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RELATOS, TESELAS, DÁTILES
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Creo que desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter (soy poco dicharachero), por afición (me fascina el relato como miniatura, esa magia de la síntesis y la conmoción, de la puntería afinada, de la veloz emboscada), por convicción (al extrañamiento le sienta bien la historia mínima y la palabra depurada) y por una elemental cortesía hacia el lector (prefiero ahorrarle los tiempos muertos, las genealogías, los lugares comunes, las digresiones, los detalles intrascendentes). Para Monterroso, la brevedad no era un término de la retórica, sino de la buena educación. Esta humildad propia de las formas breves se me fue imponiendo de manera natural a través de las lecturas, del mismo modo que coleccionaba sellos exóticos o los diminutos orbes translúcidos de las canicas.
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Recuerdo con delectación las tardes lluviosas de la primera adolescencia porque leía, una y otra vez, los cuentos, los retales de novelas entreverados en los libros de Lengua y Literatura. Nada de monumentales e indigestos asados, nada de caza mayor, sólo un sucinto banquete lector compuesto por minúsculas pero deliciosas porciones, esos párrafos iniciáticos de -por ejemplo- La pata de palo, La mujer alta, Viaje a la Alcarria, Los niños tontos, Nunca llegarás a nada, La urraca cruza la carretera, Tiempo de silencio y, en especial, la maravilla de Alfanhuí. Supongo que así me acostumbré a las reducidas dimensiones, a las simples muestras, abalorios cuyo peso atómico hacía estallar sin embargo sus estrechos límites, amplificándose luego en mi mente.
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En la magnífica biblioteca de La Salle de Granada (interno de 1972 a 1975) ya había descubierto antes la belleza de las palabras gracias al deslumbramiento que supuso La casa encendida y Cántico. Ahí empezó también la comezón de la escritura, apuntando versos en una libretita bajo las sábanas a la luz de la linterna, en el dormitorio comunal: fueron cinco años de poesía con ribetes surrealistas hasta que, en 1978, recibí el formidable, el nutricio impacto de la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy y Ocampo, que contenía, a su vez, Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich. Aquellos aldabonazos a la puerta de la única persona viva en el mundo, resonaron tan sobrecogedoramente en mi interior que abandoné la poesía y escribí mi primer relato, una variación de cinco líneas del célebre texto de dos de Aldrich.
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Practicante desde entonces del culto a lo breve y lo fantástico, entre 1979 y 1983 compuse -mucho antes de que se conociera y difundiera el microrrelato como tal- dos series de narraciones brevísimas, Trece planos cortos y Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de la ballena. Al mismo tiempo, nuevas revelaciones lectoras iban marcando a fuego mi memoria, algunas de ellas descubiertas en la valiosísima antología Narraciones de lo real y lo fantástico, publicada en 1977 por Bruguera en dos volúmenes. Se trataba de autores que -por su producción escasa, originalidad, independencia o muerte temprana- no han tenido en general el reconocimiento que merecían: A. F. Molina, iconoclasta, vanguardista y maestro de la libertad imaginativa; Manuel Pacheco, poeta autodidacta y autor del revulsivo Diario del otro loco; Raúl Ruiz, escritor polifacético, autor del encantador breviario póstumo El alfabeto de la luna; Alberto Escudero, creador fresco, irónico y experimental en La piedra Simpson y Un error de bulto; y, sobre todo, Francisco Ferrer Lerín, cuyas extrañas e hipnóticas prosas agazapadas en su libro de poesía La hora oval, fueron imprescindibles para ahormar mis propios relatos y educar mi mirada en la rareza.
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En aquella época, mientras escribía con furor desbocado pequeñas construcciones imaginativas, intentando explorar todas las modalidades de lo breve, no dejé de libar cuanto veneno encontraba (Las células del terror, última sección de Las noches lúgubres, de Alfonso Sastre; o Trece casos de cuya existencia física respondo, puesto que, por su brevedad, se pueden medir, incluido en Trece veces trece, de Gonzalo Suárez), destilados, bebedizos y pócimas que alimentaban mi sed de breverías (las piezas de Pere Calders al final de Ruleta rusa y otros cuentos y De lo tuyo a lo mío; o una selección de La sueñera, de Ana María Shua, en la antología de ciencia ficción Latinoamérica fantástica). No dejé de degustar bocados de cardenal que eran fuente continua de gozo y asombro (Buzzati, Gómez de la Serna, Aub, Arreola, Brown o Denevi). Ni de buscar con avidez en otros libros y narradores esas cargas de profundidad, ese ostinato rigore, esos fogonazos intensos, esos vertiginosos mecanismos de precisión, esos disciplinados desafíos, esas estocadas limpias al corazón o al cerebro, esos tesoros sumergidos que a menudo el lector debe rescatar. Aprendí con Juan Ramón Jiménez que basta lo suficiente; que unas pocas páginas o unas líneas pueden mostrar la esencia de algo, la plenitud de la unidad, siempre que no carezcan de lo que parece imprescindible: sustancia narrativa, movimiento interno (reclamado con ahínco por José María Merino) y resonancia final.
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Mucho después, tras escribir más de cuatrocientos relatos, descubrí que la brevedad es el molde más apropiado para mi estilo de cincel y escoplo, de taracea ensamblada tesela a tesela; que es cierto que a las ficciones mínimas les conviene ser feroces como pirañas, pero quizá también frágiles como una gota de rocío en la que, de manera sugestivamente distorsionada, se refleja el mundo que la rodea. Supe de otras propiedades suyas: sacian como dátiles, su corto vuelo deja largas estelas, su parco ladrido siempre engaña, son misteriosas como lágrimas de dragón y, todavía para algunos, inconsistentes como las huellas de los pájaros en el aire. Averigüé que para romper amplias ventanas, Lichtenberg solía usar monedas de dos centavos. Y tuve la certeza de que un buen cuento breve o brevísimo puede ser confundido fácilmente con un pequeño lingote de oro de capela, el más puro según los alquimistas.
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ÁNGEL OLGOSO (Cúllar Vega, Granada, 1961) ha antologado sus cuentos en Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (Tropo, 2010) y sus microrrelatos en La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009). Sus narraciones aparecen en diversas antologías, como Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, 2010), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005). Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. Ha sido traducido al inglés, alemán e italiano.
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* En las fotos aparecen Thomas Bailey Aldrich, Francisco Ferrer Lerín, José María Merino y Ángel Olgoso.
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