viernes, 22 de julio de 2011

Lucian Freud, in memoriam

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Ha muerto en Londres, a los 88 años, el pintor británico Lucian Freud (Berlín, 1922), uno de los grandes pintores vivos, según los expertos, de los más cotizados, y uno de mis preferidos. En el 2008 se pagaron 33,6 millones de dólares por "Benefits Supervisor Sleeping" (1995), en el que aparecía recostada en un sofá una gruesa mujer, Sue Tilley, una supervisora de subsidios sociales de Londres que posó para el artista en diversas ocasiones. Freud, nieto del fundador del psicoanalisis, del que hace unos años pudo verse una importante antológica en CaixaForum, de Barcelona, pintó, además de desnudos, numerosos retratos, autorretratos y naturalezas muertas, mostrando siempre una visión descarnada, naturalista del cuerpo humano. 
Aunque había nacido en Alemania, en 1933 emigró con su familia al Reino Unido, escapando del nacionalsocialismo. Su evolución como pintor va del surrealismo a la pintura figurativa, realista, caracterizada por la penetración psicológica de sus modelos y el minucioso examen de la relación que éstos mantienen con el artista. Valga esta entrada como modesto homenaje a quien para mí ha sido, junto con Bacon, uno de los grandes pintores de la segunda mitad del siglo XX. 









* El primer cuadro es un autorretrato del pintor. El tercero es un retrato de Bacon. En el cuarto es Bacon quien lo retrata a él. Y el quinto aparece en la cubierta de una novela española. Al primero que acierte quién es el autor, el título del libro y la editorial que lo publicó, le mandaré un buen libro de regalo. 
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jueves, 21 de julio de 2011

¿Realidad, ficción?

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El domingo pasado, el diario El País publicaba un texto de José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval y autor de éxito en el terreno de la narrrativa histórica, en el que se contaba cómo se produjo el robo del Codex Calixtinus en la catedral de Santiago. Lo curioso del caso es que el periódico, ¿o el autor, o ambos, de mutuo acuerdo?, tras el título de la pieza, "Así robaron el Códice", se sintió/sintieron obligado/s a poner entre paréntesis que era ficción. Y aunque el citado diario no pueda tacharse precisamente de sensacionalista, a pesar de que cada vez acoja en sus páginas más frivolidades y tontunas, ni esté dirigido al público lector más popular, debió de confiar más bien poco en la capacidad de discernimiento de sus lectores, cuando tuvo que advertirles de que el relato de Corral, poco original e imaginativo, por cierto, era pura ficción. La parte buena del robo es que ha servido para que nos enteremos al fin de su contenido y de cuál es el valor del Códice sustraido, además de poder conocer la naturaleza y el lugar en donde se guardan los demás códices valiosos que atesora la iglesia. Sí alguien se anima a hacer una novela con todo este material, en la que se narre el robo en cadena de estos códices, deberá acordarse de contar con el consejo de uno de esos comerciantes que se disfrazan de editores, junto con el apoyo de periodistas culturales complacientes, y de plagar la historia preferiblemente de lugares comunes, aparte de escribirla en una prosa funcional, sin que falten -además- peripecias mil y esoterismos varios. ¡Podría convertirse en el nuevo Dan Brown, e incluso podría rodarse una película subvencionada por el Ministerio de Cultura, siempre que, en aras de la igualdad, tal y como la entiende la señora ministra, la mitad de los personajes fueran femeninos! ¡Viva la bagatela!
 

P.S. De todas formas, no seré yo quien los culpe porque hace ya tiempo que a mis estudiantes tengo que advertirles, una y otra vez, de que las lecturas obligatorias son obligatorias; o sea, que hay que leerlas, para que no se crean que todo es pura ficción. En fin, qué mundo, que diría el mejor Millás.
 

martes, 19 de julio de 2011

ANTONIO BÁEZ

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"El descanso"

En casa se celebraron mucho mis primeras gafas graduadas de miope, que me compró mamá a los 17 años, ella con pocos más, después de haber empezado a leer ambos a Pablo Neruda. En casa todos gozaban de excelente salud visual y yo fui el primero. Tras la publicación de mi primer libro de cuentos en una edición llena de erratas. Comprendí que mi vida había estado marcada más que por las gafas que consecutivamente había tenido que ir adquiriendo, por las maletas que había destrozado en mis viajes. La primera vez que me fui lo hice con una vieja caja de cartón que había que cinchar para que se mantuviese cerrada. Con ella habían estado mis padres de luna de miel. Se moría de aburrimiento debajo de una cama. La llené de calzoncillos y calcetines para contentar a los de casa y la metí en un tren que viajaba al norte, de donde regresé yo solo con un puñado de piedras en los bolsillos. En verano rompía unas gafas y perdía una maleta. Acabo de llegar a una ciudad en la que voy a estar un par de meses. He descargado las maletas del coche y después de vaciarlas las he llevado al trastero en un sótano frío que me ha producido cierta inquietud. Sin saber por qué me han venido cosas extrañas a la cabeza, como encontrar a un ocupa albino al abrir la puerta. En casa mi mujer y mis hijos han celebrado mucho que por fin me decidiese a operarme de la vista. Es que en verano para hacer deporte las gafas son un coñazo, he dicho yo por ahí. Y alguien, con el mejor juicio de todos, me ha replicado: ¿Y cuándo has hecho deporte tú? Pienso que podría empezar hoy mismo ahora ya. Sin hacer prácticamente cambios unos años después de mi primer libro de cuentos, publiqué el segundo, con más erratas que el primero. En ninguno de ellos hago referencia a la importancia que han tenido para mí las gafas con las que he intentado amar ni las maletas sin las que he querido huir... 

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La primera vez que me propuse perder la virginidad fue en verano y recuerdo que leía a Yukio Mishima. Por supuesto no lo conseguí. Veamos alguna versión de los hechos. En la terraza de los apartamentos en los que trabajaba me propuse asaltar a una de las camareras de piso de un modo inesperado. Me hubiese podido pegar con una de las botellas de cerveza que estaba recogiendo, pero le bastó con mirarme en el momento en el que me dirigía hacia ella. Me daba vergüenza pensar que sería de los pocos chavales dedicados aquel verano a la hostelería que nunca se habían acostado con ninguna mujer. Por las tardes desde la terraza en la que se había frustrado mi fantasía amatoria divisaba melancólico un horizonte surcado de hidropedales con mujeres que se entregaban en su duermevela a las caricias de Apolo. Luego remataba mis faenas y regresaba en tren a casa leyendo. Aprendí mucho ese verano y el siguiente. En realidad las picardías y los trucos de los hosteleros más bribones de la costa. Lo que más les importaba era sacar tajada. Para mí aquel era un trabajo con el que costearme el curso. Tenía mucho tiempo para leer porque por una serie de circunstancias de índole picaresca acabé sentado tras un mostrador que funcionaba como conserjería. En uno de los cuentos de mi primer libro, plagado de erratas, hice que esa camarera con la que no perdí la virginidad me sedujera en la terraza del último piso, a pleno sol del mediodía. Me resulta imposible, eso sí, recordar su nombre, pero he retenido en la mente con todo detalle su rostro no demasiado agraciado y picado con marcas y hoyitos de la viruela. En mi segundo libro de cuentos, que es prácticamente un plagio del primero y que no consiguió librarse de las erratas, sólo tuve que jugar con la introducción de algunos adverbios para contar lo contrario, que ante la propuesta más que explícta de la camarera para convertirme en un hombre experimentado, yo metí la cabeza en el libro de un escritor japonés que se atravesó las tripas ritualmente.

Antes de publicar mi segundo libro de cuentos me puse a calcular cuántas personas podrían haber leído el primero, de donde me pareció que podrían ser unas doscientas. Caray, no está mal si uno lo piensa detenidamente y no entra en las odiosas comparaciones. Me convertí en un lector obsesivo a los 16 años, antes de usar gafas, de la mano de Jack London. Un día mientras escribía un cuento para mi segundo libro llamaron al timbre de la puerta. Un hombre rubio y perlado de gotas de sudor, como si fuese el remedo burlesco del dios Mercurio, me alcanzó un pequeño volumen que se titulaba Huellas y que me ofrecía a un precio razonable. Me invitó a que lo hojease antes de comprarlo y sólo pude leer la primera frase de la introducción, que decía así: “Tras la 1ª edición de esta antología, en un total de 2000 ejemplares. Sin cambiar prácticamente nada de lo que es el contenido; por una serie de razones que explicarlas en su totalidad pienso...” Me bastó para decidirme a su compra y nunca más volví a tener noticias de su autor. Con una sintaxis que tan pronto movía a la risa como al llanto coloqué el libro en un estante entre otros y lo olvidé. Sin embargo, algo oculto apeló a mi inconsciente, porque de ahí a unos días comencé a recopilar cuentos para montar un nuevo libro y en casi todos me propuse introducir frases que reprodujeran un modelo sintáctico tan aberrante como el que os he mostrado ahí atrás. Cuando se publicó estuve tentado también de copiar su modo de vender el libro de puerta en puerta. Imagino que hubiese llegado a muchos más lectores. Un cuento que en el primer libro se había titulado Autostop pasó a llamarse en el segundo, tras unas ligeras variaciones, Huellas, como homenaje. Pensé que más allá de su poco o mucho talento un escritor es un ser pintoresco, casi estorbadizo. He sacado de la biblioteca pública Missing de Alberto Fuguet, donde dice, en la primera hoja: “Un escritor puede ser raro, puede vivir en su cabeza, no tiene que -no debe- vivir igual que los demás”. A veces uno comienza a escribir una historia e igualmente sigue uno leyendo cosas, porque uno si cree en algo es en la contaminación. Y es como cuando te caes, te fracturas una pierna, te la escayolan y sales a la calle y no dejas de ver escayolados por todas partes. Del mismo modo en lo que escribes en lo que lees hasta en lo que sueñas empiezas a encontrar señales marcas coincidentes que le dan al mundo una orientación, un atisbo de orden. No es por otro motivo sino por ese por lo que sigues adelante.
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Antes de empezar con el siguiente fragmento de estos recuerdos que son un pastel de lo que fue, de lo que no y de lo que pudo haber sido, he bajado a la calle para ayudar a mi mujer a montar a los niños en el coche: un carrito, una mochila con bañadores, un bolsa con meriendas, además hay que atarlos a las sillas adaptadoras y antes de eso llegar al propio coche, que por suerte hoy no estaba aparcado demasiado lejos. Cuando he regresado al portal he hecho un horrible, un espantoso descubrimiento. Las llaves que he sacado, con las que he pretendido abrir la puerta estaban equivocadas. Me he visto en la calle sin dinero, sin llaves, sin teléfono y con una ropa de estar en casa demasiado ridícula y desaliñada como para andar dando paseítos por ahí. Al tiempo que he sentido pánico se me ha ocurrido que desde el locutorio de la esquina me podrían dejar hacer una llamada. En efecto, me han dado un minuto. Mi mujer ha regresado y me ha entregado su llavero por la ventanilla del coche. Casualmente a ella le faltaba la llave del portal y he tenido que llamar al telefonillo de varios vecinos hasta que uno ha contestado y me ha abierto. Luego he regresado al locutario a pagar la llamada. La aventura no ha durado más de quince minutos. Por fin he retomado el plan inicial que era escribir en soledad un par de horas. A los 20 años leí Crimen y castigo de Dostoievsky, estando en algunas sesiones de lectura bajo los efectos de la fiebre, que yo asimilaba a un posible estado de drogadicción. Lo comenté con un amigo de entonces y él me dijo que había tenido alguna experiencia parecida. En aquella época la grisura del mundo en el que vivía sólo encontraba escape por medio de la literatura y la fiebre. En un libro de cuentos que tengo inédito y que en modo alguno se parece ya a los dos publicados, tan iguales entre sí, hay uno que habla de unos vecinos. En concreto de la mujer que me ha abierto la puerta, gracias a la cual ahora estoy escribiendo y no dando tumbos por ahí con un aspecto estrambótico, esperando que mi mujer y mis hijos regresaran de la playa. De la mujer y de su marido, que son dos empedernidos fumadores a los que nunca he visto sin un cigarrillo entre los dedos. Tras la publicación de mis dos primeros libros de cuentos en un total de 400 ejemplares vendidos. Los presento desgastados por el tiempo y la rutina tras miles y miles de cajetillas de tabaco, que si se apilaran servirían para construir la muralla de una ciudad. Frecuentan las terrazas de las cafeterías de la calle desde que se prohibe fumar en sus interiores, pero nunca los he visto más allá, en las terrazas a las que yo voy a fumar, y es lo que me intriga, el hecho de que a ellos no les guste perder de vista la calle en la que viven.

A los 21 años hice un viaje en verano al otro extremo del país en tren. A ratos leía a Bakunin. Había escrito algunas cosas, pero había decidido esperar para adoptar la postura del escritor otros veinte años. Tras la publicación de mi primer libro de cuentos, cuando yo ya tenía más de cuarenta. Comencé a escribir un segundo libro de cuentos, en el que opté por inventar unas historias tan radicalmente distintas a las del primero que el resultado fue una especie de autoplagio. En esta suseción de recuerdos me doy cuenta de que en ninguna de ellas he abordado el momento en el que perdí la virginidad. Entre Bakunin y el Poema de Gilgamesh, en la edición de Borges para su biblioteca personal. Sin embargo, en uno de esos cuentos que titulé “Panem et circenses” en el primer libro y que en el segundo se quedó fuera conté mis andanzas de aquella época, durante el curso que siguió a aquel verano del viaje al otro extremo del país. Mucho más alcohólicas que amatorias. A diferencia que a mis compañeros de piso de estudiantes las mujeres no lograron interesarme. El ejercicio amatorio me parecía coreográficamente previsible y vano. También es verdad que en ese cuento no todo era yo, que en realidad en aquella época tenía una novia. Hice una mezcla de ocurrencias y suposiciones personales y las que le atribuí a cierto compañero que me intrigaba. Me retraté a través de alguien muy distinto a mí, pienso que de una manera muy certera. Tuve algunos embrollos de mujeres en aquella época mientras gestaba un personaje que estaba al margen de todo eso, que se entretenía bebiendo y observando a los demás, leyendo las etiquetas de las botellas. En verano, lo conté al principio, hice un viaje al norte. Allí conocí a una mujer, que era como yo, virgen. Una noche tomamos un puré de patatas cocinado con vodka, a la mañana siguiente estábamos desnudos bajo un saco de dormir, pero seguíamos siendo vírgenes. Mis gafas se habían roto por la mitad y tuve que pegarlas con una cinta adhesiva. Al comienzo de este cuento escribí que hice el viaje con una maleta de cartón, pero sólo me llevó a ello la imagen, no la verdad, además la hice coincidir con la maleta que usaron mis padres en su viaje de novios. En realidad era una pequeña mochila de un azul estridente. Y no la olvidé, nunca la dejé atrás en ninguna huida, me deshice de ella un buen día con algo de nostalgia. Literariamente funcionaba mejor contarlo de otro modo. Mentir también.
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Muchos hombres se sienten fracasados porque instalan su vida en la mentira. Para un escritor la mentira es un elemento fundamental de su día a día. El éxito de un escritor es la mentira, la mixtificación, el derroche de confusiones. El relato de una vida, de cualquier vida, ya sea inventada o real, es un espejismo ficticio. Yo nunca ponía la atención en lo que me contaban, sino en cómo lo hacían. Siempre encontraba orificios de silencio con muchísima información interesante. La mentira puede ir en la vida o en su relato, el escritor elige la del relato creyendo ingenuamente que se libra de la mentira en la vida. Un cuento sólo merece la pena si es piadoso. En un cuento se perdona todo, todo se ama y todo se comprende. A los 8 años leía el catecismo porque en casa no había otros libros. He escrito un cuento que va de eso, que difiere de este que estás leyendo sólo en algunos aspectos adverbiales. Una y otra vez uno no hace sino leer soñar escribir signos coincidentes que conducen al mundo en una dirección, esa falacia de sentido es una experiencia que se parece mucho a lo que ofrece y proporciona la religión. Tras la publicación de mi tercer cuarto quinto libro de cuentos en un total de muy pocos lectores en comparación con otros pero muchísimos si se consideran en sí mismos. Desde ese futuro irreemplazable habré decidido sobre mi pasado irreal, pero pasado al fin. Que había llegado el momento de abrir un gran orificio, yo diría ahora boquete, de silencio. El descanso.
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*Antonio Báez Rodríguez (Antequera, Málaga, 1964) publicó en el 2008 un libro de relatos titulado Mucha suerte, ha aparecido en la antología Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010), y en otoño saldrá su primera novela en la editorial Talentura, titulada La memoria del gin tonic.

* La foto, que data de 1970, está hecha en el parque de Málaga.
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lunes, 18 de julio de 2011

Claude Mestreit: la bailarina belga

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A veces el correo electrónico, de manera escueta, nos trae las peores noticias, como es la muerte de Claude Mestreit, vieja y querida amiga, compañera de trabajo, profesora de francés en la Facultad de Traducción de la Universidad Autónoma de Barcelona. Durante una década, más o menos, mantuvimos una estrecha relación, nos veíamos con frecuencia, no sólo en el trabajo sino también fuera. Compartíamos, con otros amigos, salidas, bailes, comidas, cenas, cine y teatro. En los últimos años, por esas cosas raras que tiene a veces la vida, nos veíamos mucho menos, pero siempre que la encontraba por los pasillos de la facultad nos parábamos a charlar un rato y me contaba cómo estaba y qué hacía. Lo extraño es que ni siquiera sé de qué ha fallecido. Una amiga común, que compartió con nosotros los festejos de aquellos años, me cuenta que ha muerto de cáncer de pulmón, como fumadora empedernida que era. ¿Qué edad tenía, le pregunto? Mi amiga me responde que debía andar por los 61 o 62 años. Parece ser que llevaba meses enferma, aunque con mis idas y venidas a Barcelona, no me había enterado. Quería llevar su enfermedad con la máxima discreción y que se enterara la menor cantidad de gente posible. Claude ha decidido morir como vivió, de una manera discreta, sin molestar ni dar la lata a nadie.
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Nació en Bélgica, por lo que Julio Murillo, catedrático de Lengua francesa en mi universidad, su protector y maestro, solía meterse con ella, entre burlas y veras, diciéndole que hablaba francés mal, con acento belga. No sé si hablaba un francés ortodoxo, pero el español lo utilizaba a la perfección, con un leve acento en la pronunciación, pero no solía cometer errores en el uso del vocabulario ni de la sintaxis.


Claude se dedicó a la formación de profesores y formó parte del equipo que coordinaba las Jornadas de Profesores de Francés que organizaba el ICE de la Autónoma. También trabajó en distintos proyectos europeos sobre la enseñanza de las lenguas extranjeras. Siendo, además, fundadora y miembro de la redacción de la revista Cuadernos de Traducción e Interpretación, publicada entre 1982 y 1992.
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Debí de conocerla en 1980 cuando empecé a dar clase de Literatura Española en la entonces EUTI. Fue uno de los profesores que contrató Murillo cuando le nombraron director del centro, para intentar mejorar la docencia, tan maltrecha entonces. La había conocido en los cursos de verano de formación de profesores de francés, rescatándola de un centro de idiomas, en Madrid, donde daba clase. Como investigadora, siempre estuvo vinculada al Departamento de Francés de la Facultad de Filosofía y Letras. Así, no hace mucho publicaron un método de enseñanza titulado Forum.
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Claude era cariñosa, amena conversadora, amante del vino y de la buena mesa, tenía un excelente sentido del humor y era mejor persona. Pero yo prefiero recordarla ahora como una excelente bailarina, riendo a carcajadas, como solía hacer, echando levemente la cabeza hacia atrás. En aquellos años, los ochenta, bailábamos mucho, organizábamos fiestas, en su flamante ático, cerca de la plaza Lesseps, o en mi piso de Sant Cugat, juergas que duraban horas y horas, y bailábamos salsa, boleros, rock, lo que nos echara el improvisado pinchadiscos... Bailaba con soltura y tenía la gentileza, con los más bien patosos, como yo, de hacerte sentir que no lo hacías mal del todo. Era, en ese sentido, una maestra en el arte de dejarse llevar... Pongo ahora la Pasadena, o la Orquesta Platería, en su honor, y siento, querida Claude, no poder estar mañana contigo en Barcelona para darte un último adiós.

domingo, 17 de julio de 2011

Regreso a Berlín

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De nuevo en la capital alemana. Nada más llegar, nos hemos ido a comer al viejo café Einstein, al primigenio, con Julia y Flor, dos viejas amigas españolas que a veces añoran Berlín, donde vivieron varios años. Hoy mismo regresaban a Madrid y Granada, respectivamente. Nos hemos decantado por el Wiener Schnitzel (filete empanado de ternera), con sus patatas cocidas y la correspondiente ensalada, y una Weizen Beer (cerveza de trigo). Estaba lleno, como suele ser habitual y el día se prestaba para comer al aire libre, como hemos hecho, con los árboles meciéndose sobre nuestras cabezas en la fabulosa terraza con que cuenta. Para los que tengan curiosidad por el tiempo que hace les diré que desde el mediodía hasta el atardecer hemos tenido ratos de sol y de lluvia, que ahora hace fresquito, y que hará cosa de un par de horas que el cielo encapotado ha dado paso a una lluvia fina pero constante. Puro Berlín.
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* La foto es de GP.
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sábado, 16 de julio de 2011

IVÁN TERUEL



HOMICIDIO INVOLUNTARIO

Es algo parecido a un instinto salvaje de supervivencia lo que despedaza el sueño de Bruno Kovac, vecino de una pequeña localidad altoampurdanesa, y lo impulsa a saltar de la cama con los músculos encrespados, súbitamente consciente de que sus vías respiratorias son en aquellos momentos unas tenazas cerradas con violencia. Sus movimientos adquieren formas simiescas de lucha: avanza a trancos hacia el distribuidor de la planta de arriba, se hinca de rodillas y abre la boca en un movimiento mudo, desesperado, doloroso y fúnebre. Se detiene el tiempo. Sigue boqueando. Ahora parece un pez. Y busca aire, más con la mirada y las manos que con otra cosa. La glotis sigue prensada. Pero el esfuerzo límite abre una rendija en su garganta, de donde empieza a salir un silbido grueso, una especie de rebuzno agónico. Entran las primeras moléculas de oxígeno en los pulmones, que al conectarse de nuevo con la vida presionan hacia arriba con el ímpetu de un animal acorralado. Por fin se abre la laringe. Estalla el dique. Y entonces Bruno siente que todo lo que le rodea es puro aire. Abre aún más la boca, esta vez para dar dos bocanadas con las que cree aspirar la entraña misma de las cosas que están a su alrededor. Todavía clavado de rodillas en el suelo, con el cuerpo encorvado y los ojos llorosos, respira de forma acezante, en busca de los últimos gramos de oxígeno que lo devuelvan a la normalidad. Son los coletazos finales del trance, que Bruno Kovac atribuye a un nuevo ataque de ansiedad.
Se equivoca. O al menos no calibra bien la verdadera naturaleza del episodio.
Porque lo que no sabe este eslovaco de cuarenta años, ampurdanés de adopción desde hace más de quince, es que justo en ese momento en que su garganta ha concedido una ranura por la que empezar a tragar de nuevo aire y vida, justo en ese momento, siguiendo una sincronización inversa milimétrica, en la calle de detrás de donde él vive, en el dormitorio principal de una casa de dos plantas, llamativa en el pueblo por su fachada de estilo andaluz, un infarto fulminante ha reventado el corazón y sellado la existencia de doña Francesca Querol i Cantenys, la panadera de setenta y tres años por cuya hija Bruno Kovac decidió no volver más a su país y a la que cada mañana, durante más de quince años, le ha dedicado, en su catalán de consonantes duras, la misma frase con la que un día pretendió romper el hielo: “No passen els anys per vostè, senyora Paquita”. 





¿DIOS?

Hay un detalle que nadie tiene muy claro todavía: si el joven que bajó por las escaleras tras estar con la despedida de soltera era un stripper, un mago o un cómico. Poco importa. Importa más lo que ocurrió después y que los lugareños niegan con un cinismo obstinado que hiela el pulso. Por la apariencia, por el torso esculpido que se le intuía tras la camiseta ajustada, el chico bien podría ser un stripper. Pero lo aparente no siempre es lo esencial. Tampoco parecía más que un camarero el chico de estética rastafari que servía copas tras la barra del restaurante. A lo que hay que añadir: no todas las identidades son igual de trascendentes para una historia.
Lo que ocurrió después merecería un adjetivo que sintetizara tres, pero en todos sus matices: insólito, desconcertante y siniestro. El joven que bajaba de estar con la despedida se acercó a la barra, esperó a que lo atendiera el camarero rastafari y, cuando lo hizo, le pidió una Coca-Cola. Mientras el camarero iba a buscar el refresco, el joven deslizó una moneda de dos euros por la barra. El camarero llegó con una botella de vidrio de 33 centilitros, y al ver la moneda, desplomó su dedo índice derecho sobre ella y la arrastró de vuelta. Entonces dijo: “A esta invita la casa: una Coca-Cola a cambio de un ojo”. El joven solo escuchó la primera parte del enunciado, porque las otras palabras quedaron engullidas por un griterío repentino a su espalda. Dio las gracias y se marchó botella en mano.
Ya en el coche, mientras conducía, el joven se bebió el refresco en dos tragos. En el segundo, apuró la bebida. Y empinó tanto la botella e inclinó la cabeza tan hacia atrás que por un instante perdió el campo delantero de visión. Mientras recuperaba la vertical de su cabeza, algo chocó frontalmente contra el coche: como una fuerza invisible y horizontal. El joven notó con precisión aterradora cómo el reborde circular del cuello de la botella impactaba contra su globo ocular con una violencia desconocida. Efectivamente: una Coca-Cola a cambio de un ojo.
Lo más relevante de esta historia, sin embargo, no es el ojo perdido de nuestro protagonista innominado. Ni su identidad. Aunque quizás sí resulte más relevante de lo que pudiera parecer en un principio su dedicación. Casi tan relevante como plantearse la identidad del individuo de estética rastafari que predijo –o decidió– de forma macabra su futuro mientras despachaba bebidas detrás de la barra de un restaurante en una pequeña localidad gerundense. Quizás esta sea una historia de identidades y dedicaciones que se entrecruzan. Y quizás la pista definitiva, no solo para intuir la dedicación de uno y la identidad del otro, sino para orientarse sobre la auténtica naturaleza del enigma, esté en la traducción al castellano del nombre del pueblo en el que sucedieron los hechos: Verges.


* "Me llamo Iván Teruel Cáceres y nací en Gerona el año 1980. A los veintitrés años me licencié en Filología Hispánica en la misma ciudad donde nací, y hacia septiembre de ese mismo año decidí correr mundo. Me desplacé cien kilómetros hacia el sur, para iniciar el Doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Allí leí mi tesina, sobre Arguedas y Vargas Llosa. Y allí estaba trabajando en mi tesis, centrada en los viajeros a Oriente en los Siglos de Oro (no me pregunten los motivos del cambio), cuando me llamaron para dar clases en secundaria. Acepté. De eso hace ahora dos años y medio. Y en esa batalla diaria sigo, intentando enseñarles a los chavales algo de lengua, literatura y vida. Escribo cuando puedo, menos y peor de lo que me gustaría. Tengo algunos relatos publicados en algunas revistas y en un par de antologías. Mantengo el blog La tijera de Lish".

* El cuadro es de Ángel Mateo Charris. 


jueves, 14 de julio de 2011

La plaza del humor

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En La Coruña existe una placita, en un lugar de paso, donde parece ser que se cultiva el botellón. Hace un par de días, La Voz de Galicia recogía la disputa entre los políticos de la ciudad sobre quién era el responsable de la pervivencia de una práctica tan tribal. El caso, y voy a lo que realmente me importa, es que este debe de ser un lugar único en el mundo mundial, no sólo por su nombre, sino también porque toda ella es un homenaje a la literatura, el cine y a los viejos tebeos. El lugar está presidido por dos grandes: Castelao y Álvaro Cunqueiro, quienes aparecen sentados en un par de bancos de piedra, frente a frente. Junto a ellos, en un plano inferor, sobre pedestales, se encuentran los bustos de otros tres grandes humoristas gallegos: Julio Camba, Wenceslao Fernández Flórez y Vicente Risco. Y silueteados en el suelo podemos reconocer a gentes tan diversas como Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, Cervantes, Shakespeare. Mark Twain, Jardiel Poncela, Mortadelo y Filemón, Charlot, Groucho Marx  o Mae West bailando con O´Henry.


Yo iba paseando, en busca de la plaza de María Pita, donde mis anfitrionas, Teresa y Leticia, me habían citado para comer, y me encontré de sopetón con este espacio singular, cuya existencia desconocía. Eché de menos, en medio de este santoral del humor, al gran Miguel Mihura y no podía dejar de preguntarme sobre qué hubieran escrito ellos a propósito de la práctica del botellón y por qué tenía que acabar el festejo arrancándoles siempre algo: las gafas, las narices o las orejas. En fin, la alegría que me produjo el descubrimiento sólo pudo competir con la rica empanada, el albariño y el mero a la gallega que nos tomamos después. Da gusto venir a Galicia y dan ganas de quedarse allí para siempre, amparados por tan grandes humoristas y protegidos por los dioses del Pindo.
        

miércoles, 13 de julio de 2011

ROSANA ALONSO

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3Nouvelle cuisine

Pico muy menuda la cebolla y las lágrimas se me quedan dentro, inundando los ojos con un temblor que diluye las cosas. Luego fileteo el corazón en lonchas finas e iguales y les doy vuelta y vuelta en la plancha, apenas con una gota de aceite (tengo en cuenta tu dieta primaveral). A continuación lo sirvo sobre un nicho de pétalos de rosa con salsa de yogurt y finas hierbas. Enciendo las velas y te invito a sentarte en esta penumbra de llamas y olor a sándalo. Hoy estás tan guapa…Miras el plato con un mohín encantador que se deshace en un gesto de repugnancia en cuanto te llevas un trozo minúsculo a la boca.
«¿Lo prefieres más hecho?», te pregunto solícito. Pero tú ya solo miras el círculo rojo que mancha el blanco de mi camisa.

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Delirios de grandeza

¡Qué cruel destino! Acabar así. Yo, hijo de Medusa y Poseidón. Yo, que ayudé a Belerofontes a derrotar a Quimera, sometiéndome a su brida de oro. Yo, que he convivido en Helicón con las nueve musas y he disfrutado de sus placeres. Yo, que era su favorito, mimado por ellas, alimentado con manjares de los Dioses. Yo, que abrí para ellas el manantial Hipocrena cuyas aguas conceden inspiración poética a todo aquel que las bebe. Yo, cuyo nacimiento estaba irremediablemente unido a la muerte de mi madre. Yo, que he visto el Olimpo, que he dormido en las estancias que el propio Zeus habilitó para mí. Yo, que he volado hasta el mismo horizonte acompañando a Apolo en su carro, soñando amaneceres. Yo, que he seguido a Nyx cuando despliega el telar nocturno, brillante y poderoso. Yo, testigo de batallas, derrotas y victorias; efímeras sombras de un extraño juego ancestral. Yo, he cabalgado la tormenta del tiempo para dar con mis huesos en este miserable lugar. Los días se suceden, iguales unos a otros, en una rutina infinita: aguijoneado por los tábanos; comiendo pienso; dando cortos y previsibles paseos por el campo, montado por burdos humanos. Yo, caballo albo de alas doradas, paso mis días aquí, en una vulgar escuela de equitación llamada Las Cadenas.


* Rosana Alonso (Madrid, 1964) afirma llevar dos vidas, como casi todo el mundo, aunque también hay quien lleva tres o cuatro con soltura de malabarista... Ahora vive en Camarma de Esteruelas, un pueblito cerca de Alcalá de Henares, en cuyo hospital trabaja por la mañana, en el laboratorio de biología molecular; y por las tardes, junto a menesteres más prosaicos, lee y escribe (no necesariamente en ese orden). Se ha formado en diversos talleres literarios y ha participado en concursos de microrrelatos. Su obra está incluída en varias antologías dedicadas al género. En la actualidad está atareada armando un libro de microrrelatos titulado Los otros mundos. También tiene un blog llamado Explorando Lilliput. http://ralon0.wordpress.com/.

martes, 12 de julio de 2011

Ha muerto el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez



A los 95 años ha falleció en México el filósofo español Adolfo Sánchez Vázquez (Algeciras, 1915-2011) discípulo de José Ortega y Gasset y renovador del marxismo. Era profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde impartió docencia durante muchos años. Entre sus discípulos se encontraba el luego célebre líder de la revolución zapatista, el subcomandante Marcos. Durante su juventud estudió en la Universidad Central de Madrid y formó parte de las Juventudes Comunistas, hasta que la derrota republicana en la Guerra Civil española lo llevó al exilio, donde convivió con intelectuales de la talla de Eduardo Nicol, Juan David García Bacca y Joaquín Xirau. Entre sus libros destacan Ética (1969), y Recuerdos y reflexiones del exilio (1997). Sus estudios, así Del socialismo científico al socialismo utópico (1975), contribuyeron, como pocos, a la renovación del pensamiento marxista,  que consideró siempre una doctrina viva, antidogmática, tratando de conjugar la crítica, el proyecto de transformación del mundo y el conocimiento, alejado de lo que se considera el socialismo real de la Unión Soviética.

Durante los primeros años setenta, cuando todavía era estudiante universitario, leí con tanto interés como aprovechamiento sus versiones de Marx y un par de libros suyos: Las ideas estéticas de Marx (1965) y Estética y marxismo (1970), que conservo en mi biblioteca. Hace unos años tuve la fortuna de oírlo en una conferencia que pronunció en mi universidad, la Autónoma de Barcelona, en el marco de un congreso dedicado al exilio republicano. Su discurso oral me pareció tan profundo y brillante como su escritura, pero el personaje real me pareció, además, entrañable. También cultivó la lírica, recogida en un volumen, en el 2005, que lleva el sobrio título de Poesía. Descanse en paz.    


lunes, 11 de julio de 2011

Salvemos la revista Turia

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En los últimos meses la excelente revista aragonesa Turia ha sufrido un importante recorte de subvenciones que pone en peligro su existencia. Turia, a punto de alcanzar el número 100, es una de las mejores publicaciones culturales, literarias, que quedan en España. La supervivencia dependerá en buena medida del apoyo de los lectores. El objetivo, por tanto, es conseguir el mayor número posible de suscriptores. Así, impediremos el cierre de la publicación. Turia ha sufrido otras travesías del desierto y sabe lo importante que es resistir durante los malos tiempos hasta que aparezcan nuevos mecenas públicos o privados. Tras 28 años de existencia, no es cuestión de rendirse, al menos sin plantar batalla.
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Acaba de aparecer el número 99 y su contenido monográfico está dedicado al Premio Nobel Czeslaw Milosz, con colaboraciones de Mario Vargas Llosa, Adam Zagajewski, Adam Michnik, César Antonio Molina, José María Guelbenzu, Robert Saladrigas, Jaime Siles y Luis Alberto de Cuenca, entre otros. Pero, además, se recogen ensayos sobre Carlos Monsiváis y Diego Jesús Jiménez. Microrrelatos de Ana María Shua, y cuentos de Eloy Tizón, Berta Marsé, José María Latorre, Carlos Castán y Matías Candeira.
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Se reseñan libros, y sólo cito a unos pocos narradores españoles e hispanoamericanos que aprecio, por no hacer una lista interminable, de Juan Marsé, Juan  Eduardo Zúñiga, Roberto Bolaño, José María Conget, Carlos Marzal, Gonzalo Calcedo y Mercedes Cebrián. Y, por último, quiero destacar la antología de poemas inéditos de Boris Vian, al cuidado del poeta y traductor Juan Antonio Tello. Damos, a continuación, uno de estos poemas-canción:
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EL DESERTOR
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Señor Presidente
Le escribo una carta
Que tal vez leerá
Si tiene algo de tiempo
Me acaban de enviar
Mis papeles militares
Para ir a la guerra
El miércoles por la tarde
Señor Presidente
Yo no quiero hacerla
Yo no estoy en la tierra
Para matar a gente
No es para que se enfade
Pero debo decirle
Mi decisión es firme
Y voy a desertar
Desde que yo nací
Vi morir a mi padre
Partir a mis hermanos
Y a mis hijos llorar
Mi madre sufrió tanto
Que dentro de su tumba
Se burla de las bombas
También de los gusanos
Cuando fui apresado
Me quedé sin mujer
Me robaron mi alma
Mi querido pasado
Mañana muy temprano
Cerraré la puerta
En la nariz a los años muertos
Y saldré a los caminos
Mendigaré mi vida
Por las rutas de Francia
De Bretaña a Provenza
Y diré a los demás
Negaos a obedecer
Negaos a hacerla
No vayáis a la guerra
Negaos a partir
Y si hay que dar la sangre
Vayan a dar la suya
Usted es como un mártir
Señor Presidente
Y si bien me persigue
Avise a sus gendarmes
Que no llevaré armas
Que podrán disparar.
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* Puede uno suscribirse a Turia escribiendo a: ieturolenses@dpteruel.es
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domingo, 10 de julio de 2011

JAVIER PUCHE

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Seísmos .(Microrrelatos en 6 palabras)
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El sol (cíclope insomne) nos vigila.
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Desafina el coro de niños muertos.
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Perece el mosquito en una lágrima.
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El humo añora levemente al cigarrillo.
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Murmura palabras terribles el pez abisal.
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Para hacer tiempo, fabrica relojes lentamente.
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Hay eclipse cuando el sol parpadea.
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La maté porque me llamó asesino.
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El dragón enamorado dice palabras ardientes.
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Desayuna recién nacidos el viejo caníbal.
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Indeciso, recorre un camaleón el arcoíris.
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El alféizar se llenó de ángeles.
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Abrazan al obeso las plantas carnívoras.
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Pulsó el botón. Ahora nunca amanece.
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Sueña océanos de sangre el bisturí.
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Hace mucho frío en esta ballena.
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Titubea por un instante la eternidad.
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* Javier Puche (Málaga, 1974) es licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico. Fue crítico musical, corrector de estilo y guionista de televisión. Actualmente imparte clases en la Escuela Contemporánea de Humanidades (Madrid). Sus ficciones han obtenido diversos premios y figuran en antologías como Velas al viento (Cuadernos del Vigía, 2010). Mantiene el blog literario Puerta falsa (http://puerta-falsa.blogspot.com). En otoño, la editorial Thule, de Barcelona, publicará su primer libro, titulado Seísmos. Vive en Madrid. Con estos textos inéditos, el reto consistía en escribir microrrelatos de sólo seis palabras, tomando como modelo la pieza de Hemingway: "For sale: baby shoes, never worn"...

sábado, 9 de julio de 2011

Contra el borrador del `Estatuto del personal docente e investigador´

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Estimados amigos:
Acabo de leer y firmar el documento titulado CONTRA EL BORRADOR DEL ESTATUTO DEL PERSONAL DOCENTE E INVESTIGADOR (http://www.peticionpublica.es/?pi=EstatPDI).
Si estás de acuerdo, la recogida de firmas es aquí:
Por favor, recomienda su lectura a quienes pudieran estar interesados. Gracias.
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* Viktor Obsatz, "Retrato de Marcel Duchamp", New York, 1953.
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jueves, 7 de julio de 2011

De novelas y microrrelatos

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Disculpadme por haber publicado una novela; no tuve tiempo de escribir un microrrelato.


miércoles, 6 de julio de 2011

RICARDO ÁLAMO


De infausto nombre
                                                  A Rosana Alonso

Día a día menguan mis reservas, languidece mi disposición de ánimo y depongo mis fuerzas. Pálido, desalentado, cabizbajo, no puedo eludir los funestos presentimientos que me aguijonean. En medio del erial, desnudo totalmente, atado a un poste, sufro en silencio sobre la arena el pertinaz sofoco de la máquina solar y de las incisivas moscas del desierto. Noto la piel cuarteada, un amargor reseco, mínima la saliva y punzantes dolores por todo el cuerpo. Huelo mi propia muerte flotando en la faz ardiente del aire. Imposible saber los días de cautiverio que llevo, ya ni los cuento. Si por algo aún suspiro no es por salvarme –demasiado bien conozco que mis captores no me desatarán-. En este punto del martirio, sólo me gana de verdad la inquietud de no querer padecer otra vez la hora más infausta de todas, ésa en que con una puntualidad lacerante los vigías que me custodian me presentan un surtido pantagruélico de viandas y -en odres de corambre- elixires de líquidos frescos expuestos sobre lienzos de moaré al pie de mis pies descalzos. Los primeros días, con el ánimo indemne, aún era capaz de soportar la tortura. Después, poco a poco, ante la reiteración exacta del desafío, fui perdiendo el juicio, enfermo de hambre y de sed, sumido en altísimas fiebres no imaginarias, sin comprender la razón de tamaña condena. Mi mal es vivir eternamente atado al poste del desierto, ver pasar las horas iguales unas a otras, no morir. La rueda de la necesidad impuesta por mano divina sentencia de esta manera a quien, como yo, cumple –con ligeras variantes- el rito señalado para los que responden al nombre infeliz que tengo.


La caza
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Antes de que amanezca, la comunidad de cazadores aviva la marcha en dirección al monte. En fila india, atraviesan primero la dehesa pardusca de alcornoques, y luego, cuando el camino se escarpa ligeramente en las estribaciones de la ladera, fuerzan aún más las zancadas. Delante de ellos, como cuentas sueltas, corretean los perros de la jauría: dogos, lebreles y corsos que, instintivamente, rastrean la sombra cercana o el olor de las presas. Sopla una tenue brisa. La temperatura es de unos doce grados. El cielo, todavía en el albor de la amanecida, irradia una luz verdosa, escasa, lúgubre.
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Los cazadores, bien pertrechados con toda clase de armas automáticas y trajes de camuflaje, una vez que coronan la cota fijada de antemano, se distribuyen por parejas en sus respectivos puestos, más o menos cada treinta metros a lo largo de una línea imaginaria. Entonces, en espera de que los perros acometan a las presas que se ocultan en la espesura del bosque y las hagan salir y correr hasta descubrirse en un claro o mínima calva, otean con sus prismáticos de visión nocturna entre las raspas de los árboles. Saben que, de un momento a otro, tendrán que emplearse a fondo. De modo que no pueden evitar una aceleración repentina del pulso, ni un hormigueo buido y eléctrico en la punta de los dedos al contacto con el gatillo de sus armas. A lo lejos, los perros continúan arreciando su husmeo y su indeclinable escudriña alrededor de cerrados zarzales o al pie de abigarradas pedrizas, lugares en los que habitualmente suelen atrincherarse las piezas que van a batir.
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Finalmente, se oye el primer disparo. Y luego otro más. En ráfagas irregulares y sucesivas, durante más o menos dos horas y media, un matraqueo silbante de detonaciones va percutiendo arrítmicamente la paz del monte. Y una tras otra, como guiñapos espantados por la sorpresa de los disparos y el denuedo acuciante de los sabuesos, van cayendo todas las víctimas. Esta vez consiguen abatir un número redondo de piezas. En total: diez niños, diez mujeres y diez hombres.
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Ultrasonidos
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Recluido en una aséptica, transparente y campanuda urna de cristal, habita el único niño invisible del mundo. Hace tiempo que innúmeros especialistas, por medio de complicadas técnicas, se afanan en desentrañar los arcanos de su translúcida naturaleza. Hasta ahora nunca ha sido expuesto a las caricias turbadoras del aire libre, del brillo de los días o de la oscuridad secreta de la noche. Con pacientes rutinas, obediente de las penosas labores a las que lo someten a diario, el engendro espectral anuda lentamente sus horas de cautiverio. A veces, cuando se repliega sobre sí mismo, enviscado y evasivo, emite ciertos ruidos, unos ultrasonidos cadenciosos que vibran más allá de la superficie del cristal, en un viaje abisal que traspasa el subsuelo de su habitáculo. Nadie entiende el significado de esos soterrados bramidos, como de quejumbre. Y lo cierto es que, a su manera, desde su risco de prisionero, la criatura emite una compulsiva llamada de socorro, un grito desesperado con el que convoca al enjambre de hombres invisibles que, ocultos y temerosos, pueblan las simas más profundas de la Tierra. En su lengua, chilla con denuedo para que no demoren por más tiempo su rescate.
   
[En el reciente libro de José María Conget, Espectros, parpadeos y Shazam (Point de Lunettes, Sevilla, 2010), a propósito de una semblanza de la relación literaria entre el escritor ocultista extremeño Mario Roso de Luna y la teósofa Elena Petrovna Hann Fadéef de Blavatsky, Conget sintetiza irónicamente el ideario mitológico-patafísico de Blavatsky que, en uno de sus libros (Isis sin velo, 1877), afirmaba que la primera raza que habitó la tierra vivió cerca del Polo Norte y la conformaban seres invisibles compuestos de niebla ardiente].
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* "Mi nombre es Ricardo Álamo González. Nací en 1965 en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), a la orilla del Guadalquivir, pero pronto comencé una itinerancia que me llevó a vivir junto a la desembocadura de otro gran río, el Guadiana, en Ayamonte. Luego viajé a Barcelona, donde me licencié en Filosofía y Ciencias de la educación. Mis primeras publicaciones fueron en la revista de filosofía Er, y en el ya extinto suplemento literario Culturas, del Diario de Sevilla y del Diario de Cádiz. En el género del microrrelato he publicado en diversas revistas digitales, como Parafilias ilustradas, Cuentos y más, Narrativas, Internacional microcuentista. En la actualidad preparo la edición de Imaginarium, primer libro de micros. Imparto clases de filosofía en un instituto de enseñanza secundaria y, siempre que puedo, escribo en mi blog Odradek".
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** Los cuadros son de Cy Twombly, que acaba de fallecer.
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martes, 5 de julio de 2011

`Brillan monedas oxidadas´, de Juan Eduardo Zúñiga

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De rebeldías y pasiones
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Este nuevo libro de cuentos de Zúñiga, compuesto por quince piezas, podría definirse con la misma frase de cierre de “El molino de Santa Bárbara”: “historias de orgullosa pasión, de rebeldías y locos amores desgraciados”. Como ya ocurría en Flores de plomo, aquí vuelve a valerse del oxímoron para titular por medio de la imposible convivencia del brillo y el óxido. Según el autor, se alude así al fluir del tiempo, que suele erosionar la memoria, aunque su fulgor haga que, al fin y a la postre, perdure. El volumen aparece dividido en tres apartados con largos títulos entresacados de los mismos cuentos. En la cubierta se reproduce un cuadro de Vilhelm Hammershoi, de 1905, en el que simbólicamente se anticipa el contenido del libro, con sus luces y sombras, sus contrastes, lo evidente y misterioso. Arranca con uno de los cuentos más afortunados, “El festín y la lluvia”, en el que un grupo de personajes parecen atrapados en un albergue debido a un aguacero, amenazados, además, por un río a punto de desbordarse. Podría leerse como una variante singular de El ángel exterminador, de Buñuel, donde una fuerza metafísica parecía haber encerrado a los personajes en una habitación.  
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En “Jazz Session” se contrapone de manera simbólica lo que hay dentro de la cava de jazz con la vida en el exterior; los músicos negros y el camarero emigrante, con los clientes. Así, el bar se nos presenta como lugar de quimeras y sueños inasequibles, donde los músicos ayudan a olvidar ciertos secretos, proporcionándoles a los espectadores la ilusión de saborear una vida asombrosa. En “Agonía bajo el manto de oro”, relato que aun guardando la apariencia de lo onírico transcurre en la realidad, aparece la avaricia personificada en una anciana agonizante, desvanecida finalmente entre sus insaciables deseos de riqueza. Con el cuento anterior comparte, además de los rasgos buñuelescos, el contraste entre el mundo abierto y el cerrado, lo que ocurre en los interiores y lo externo. “Has de cruzar la ciudad” es, sin embargo, el relato que prefiero. Resulta una buena muestra de cómo un cuento realista, con un inicio extraordinario, sobre una joven y atractiva repartidora nocturna de pizzas, llamada Carmela, acaba transformándose en un relato simbólico, “el viaje de la noche”, remedando la leyenda de Lady Godiva. El recuento de las calles que va recorriendo la chica, junto a la descripción de los tipos y situaciones con las que se encuentra, con la truncada entrega en el inexistente 108 de la calle del Tesoro y los dos simbólicos anuncios que recibe, además de la copla que oye cantar en Pozas y el comentario de un joven estudiante, la llevan finalmente a atravesar desnuda la ciudad, como una princesa que condujera una modesta moto, hasta penetrar en “el tranquilo reino de los dioses del sueño”, en un nuevo viaje al fin de la noche.
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La segunda parte del libro empieza con un relato titulado “La mujer del chalán”, en donde el operario de una talabartería, narrador de la historia, cuenta cómo la visita de una hermosa mujer, de origen morisco y nombre desconocido, acaba trayendo la desgracia a todo aquel que intima con ella. Así le sucede a Pascual Solano, su patrón. También aquí, la misteriosa mujer, en el desenlace, como si de un sueño se tratara, se presenta desnuda ante el talabartero, montada a caballo, a horcajadas, como la Carmela de “Has de cruzar la ciudad”.
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En “Conjuro de marzo” un matarife es contratado para matar a un “un hombre de posibles”, pero una vez que ha llevado a cabo su misión, quien tenía que pagarle desaparece. La protagonista del cuento, sin embargo, es su amante, la morisca Pascuala, quien intenta convencer al atrevido Cortado para que no arriesgue su vida, aunque resulte en vano. También aquí, una canción que cantan dos viejas, el conjuro al que se refiere el título, anuncia la desgracia. La acción de “Interminable noche de miedos” se sitúa en el siglo XVI, cuando una familia de conversos teme ser descubierta, al llegar una mujer morisca a su casa pidiendo asilo. El caso es que nunca llegarán a verla, aun cuando oigan su misterioso canto.
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En dos de las piezas de la tercera parte, se le rinde homenaje a los desarraigados Kafka y Mário de Sá-Carneiro. Nos referimos a “No llegará el sobrino de Praga”, donde el anciano Alfredo Loewy, director general de los Ferrocarriles del Oeste de España, teme la llegada de su sobrino, pues vive con una mujer joven, “mi último amor”, y ha abjurado de las costumbres y la ley de sus antepasados judíos. Hasta que una carta le comunica que Kafka está desahuciado, de modo que ni podrá llegar a Madrid, ni cambiar de vida y convertirse en escritor, como deseaba. “Lejano amor soñado” trata de las expectativas que ponemos en la felicidad, en el amor, y lo difícil que resulta ver cumplidas nuestras ilusiones. Se vale de la misma estructura que “No llegará el sobrino de Praga”, pues en ambos la inesperada muerte del ausente, sea Kafka o Lydia, poeta solitaria de provincias, acaba con las cuitas o anhelos del resto de los personajes. El volumen se cierra con “París: última decisión”, en donde se proporciona algunas claves para entender el suicidio del poeta portugués Sá-Carneiro. Alude, al parecer, a razones más económicas que sentimentales, aunque tampoco estas fueran del todo ajenas. Así, dos hechos condicionan la existencia del escritor: el nuevo matrimonio de su padre y el fin de la ayuda económica que le prestaba; y la relación del poeta con Hélène, cocotte que no puede mantener. Hélène y Mario resultan tan iguales en su indolencia que necesitan un protector que se ocupe de ellos. Por lo que, en 1916, cuando el poeta se queda sin apenas expectativas vitales, se suicida.
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La mayoría de los personajes de estos relatos tienen que fingir lo que no son, ocultar su auténtica condición (moriscos, judíos o gitanos) para poder sobrevivir. Suelen ser personajes fracasados, solitarios, que no han logrado cumplir sus deseos o ilusiones; atrapados en alguna relación que los lleva al desastre; o que temen perder lo que tanto les costó conseguir. La pasión, el placer, el miedo y la muerte, están omnipresentes, pero lo significativo es el modo en que trabaja el autor los símbolos y el misterio, y se vale de motivos fantásticos o simbólicos, como los cantos premonitorios o los umbrales, para presentarnos una realidad compleja. Los ambientes suelen ser cerrados, opresivos, y los personajes, que se debaten entre la lujuria, la avaricia, la ostentación del poder o el miedo, a menudo no encuentran una salida digna para su existencia. Los finales suelen ser abiertos y, a menudo, simbólicos, a fin de que el lector pueda participar de la historia. Como suele ser habitual, el estilo de Zúñiga ha ido simplificándose con el paso del tiempo, y en este último libro se ha hecho más conciso, evitando toda retórica innecesaria, en aras de la transparencia y de un casi silencioso ritmo del lenguaje.
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Zúñiga, es más que sabido, es un profundo conocedor de la narrativa rusa y portuguesa, en las que educó la sensibilidad, aprendió una concepción ética del vivir y la capacidad para iluminarnos, junto con diversos aspectos de la vida cotidiana que suelen permanecer en la sombra. Quizá por ello estos cuentos partan de una situación realista para ir adoptando motivos propios de la estética simbolista o de la tradición del relato fantástico. Y en esta hibridez, Zúñiga se desenvuelve como pez en el agua. 
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* Esta reseña del libro de Juan Eduardo Zúñiga, Brillan monedas oxidadas (Círculo de Lectores, Barcelona, 2010), ha aparecido en el número 99 de la revista Turia, correspondiente a junio-octubre del 2011, pp. 410-412
** Las fotos son de Gemma Pellicer y están hechas en Madrid, en casa del escritor, que aparece junto con su esposa, Felicidad Orquín.
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sábado, 2 de julio de 2011

Microrretrato


¿Se anima alguien a escribir un  micro a partir de este retrato de Thomas Ruff, ganador del Premio PHotoEspaña 2011?
Los que me parezcan mejores los daré en el blog.


* Retrato (C. Pilar), 1988. 

viernes, 1 de julio de 2011

El refrán de julio


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Al juliol, ni dona ni cargol.
En julio, ni mujer ni caracol.
Esta es una prueba evidente de todo lo que puede perderse en una traducción; en este caso, a cambio de nada.