martes, 24 de julio de 2012

Microlecturas, 8: Diego Muñoz Valenzuela

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El Pulgarcito de la narrativa
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Mis primeras nociones del cuento brevísimo provienen de la lectura –a fines de los 60- de la compilación Cuentos breves y extraordinarios, de Borges y Bioy Casares. Luego fui descubriendo otras gemas, como las Historias de cronopios y famas, de Cortázar, el Fabulario, de Eduardo Gudiño Kieffer, el prodigioso ingenio de Marco Denevi, la síntesis extrema y el agudo humor de Monterroso.
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Contraída la adicción por la narrativa breve y sus alrededores, vendrán con el tiempo nuevos descubrimientos, pero he aquí que ocurrió el Golpe Militar de 1973, cuando todavía no termino la secundaria. Un brusco cierre de un capítulo de nuestra historia y el comienzo de otro, oscuro y sangriento.
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En el apogeo de la dictadura chilena, a mediados de los 70, cuando el sátrapa Pinochet gobernaba a su amaño y bastaba un ademán suyo para que una jauría de sicarios se dejara caer sobre la víctima señalada, los incipientes escritores rebeldes de mi generación nos quebrábamos la cabeza buscando modos de alinear nuestros textos con la lucha libertaria. Como nuestros predecesores, al fin entendimos que bastaba con escribir: abrir espacio a la creación. Lo demás vendría solo, sin fórceps, sin fórmulas, sin obligaciones.
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Comencé a escribir en los viajes de ida y vuelta a la universidad, cuando lograba apropiarme de un asiento en las “micros”, la palabra  que los chilenos utilizamos para referirnos a los buses de transporte urbano. Garabateando entre saltos por los baches del pavimento o los horribles frenazos, comprimido hasta la asfixia, así produje mis primeros cuentos brevísimos. Cuando acumulé varios de ellos, intuí que estaba ante una clase especial de textos. Los bauticé micro-cuentos, o sea, cuentos escritos en una micro. Es gracioso confesar que no advertí de inmediato el doble juego de esta denominación, que alude a la pequeñez, al mundo de lo microscópico.
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Este redescubrimiento más personal de la brevedad tuvo bastante trascendencia, porque me condujo a publicar mis primeros textos: cuatro o cinco microcuentos en una revista literaria semiclandestina de la Facultad donde estudiaba. Después vinieron otros microcuentos. Empezaron a poblar los diarios murales, conviviendo con listas de notas y anuncios académicos. Algunos lectores activos los leían con esperanza: a buen entendedor pocas palabras.
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La brevedad permitía múltiples interpretaciones: la ambigüedad, la sugerencia y la imaginación hacían su trabajo. Y, lo mejor de todo, nadie podía acusarme de subversión. Poco tiempo después adquirí el privilegio de leer microcuentos en los primeros encuentros y expresiones artísticas de la disidencia. Leí junto con los poetas, a quienes se les otorgaba el privilegio de un moderado espacio junto a una larga secuencia de músicos y cantantes. Los estudiantes se asustaron cuando se anunció la intervención de un cuentista, pero antes de que alcanzaran a abrocharse las zapatillas para escapar a toda velocidad, les espeté un cuentecillo. Entonces se aliviaron, exhalaron un suspiro y decidieron quedarse para escuchar otro.
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Habiendo dado varios trancos por este camino, vine a encontrarme con muchos autores que cultivaron la brevedad de diversas formas. Por ejemplo, Ambrose Bierce y su brillante, ácido e inolvidable Diccionario del Diablo, o un libro que me cautivó desde el título: El club de los parricidas.
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Otros fulgores desmedidos y egregios: Juan José Arreola. Sorpresas cargadas de ingenio y humor como las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Cuentos de la China milenaria y el Antiguo Egipto. Las intuiciones geniales de poetas gigantes como Rubén Darío y Vicente Huidobro.
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Nada nuevo bajo el sol, ya se ve, había una larga tradición. Solo que de pronto la vimos en perspectiva. El microrrelato sale del tocador. Se construyen teorías a medida, se organizan seminarios y lecturas, hasta se convocan congresos internacionales.
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Entre los microrrelatistas imprescindibles de Hispanoamérica –lecturas que no deben ser omitidas de modo alguno- aparte de los mencionados encontramos a René Avilés Fabila (México), Luis Britto García y Gabriel Jiménez Emán (Venezuela), Guillermo Bustamante Zamudio (Colombia), el peruano Fernando Iwasaki, y una gran escuadra de autores argentinos encabezados por las magníficas Luisa Valenzuela y Ana María Shua, Raúl Brasca, Orlando Romano, Juan Romagnoli, Fabián Vique e Ildiko Nassr.
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En Chile hay una breve tradición que se inicia con Huidobro, prosigue con Alfonso Alcalde, y logra un apogeo en los ochenta –a partir del trabajo de autores de generaciones muy diversas- pero con especial gravitación de la Generación del 80. Destacan la producción de Virginia Vidal, Andrés Gallardo, Susana Sánchez, Juan Armando Epple y Poli Délano, junto con la de ochenteros como Lilian Elphick, Pía Barros, Carlos Iturra, Pedro Guillermo Jara, Gabriela Aguilera. Hay que anotar autores como Isabel Mellado y Max Valdés.
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Como aquel personaje que se asombra por el hecho de hablar en prosa, fui dándome cuenta muy lentamente de este oficio de microrrelatista que me habitó desde los inicios en la escritura. Mucho me alentó la amistad con otros autores que cultivaban el género; luego los encuentros y los congresos donde es posible encontrarse con investigadores, profesores, editores y lectores.
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Justamente fueron los lectores quienes me animaron en 1999, en el Chaco argentino, en uno de esos magníficos foros que organiza Mempo Giardinelli y su Fundación, a publicar mi primer libro de microcuentos. Me preguntaba dónde podían encontrar esos textos brevísimos que leí una tarde memorable ante un atento público de ¡tres mil personas! Increíble.
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El microrrelato es un camino que se trae sus sorpresas. Es un terreno experimental, desafiante, en permanente cambio. Algo muy atractivo para quien gusta salirse de norma. Una forma de rebelión creativa que nunca termina. No planeo salirme del sendero. Todo lo contrario. Lo paso muy bien, recordando el valor de cada palabra, ejerciendo intensamente la economía de lenguaje y buscando la máxima expresividad para un lector activo.
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Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956) ha publicado los volúmenes de cuentos Nada ha terminado, Lugares secretos, Ángeles y verdugos, Déjalo ser y De monstruos y bellezas; y las novelas Todo el amor en sus ojos, Flores para un cyborg (Eda, Málaga, 2008) y Las criaturas del cyborg. Ha sido incluido en diversas antologías, como Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010). Sus cuentos han sido traducidos al croata, francés, italiano, inglés y mapudungun. Y ha obtenido el Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996. Más detalles en:
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ttp://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/
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* En las fotos, de arriba abajo, aparecen Vicente Huidobro, Eduardo Gudiño Kieffer, Juan José Arreola, Adolfo Bioy Casares y Diego Muñoz Valenzuela.
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lunes, 23 de julio de 2012

Ha muerto Esther Tusquets

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Dice la noticia, para mí pésima noticia, que ha muerto la editora y escritora Esther Tusquets de una pulmonía. Tenía 75 años y desde hace unos pocos padecía párkinson, lo mismo que le ocurrió a su madre, con quien mantuvo una conflictiva relación a lo largo de toda su existencia, y que tan importante lugar ocupa en su obra literaria. El inicio de la vejez no lo llevaba nada bien y se quejaba con amargura. "La vejez -escribe en su último libro- es una larga sucesión de pérdidas". Quizá pensara que la muerte andaba rondándola, pues solía afirmar que le gustaría morir en el mar, o en su piso de la calle Muntaner. Le había pedido a sus allegados que no permitieran que falleciera en un hospital, que no la incineraran, y que su hermano, el arquitecto Oscar Tusquets, le construyera un panteón cerca de Vicenza, amparado por las obras de Palladio.
Esther Tusquets ha sido una excelente editora, quizá no a la misma altura de Jorge Herralde y Beatriz de Moura, pero tampoco alejada de ellos. Con el primero mantenía una amistad que se inició en la infancia, pues se conocieron durante los veraneos en Playa de Haro. La segunda formó parte de su familia, pues estuvo casada con su hermano.  Como editora, el suyo era otro estilo, distinto, quizá más personal e incluso arriesgado, más parecido al de su reconocido maestro Carlos Barral, quien le cedería los derechos de sus dos autores más vendidos. Dirigió Lumen durante cuarenta años, destacando sus colecciones de libros infantiles (arrancó con El saltamontes verde, de Ana María Matute); la de poesía El Bardo, donde aparecieron libros de Pablo Neruda, Blas de Otero y José Agustín Goytisolo, entre otros muchos; y la singular colección Palabra e imagen, en la que aparecieron obras de Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, C.J. Cela, Cortázar, Neruda y Caballero Bonald, en diálogo con prestigiosos fotógrafos como Joan Colom, Oriol Maspons, Ramón Massats o Colita.
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Comentario aparte merece la colección de narrativa y ensayo internacional, Palabra en el tiempo, dirigida por el sabio Antonio Vilanova, quien había sido profesor suyo en la Universidad de Barcelona. Allí aparecieron obras de Samuel Beckett, James Joyce (los derechos se los regaló Carmen Balcells), Virginia Woolf, André Gide, Kafka, Céline, Marguerite Yourcenar, Hermann Broch, Giorgio Bassani, Claude Simon... La parte española de este ambiocioso catálogo tampoco estaba nada mal, con libros de Rosa Chacel, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Juan Benet y Jaime Gil de Biedma, a los que habría que añadir su último gran descubrimiento: Gustavo Martín Garzo, de quien publicó El lenguaje de las fuentes, cuando era un perfecto desconocido. Menos acierto tuvo con la colección Femenino singular. Pero los éxitos económicos llegaron con las tiras de Quino, de manos de la inolvidable Mafalda, y con la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, a quien ella había editado su producción ensayística anterior.  
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Su obra de creación está formada por novelas, cuentos y, en los últimos años, por libros memorialísticos como las conversaciones que mantuvo con su hermano Oscar (sin acento en la O, como a él le gusta), tituladas Tiempos que fueron (Bruguera, Barcelona, 2012). Su obra preferida era Varada tras el último naufragio, aunque yo destacaría, sobre todo, las novelas El mismo mar de todos los veranos (1978) y Para no volver (1985); el ciclo de cuentos Siete miradas en un mismo paisaje (1981), además de un puñado de extraordinarios relatos como "Los primos", "En la ciudad sin mar", "Carta a la madre" o "La niña lunática". Tuve la fortuna de recoger y prologar sus cuentos, primero en La niña lunática y otros cuentos (1996), libro con el que obtuvo el premio Ciudad de Barcelona, y luego en Carta a la madre y cuentos completos (Menoscuarto, Palencia, 2009).  Todas ellas se ocupan de las relaciones personales, sentimentales, de la amistad y del amor, pero lo que las singularizan son una visión femenina del mundo distinta, mucho más acorde con los tiempos que le había tocado vivir, aunque infrecuente todavía en la narrativa española.  
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Pero aun apreciando mucho su obra, siento sobre todo la muerte de la amiga querida, tímida, austera en el trato personal, pero discretamente cariñosa, extrañamente sincera y fiel a sus amigos. Mi despacho, en la Universidad Autónoma de Barcelona, está presidido por un reloj de pared que ella me regaló, diseñado por su hermano. Así la tengo a menudo siempre presente, pues aquel reloj apenas nunca funcionó.   
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sábado, 21 de julio de 2012

El microrrelato español en Cátedra

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EL MICRORRELATO, ENTRE CLÁSICO Y MODERNO
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El que una antología de microrrelatos españoles aparezca en una colección destinada a los clásicos, dirigida a un público escolar, pero también a los lectores en general, resulta una prueba más de la creciente aceptación de este nuevo género dentro del sistema literario. Cuando en 1990 Antonio Fernández Ferrer publicó su recopilación La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, pocos debieron darse cuenta de que el título remedaba un cuento largo de Juan Ramón Jiménez y una antología de Borges y Bioy Casares, Cuentos breves y extraordinarios (1955), puesto que apenas éramos conscientes de lo que suponía esta distancia narrativa.
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En poco más de veinte años el panorama ha cambiado por completo, los microrrelatos se han independizado, ya no son cuentos breves, generando su propia historiografía. Hoy disponemos, además, de reflexiones teóricas sobre las estrategias y peculiaridades de estas narraciones mínimas, pero también de antologías y estudios bien fundamentados. Y, por una vez, los investigadores universitarios, los historiadores de la literatura, han ido por delante de los críticos. Además, hace tiempo que varias editoriales (Thule, Páginas de Espuma, Cuadernos del Vigía y Menoscuarto, entre otras) le vienen prestando atención. Y lo más importante de todo: en lo que llevamos de siglo, cada vez es más frecuente que quienes se inician en la escritura lo hagan en esta forma narrativa.  
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La aparición, pues, de esta antología de Irene Andres-Suárez es tanto consecuencia natural de lo arriba expuesto, como de una fecunda dedicación de la autora al estudio del género. Abarca un siglo: desde comienzos del XX, con la obra pionera de Juan Ramón Jiménez, hasta nuestros días, con los nuevos nombres. Y a este respecto, dada la serie en la que aparece el libro, quizá hubiera sido más prudente detenerse en aquellos que tienen ya una obra consolidada dentro del género, como son Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Pedro Ugarte, Manuel Moyano, Juan Gracia Armendáriz, Rubén Abella y Andrés Neuman. Y, sin embargo, me alegra encontrar aquí, por ejemplo, esa pequeña pieza maestra que es “Futuro imperfecto”, de Lara Moreno, aunque su autora apenas haya cultivado el microrrelato.  
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Al lector debería llamarle la atención esa declaración de principios que es el subtítulo: “El cuarto género narrativo”, que si bien en otra distancia resultaría innecesaria, en ésta sigue siendo materia debatida. Coincido al respecto con la autora, quien mediante razones bien fundadas defiende la independencia genérica del microrrelato frente al cuento o el poema en prosa.
Si aceptamos sus criterios, que alguna vez incumple al no limitarse a recoger autores que tengan al menos un libro publicado, según precisa, podríamos reprocharle que incluya a varios que apenas han escrito unas pocas piezas. O, puesto que ha optado por acercarse hasta los últimos nombres, prescinda de la obra de Pedro Casariego Córdoba, Anelio Rodríguez Concepción, Francisco Silvera, Isabel Mellado o María José Barrios, todos ellos con algún libro de calidad. Si pensamos, en cambio, en los más veteranos, debería haberse incluido también a José de la Colina, Fernando Aínsa y Cristina Peri Rossi. Pero, en fin, no es este el lugar para ponernos puntillosos.
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Lo importante es que la antología, tanto en el prólogo como en la completa bibliografía aducida (echo de menos los Cuentos brevísimos, 1994, de Erna Brandenberger), además de en la selección de los textos, atesora mucho y bueno de 73 autores. Aquí están los grandes nombres: Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna; Ana María Matute, Max Aub, Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez y Antonio Fernández Molina; y tras los años de la Transición, Javier Tomeo, Luis Mateo Díez, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Juan José Millás, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y Julia Otxoa.
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El prólogo, que podría leerse como un libro exento, aparece dividido en dos partes diferenciadas, dedicadas, respectivamente, a la teoría y a la historia. Seguir insistiendo en lo que entendemos por microrrelato, en esencia un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, la cual exige ser tratada en esa estricta dimensión, sirviéndose de unas estrategias diferentes de las que suele utilizar el cuento y el poema en prosa, resulta necesario, pues no es infrecuente que en concursos, blogs e incluso libros intenten darnos gato por liebre. Como tampoco resulta un asunto ni engorroso, ni baladí, la discusión terminológica que lleva a cabo la autora.
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En cuanto a la antología, a las piezas concretas, recoge con acierto textos clásicos como “Juego de damas”, de Lorca; “El tiovivo”, de Ana María Matute; “Nagasaki”, de Sastre, seguramente el microrrelato español más antologado; la “Historia mínima XXIV”, de Tomeo; “El ángel”, de Zúñiga; o “La felicidad”, de Neuman.
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El microrrelato, género mestizo entre los híbridos (¿no lo son todos acaso desde prácticamente sus orígenes?), recorre el siglo entero sin apenas desfallecimiento. No en vano, desde aquel Cuentos largos que proyectara Juan Ramón Jiménez, y anunció en 1924, hasta el reciente Teatro de ceniza (2011), de Manuel Moyano, no ha dejado de significarse a lo largo del Modernismo y los años del Arte Nuevo, pero también en la estética del realismo comprometido o expresionista, lo fantástico y lo grotesco. Todo ello queda bien reflejado en esta antología, que no tardará en hacerse imprescindible para todos aquellos interesados en la narrativa más breve.
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* Irene Andres-Suárez, ed., Antología del microrrelato español (1906-2011), Cátedra (Letras hispánicas, 703), Madrid, 2012, 525 páginas. 
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*  La imagen de Ramón es de Pablo Gallo. Esta reseña ha aparecido publicada en el diario El País, el 21 de julio del 2012.
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miércoles, 18 de julio de 2012

Manuel Espada en Vietnam

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En 1975 los norteamericanos se retiraron definitivamente de Vietnam en el que fue su conflicto bélico más largo y destructivo desde la Segunda Guerra Mundial. La fotografía de los americanos huyendo en helicóptero desde los apartamentos que tenía la CIA en Saigón (y no desde la embajada, como siempre se ha dicho), dio la vuelta al mundo como símbolo de una victoria pírrica en la que murieron desde 1964 unos 4 millones de vietnamitas y unos 55.000 estadounidenses. La primera guerra televisada de la historia. La guerra en la que murió Robert Capa al pisar una mina. Una infamia en la que el capitalismo y el comunismo pretendían aniquilarse sin contemplaciones. Casi 30 años después y varias películas de Hollywood críticas o patrióticas (desde Boinas verdes a Platoon, Rambo o la josephconradiana Apocalypsis Now, que tuvo un presupuesto millonario para no pasar por la censura del Pentágono a cambio de helicópteros), Vietnam es otro país distinto, que nada tiene que ver con los tópicos del cine bélico en el que todos odian o aman a Ho Chi Ming, el tío Ho, que sale en todos los billetes, tan devaluados (25.000 dongs equivalen a un euro). Eso sí, en varios lugares del país hacen una excursión por los túneles que excavaron los guerrilleros, auténticas ciudades bajo la tierra, con cocinas sin humo “delator” gracias a los diferentes estratos. Los túneles de Cu Chi se han convertido en una especie de parque temático en el que los turistas pueden meterse en los túneles de apenas un metro de altura e incluso disparar con Kalashnikov, M-16 o ametralladoras pesadas a razón de un dólar por bala en el campo de tiro. El pasado bélico de Vietnam hace que sus habitantes se sientan orgullosos de su resistencia. Los franceses conquistaron Indochina (Vietnam, Laos, Camboya) con ayuda de los españoles de Filipinas, ya que estaban “tropicalizados” e inmunizados contra las enfermedades de la zona. Cosas de las alianzas hispanofrancesas de la época napoleónica. El país está inundado de los edificios amarillos que los franceses plantaron por la zona. La película Indochina es una de las pocas que muestran la época (brutal) de las colonias francesas, a la que siguió la época de la invasión japonesa, por no hablar del intento de invasión chino tras la guerra con los americanos, una batalla en la que murieron más de 20.000 chinos.
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Luego vino el intento de invasión camboyano, que acabó a la inversa, con la toma de Camboya por parte de Vietnam y el declive de los seguidores genocidas de Pol Pot. En Vietnam nada queda de todo esto. En la bahía de Halong en la que transcurre parte de la película Indochina ya no hay juncos (barcos típicos de vela), sino que está rodeada por inmensos mercantes oxidados que afean la zona. También hay un pueblo de pescadores que viven sobre las aguas en casas flotantes, con escuelas de primaria y perros que van de casa en casa. Aguas marrones llenas de medusas enormes y ciempiés de agua. Arroz y motos. En realidad hoy en día Vietnam parece un gigante campo de arroz rodeado por ciudades superpobladas por millones de motos. Millones. Literalmente. No hay espacio para los coches. Ni para las casas anchas. El Gobierno entrega un terreno estrecho y las casas sólo pueden crecer a lo alto. Llama la atención lo estrechísimas que son las edificaciones. Una familia puede compartir una casa de 10 metros cuadrados en un país de más de 86 millones de habitantes, el 13º con más densidad de población del Planeta. Pese a la destrucción norteamericana, que devastó el país con napalm y agente naranja (dioxinas, la toxina más potente del mundo), las lluvias hacen que el verde y el agua lo inunde todo. Pero aún hay muchos lisiados por las minas y las malformaciones que dejaron los americanos. Aun así, el comunismo atípico del país permite que multinacionales como Coca-Cola campen a sus anchas, chicas con camisas que lucen la bandera americana toman el sol, y millones de mujeres se tapan de la cabeza a los pies para seguir el canon de belleza occidental. No quieren ponerse morenas y se tapan, pese al tremendo calor, de la cabeza a los pies, como si llevaran un burka. Aseguran que es el moreno lo que no les sienta bien, no la piel morena, y sólo se quitan los ropajes y las mascarillas por la noche. El sol es el enemigo. Como vampiresas.
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Desde Hanoi, en el norte, hasta Saigón, en el sur, las motos, el sol y el agua de los monzones invaden un país comunista que permite Facebook y Twitter, pero no el acceso a los blogs. Una extraña censura pseudocomunista-capitalista en cuyas calles se pueden ver todas las marcas del mundo occidental, desde Armani hasta la Adidas alemana que patrocina las fotos de la selección española que adornan algunas calles de Saigón, con Xabi y Xavi al frente. La industrialización del país alterna con la artesanía y las pequeñas piscifactorías de “panga” en el delta del Mekong, aguas marrones y pescado barato y competitivo. Los veteranos de guerra rondan los 60 años, la población joven se ha olvidado del conflicto y son muchos los que se saben la alineación de “La Roja”. Les entusiasma el fútbol, adoran el agua, odian el sol, y están orgullosos de sus búfalos de agua, criaturas hermosas. Arroz, motos, sombreros cónicos, orgullo y dignidad. Un país encantado de conocerse. Supervivencia pura. Hace mucho que no huele napalm. Hace mucho que no son la Cochinchina, el término con el que bautizaron los franceses a una parte del país con el fin de “divide y vencerás”. Arroz y agua. Orgullo y agua. Y arroz. Arroz.
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martes, 17 de julio de 2012

El Cádiz de Beatriz Alonso Aranzábal

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POR ALEGRÍAS (CINCO DÍAS EN LA COSTA GADITANA)
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Se trataba de desprenderse del halo de amargura que envuelve la realidad cotidiana, impregnado por las malas nuevas que llegan de todas partes, y dejar que los pensamientos flotaran empujados por el Poniente o por el Levante,  que se depositaran sobre cualquier loma de alcornoques, pinos o meros arbustos. La noche anterior a nuestra partida habían emitido en TVE un documental sobre la grabación de “La leyenda del tiempo” de Camarón, en 1979, disco que supuso una revolución en el flamenco, al principio no muy bien recibida. Y ya en el coche, atravesando Andalucía, descubrí que lo llevaba en el portacedés. “El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero. Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño” (letra inspirada en un poema de “Así que pasen cinco años” de Federico García Lorca). La leyenda del tiempo se convirtió en la banda sonora de nuestra breve estancia en la costa de Cádiz. Allí nos encontramos un lagarto enorme cerca de la playa y una luna llena surgiendo anaranjada en el  encinar. Descubrimos que las almendritas son un tipo de calamar  y el payoyo un rico queso. Que las piernas pueden caminar y no simplemente arrastrarse sobre el asfalto. Que el tiempo vuela igual de rápido que en la ciudad, pero que cada minuto se siente más propio.
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Castillo de Sancti Petri
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El telón de fondo fueron las espectaculares puestas de sol, siempre intensamente teñidas de rojo. Desde una duna en la playa de La Barrosa (mientras de fondo gritaban el segundo gol de La Roja), desde un barquito en torno al castillo de Sancti Petri, desde las inmaculadas callejuelas de Vejer de la Frontera o desde lo alto de Medina Sidonia, la hora bruja se llenaba del revuelo de los pajarillos en las copas de las palmeras y el de los críos en torno a las fuentes de varios caños: “Tiene la tarara un vestido blanco que sólo se pone en el jueves santo. La tarara sí, la tarara no, la tarara niña de mi corazón”, escuchaba en la voz de Camarón.
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Plaza de España en Vejer de la Frontera
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Callejuela de Vejer de la Frontera
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Atardecer desde Medina Sidonia
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Al volver a casa, aún quedaba arena en el fondo de la liviana maleta, unas cuantas olas enredadas en los tobillos y un poco de fuerza para no pestañear ante las embestidas de la realidad. Y poder doblegarla. “Enamorao de la vida aunque a veces duela. Si tengo frío busco candela. Volando voy, volando vengo” (Kiko Veneno).
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P. S. El libro que me acompañó en este viaje fue Correr el tupido velo (Alfaguara), de Pilar Donoso, en el que hay un capítulo dedicado a Calaceite, localidad que llegué a conocer por este blog. El libro es impresionante, en cuanto que profundiza en el carácter y motivaciones de un reconocido escritor de forma sincera y descarnada. La autora, su hija adoptiva, lo escribe de maravilla pero no pudo con el peso de la vida…
ENLACES: Documental de La 2: 
http://www.rtve.es/archivo/camaron/
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Con esta entrada iniciamos la publicación de crónicas sobre viajes. Las que me mandéis y me gusten las publicaré agradecido y encantado. 
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lunes, 16 de julio de 2012

LOLA SANABRIA

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AL BORDE
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I
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Habían discutido por la noche. Aun así, no renunciaron a la excursión del día siguiente. Hicieron el camino en silencio, cada uno en su enfado, escuchando la música grabada en el pen-drive. Unas gotas finas, como ráfagas, dieron paso al sol descomponiendo el agua en colores: nubes rosadas, azules y verdes, con forma de corazón, que subían del parabrisas para disolverse en el cielo.
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Llegaron a la ciudad a la hora de la comida. Volvía a llover. Aparcaron a las afueras y subieron hasta el centro. Entraron en un restaurante donde unos jóvenes italianos consumían patatas fritas y hamburguesas. Después de comer, pasearon por las calles, el uno al lado del otro, sin hablarse,  hasta llegar al río. Se sentaron en un banco. En la orilla opuesta, una grúa transportaba de un lado a otro de un palacete, materiales de construcción. Entonces ella reparó en aquella vara apoyada en el muro del edificio, en un saliente pequeño hacia el río. Para acceder hasta allí, era necesario bajar pegado a la pared por un estrecho camino cortado por el agua. Para llegar a donde estaba aquel palo, tenían que haber saltado o haberse metido en el río. Quien o quienes fueran, debieron dejarlo a propósito.
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- ¿Es una caña de pescar?- preguntó ella, rompiendo el silencio.
- Es sólo una vara larga- contestó él.
- ¿Y qué hace una vara ahí?
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Especularon un rato sobre la presencia del palo en el lugar y después se levantaron y siguieron bordeando el río agarrados de la mano.
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II
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- ¡No olvides la basura!
La orden le llegó cuando alcanzaba la puerta. Hizo un amago de continuar, pero se volvió como siempre. Recogió la bolsa de la puerta de la cocina y salió. A veces le daban ganas de irse y no regresar. Tal vez un día lo hiciera.
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Anochecía. El perro iba delante, arrimado a la orilla del río, unos metros más abajo de donde se hallaba el palacete. De repente se detuvo y ladró al agua. Volvió al lado del dueño, después a la ribera, inquieto, moviendo el rabo. El hombre avanzó más deprisa. De lejos, le parecieron unas hebras de lana negra, como una madeja deshilachada. Llegó fatigado por el esfuerzo. Se acercó resoplando y la voz se le quebró en un lamento. La chica tenía la falda enganchada en una rama; el cabello largo y oscuro se movía con el balanceo del agua. Las piernas del hombre hicieron un amago de doblarse. Se sentó en la hierba para evitar la caída. El perro le lamía las manos manchadas por la edad, le tiraba de la ropa, pero él no podía moverse, no hasta que alguien le dijera que aquello era sólo una de sus pesadillas, nada real, una fantasía como cuando imaginaba a su mujer flotando en el río. Muerta.
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III
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A la joven forense, aún le duele su trabajo. Siempre vuelve a casa derrotada. Roza con la punta de los dedos la frente de la chica antes de ponerse los auriculares y los guantes. Mientras escucha “Alhambra”, de Sarah Brightman, va sacando con las pinzas, de la boca de la muchacha, los pétalos, los tallos y las hojas. Flores silvestres que la asfixiaron. La forense clava una esquina de diente en su labio inferior. Pasa la lengua y recoge una gota de sangre. Intenta no llorar. Debe ser fuerte o dejarlo. Ese ha sido el ultimátum de él. No quiere más lágrimas, no quiere que le cuente nada de lo que hace. Examina el cuerpo desnudo. Tiene en el pecho un círculo amoratado, algo con punta la golpeó. A mediodía, el cadáver parece el cascarón de un barco. No tiene hambre. Deja el sándwich envuelto en plástico sobre la mesa metálica y redacta el informe. Después cubre el cuerpo con la sábana, cierra la luz, sale. Vuelve, coge el sándwich y lo tira a la papelera. Entra en los servicios y se lava la cara. Ensaya una sonrisa frente al espejo. No lo aguantará sola, lo sabe. Tal vez sea el momento de abandonarlo.
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IV
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He esperado a media noche para salir de casa con los zapatos quitados, de puntillas, porque la vieja hace tiempo que duerme en un sofá cerca de la chimenea, y tiene el sueño muy ligero. “¿Qué haces?”, me preguntó, mirándome con los ojos de loca, aquella noche cuando me sorprendió arrimando un pico de su manta al fuego. El viejo, en cambio, en cuanto entra en la cama, no para de roncar. Por eso ella se va, para no oírlo. Pero no se mete en otro cuarto, tiene que ser en el salón. Me ha hecho esperar mucho. Casi me duermo. Al pasar por su lado, se ha removido, y me han dado ganas de aquietarla; estaría mejor así para que no anduviera todo el tiempo detrás de mí dándome la lata, husmeando en mi vida. Eso cuando no se enzarza con el viejo en una de sus peleas. Y ella siempre gana, siempre el último insulto, la última palabra. Si me atreviera...
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Me gusta la noche, es mi aliada. Ni un alma en la calle, sólo un perro se cruza en mi camino hasta el río. Llego al palacete, bajo, ahora ligero; no fue fácil hacerlo arrastrando a la chica. Peso muerto. Salto y alcanzo la isla. Mi isla. Recupero mi vara, mi bastón de mando. Con él la ayudé a viajar río abajo; tan bonita, flotando en las aguas negras; tan hermosa en reposo, muda, ciega, sorda. Perfecta, efímera. Subo y bordeo el edificio. De vuelta a casa, recojo flores. Una nueva ofrenda. Para la pelirroja.
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Lola Sanabria. Nació. De pueblo. Serrano. Cordobés. Hija de pobres. Emigró a Madrid. Trabajó. Estudió. Luchó por la democracia. Se casó. Dos hijos. Y entre unas cosas y otras, comenzó a juntar letras. Trabaja con, para, discapacitados intelectuales. Vive. Morirá, a la fuerza, cuando le llegue su turno.
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* Los cuadros son de José Manuel Pérez Tapias. Este relato es inédito...Este ....

sábado, 14 de julio de 2012

Centenario de VIRGILIO PIÑERA

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El interrogatorio
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¿Cómo se llama?
-Porfirio.
¿Quiénes son sus padres?
-Antonio y Margarita.
¿Dónde nació?
-En América.
¿Qué edad tiene?
-Treinta y tres años.
¿Soltero o casado?
-Soltero.
¿Oficio?
-Albañil.
¿Sabe que se le acusa de haber dado muerte a la hija de su patrona?
-Sí, lo sé.
¿Tiene algo más que declarar?
-Que soy inocente.
El juez entonces mira vagamente al acusado y le dice:
-Usted no se llama Porfirio; usted no tiene padres que se llamen Antonio y Margarita; usted no nació en América; usted no tiene treinta y tres años; usted no es soltero; usted no es albañil; usted no ha dado muerte a la hija de su patrona; usted no es inocente.
-¿Qué soy entonces? –exclama el acusado.
Y el juez, que lo sigue mirando vagamente, le responde:
-Un hombre que cree llamarse Porfirio; que sus padres se llaman Antonio y Margarita; que ha nacido en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que ha dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente.
-Pero estoy acusado –objeta el albañil-. Hasta que no se prueben los hechos estaré amenazado de muerte.
-Eso no importa –contesta el juez, siempre con su vaguedad característica-. ¿No es esa misma acusación tan inexistente como todas sus respuestas al interrogatorio? ¿Como el interrogatorio mismo?
-¿Y la sentencia?
-Cuando ella se dicte, habrá desaparecido para usted la última oportunidad de comprenderlo todo –dice el juez; y su voz parece emitida como desde un megáfono.
-¿Estoy, pues, condenado a muerte? –gimotea el albañil-. Juro que soy inocente.
-No; acaba usted de ser absuelto. Pero veo con infinito horror que usted se llama Porfirio; que sus padres son Antonio y Margarita; que nació en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que está acusado de haber dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente; que ha sido absuelto, y que, finalmente, está usted perdido.
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(Virgilio Piñera, “El interrogatorio”, Muecas para escribientes, Alfaguara, Madrid, 1990, pp. 299-300 [Primera ed., 1968]).
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* Virgilio Piñera (1912-1979) fue narrador, poeta, dramaturgo y traductor. Quizá sus obras más importantes sean la novela La carne de René (1952), reeditada en España por Tusquets; los poemas de La isla en peso (1943); las piezas de teatro Electra Garrigó (1959) y Dos viejos pánicos (1968); y Los cuentos fríos (1956), libro del que existe una ed. en Catedra de Vicente Cervera y Mercedes Serna. Pero lo recordamos también tanto por sus colaboraciones en importantes revistas cubanas y argentinas, La espuela de plata, Orígenes, Ciclón, Casa de las Américas y Sur, como por ser el más gombrowiano de los escritores hispánicos. No en vano formó parte del equipo que en Buenos Aires, donde residió entre 1946 y 1958, tradujo Ferdydurke al castellano. Sus microrrelatos, que conviven en armonía con sus cuentos, fueron antologados por David Lagmanovich en El límite de la palabra, pues lo consideraba uno de sus cultivadores más destacados en el siglo XX. Sus Cuentos completos están publicados en Alfaguara.
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viernes, 13 de julio de 2012

Buñuel, los sesos de cabrito y José de la Colina

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Con Buñuel en El charlestón
(El mejor cabrito del mundo)
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La foto debe de ser de finales de los años 60. Estamos ante el ventanal de “El charlestón”, un restaurant por el rumbo de Insurgentes Sur, México D.F., de don Tino (el más bajito de todos), que era como una sucursal (pese al nombre) de El Correo Español y también en él se servían sesos de cabrito asados en el cráneo. He aquí los fotografiados: en línea y de izquierda a derecha: Arturo Garmendia (mexicano, crítico de cine; hoy no sé si aún vivo), Tomás Pérez Turrent (veracruzano, crítico de cine, guionista, coautor con José de la Colina del libro de entrevistas Luis Buñuel/Prohibido asomarse al interior; fallecido), Emilio García Riera (ibicense, refugacho, autor de la importante Historia documental del cine mexicano, en ¡dieciocho tomos!; fallecido), don Luis (¿es necesario documentarlo?; dicen que fallecido), don Tino (colaborador con nosotros, y tres meseros, de la broma de los diez mil autógrafos pedidos a Buñuel para canjearlos por uno de María Félix…, o de Cantinflas, no recuerdo;  fallecido), Alberto Isaac (colimense, nadador, campeón en unos lejanos juegos olímpicos, caricaturista, periodista, cineasta y uno de esos amigos que deberían darle a uno rabia por lo buen mozo fascinador de las chicas que le hacían tilín a uno, digamos nuestro Gary Cooper; fallecido) y al frente (inevitablemente) José de la Colina (santanderino/mexicano, escritor, fallido Pedrito de Los olvidados; tal vez no fallecido) que tomó la foto con un disparador y con apenas tiempo para presentarse delante del grupo, y de acuclillarse para no tapar a Buñuel (postura algo indecente, ¿no?).  
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OCIOSO COMENTARIO AL MARGEN: En las fotos de grupo, don Luis solía aparecer como un solitario entre una muchedumbre. ¿Pose? ¿Odio a las cámaras? ¿Timidez ante la leve inmortalidad que otorga la fotografía?... ¿O quizá no le había hecho tanta gracia la broma de los autógrafos? A saber.
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* Reproduzco, tal cual, la foto, con sus impagables aclaraciones y comentarios, que me manda el escritor José de la Colina, nacido español y recriado mexicano, que sigue vivo y coleando...  
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jueves, 12 de julio de 2012

El mausoleo de la reina Luisa de Prusia

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Uno de los lugares de Berlín más gratos para pasear son los jardines geométricos del palacio barroco de Charlottenburg, inspirados en los de Versalles y mandados construir por los Hohenzollern. Pero, además, una vez que atravesamos el lago de carpas aparece un jardín inglés, diseñado por Lenné. Están situados en plena ciudad y, en parte, bordeados por el río Spree. Entre los diversos lugares de interés que uno se encuentra se halla la Orangerie; el Teatro; el Nuevo Pabellón de estilo neocláciso (las dos columnas de granito con la Victoria son obra de Rauch), construido por Schinkel en 1825; el Belvedere (en sus orígenes una casa de té, fue proyectado por Langhans) y el mausoleo de la reina Luisa, quizá la más querida por los alemanes, la esposa del kaiser Federico Guillermo III, fallecida a los 34 años de edad. Recuérdese que, en 1826, cuando se publica la primera edición, Bethoven le dedicó la Novena Sinfonía, como homenaje tras su derrota ante Napoleón. El compositor, además, rasgó la dedicatoria al emperador francés de la Tercera Sinfonía (La heroica) por considerar que había traicionado los ideales de la Revolución Francesa. En fin, la pareja fue tan querida por sus conciudadanos que el poeta Novalis los consideró como un modelo a seguir por todos.
Este monumento funerario tiene, además, un importante valor artístico. El edificio que lo acoge fue diseñado por el propio rey, aunque las obras corrieran a cargo de Heinrich Gentz, siendo supervisadas por Schinkel. De todas formas, la portada dórica del edifico original fue trasladada a la Isla de los pavos reales. Con relación a los grupos escultóricos de las cuatro tumbas: de la reina Augusta, de Federico Guillermo I, obra de Erdmann Encke, y Federico Guillermo III, junto con el de la reina Luisa, destaca este último, construido con marmol de Carrara, obra de Rauch, a quien también se le debe el busto de la reina Luisa que hay en la entrada, y cuyas numerosas reproduciones se exhibían en jardines y salones privados como muestra de patriotismo.
En 1918, cuando desaparece la monarquía, el edifio se convierte en un lazareto. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió graves desperfectos. Hoy los jardines están abiertos al público y el edificio principal es un museo que acoge, además, exposiciones temporales. En los jardines la gente pasea o toma el sol sobre la hierba, los deportistas corren, los ciclistas dan la lata y los enamorados se besan, se achuchan y se hacen todos los arrumacos que les apetece.
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* El cuadro es de Josef Grassi (1758-1838) y representa a la reina con 26 años. Las fotos son de Gemma Pellicer.
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martes, 10 de julio de 2012

La garza de Charlottenburg

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* La secuencia de fotos aparece dispuesta al revés, en orden inverso. Las fotos son de Gemma Pellicer.
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lunes, 9 de julio de 2012

PATRICIA NASELLO, y 2

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La modelo
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Él busca un símbolo para su ideal. Algo vivo, que se defina en pocos trazos.
Y la encuentra. Blanca, menuda, dócil. Su mano de viejo es firme, sin embargo tiembla. Ella no es vieja ni tiembla, pero obedece. Aleccionarla le toma menos tiempo del previsto.
—No creía que alguien sumiso pudiera ser inteligente —piensa, descubriéndose contrariado.
Da por finalizadas las instrucciones y se aleja sin observar que hubo otra que también prestaba atención.
Espera lo convenido.
Ocupado en captar la suavidad del movimiento de ella en su dibujo, no nota que es otra la que pasa volando, ni la mancha de sangre en la rama de olivo que lleva en el pico.
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* Este microrrelato es inédito. El cuadro es de Lola Valls.
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domingo, 8 de julio de 2012

PATRICIA NASELLO, 1

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Puerto
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Para su sorpresa, la cama donde está acostado se transforma en balsa. Y el piso, en mar. El techo, en cielo abierto.  Sólo el frío y la oscuridad permanecen sin cambio.
Con cuidado para no voltearla, se arrodilla sobre esos troncos —tan precariamente unidos— donde ahora habita. De algún modo le recuerdan a Los Duraznos, la quinta de sus abuelos, los veranos de la niñez y aquel sol hecho jugo de fruta escurriéndose por los dedos.
En esta noche de hoy se inclina y cava en el agua. Busca angustiosamente. Desconoce qué: sólo intuye  que lo perdido era imprescindible. Fuera de ese gran hoyo que su frenesí va formando, no aparece nada. Una aguda sensación de extrañeza lo embarga,  según parece,  ese hoyo es su lugar de arribo.
Tampoco comprende dónde se acumula el mar que quita. De pronto sus manos se iluminan, están azules, por momentos también grises, o tan negras que sólo algún reflejo plateado permite verlas, están doradas, o  violentamente verdes. Si no fuera por este mal presentimiento, lloraría de emoción ante tanta belleza.
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Uno sobre dos
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Camina por las calles de Baltimore, busca una mujer joven que se le ha perdido. Y un escarabajo de oro. Si pudiera recordar quién es sabría dónde buscar, por eso camina sin rumbo.
—Todo lo que necesito es un mapa— dice con voz aguardentosa.
Hurga dentro de sus bolsillos. No los reconoce, como si las ropas que usa fueran ajenas. Introduce las manos temblorosas dentro de la camisa, palpa su cuerpo magro, frío como el de un muerto.
Ha bebido demasiado, ha bebido porque le gusta aunque también es posible que lo hayan obligado. Eso le pasa, si es que le pasó, por ser un pobre diablo. En Baltimore se sabe cómo los políticos sacan partido de pobres diablos como ése.
Las rodillas se doblan contra el empedrado pero logra apoyar las manos a tiempo para no golpearse el rostro. En esta noche oscura podría confundirse con un perro. Cuidadosamente, despacio, se recuesta. Siente que todo es una herida. Algo punza su mejilla derecha, una espina, un clavo, una piedra. Vomita cierto líquido amarillo.
—Encontré al escarabajo. Falta ella.
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* Patricia Nasello (Córdoba, Argentina, 1959) obtuvo el título de Contadora Pública en la Universidad Nacional de Córdoba, profesión que nunca ejerció. Ha publicado un libro de cuentos, El manuscrito (2001). Coordina talleres literarios. Edita los blogs: Patricia Nasello microrrelatos, con textos propios, y Narrar en Córdoba, donde recoge cuentos y microcuentos de escritores cordobeses. El primero es inédito y el segundo, un homenaje a Poe, se publicó hace un par de años en su blog. 
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sábado, 7 de julio de 2012

Luces y sombras de Gustavo Pérez Puig (1930-2012)

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Antes de que pase más tiempo, quiero comentar, aunque sea brevemente, la trayectoria teatral del director Gustavo Pérez Puig que murió en Madrid hace un par de semanas. En su haber tiene los estrenos nada menos que de Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, en 1952, cuando solo contaba 21 años, y de Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, en 1953, en el Teatro María Guerrero, dirigiendo el llamado Teatro Español Universitario (TEU), dos obras capitales del teatro español. Desde su fundación, en 1956, trabajó en la vieja TVE, primero como regidor y luego como realizador. Allí creó el mítico programa de teatro Estudio 1 (1965-1985), en el que tantos nos aficionamos al arte escénico, y donde dirigió, entre otras muchas obras, Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose. Colaboró también en otro programa semejante, titulado Primera fila (1959-1965). Apoyó incondicionalmente la trayectoria de otros autores no menos significativos, como Enrique Jardiel Poncela, Antonio Buero Vallejo, de quien montó Diálogo secretoLázaro en el laberinto o Música cercana, en 1984, 1986 y 1989, repectivamente, y José López Rubio, reponiendo Celos del aire en el 2003. Por no recordar al hoy casi olvidado Alfonso Paso, que tanto éxito tuvo durante el franquismo.
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Y aquí empieza el debe. Pues los montajes de Jardiel fueron siempre poco afortunados, y en los últimos tiempos, en el Teatro Español, incluso polvorientos. Tampoco puede decirse que fuera satisfactoria, a la altura de los tiempos, su gestión al frente de este teatro, lo dirigió durante catorce años (1990-2003), apostando con frecuencia por una programación anticuada y unos montajes anacrónicos. Por no hablar de que su propia mujer, Mara Recatero, fue directora adjunta del teatro, mientras él era director.
Pérez Puig, quien estudió Derecho y Filosofía y Letras, empezó vinculado al teatro como actor en la compañía de Catalina Bárcena, pero destacó sobre todo en su papel de director en obras, aparte de las citadas, como La venganza de Don Mendo, de Muñoz Seca; Cuatro corazones con freno y marcha atrásAngelina o el honor de un brigadier, de Jardiel Poncela; o Ninette y un señor de Murcia, de Mihura, auténticos clásicos del teatro de humor español.
Si bien llevó a cabo innumerables adaptaciones para el teatro y la televisión, sorprende que apenas haya dejado nada escrito, ni un solo libro sobre su experiencia teatral. 
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viernes, 6 de julio de 2012

Las ¿reglas? de la ficción

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En una entrevista que el narrador boliviano Edmundo Paz Soldán le hace a E.L. Doctorow (Nueva York, 1931), autor de la novela Ragtime (1975), entre otras notables, con motivo de la aparición de su libro de cuentos Todo el tiempo del mundo (Miscelánea), afirma que "ni el cuento ni la novela tienen reglas. Y si las tienen, están ahí para ser rotas". Para comentar un poco después que un cuento, como ocurre con los poemas, no debe significar, solo ser. Esta segunda afirmación no entiendo muy bien qué quiere decir, la verdad, y es una pena que el entrevistador no le pidiera una aclaración mayor. Pero la que me interesa es la primera, porque creo que habría que matizarla. El cuento, como la novela y el microrrelato, por no salir de la prosa narrativa, tiene sus reglas y convenciones, que han ido cambiando con el paso del tiempo. Y, en efecto, como afirma Doctorow, están para ser cambiadas. Ahora bien, ¿cuántos lo han conseguido a lo largo de la historia, desde el Romanticismo, cuando aparece el cuento literario moderno, con Hawthorne, Hoffmann y Poe, hasta nuestros días? La verdad es que muy pocos. ¿Se encuentra Doctorow entre ellos? Me temo que no. Sea como fuere él afirma que Chéjov ha sido quien más le ha enseñado; de él ha aprendido que la ficción debe construirse mediante una voz natural. Pero su canon particular está compuesto también por el citado Hawthorne, debido a su imaginación alegórica; Joyce, por el momento de revelación en torno al cual construye sus cuentos; o Hemingway, por lo mismo, pero también por su confianza en las frases simples. De todos ellos confiesa haber aprendido algo.
Sí, tiene razón Doctorow: las reglas literarias existen como punto de partida para que escritores geniales, por no salir del cuento, como Poe, Maupassant, Chéjov, Joyce, Isak Dinesen, Hemingway, Borges o Cortázar, encuentren algún resquicio entre las leyes del realismo, lo grotesco o lo fantástico, que les permitan ir un poco más allá, a fin de presentarnos la realidad, la existencia, las diversas formas que adquiere en la ficción, de una manera más sutil y compleja.        
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