En octubre del 2005, el director técnico del Diccionario Biográfico Español me encargó la confección de una entrada sobre Alberto Méndez, el autor de Los girasoles ciegos, quien tras haber fallecido había obtenido con su único libro el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa. Tras la aceptación del encargo me mandaron las normas para la confección de las entradas, donde se decía, en esencia, que "el autor de la biografía, por principio, se debe abstener de dar su propia valoración. La redacción, en resumen, ha de ser neutra; la opinión del redactor, así como el punto de vista espacial y temporal de la colectividad a la que pertenece, no debe traslucirse en la biografía". Y en el párrafo siguente, se insiste, al respecto: "Los datos de las biografías serán objetivos y documentados evitando la incursión en terrenos de subjetividad e hipótesis. Las biografías recogidas en el Diccionario Biográfico Español se centrarán, por tanto, en lo que podría denominarse `historia externa´ del individuo, que es la serie de acontecimientos o actos de su vida, en lugar de centrarse en la exposición y análisis de su psicología y carácter".
Y aunque las normas resultan claras, no parece que todos los colaboradores se hayan atenido a ellas, ni que el director técnico, ni las comisiones correspondientes se hayan molestado en revisarlas, o atrevido a pedirles a algunos de los autores, como Luis Suárez, conocido historiador franquista, o Carlos Seco Serrano, valedor de la concepción de la Historia de Pío Moa, que se atuvieran a ellas.

Así las cosas, no queda más remedio que preguntarse cómo se hace un Diccionario Biográfico Español que se financia con dinero público, esto es, a quiénes deberían haberles encargado las entradas. Y, por tanto, cuáles eran las personas más adecuadas para confeccionar las relativas a Azaña, Negrín, Franco, Escrivá de Balaguer o José María Aznar. Una obra de esta envergadura, compuesta por 40.000 biografías, que debe estar pensada para que sobreviva durante varias décadas, precisaba recoger el estado actual de las investigaciones sobre los distintos personajes históricos, de modo que las entradas estuvieran hechas por los mejores especialistas en cada una de las materias. En los casos más polémicos, que había que haber cuidado más, no se cumplen ninguna de estas dos premisas, por lo que algo ha fallado.
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Todo parece indicar que el origen del problema está en la Academia de la Historia, en su curiosa y anacrónica composición. ¿Cómo es posible que no formen parte de ella historiadores como Josep Fontana, Jordi Nadal, Juan Pablo Fusi o Santos Juliá, y en cambio se encuentren entre sus miembros auténticos dinosaurios, o gentes que apenas nada tienen que ver con ninguna rama de la Historia? Pero lo más grave es que a comienzos del siglo XXI, esta institución siga respaldando una visión tan sesgada, tan franquista en suma, de la Historia. La subvención inicial para la composición de obra se concedió siendo ministra de Educación Esperanza Aguirre, durante el gobierno de Aznar; aunque después la hayan mantenido los distintos gobiernos socialistas, hasta un total de 6´4 millones de euros. Y aunque lo normal y lógico sería que los historiadores trabajaran con absoluta independencia, a la vista de quienes componen la Academia, no es raro que los resultados hayan sido tan arbitrarios y anacrónicos, en la mejor tradición del insigne Joaquín Arrarás.
La consecuencia de todo ello es que la Academia de la Historia, con su director a la cabeza, ha quedado desprestigiada. Ahora, para empezar, lo mejor sería que rehicieran las entradas más polémicas, encargándoselas a auténticos expertos en la materia, a historiadores más ecuánimes. Pero lo que se deduce de todo este feo asunto es que la Academia está pidiendo a gritos una renovación urgente. No se trata de que haya más o menos mujeres, como ha aprovechado para solicitar la actual ministra de Cultura, la señora González-Sinde, quien no se cansa nunca de hacer el ridículo, sino de que formen parte de ella los historiadores más prestigiosos, sean estos mujeres u hombres.

El conjunto de la obra incluye 40.000 biografías de personajes destacados en todos los ámbitos del desarrollo humano y en todas las épocas de la historia hispana, desde la antigüedad más remota en la que se tiene constancia histórica y científica de personajes hasta la actualidad, comprendiendo los territorios de ultramar y los transpirenaicos que formaron lo que suele denominarse la Monarquía Hispánica. El Diccionario, cuando se concluya, estará compuesto por 50 volúmenes de unas 800 páginas cada uno, pero, además, habrá una versión electrónica para favorecer un acceso a la información a través de numerosos criterios de búsqueda. En su elaboración han participado más de 5.000 investigadores pertenecientes a más de 500 instituciones españolas y extranjeras, entre ellas, todas las Academias Iberoamericanas de la Historia. Pero todo ello nos dice poco, si las biografías no son fiables porque algunas parecen compuestas durante los años de la Victoria.