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El escritor Jesús Ortega ha tenido la brillante idea de invitar a unos cuantos escritores a que nos cuenten dónde escriben, cómo es su lugar de trabajo y quizá también de lectura. Las respuestas las ha ido recogiendo en un blog titulado Proyecto escritorio y ya han colaborado Fernando Aramburu, Raúl Brasca, Angélica Lidell, Carlos Marzal, Andrés Neuman y Juan Gabriel Vásquez, entre otros muchos y buenos escritores, a los que pido disculpas por no recordar aquí. Uno de los próximos invitados será Francisco Ferrer Lerín.
Os dejo mi contribución. Ahora, a toro pasado, me alegra que Jesús haya tenido la benevolencia de dejarme que me cuele entre tantos autores ilustres.
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Del espacio, el silencio, la música y la luz
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Quienes escriben habitualmente podrían
dividirse en dos grupos: los que pueden hacerlo en cualquier sitio, y aquellos
que necesitamos de un entorno conocido, familiar. A mí me resulta casi
imposible llevar a cabo esta tarea en los siempre agitados aeropuertos, ni
siquiera podría leer en los bancos de un parque silencioso.
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Mi escritorio, digamos, es plural, mitad alemán, mitad español. No
pueden ser más distintos; lo que me hace pensar que mi capacidad de adaptación al
medio es mayor de lo que había sospechado. El de Barcelona es minúsculo y
oscuro, con un pequeño ventanuco y una mesa estrecha en la que apenas puedo
poner nada. Solo cabe el ordenador, unos pocos papeles, un atril que no utilizo
nunca, pero en el que coloco reproducciones de cuadros que he visto en
exposiciones, y poco más. Casi a mano, en una estantería cogiendo polvo, hay
unos pocos libros, manuales, diccionarios de literatura, que apenas si consulto,
junto a un puñado de cedés que muy de tarde en tarde pincho en el ordenador, aunque
casi siempre acabe decantándome por los quintetos de Mozart.
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En cambio, el despacho de Berlín (puede
verse en las fotos) es amplio y ordenado, con dos grandes mesas alineadas contra
la pared. En un extremo, junto a una ventana luminosa, invierno aparte claro, andan
el ordenador y la impresora. El resto de la mesa va llenándose poco a poco de
papeles y libros hasta que concluyo un trabajo, hago limpieza y vuelvo a
abarrotarla con lo necesario para el siguiente. El aspecto que presenta el
cuarto, con la decoración y disposición de casi todos los muebles y objetos, no
es mío, sino del propietario del piso, que alquilo por temporadas. En este
caso, las imágenes solo reflejan de forma superficial la realidad del trabajo cotidiano,
de ahí que podamos acudir en ayuda de ese nuevo lugar común que reza: `más vale
una palabra que mil imágenes, ahora tan desgastadas...´
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Lo que sí necesito siempre es un silencio
casi absoluto, que suelo romper en algún momento, mucho más en Berlín que en
Barcelona, con música clásica o jazz. Además de Mozart, suelo escuchar sobre
todo Bach, Händel, Haydn, Telemann, o las interpretaciones de Il Giardino
Armonico. En jazz, por fortuna, tengo un gusto más variado. Lo que me distrae y
molesta, decía, son los sonidos humanos, la música que pone el vecino, o las
conversaciones a gritos que mantiene a veces con el móvil en Barcelona. Por el
contrario, en Berlín, y puesto que a los vecinos apenas se les oye, suelen
distraerme en verano los alaridos, más que gritos, de los jóvenes turcos jugando
a fútbol, o el sonido que produce el balón al chocar contra la tela metálica
que delimita el campo. En fin.
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Para leer, la otra cara de la
misma moneda, necesito tumbarme en un sofá, o mejor aún, en la cama, ponerme
las gafas de cerca, y acertar con un buen libro, que siempre leo con un lápiz
en la mano. Esta operación cotidiana tampoco resulta igual en mis dos ciudades,
pues mientras que en Barcelona la cama la tengo cerca, en Berlín necesito
desplazarme a otra habitación, más amplia e iluminada.
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Pero lo más extraño de todo, lo
que llevo peor, es que el noventa por ciento de mis libros, una buena
biblioteca sobre todo de arte y literatura, se encuentra en una casa situada a
30 kilómetros de Barcelona, en la que no vivo desde hace más de diez años, y a
la que solo me acerco para llenarme de polvo, dejar unos libros, coger otros y
darme cuenta de que me he pasado la vida acumulando volúmenes que apenas puedo consultar,
a menos que me desplace hasta la triste y ruidosa Sabadell.
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Aunque nunca me haya forjado un heterónimo,
parece como si, en cierta forma, y todo lo modestamente que se quiera, llevase
una existencia desdoblada. Habré de considerar que quizá sí tenga dos vidas: la
una como escritor (perdón, como historiador y crítico literario) y la otra en
calidad de lector, condicionadas ambas por el espacio, la música, el silencio y
la luz.
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Para los que andamos de acá para
allá, lo ideal sería poseer algo parecido a aquel baúl biblioteca, con escritorio
incorporado, que Louis Vuitton diseñó para Hemingway en 1923, con el estampado
sobre lona Monogram. Si la mitomanía fuera una ciencia exacta, en ese mueble
debería uno poder escribir cuentos, con mucha inspiración un buen poema o
microrrelato, o al menos –seamos realistas- alguna de esas novelas medianejas
que inundan hoy las librerías y que pronto serán pasto del olvido.
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* Las fotos del escritorio son de Gemma Pellicer.
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