íbamos más o menos coordinando y siguiéndola pero después, la cosa decayó de tal manera, que lo mismo nos daba que el siguiente lugar fuera un salón que una cochera, lo que buscábamos era un poyo donde sentarnos. La guía continuaba, inasequible al desaliento, hablando para las paredes o para el aire porque nadie estaba en condiciones de escucharla. Llegaban jirones de la historia de los dos curatas católicos arrojados por una ventana, origen de una algarada que duró treinta años. Aparecieron la tía y la amiga y entonces llegamos a un bar y la Dama de hierro nos dejó un rato para mear y tomar un café. “Expreso, tráigame uno expreso, nada de americano o va a pasar algo”. Nos reanimamos un poco aunque la mayoría de los aparatos no funcionaban ni había pilas y tenías que acercarte mucho para seguir oyendo las explicaciones de la guía. Me sacudí momentáneamente el aturdimiento cuando oí que estábamos en el número veintidós, la casa de Franz Kafka, y vi una fachada sencilla convertida en lugar de venta de souvenirs.
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Cuando apareció el Ivancito, estuve a punto de echarme a llorar de alegría pues eso significaba que, o bien el recorrido había finalizado, o estaba a punto de concluir. Devolvimos los auriculares y los aparatos, y entonces ella, La invencible, dijo que todavía quedaba la iglesia de no sé qué niño y nos arrastró hasta allí y todavía, después de despedirse, se entretuvo en repartir estampitas y acompañarnos un trecho hasta el tranvía. Lo dicho, un día interminable. Y encima el Ivancito va y nos dice camino del hotel, que aquellos que quisieran salir a dar una vuelta al centro por la noche, podían coger el autobús y el Metro. Ja, ja.
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 * Os recuerdo que podéis mandarme vuestras crónicas de viajes. Publicaré encantado aquellas que me gusten.
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