...
No soy el más indicado para glosar los encantos de una urbe tan deslumbrante como París. En esa faceta deportiva inevitable que tienen los viajes turísticos, yo quedaría eliminado a las primeras de cambio. Lo compruebo cuando hablo con alguien que ha hecho el mismo viaje, y descubre de inmediato que yo no he visitado aquel monumento archiconocido, que no he comido en aquel famoso restaurante, que no he paseado por aquel enclave imprescindible o no he comprado en aquellos grandes almacenes, etc. Y, sólo por educación, se abstiene de preguntarme: entonces, ¿a qué demonios has ido?
.......
Según se mire, el poco interés que dispenso a las visitas tradicionales tiene su encanto. Pero me da cierto rubor confesar que, de paso por Atenas, renuncié a visitar el Partenón y preferí perderme en un mercado de carne cercano a Monastiraki, donde la higiene brillaba por su ausencia. Ya sé que ese cambio suena a herejía. Pero el reclamo de los carniceros con mirada intimidatoria, que pregonaban su mercancía cuchillo en mano, saliendo incluso del mostrador cuando veían dudar a los clientes, me pareció más instructivo que hacer cola para recibir una admirable lección de historia.
......
O sea, que la mirada que puedo ofrecer sobre la ciudad luz es bastante cuestionable, incluso tendenciosa. Y no digamos impertinente. Porque la diferencia entre un fotógrafo y un turista es que el primero sabe hacerse invisible, o cuando menos soportable. Pero los turistas como yo, apostados por igual en los lugares comunes y en los rincones exóticos, repitiendo la misma foto varias veces porque no hay manera de que salga bien, acaban siendo impertinentes.
......
Otra cosa es que el azar, o el objeto que se pretende retratar, disimule la beligerancia del cazador de instantes. Una de las fotos que muestro es sobre la fachada de un edificio de oficinas, que podía contemplar desde mi estudio alquilado. Debo explicar que la foto fue obtenida a una hora avanzada del atardecer, cuando la luz se me antojó más sugestiva. Pero esa es la imagen y nada más. El instante oportuno habría sido pillar al inquilino de una de las ventanas, que aparece a oscuras porque ya había concluido su jornada laboral. Lo poco que vi de él me transmitió una sensación tan cercana y entrañable, que hubiera querido guardarla en mi retina.
......
En cambio, sí que hubo beligerancia el último día de mi estancia en la ciudad, cuando rondaba por enésima vez las encopetadas tiendas que rodean la Place Vendóme. Buscaba un escaparate en el que hubiera movimiento, porque hasta entonces tenía varios encuadres de maniquíes, y el trabajo de las dependientas cambiando el muestrario suele dar mucho juego. Buscaba una escena sin saber si me atrevería con ella, ya que una cosa es tomar una foto y otra muy distinta robarla. Pero el caso es que yo husmeaba algo concreto y llevaba, por así decirlo, el dedo en el gatillo de mi cámara. Fue entonces cuando vi el aparador que se hallaba unos metros por delante. Antes de preguntarme si sería capaz de detenerme, vi al individuo que caminaba delante de mí y supe que no necesitaba acercarme más: su mirada furtiva sobre unas piernas femeninas justificaba de sobras la foto que tomé a bocajarro.
......
Naturalmente, París, además de ser una fiesta, es mucho más que un escaparate. Estoy seguro de que la vista desde la torre Eiffel ha de ser impresionante. Tampoco discuto a quienes piensan que el Louvre merece más de una visita. No me considero un buen interlocutor a la hora de captar todo lo que una gran ciudad tiene que transmitirme. Pero me siento afortunado cuando creo arrebatar la belleza de un instante. Aunque sea sin permiso. Aunque, a diferencia de aquel bribón que sólo la disfrutó unos segundos, yo pueda demorarme en ella cuanto me apetezca.
...
* Las fotos son también de Pedro Herrero.
* P.S. Durante el mes de agosto, publicaré las microcrónicas de viaje que me mandéis, seleccionando las que más me gusten. Tienen que ser inéditas e ir acompañadas de fotos. Gracias.
. ...
. ...












































