martes, 8 de mayo de 2012

Calcedo e Hidalgo Bayal, premios NH

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Me alegra mucho anunciar que Gonzalo Calcedo ha obtenido el premio NH Mario Vargas Llosa con su libro El prisionero de la avenida Lexington, editado por Menoscuarto, al mejor libro de cuentos publicado el año pasado. Creo que Calcedo, quien tiene ya en su haber una dilatada trayectoria dentro del campo de la narrativa breve, ha demostrado ser uno de los mejores escritores españoles de cuentos y novelas cortas de las últimas décadas. También ha obtenido el mismo premio el libro Conversación, de Gonzalo Hidalgo Bayal, publicado por Tusquets. Y entre los finalistas al mejor cuento se encuentra Lola Sanabria, amiga y visitante de este blog. En esta última modalidad el ganador ha sido Luisgé Martín. 
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En Verona, con Julieta y Romeo

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En Verona, en la imaginaria disputa entre las casas de Romeo y Julieta, gana por goleada la de la joven, aunque no le arriendo la ganancia porque su supuesta casa se ha convertido en una representación del kitsch. Lo peor no es la entrada de la mansión, llena de pintadas e inscripciones del tipo `Flavio estuvo aquí´, hay tantas ya que ahora pegan un chicle, lo extienden y escriben allí, aunque no sé cómo; ni la verja del fondo plagada de candados Mocchia; ni tampoco las fotos que se hace la gente junto a la estatua de bronce de Julieta, tocándole un pecho, dicho sea finamente; ni el Club Julieta, un ejemplo de la más insuperable cursilería; lo único que realmente me molestó fue que ni en la librería de la casa, ni en la que hay enfrente, con el nombre de Shakesperare, hubiera un solo libro del escritor inglés, incluido Romeo y Julieta
El caso es que la vivienda de los Capuleto, la familia de Julieta, estaba llena a rebosar; mientras que en la de los Montesco, de la que solo puede verse la fachada, no había más de cinco o seis personas. De todas formas, tuve la impresión de que el pobre Romeo estaba más tranquilo en la tumba y, desde luego, mucho mejor acompañado. Por cierto, la tumba de Julieta también puede visitarse, en el convento de los capuchinos, pero hasta allí no nos atrevimos a llegar.
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* En las fotos, de Gemma Pellicer, aparece la casa de Romeo; el balcón de Julieta; una pareja que acosa la estatua en bronce de la enamorada, que debe maldecir en su tumba a semejantes horteras...; mientras que en la última foto puede verse la pared en la que un joven caballero, curtido en infinitas horas de gimnasio, inmortaliza su amor por Stefania, a la vez que posa en bañador ante la cámara con sonrisa de satisfacción.
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domingo, 6 de mayo de 2012

El pasticcio de Ferrara

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De Ferrara, ciudad en la que no me importaría quedarme a vivir una temporada, pueden decirse muchas cosas, pero hoy voy a limitarme a recomendaros el pasticcio di maccheroni que sirven en el Leon d´Oro, un restaurante que está frente a la catedral. ¿Cómo está hecho? Pues con pasta flora, harina, bechamel, mantequilla, ragout y macarrones pequeños. Puede tomarse como plato único y tengo que decir que he comido pocas cosas tan refinadas. A los muy comilones les recomiendo los antipasti salados de la casa, compuesto por almendras tostadas, patatas fritas, aceitunas y alcaparras, pizzetas y salatini. La casa te invita a un coktail de fruta y vino blanco. Y puede acabarse con una taza de macchiatone Illy, que los sirven en unas tacitas diseñadas por Francesco Clemente. Hoy, que he estado en Ferrara, junto al restaurante ensayaban los protagonistas de la Fiesta del Palio, la de Ferrara es la más antigua de Italia, con los músicos tocando la chiarina, una alargada trompeta, y los sbandieratori haciendo juegos malabares con la bandera de la ciudad, amarilla y negra.
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* Las fotos son de Gemma Pellicer.
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sábado, 5 de mayo de 2012

En Venecia

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Hoy me he pasado el día en Venecia. Cuando ya se conoce la ciudad, lo mejor es andar sin rumbo fijo de acá para allá, intentando alejarse de la marea de turistas, meterse en alguna iglesia o museo, estos días en el Correr hay una magnífica exposición de Gustav Klimt, coger algún vaporetto que nos aleje de Rialto y San Marcos, o sentarse en alguna plaza, todavía las hay tranquilas, para tomarse tranquilamente un campari como anticipo de un risotto en alguno de los restaurantes que dan a la laguna, en el Dorsoduro. Una buena manera de acabar el día sería hacerse con una focaccia en la pasticceria Dalmas. Y no añadir ni una línea inútil más a lo mucho que ya se ha dicho sobre esta paradójica ciudad.
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Microlecturas, 7: Juan Gracia Armendáriz


UNA GIGANTESCA MINIATURA
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Yo era un poeta de provincias que escribía versos herméticos. Me interesaba el surrealismo de Vicente Aleixandre, pero también la poesía de T.S. Elliot, Paul Celan, Rilke, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda… Me sentía alejado de la “poesía de la experiencia” y del prosaísmo que, a mi entender, arrastraba aquella corriente poética. Mis versos eran cada día más oscuros y ya tenía las yemas de los dedos encallecidas de contar endecasílabos. Gracias a una benemérita beca del Ministerio de Cultura el libro de poemas se editó en una catacumba. Una vez editado, que entre mis manos sufría una imparable hemorragia de erratas, me dije: “Adiós a las almas”. La necesidad expresiva me empujó a brincar a la prosa. La tarea se me antojaba hercúlea: ¿cómo se pasa de muñidor de versos a narrador de historias? En 1993 tuve una intuición: escribiría un libro de cuentos brevísimos. Recordé las prosas poéticas de Charles Baudelaire, los relatos de Poe, Julio Cortázar, Borges y Rulfo y, sobre todo, un libro que hasta hoy me acompaña: Confabulario personal, de Juan José Arreola, al que había redimido de las estanterías de baratillo de un VIPS. Mis primeras referencias fueron lecturas eclécticas, convencido de que en España el género apenas se había cultivado. En mi ignorancia, no tenía noticia de los primeros libros de José María Merino, Luis Mateo Díez o Pedro Ugarte. Con la insensatez del que cree descubrir el Mediterráneo escribí mi primer libro de microrrelatos, a los que denominaba “cuentos brevísimos”, pues el género andaba huérfano de etiqueta. Cierto editor me hizo sentir humorista gráfico al denominarlos “viñetas”. Noticias de la frontera recibió un premio en Jaén y se editó, con más pena que gloria, en 1994, aunque a decir verdad uno de los microrrelatos apareció en una antología editada en Tusquets por el Círculo Cultural Faroni: Quince líneas. Relatos hiperbreves. Algo se estaba moviendo en las capas tectónicas de un género raro y marginal. La sombra de Arreola planea en mi primer libro, y junto a Poe, Rulfo, Cortázar o Borges, hay influjos de pasajes bíblicos, manuales de esoterismo y cierta vocación de malditismo doméstico. A qué negarlo. Todo autor venera y traiciona su propia tradición literaria. Lo cierto es que aquella primera incursión en el género la hice a carcajadas. Mis compañeros de piso pensaron que, definitivamente, me había vuelto loco: escribí aquellos textos preso de una alegría psicótica. Las lecturas y autores mencionados me dieron la clave de un género que se adaptaba a mis condiciones de desertor de la poesía: brevedad, concisión, lirismo, evocación, sugerencia, y por si fuera poco aprendí a contar historias. Durante los años posteriores escribí semblanzas literarias, un libro de encargo, artículos de prensa, así como relatos y novelas, la mayoría de los cuales, por fortuna, quedaron bajo el maleficio de lo inédito. Tras publicar La línea Plimsoll, gracias a un generoso premio de novela, me sentía exhausto. Ulises quería regresar a Ítaca. Releí de nuevo a Juan José Arreola. Advertí que el género, a la par que las bitácoras literarias, crecía como una plaga bíblica, de modo que no me fue difícil ponerme al día y me lancé a escribir Cuentos del jíbaro, bajo la advocación de Arreola y la influencia de escritores españoles de relatos (Quim Monzó, Sergi Pàmies, Juan José Millás, José Jiménez Lozano, Juan Eduardo Zúñiga…) puesto que, tras el salto a la narrativa debí proceder de manera inversa al modo como escribí el primer libro de microrrelatos: en lugar de buscar el final con rapidez de corredor de cien metros podaba textos extensos hasta reducirlos a su mínima expresión. Ahora camino por otros andurriales narrativos (¿podría leerse Diario del hombre pálido como una sucesión de microrrelatos encadenados?) pero sé que tarde o temprano volveré al lugar del crimen, invocaré al espíritu de Arreola y él no faltará a la cita. Hoy sé también que el día en que deje de aprender de los poetas estaré acabado como escritor. Confieso que ignoro si en verdad escribo microrrelatos. Abundan los cánones, las preceptivas, las escuelas de escritores, pero yo silbo. Quizás el microrrelato se convierta en el soneto de la narrativa, aunque sí tengo muy claro que me siento libre y alegre cuando practico la reducción de textos. Si se me permite ser un poco agorero temo que el microrrelato muera de éxito. Vas por el campo, pegas una patada a una piedra y salta un microrrelatista. Me cuentan que a cierto concurso, recientemente convocado, se presentaron 14.254 originales procedentes de 89 países. Entiendo que las lecturas de los grandes del género, así como el estudio riguroso del mismo son tareas imprescindibles a fin de que el microrrelato no se convierta en aforismo, apotegma, ingenio lírico o simple chistecillo tipográfico. En mi cocina de platos minimalistas me impongo una regla severa, a imitación de los grandes del género: que el microrrelato cuente una historia. Pues si lo bueno es breve dos veces bueno, también lo es la afirmación contraria: lo breve, si malo, dos veces malo. Aspiro a la cuadratura del círculo: escribir una gigantesca miniatura.
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jueves, 3 de mayo de 2012

El Ciervo: 60 años

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miércoles, 2 de mayo de 2012

JULIA OTXOA

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Escalador
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El escalador asciende sin cuerdas por la pared de roca, está solo, ayudado únicamente por sus manos que arañan cada mínimo punto de apoyo para seguir hacia lo alto. El escalador es joven pero al cabo de una hora de duro esfuerzo la fatiga comienza a presentarse en una debilidad creciente en  sus brazos, en los cada vez más frecuentes calambres de sus piernas que  le ponen al borde de una caída que podría ser mortal desde esa altura y él lo sabe, pero sigue ascendiendo, aunque sus manos se equivoquen y se sujeten a puntos de apoyo que no lo son y las piedras soltándose de pronto le recuerden que está en el límite de  sus fuerzas y que no fue  buena idea la de venir sin cuerdas. Mira hacia lo alto, le quedan escasos metros para llegar a la cumbre, allí en el borde del despeñadero, asomados, esperando que caiga como antes lo hicieron otros  escaladores, expectantes le observan una veintena de buitres, en sus fijas miradas, la ansiedad, la  espera del festín.
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El escalador sabe que no hay esperanza, el próximo intento puede  ser el de  la caída, siente que  las fuerzas le han abandonado y ahora ni siquiera tiene ánimos para seguir, tan sólo de permanecer así sujeto en la pared vertical, agarrado a la roca hasta que los músculos aguanten. Bajar es imposible, ascender también. Entonces se acuerda de lo que tantas veces su padre le contó sobre  la guerra en aquel lugar, de como en 1936, falangistas y requetés arrojaban desde lo alto de ese mismo despeñadero, conocido popularmente en Urbasa como el Balcón de Pilatos,  a todos aquellos denunciados por “rojos”. Sí, él ha visto mientras ascendía los huesos de todas aquellas pobres personas desperdigados por todas partes, mezclados con las piedras de las torrenteras, enredados entre las ramas de los árboles que surgen de la pared rocosa, cráneos, tibias, manos..., huellas blancas como actas notariales de  un tiempo atroz.
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Pronto sus huesos se mezclarán con todos ellos –piensa el escalador– tan sólo un instante antes de despertar convertido en buitre esperando ansioso  junto con sus compañeros que ese diminuto escalador que tiembla junto a  la pared caiga al fin de una santa vez.  
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* Julia Otxoa es poeta y narradora. Su próxima recopilación de relatos, titulada Escena de familia con fantasma, aparecerá en la editorial Menoscuarto. 
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martes, 1 de mayo de 2012

Proyecto escritorio

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El escritor Jesús Ortega ha tenido la brillante idea de invitar a unos cuantos escritores a que nos cuenten dónde escriben, cómo es su lugar de trabajo y quizá también de lectura. Las respuestas las ha ido recogiendo en un blog titulado Proyecto escritorio y ya han colaborado Fernando Aramburu, Raúl Brasca, Angélica Lidell, Carlos Marzal, Andrés Neuman y Juan Gabriel Vásquez, entre otros muchos y buenos escritores, a los que pido disculpas por no recordar aquí. Uno de los próximos invitados será Francisco Ferrer Lerín.
Os dejo mi contribución. Ahora, a toro pasado, me alegra que Jesús haya tenido la benevolencia de dejarme que me cuele entre tantos autores ilustres.   
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Del espacio, el silencio, la música y la luz
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Quienes escriben habitualmente podrían dividirse en dos grupos: los que pueden hacerlo en cualquier sitio, y aquellos que necesitamos de un entorno conocido, familiar. A mí me resulta casi imposible llevar a cabo esta tarea en los siempre agitados aeropuertos, ni siquiera podría leer en los bancos de un parque silencioso.
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Mi escritorio, digamos, es plural, mitad alemán, mitad español. No pueden ser más distintos; lo que me hace pensar que mi capacidad de adaptación al medio es mayor de lo que había sospechado. El de Barcelona es minúsculo y oscuro, con un pequeño ventanuco y una mesa estrecha en la que apenas puedo poner nada. Solo cabe el ordenador, unos pocos papeles, un atril que no utilizo nunca, pero en el que coloco reproducciones de cuadros que he visto en exposiciones, y poco más. Casi a mano, en una estantería cogiendo polvo, hay unos pocos libros, manuales, diccionarios de literatura, que apenas si consulto, junto a un puñado de cedés que muy de tarde en tarde pincho en el ordenador, aunque casi siempre acabe decantándome por los quintetos de Mozart.
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En cambio, el despacho de Berlín (puede verse en las fotos) es amplio y ordenado, con dos grandes mesas alineadas contra la pared. En un extremo, junto a una ventana luminosa, invierno aparte claro, andan el ordenador y la impresora. El resto de la mesa va llenándose poco a poco de papeles y libros hasta que concluyo un trabajo, hago limpieza y vuelvo a abarrotarla con lo necesario para el siguiente. El aspecto que presenta el cuarto, con la decoración y disposición de casi todos los muebles y objetos, no es mío, sino del propietario del piso, que alquilo por temporadas. En este caso, las imágenes solo reflejan de forma superficial la realidad del trabajo cotidiano, de ahí que podamos acudir en ayuda de ese nuevo lugar común que reza: `más vale una palabra que mil imágenes, ahora tan desgastadas...´  
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Lo que sí necesito siempre es un silencio casi absoluto, que suelo romper en algún momento, mucho más en Berlín que en Barcelona, con música clásica o jazz. Además de Mozart, suelo escuchar sobre todo Bach, Händel, Haydn, Telemann, o las interpretaciones de Il Giardino Armonico. En jazz, por fortuna, tengo un gusto más variado. Lo que me distrae y molesta, decía, son los sonidos humanos, la música que pone el vecino, o las conversaciones a gritos que mantiene a veces con el móvil en Barcelona. Por el contrario, en Berlín, y puesto que a los vecinos apenas se les oye, suelen distraerme en verano los alaridos, más que gritos, de los jóvenes turcos jugando a fútbol, o el sonido que produce el balón al chocar contra la tela metálica que delimita el campo. En fin.
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Para leer, la otra cara de la misma moneda, necesito tumbarme en un sofá, o mejor aún, en la cama, ponerme las gafas de cerca, y acertar con un buen libro, que siempre leo con un lápiz en la mano. Esta operación cotidiana tampoco resulta igual en mis dos ciudades, pues mientras que en Barcelona la cama la tengo cerca, en Berlín necesito desplazarme a otra habitación, más amplia e iluminada.
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Pero lo más extraño de todo, lo que llevo peor, es que el noventa por ciento de mis libros, una buena biblioteca sobre todo de arte y literatura, se encuentra en una casa situada a 30 kilómetros de Barcelona, en la que no vivo desde hace más de diez años, y a la que solo me acerco para llenarme de polvo, dejar unos libros, coger otros y darme cuenta de que me he pasado la vida acumulando volúmenes que apenas puedo consultar, a menos que me desplace hasta la triste y ruidosa Sabadell.
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Aunque nunca me haya forjado un heterónimo, parece como si, en cierta forma, y todo lo modestamente que se quiera, llevase una existencia desdoblada. Habré de considerar que quizá sí tenga dos vidas: la una como escritor (perdón, como historiador y crítico literario) y la otra en calidad de lector, condicionadas ambas por el espacio, la música, el silencio y la luz.
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Para los que andamos de acá para allá, lo ideal sería poseer algo parecido a aquel baúl biblioteca, con escritorio incorporado, que Louis Vuitton diseñó para Hemingway en 1923, con el estampado sobre lona Monogram. Si la mitomanía fuera una ciencia exacta, en ese mueble debería uno poder escribir cuentos, con mucha inspiración un buen poema o microrrelato, o al menos –seamos realistas- alguna de esas novelas medianejas que inundan hoy las librerías y que pronto serán pasto del olvido.
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* Las fotos del escritorio son de Gemma Pellicer.
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lunes, 30 de abril de 2012

GRACIELA TOMASSINI

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Blue velvet
Yo tocaba el terciopelo:
era áspero cuando pasaba la mano para un lado
y suave cuando la pasaba para el otro.
Silvina Ocampo, “El vestido de terciopelo”
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Modelo 1
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Se trata de caminar siempre por las mismas baldosas, pisando una cada tres. El que pisa al costado, pierde. El que pisa las del medio (la número uno, la número dos), pierde. El camino correcto está en las terceras baldosas; alrededor, y sobre todo en el medio, el tembladeral y los hormigueros, porque lo que parece a primera vista una baldosa igual que las demás, con ese engañoso brillo, o con ese ingenuo diseño acanalado, es en realidad la puerta-trampa del infierno.
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Modelo 2
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Vestía de negro, porque estaba de duelo por la reciente muerte de su padre. Así iba vestida a la escuela, con el uniforme reglamentario, pero teñido de negro, por permiso especial de la dirección. Impecable el peinado, impecables las manos, arrugaditas y finas, con las uñas pulidas y cortas. No necesitaba estudiar las lecciones: ya las sabía, porque desde muy niña había leído todos los libros de la biblioteca de su padre, que era vasta. Jamás levantaba la mano para responder una pregunta de una profesora, pero cuando pasaba al frente, disertaba sobre cualquier tema, con la solvencia de un académico. Trataba a sus compañeras con divertida condescendencia, y a las profesoras con irónico desprecio. Se le permitía todo lo que en otras se castigaba, como retirarse a cualquier hora, llegar tarde, o no participar de las clases de gimnasia. En la capilla de la escuela, podía estar horas con los brazos en cruz y la mirada fija en un punto distante, en estudiada actitud de contemplación mística. Después se supo que sedujo y estafó a su tutor, y que huyó a otra provincia con un joven profesor de física, a quien después abandonó por un juez de la nación, y que un río se llevó su cuerpo pálido corriente abajo, con el pelo entretejido de flores y algas, como Ofelia.
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Escolio
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Hay una pintura del alto renacimiento alemán que muestra la Crucifixión de Cristo, y en un costado, agazapado, un demonio de grandes ojos amarillos mirando hacia afuera del cuadro, hacia el lugar donde esos enormes ojos de espanto se encuentran con los del contemplador. Hay una foto de la niña Ofelia sentada sobre las rodillas de su padre que produce el mismo efecto. El hombre, de levita negra, anteojos redondos y cuidado bigote gris, está leyendo un libro, sentado en un sillón de alto respaldo. En el fondo, se ve parte de una biblioteca que probablemente cubra toda la pared a la que se encuentra adosada. El caballero sostiene a la niña sobre sus rodillas sin tocarla ni prestarle la menor atención. Hay madonas que sostienen al niño Jesús con la misma sobria indiferencia. La niña mira el libro que el padre lee; tal vez ella también lo esté leyendo. Sobre el escritorio, a la derecha, descansa un puñal toledano, que se aprecia bien en la foto porque la niña levanta apenas la empuñadura con su mano, como si quisiera mostrarlo a la cámara. Por la fecha que se registra en el reverso, pudo saberse que la foto fue tomada dos días antes del suicidio del padre, en la misma habitación, mediante la técnica tradicional japonesa del seppuku.
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* Graciela Tomassini (Rosario, Argentina, 1949) es una reconocida especialista en los estudios de la minificción, sobre todo de la argentina, pero ahora la presentamos aquí como autora de narrativa brevísima, una faceta para mí, de momento, desconocida. Se doctoró en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) con una tesis sobre los cuentos de Silvina Ocampo, titulada El espejo de Cornelia (1995). Forma parte del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario y ha publicado libros como Comprensión lectora y producción textual. Minificción hispanoamericana (1998), Juan Filloy: Libertad de palabra (2000) y Reconfiguraciones. Estudios críticos sobre narrativa hispanoamericana de fin de siglo (2006), en colaboración con S. M. Colombo.

* Fragmento de un cuadro de John Millais.
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domingo, 29 de abril de 2012

De una encuesta sobre el microrrelato

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El periodista y escritor Manu Espada viene publicando en su blog una encuesta sobre los mejores libros de microrrelatos en castellano. A continuación os dejo mi respuesta. Para evitar que resulte interminable, en esta ocasión me centro en los narradores españoles, aunque tendrían que aparecer también numerosos microrrelatistas hispanoamericanos. Me ciño estrictamente a su pregunta y escojo aquellos libros que me parecen mejores. Soy consciente de que cuanto más se acerca uno al presente, más difícil resulta la elección, y pido disculpas de antemano por los posibles olvidos.
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Juan Ramón Jiménez, Cuentos largos y otras prosas narrativas breves
Ramón Gómez de la Serna, Disparates y otros caprichos
Federico García Lorca, Pez, astro y gafas
Ana María Matute, Los niños tontos (1956)
Max Aub, Crímenes ejemplares (1957)
Javier Tomeo, Historias mínimas (1988)
Luis Mateo Díez, Los males menores (1993)
Rafael Pérez Estrada, La sombra del obelisco (1993) 
José Jiménez Lozano, Un dedo en los labios (1996)
Juan José Millás, Articuentos (2001)
Antonio Fernández Molina, Las huellas del equilibrista (2005)  
Julia Otxoa, Un extraño envío (2006)
José María Merino, La glorieta de los fugitivos (2007)
Ángel Olgoso, La máquina de languidecer (2009)
Manuel Moyano, Teatro de cenizas (2011)
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* En las fotos, Zenobia Camprubí con Juan Ramón Jiménez, Ana María Matute y Ramón Gómez de la Serna.
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sábado, 28 de abril de 2012

Más Jardiel: `Diez minutos antes de la medianoche´

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La banda de ladrones de guante blanco que lidera Miguel el Melancólico se dispone a dar un golpe en casa de los señores de Arévalo, donde se celebra una fiesta. Todo está preparado cuando aparece Herminia, una atractiva joven que distrae al Melancólico relatándole su trágica y accidentada vida. Publicada por primera vez en 1939 en la colección denominada «Los novelistas», Diez minutos antes de la medianoche acabó convirtiéndose en el prólogo a la comedia Los ladrones somos gente honrada (1941), uno de los grandes éxitos de Enrique Jardiel Poncela que posteriormente sería llevado al cine. Humor ingenioso y absurdo a caballo entre el relato policíaco de intriga y la historia de amor galante, que se remata con un sorprendente final.
Ahora, los Breviarios de la editorial madrileña Rey Lear, cuando se cumple sesenta años de la muerte del autor, reeditan por primera vez esta pieza de microteatro, con un epílogo mío.
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* La caricatura de Jardiel es de LPO.
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viernes, 27 de abril de 2012

Sobre los relatos de José Gutiérrez-Llama

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COMO IMAGEN DE CALEIDOSCOPIO, por Emilia Oliva
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El título, Mínimos desvíos, que recoge la recopilación de relatos de José Gutiérrez-Llama (Ediciones ENdORA, 2012), funciona como clave de interpretación del libro, ya que lo que el autor nos propone, en cada uno de sus textos -generalmente breves-, es un pequeño desvío, una vuelta de tuerca, respecto a las expectativas que se hace el lector, bien en la trama del relato, bien en la concepción del personaje, bien en el tema, bien en el proverbio o sentencia que constituyen el punto de referencia del relato; ya que los relatos se construyen a partir de referentes precisos dados en la cita -literaria o filosófica- que anticipa el texto y se elaboran cogiendo un camino de través, un desvío mínimo, según indica el autor.
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Ya en el prólogo Gutiérrez-Llama nos muestra las cartas de la baraja, dos ideas germinales que sustentan los diferentes textos: la idea mitológica del caos como principio creador y el principio de incertidumbre de la física de partículas. El desvío que se nos propone es salir de la construcción de una historia que refleje lo que entendemos como realidad y, a través de la pirueta de alguno de sus componentes, nos lleve por un camino incierto. El resultado es la iluminación de zonas de sombra y la exploración de una realidad más vasta que aquella a la que estamos habituados. Así, en no pocos de los relatos, nos encontramos con un narrador que descubrimos al final mismo que habla incluso cuando ya está muerto. El autor llega a darse tal libertad que incluso viola en ocasiones el principio de verosimilitud sobre el que se sostiene toda historia (“En serio”)
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El hombre y la mujer, y sus conflictivas relaciones de pareja, constituyen un campo de exploración recurrente en la que ambos personajes suelen salir mal parados. Cinismo, humor negro e ironía se reparten la carga en estos relatos que podríamos denominar historias de pareja, encuentros resueltos en desencuentros, en una fugacidad de sentimientos marcada de cierta frivolidad (“Mentiras piadosas”) o contextualizados en crudos conflictos territoriales de nuestro tiempo (“Abrázame”, enmarcado en el conflicto Israel, Palestina y el azote terrorista de Hamás). La sangre nunca llega al río porque la dosis es la adecuada para asistir al conflicto allí enunciado como si lo viviéramos en el fondo de un espejo cóncavo o convexo, realidad distorsionada que nos conmueve o nos provoca la sonrisa, pero regresamos a lo real, tras la incursión ficticia, sin daño alguno. El autor vigila para que el lector quede a salvo, incluso cuando el sesgo que toma la historia, sin la envoltura de palabras que el autor mima, sea realmente atroz.
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Más que banalizar los conflictos expuestos, el autor convoca la ironía, el cinismo, el juego de palabras (“Un cuento de brujas”), el manejo desbordante de estereotipos (“Ridículos extremos”) o el azar que juega sus cartas como telón de fondo o constituye figura central del relato (“Líneas imaginarias”).  La base es una escritura juguetona y arriesgada que no cede incluso cuando bordea el sinsentido mismo (“Forajidos”, “Sueños premonitorios”). Gutiérrez-Llama parece concebir la escritura como una construcción sobre elementos fijos, como notas musicales que elaboran un tema, y sobre ese tema, el autor realiza una variación al infinito. La interpretación musical constituye el elemento central en el cuento “Sarolt” y es referente indispensable en múltiples de estas historias. Pero no es sólo eso, es de la construcción musical de dónde saca la horma para sus textos.
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En ocasiones, el final del relato más que dejarnos frente a un final abierto, nos deja en el peldaño de inicio de otro relato posible, y es que los relatos, como territorios de exploración de lo real, abren las puertas a infinitas incursiones, de las que el autor explora sólo un desvío. Sucede así en el “Huésped”, relato mínimo, que se cierra con una frase que constituye una obertura en toda regla en tanto en cuanto sólo podemos comprenderla encadenada  a la frase que inicia el relato. De modo que el juego narrativo parece proponer al lector un juego infinito de reescritura posible, juego de reflejos cambiante, variaciones sobre un tema, como en ciertas composiciones musicales.
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Si ciertos relatos bordean la reflexión, la sentencia y recogen la tradición milenaria del cuento moralista (“De cien”), otros emergen casi como aforismos  y entroncan con una obra anterior del autor, Calendario del arrabal y hojas del basurero (Libros En Red, 2005) tales como “En otras palabras” o “Variaciones y desvíos sobre un tema de amor”; que, en realidad, son una réplica en tono menor, cargada de ironía y acidez, a los aforismos filosóficos.
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Constituyen constantes rastreables en el libro, por un lado,  la cita de partida que abre el texto, y, por otro, la utilización de una escena cotidiana. La cita inicial viene a incidir en presentarnos el proceso de escritura como el resultado de una labor de reflexión consciente de trabajo sobre textos de otros autores, más allá de la vivencia personal o la propia biografía, a lo que el autor añade el juego del azar o de las permutaciones posibles. No obstante, el bagaje cultural del autor, sus conocimientos científicos, médicos, literarios, filosóficos impregnan todos y cada uno de los relatos, exigiendo a veces una relectura para no perdernos. Respecto a la utilización de una situación banal, cotidiana, como elemento aglutinador de la historia, breve, en la mayoría de los cuentos: la espera que precede a una cita (“Ridículos extremos”), la contemplación del rostro o la figura en un espejo (“Sin remedio”), una fiesta de viernes (“De cien”) sirve para amplificar el efecto de vuelta de tuerca sobre las expectativas que pudiera mantener el lector.
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Si, en ocasiones, el desvío reflexivo del texto nos exige gran atención, para dejarnos, al final, en campo descubierto y sin abrigo: ninguna de las hipótesis imaginadas por el lector a lo largo de la lectura anticipa el desenlace final del texto;  si, en otras ocasiones, el barroquismo de imágenes y metáforas nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, poco acorde con la rapidez de interpretación que parece estar en el canon de los géneros de la brevedad, el resultado es de endiablado disfrute cuando enganchamos con la propuesta creativa del autor, que no es otra que la de un avezado ingenio para construir, de uno a otro cuento, un juego infinito de variaciones sobre temas recurrentes. El más persistente, el encuentro/desencuentro amoroso, cambiante, como imagen de caleidoscopio.
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 * José Gutiérrez-Llama (Ciudad de México, 1958) es ensayista y narrador. Licenciado en Estomatología y doctor en Humanidades con una tesis sobre El autor diletante. Cuenta con especialidades en múltiples disciplinas científicas y ha publicado artículos en prestigiosas revistas médicas nacionales e internacionales. Es autor de ensayos ¿Darwinismo social o utópico mal menor? (2007), El mito, una fantástica forma de aproximarse (2008), Antropoliogía y lenguaje (2008) Inquietudes filosóficas (2008) Lo que queremos contar (2009) La unidad psíquica y el SER simbólico (2010) La dictadura perfecta (2011) El poder, breve recorrido antropo-social-filosófico (2011) entre otros. Además, ha publicado un libro de afuerismos (aforismos de lo obvio) titulado El calendario del arrabal y Las hojas del basurero (2005). Es fundador y editor general de la revista En Sentido Figurado.
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* Tanto la foto del autor como la de la cubierta del libro son de Josep Vilaplana, quien lleva el blog La cua del diable.
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jueves, 26 de abril de 2012

Microlecturas, 6: EDUARDO BERTI

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Hace más de veinte años, cuando empecé a escribir los textos breves y ultrabreves que terminaron integrando mi libro La vida imposible, el género del microrrelato estaba bien definido, pero yo no lo sabía. Tal vez no lo sabía porque era joven, iniciaba mis lecturas y esas lecturas aún no me habían conducido a autores que hoy valoro especialmente; o tal vez, ante todo, no lo sabía porque aun cuando la micronarrativa ya estaba madura, su circulación era más secreta y no había alcanzado el reconocimiento ni la visibilidad que tiene desde mediados de los años noventa. Por supuesto que ya  había leído la antología de Borges y Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios; también conocía a Virgilio Piñera y disfrutaba, claro está, de los textos más sucintos de Kafka o de Cortázar. Pronto cayeron en mis manos ciertas miniaturas de Dino Buzzati, más El imitador de voces (Thomas Bernhard), y en forma paulatina fui comprobando que la escuela de lo hiperbreve era mucho más concurrida y más diversa de lo que sospechaba.
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No sé si, como escritor, volveré a incursionar en el género del microrrelato con idéntica constancia. Lo indudable, en todo caso, es que al mismo tiempo que me volví un autor de microrrelatos (al menos por un libro) me convertí en un ferviente y curioso lector de ellos. Curioso, digo, porque mi actividad de escritura me indujo a investigar al respecto, cosa no tan extraña si se considera que los narradores solemos trabajar así y, a diferencia de un investigador universitario que escoge un tema a priori, solemos partir de una inquietud vinculada ante todo con el hacer.
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Una consecuencia de mi pasión por lo que hoy se llama micronarativa (relatos de menos de 500 o, mejor aún, de menos de 300 palabras) han sido dos antologías que fui construyendo, casi sin darme cuenta, durante más de una década: Los cuentos más breves del mundo (de Esopo a Kafka) y, poco después, Historias encontradas.
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Con la primera de estas dos antologías (publicada por Páginas de Espuma) intenté discernir y recorrer, con ejemplos de lo más variados, cuáles son los múltiples ancestros que reconoce la corriente del microrrelato. Qué ocurría con esa forma mucho antes del siglo XX, mucho antes de Kafka o de Chejov.
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Una de las paradojas del microrrelato es que, así como muchos lo tienen por el género más nuevo bajo el sol, sus fuentes y raíces son sumamente añejas, ya que entre las formas que lo prefiguran abundan las que pertenecen a la tradición oral o a la literatura en un estado casi primigenio: fábulas, apólogos, leyendas, anécdotas, “casos” o incluso los chistes que contaban los antiguos griegos. Me refiero al Filogelos, atribibuido a Hierocles y Filagrios:
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Un hombre viajaba sentado en burro cuando pasó junto a un huerto. Al ver una rama de higuera que pendía repleta de higos maduros, echó mano de ella. Pero el asno prosiguió su camino y el hombre quedó colgado de la rama. Cuando el cuidador del huerto preguntó qué hacía allí colgado, el hombre dijo: “Me he caído del burro.”
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Podrá afirmarse, con razón, que siempre hubo relatos breves o hiperbreves. En todas las culturas abundan los cuentos orales o folclóricos, fijados –memorizados— mediante pocas palabras y, con frecuencia, dotados de un propósito moralizante. No niego que las fábulas son una de las constantes de la hiperbrevedad (basta leer la obra de Augusto Monterroso), pero otras líneas precursoras del microrrelato pueden hallarse en los ejemplarios medievales (las narraciones usadas por los predicadores religiosos para concitar la atención de su auditorio o para ilustrar mejor sus ideas), en apotegmas o proverbios que lindan con lo narrativo, en la llamada “paradoxografía” (los “fenómenos anormales”) y en las misceláneas que no excluyen las recopilaciones de casos curiosos (desde Valerio Máximo hasta John Aubrey, por ejemplo, sin olvidar a los enciclopedistas chinos), en los diarios o fragmentos que desde la óptica de la minificción son leídos como miniaturas acabadas (es decir, no tanto como la promesa de un texto a escribir en el futuro, sino como un texto ya escrito), o en el reino del poema en prosa, con antecedentes en Persia o en los epigramas griegos y de firme explosión en Occidente a partir de Baudelaire.
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En la lista de mis autores favoritos de microficción no deben faltar Arreola ni Marco Denevi, Jacques Sternberg ni Pierre Bettencourt, Ana María Shua ni José María Merino… Pero la lista sería interminable. Y estoy seguro de que caería en olvidos imperdonables.
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Una de las cosas que más me fascinan del microrrelato es el pacto de lectura que entabla con el lector. Esto se advierte, por ejemplo, en el habitual recurso de la reescritura, donde (ya desde los tiempos en que Kafka escribió su versión del Quijote desde la perpectiva de Sancho Panza) autor y lector se apoyan en un saber compartido.
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Aunque es normal que todo lector complete un texto, en el micrrrelato esto ocurre en forma más radical. Es lógico: al llevarse a su paroxismo la condensación, la tensión, la intensidad o la elipsis, el lector debe poner bastante de sí en el terreno de la significación, allí donde se supone que el texto dice más de lo que dice. Inmerso en una novela o en un cuento extenso uno puede, desde luego, darse el lujo de distraerse durante la lectura de una descripción o una digresión. Pero algo así sería impensable, claro está, en un texto de pocas líneas, donde cada palabra –en teoría– vale oro.
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* En las fotos aparecen Dino Buzzati, Thomas Bernhard, Jacques Sternberg y Kafka.
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miércoles, 25 de abril de 2012

¿Monederos falsos?

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En 1925 André Gide publicó su novela Les Faux-monnayeurs, que en España se tradujo literalmente como Los monederos falsos. La primera versión española, al cuidado de Julio Gómez de la Serna, es de 1934, versión luego reproducida en infinidad de ocasiones, tanto en diversas ediciones hispanoamericanas, argentinas, como españolas. Pero en los años treinta los lectores de Gide en castellano, a uno y otro lado del océano, sabían que un monedero falso no era otra cosa que un falsificador.   
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Ahora, acaba de aparecer, en Alba y RBA, una nueva versión de la novela de Gide, con el título más exacto de Los falsificadores de moneda, al cuidado de María Teresa Gallego Urrutia, quien -por cierto- no figura en la cubierta de ninguna de ambas ediciones. Quizá porque en 1934 los lectores sabían qué eran los monederos falsos pero hace ya unas cuantas décadas que apenas nadie entiende a qué se refiere dicha expresión, haya llegado el momento de aclarar el título.
Buena prueba, literaria, de lo que os digo es que cuando en 1931 Mihura escribe Tres sombreros de copa, en el tercer acto utiliza la mencionada expresión, lo que nos lleva a pensar que para entonces era de uso habitual y que los espectadores entendían perfectamente de qué se les hablaba. Todas las eds. de la pieza de Mihura, con buen criterio, anotan la expresión al sospechar que muchos lectores actuales no van a entender a qué se refiere.
Bienvenida sea, pues, la traducción precisa del título de Gide. Otra cosa es que los lectores acaben aceptándola, algo que no se ha conseguido con, por ejemplo, La metamorfosis/La transformación, de Kafka, tal como intentó Jordi Llovet. Y, sin embargo, el escritor Luis Magrinyà, director de Alba Clásica, quien no ha dudado en este caso en apoyar el cambio de título, reconoce que sigue utilizando el primitivo. Yo apuesto por que en esta ocasión sí va a cuajar el cambio. ¿Qué os parece a vosotros?      
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* La cubierta de la ed. de Biblioteca Nueva es de Arturo Ruiz-Castillo. 
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martes, 24 de abril de 2012

ALEX OVIEDO

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La pareja
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Sentados miraban hacia un horizonte de botellas, vasos de cristal y raciones de pinchos. Ella picoteaba una barra de pan recién horneada. Él, tocado con una boina negra, buscaba arrancarse los dedos de la mano. Sobre la mesa dos copas de tinto de las que apenas extraían un sorbo. Las toses y los rostros arrugados. Las historias ya contadas. En un silencio eterno.
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Recuerdo selectivo
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La noche que mataron a Asunción Madariaga había luna llena. Recuerdo que pensé: “Es noche de lobos, de misterios, de sangre derramada en esquinas sucias”; y que después ya no sentí el segundo disparo.
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* Alex Oviedo (Bilbao, 1968) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas Hektorren agenda, El unicornio azul y Las hermanas Alba, y el libro de relatos El sueño de los hipopótamos. Colabora en el suplemento cultural "Pérgola". Desde 2007 dirige el blog literario: http://www.escritoresvascos.com.
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lunes, 23 de abril de 2012

Carme Riera en la Academia

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Espero que la elección de Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) como miembro de la Real Academia Española de la Lengua haya sido en calidad de narradora notable y prestigiosa filóloga e historiadora de la literatura española, y no por su condición de mujer, porque supondría una injusticia y una humillación. A la escritora mallorquina le sobran méritos intelecuales, como experta en literatura del Siglo de Oro español, siendo autora de un libro reciente titulado El Quijote desde el nacionalismo catalán, y en la poesía de la llamada generación del mediosiglo, en especial en lo que ella ha denominado como Escuela de Barcelona, sobre todo en la obra de los poetas Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y José Agustín Goytisolo (cuya cátedra dirige), a quienes ha editado y antologado. Su candidatura fue presentada por Carmen Iglesias, Álvaro Pombo y Pere Gimferrer,  y ocupará el sillón `n´ que quedó vacante tras el fallecimiento de don Valentín García Yebra. 
Carme Riera se formó en la Universidad de Barcelona, fue discípula de José Manuel Blecua, padre, y de Martín de Riquer, aunque siempre profesó como docente de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde es catedrática.
Con sus narraciones ha obtenido algunos de los premios más importantes de la literatura catalana, además del Premio Nacional de Literatura. Entre sus novelas destacaría, sobre todo, Dins el darrer blau (En el último azul)Cap al cel obert (Por el cielo y más allá), pero yo todavía recuerdo el impacto que causó la aparición en 1975 de su primer libro Te deix, amor, la mar com a penyora. Toda su obra narrativa está traducida al castellano, a menudo por ella misma, que se autotraduce reescribiendo cuando lo considera oportuno el original catalán. Además, entre sus diversas singularidades llamaría la atención sobre su condición de mallorquina dentro de la cultura catalana, y de catalana dentro de la cultura española.
Mi satisfacción y alegría también es personal, pues Carme Riera, amena conversadora que posee un excelente sentido del humor, es una querida compañera de Departamento.
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sábado, 21 de abril de 2012

Los premios de la Crítica en Soria

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Reunido en Soria el jurado designado por la Asociación Española de Críticos Literarios para otorgar los Premios de la Crítica relativos a obras publicadas en el año 2011, y constituido por Ángel Basanta, Javier Goñi, Pilar Castro, Carlos Galán, Àlex Broch, Xelo Candel, Jorge de Arco, Juan José Lanz, José Vicente Peiró, José María Pozuelo Yvancos, José Luis Martín Nogales, Rafael Morales, Elena Núñez, María José Obiol, Manuel Rico, Juana Vázquez, Lluïsa Julià, Olivia Rodríguez, Javier Rojo, Enrique Turpin y Fernando Valls, ha decidido entregar, tras las correspondientes deliberaciones y votaciones, los Premios de la Crítica 2011 a las siguientes obras:
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•PREMIOS EN LENGUA CATALANA:
Narrativa: Jo confesso (Yo confieso), de Jaume Cabré.
Poesía: Pagèsiques (Del campesinado), de Perejaume.
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•PREMIOS EN LENGUA GALLEGA:
Narrativa: Laura no deserto (Laura en el desierto), de Antón Riveiro Coello.
Poesía: Cráter (Cráter), de Olga Novo.
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•PREMIOS EN LENGUA VASCA:
Narrativa: Twist, de Harkaitz Cano.
Poesía: Hariaz beste (Más allá del hilo), de Aritz Gorrotxategi.
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•PREMIOS EN LENGUA CASTELLANA:
Narrativa: El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón.
Poesía: Estuario, de Tomás Segovia.
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* En las fotos aparecen los escritores Ignacio Martínez de Pisón y Tomás Segovia.

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miércoles, 18 de abril de 2012

Microlecturas, 5: Ángel Olgoso

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RELATOS, TESELAS, DÁTILES        
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Creo que desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter (soy poco dicharachero), por afición (me fascina el relato como miniatura, esa magia de la síntesis y la conmoción, de la puntería afinada, de la veloz emboscada), por convicción (al extrañamiento le sienta bien la historia mínima y la palabra depurada) y por una elemental cortesía hacia el lector (prefiero ahorrarle los tiempos muertos, las genealogías, los lugares comunes, las digresiones, los detalles intrascendentes). Para Monterroso, la brevedad no era un término de la retórica, sino de la buena educación. Esta humildad propia de las formas breves se me fue imponiendo de manera natural a través de las lecturas, del mismo modo que coleccionaba sellos exóticos o los diminutos orbes translúcidos de las canicas.
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Recuerdo con delectación las tardes lluviosas de la primera adolescencia porque leía, una y otra vez, los cuentos, los retales de novelas entreverados en los libros de Lengua y Literatura. Nada de monumentales e indigestos asados, nada de caza mayor, sólo un sucinto banquete lector compuesto por minúsculas pero deliciosas porciones, esos párrafos iniciáticos de -por ejemplo- La pata de palo, La mujer alta, Viaje a la Alcarria, Los niños tontos, Nunca llegarás a nada, La urraca cruza la carretera, Tiempo de silencio y, en especial, la maravilla de Alfanhuí. Supongo que así me acostumbré a las reducidas dimensiones, a las simples muestras, abalorios cuyo peso atómico hacía estallar sin embargo sus estrechos límites, amplificándose luego en mi mente.
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En la magnífica biblioteca de La Salle de Granada (interno de 1972 a 1975) ya había descubierto antes la belleza de las palabras gracias al deslumbramiento que supuso La casa encendida y Cántico. Ahí empezó también la comezón de la escritura, apuntando versos en una libretita bajo las sábanas a la luz de la linterna, en el dormitorio comunal: fueron cinco años de poesía con ribetes surrealistas hasta que, en 1978, recibí el formidable, el nutricio impacto de la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy y Ocampo, que contenía, a su vez, Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich. Aquellos aldabonazos a la puerta de la única persona viva en el mundo, resonaron tan sobrecogedoramente en mi interior que abandoné la poesía y escribí mi primer relato, una variación de cinco líneas del célebre texto de dos de Aldrich.
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Practicante desde entonces del culto a lo breve y lo fantástico, entre 1979 y 1983 compuse -mucho antes de que se conociera y difundiera el microrrelato como tal- dos series de narraciones brevísimas, Trece planos cortos y Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de la ballena. Al mismo tiempo, nuevas revelaciones lectoras iban marcando a fuego mi memoria, algunas de ellas descubiertas en la valiosísima antología Narraciones de lo real y lo fantástico, publicada en 1977 por Bruguera en dos volúmenes. Se trataba de autores que -por su producción escasa, originalidad, independencia o muerte temprana- no han tenido en general el reconocimiento que merecían: A. F. Molina, iconoclasta, vanguardista y maestro de la libertad imaginativa; Manuel Pacheco, poeta autodidacta y autor del revulsivo Diario del otro loco; Raúl Ruiz, escritor polifacético, autor del encantador breviario póstumo El alfabeto de la luna; Alberto Escudero, creador fresco, irónico y experimental en La piedra Simpson y Un error de bulto; y, sobre todo, Francisco Ferrer Lerín, cuyas extrañas e hipnóticas prosas agazapadas en su libro de poesía La hora oval, fueron imprescindibles para ahormar mis propios relatos y educar mi mirada en la rareza.
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En aquella época, mientras escribía con furor desbocado pequeñas construcciones imaginativas, intentando explorar todas las modalidades de lo breve, no dejé de libar cuanto veneno encontraba (Las células del terror, última sección de Las noches lúgubres, de Alfonso Sastre; o Trece casos de cuya existencia física respondo, puesto que, por su brevedad, se pueden medir, incluido en Trece veces trece, de Gonzalo Suárez), destilados, bebedizos y pócimas que alimentaban mi sed de breverías (las piezas de Pere Calders al final de Ruleta rusa y otros cuentos y De lo tuyo a lo mío; o una selección de La sueñera, de Ana María Shua, en la antología de ciencia ficción Latinoamérica fantástica). No dejé de degustar bocados de cardenal que eran fuente continua de gozo y asombro (Buzzati, Gómez de la Serna, Aub, Arreola, Brown o Denevi). Ni de buscar con avidez en otros libros y narradores esas cargas de profundidad, ese ostinato rigore, esos fogonazos intensos, esos vertiginosos mecanismos de precisión, esos disciplinados desafíos, esas estocadas limpias al corazón o al cerebro, esos tesoros sumergidos que a menudo el lector debe rescatar. Aprendí con Juan Ramón Jiménez que basta lo suficiente; que unas pocas páginas o unas líneas pueden mostrar la esencia de algo, la plenitud de la unidad, siempre que no carezcan de lo que parece imprescindible: sustancia narrativa, movimiento interno (reclamado con ahínco por José María Merino) y resonancia final.
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Mucho después, tras escribir más de cuatrocientos relatos, descubrí que la brevedad es el molde más apropiado para mi estilo de cincel y escoplo, de taracea ensamblada tesela a tesela; que es cierto que a las ficciones mínimas les conviene ser feroces como pirañas, pero quizá también frágiles como una gota de rocío en la que, de manera sugestivamente distorsionada, se refleja el mundo que la rodea. Supe de otras propiedades suyas: sacian como dátiles, su corto vuelo deja largas estelas, su parco ladrido siempre engaña, son misteriosas como lágrimas de dragón y, todavía para algunos, inconsistentes como las huellas de los pájaros en el aire. Averigüé que para romper amplias ventanas, Lichtenberg solía usar monedas de dos centavos. Y tuve la certeza de que un buen cuento breve o brevísimo puede ser confundido fácilmente con un pequeño lingote de oro de capela, el más puro según los alquimistas.
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ÁNGEL OLGOSO (Cúllar Vega, Granada, 1961) ha antologado sus cuentos en Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (Tropo, 2010) y sus microrrelatos en La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009). Sus narraciones aparecen en diversas antologías, como Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, 2010), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005). Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. Ha sido traducido al inglés, alemán e italiano.
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* En las fotos aparecen Thomas Bailey Aldrich, Francisco Ferrer Lerín, José María Merino y Ángel Olgoso.
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martes, 17 de abril de 2012

EMILIA OLIVA

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Habitación de hotel
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Él la había sentido, aquella noche, en la habitación de hotel, perderse en el intersticio de los labios, en el beso. La había visto desvanecerse, como la bruma tras el amanecer, entre sus brazos y supo que no la amaba. Pero no le habló de ello. Nunca le habló de ello. Cuando cerró la puerta de la habitación de hotel, los inquilinos del otro lado también la cruzaron. La acompañarían todo el tiempo del trayecto en tren y en el camino de regreso a casa. Después seguirían visitándola con cualquier pretexto, de por vida.
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Bastaba un resto de diálogo pillado al azar, al adelantar a dos transeúntes; un gesto de arrepentimiento de ir a decir algo en cualquier rostro, que pasaba de largo, sin decir nada; una negación sepultada bajo un montón de excusas, y el mecanismo se activaba. A veces, el silbido de un tren que no pasaba; el imposible canto de un grajo o una chova en el bullicio del gentío; el testarudo silencio de la lechuza, enfrente, al anochecer, en el alero; el cartero pasando de largo en tiempos superpuestos por el recuerdo, los imantaban. Surgían en tumulto, de todas partes, desde todos los ángulos, indistintos e idénticos, y desfilaban en cortejo desordenado, casi fúnebre. Eran periodos de insomnio, difícilmente controlados por tranquilizantes y barbitúricos.
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Viajó. Escribió. Pintó. Hizo yoga y meditación. Toda terapia resultó inútil. Ni agujas, ni homeopatías; ni fármacos, ni psicoanálisis; ni vidente ni curandero habían podido determinar las causas del fenómeno de extrañamiento que activaba un tercer ojo invisible capaz de superponer infinitos rostros, indefinidamente familiares, o de desplegar los balbuceos de la materia desde el inicio de los tiempos, en instantes precisos. Los rostros se desplegaban en estructuras vegetales, desarrollaban membranas, escamas, crestas, vello y asistían impasibles, sin convocatoria precisa ni cita previa, a todo acto íntimo. Venían envueltos en el sabor de la magdalena impregnada de té, en el desayuno; en el olor de acacia y jazmín al caer la tarde; en el tacto frío de la sábana de hilo; en el pan recién cocido; en el aguacate, la samba, la cochinilla, los versos… Era, en esos periodos, cuando cualquier actividad cotidiana constituía un inminente peligro. El polvo en suspensión de las limpiezas, atravesado de un rayo de sol, se abría en un universo de astros, planetas, agujeros negros en movimientos vertiginosos o pausados, con extraña armonía. Una violencia de esferas girando que siempre le dejaba un poso amargo de exclusión y sin sentido en el fondo del pensamiento. Barrer el tamo de debajo de la cama, desencadenaba, en el revoloteo de células muertas y ácaros, una amplificación del silencio, una tormenta de crujidos y resquebrajamientos, de carcasas rodantes en innumerables metamorfosis. La naftalina del armario, como ola violenta que arrastra a la deriva todo lo que alcanza, la llevaba de las flores de azahar y de almendro a la cabecera de los muertos; de los membrillos encerrados en repisas de alacenas al olor de lombriz y musgo escondido en bóvedas de aljibe sin tiempo.  Correr o descorrer las cortinas, abrir las ventanas, estirar la sábanas desencadenaba un bullir de gestos, a rastras, a cuatro patas, en vuelo rasante, en posición sedente, en inmersión infinita que la forzaban a afianzarse contra el cristal o el muro, las pupilas inmensamente abiertas, sin aire que respirar, sorda, ciega a cualquier otro estímulo, como ida en otro mundo. Acechaban por todas partes, hasta en sus labios. Los besos venían acompañados de mil besos y formas de besar compendiadas en ese gesto concreto de besarlo a él. Los besos, desde aquella noche en la habitación de hotel, constituían una amalgama de todos los besos posibles, sintetizados, simultáneos en ese instante de sentir los labios de él contra los suyos, la respiración sofocada, el paladar y el olfato rastreando los mil y un sabores que iban y venían, se desvanecían. Nunca se lo había dicho. En él besaba a todos los amantes, los que fueron, los que vendrían. Y esto la enfermaba.
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* Emilia Oliva (Cáceres, 1957) es Licenciada en Filología Románica, poeta y editora en la revista En sentido figurado. Ha publicado además de microrrelatos y crítica de arte, los libros de poesía (re)fracciones, Premio de Poesía Ciudad de Zaragoza, Los ecos y la sombras. Música para un instante antes de morir (Alcancía, 2006) y Quien habita el olvido, Premio León Felipe (Celya, 2011). Acaba de abrir su blog Torsiones.
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* Claudio Duarte (Cáceres, 1984) es Licenciado en Bellas Artes por la Facultad de BBAA de Salamanca. Ha realizado pintura mural de gran formato, ilustraciones para la revista En sentido figurado y esculturas para la empresa Rocas Theming Factory. Sus dibujos, pinturas y esculturas pueden adquirirse en la Galería Klaus Kramer de Arte Actual (Altea, Alicante).
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