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sábado, 2 de junio de 2012

El laberinto de Villa Pisani

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En uno de sus barbarismos apunta Andrés Neuman que el laberinto es el camino más corto para extraviarse. Desde luego, no seré yo quien lo niegue, puesto que hace unas semanas me extravié cerca de Padua, en el laberinto de Villa Pisani, de Stra. Tras muchos empeños, vueltas y revueltas, logré llegar al centro, pero para salir tuvo que rescatarme la guardesa del parque, quien vino a nuestro encuentro seguramente porque tenía que cerrar la verja e irse a su casa con viento fresco. Mientras andaba de acá para allá, perdido, sin rumbo cierto, me dio por pensar que quizás el laberinto no se construyó para alcanzar ninguna meta, sino para perderse entre sus diferentes recovecos, lugares apropiados para requiebros amorosos y coqueterías sin fin... Al salir, una vez a salvo, le pregunté a la vigilanta si me vendería el secreto del laberinto. Pero por respuesta soltó una carcajada y me obsequió con un ciao.
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* Para los muy, muy curiosos, no quiero dejar de contar que se llega al laberinto torciendo a la derecha, tras atravesar la Villa. Aparece rodeado de tilos y carpas y se compone de nueve círculos concéntricos de boj. Se trata seguramente de un laberinto de amor, como hemos insinuado anteriormente. Se accede a él por una puerta del siglo XVIII que se apoya en dos bajas pilastras sobre las que aparece un par de amorcillos montados en un águila y un pez de grandes dimensiones. En el centro, lo hemos visto en las fotos, se erige una torre construida por el arquitecto Frigimélica, coronada por la estatua de Minerva, diosa de la razón. D´Annunzio describió este lugar en El fuego (1910).   
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* Las fotos son de Gemma Pellicer. En la torre, situada en el centro del laberinto, aparece Carla, la primera que alcanzó el difícil objetivo. 
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jueves, 24 de mayo de 2012

La joven lectora

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En el aeropuerto de Berlín, camino de Frankfurt y Ginebra, mientras espero el embarque, me siento a leer al lado de una chica. Debe de tener unos 12 años. Ya no es una niña, pero solo apunta el cuerpo de mujer que le espera. Lleva unos vaqueros cortos, casi hasta la rodilla, una camiseta azul eléctrico, donde se lee algo sobre California, y encima, abierta, una camisa a cuadros. Va un poco despeinada a pesar de recogerse el pelo en un moño. No me parece que se trate de una pose de esas a la moda del día en que, pretendiendo un descuido, resulta una impostación. La joven está leyendo lo que parece una novela. En un momento en que se levanta, puedo enterarme de la autora y del título: Jeanette Walls, Half Broke Horses (Caballos salvajes). Se trata, por lo que luego he leído, de la historia novelada de la vida de su abuela. Y prefiero no averiguar más. Pero tan sorprendente como que una chica joven esté un buen rato concentrada en la lectura, es que no lleve ipad (ni ipod, ni siquiera ipud...), ni tenga el móvil agarrado en la otra mano, ni que lo consulte casi cada minuto, compulsivamente, como suele ser ya habitual. Al rato, una media hora después, deja el libro y, de una bolsa de papel, saca, primero, una pata de pollo y luego otra, que se come con las manos, parece que con gusto. Mientras, al lado, su madre está leyendo la sección de cultura del Frankfurter Allgemeine Zeitung. Cuando la chica da cuenta del pollo, dos patas que me despiertan el hambre, vuelve otra vez al libro, que continúa leyendo concentrada, ajena a lo que ocurre a su alrededor.     
A veces, me ronda la tentación de pensar que el mundo está bien hecho, aunque es indudable que no sea nunca así. Y sin embargo, durante un rato me gustó poder pensar que el futuro sería de ella.
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* Como no me atreví, ni quería tampoco hacerle una foto a la joven, ilustro la entrada con la cubierta del libro que estaba leyendo, además de con su autora. Para mí, por cierto, completamente desconocida.
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domingo, 13 de mayo de 2012

Póngame un spritz

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`No te vayas de Padua sin tomarte un aperitivo con un spritz´, me recomendó Aurora, una amiga española que vive desde hace años en Milán, dando clases de español. Y yo, que suelo ser tan obediente en estas ocasiones como desobediente en todo lo demás, le hice caso, claro está.   
El spritz es un aperitivo que suele tomarse en el Veneto, aunque su origen, como tantas otras cosas en esta región, sea austro-húngaro, de los tiempos en que el imperio ejerció su dominación en esta parte de Italia. En su origen estaba compuesto por una mezcla de agua con gas y vino blanco, Prosecco, aunque cada barman haga gala de poseer su propia fórmula, que varía según los lugares y el paso del tiempo. El que yo probé en Padua me pareció hermano mellizo, que no gemelo, del Campari, tanto por su sabor como por su aspecto rosado. Sus ingredientes eran una mezcla de aperol, prosecco, agua gaseosa y una rodaja de naranja (puede ser también de limón, o llevar una aceituna), y tengo que decir que resultaba francamente rico. Lo sirven acompañado por un cuenco de patatas fritas. Al parecer, existe una canción, “Spritz Hour”, de Emotiva, nunca la he oído, que goza de cierta popularidad en el Veneto, en la que se describe su preparación tradicional. El caso es que esta bebida ha vuelto a ponerse de moda tras una campaña de publicidad en el 2008.
Tomarse un spritz, al atardecer, en buena compañía y en medio de una conversación amena, en la Piazza delle Erbe, de Padua, viendo desfilar el mundo alrededor, es una de las cosas más gratas que puedan ocurrirle a uno.
  
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martes, 8 de mayo de 2012

En Verona, con Julieta y Romeo

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En Verona, en la imaginaria disputa entre las casas de Romeo y Julieta, gana por goleada la de la joven, aunque no le arriendo la ganancia porque su supuesta casa se ha convertido en una representación del kitsch. Lo peor no es la entrada de la mansión, llena de pintadas e inscripciones del tipo `Flavio estuvo aquí´, hay tantas ya que ahora pegan un chicle, lo extienden y escriben allí, aunque no sé cómo; ni la verja del fondo plagada de candados Mocchia; ni tampoco las fotos que se hace la gente junto a la estatua de bronce de Julieta, tocándole un pecho, dicho sea finamente; ni el Club Julieta, un ejemplo de la más insuperable cursilería; lo único que realmente me molestó fue que ni en la librería de la casa, ni en la que hay enfrente, con el nombre de Shakesperare, hubiera un solo libro del escritor inglés, incluido Romeo y Julieta
El caso es que la vivienda de los Capuleto, la familia de Julieta, estaba llena a rebosar; mientras que en la de los Montesco, de la que solo puede verse la fachada, no había más de cinco o seis personas. De todas formas, tuve la impresión de que el pobre Romeo estaba más tranquilo en la tumba y, desde luego, mucho mejor acompañado. Por cierto, la tumba de Julieta también puede visitarse, en el convento de los capuchinos, pero hasta allí no nos atrevimos a llegar.
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* En las fotos, de Gemma Pellicer, aparece la casa de Romeo; el balcón de Julieta; una pareja que acosa la estatua en bronce de la enamorada, que debe maldecir en su tumba a semejantes horteras...; mientras que en la última foto puede verse la pared en la que un joven caballero, curtido en infinitas horas de gimnasio, inmortaliza su amor por Stefania, a la vez que posa en bañador ante la cámara con sonrisa de satisfacción.
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domingo, 6 de mayo de 2012

El pasticcio de Ferrara

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De Ferrara, ciudad en la que no me importaría quedarme a vivir una temporada, pueden decirse muchas cosas, pero hoy voy a limitarme a recomendaros el pasticcio di maccheroni que sirven en el Leon d´Oro, un restaurante que está frente a la catedral. ¿Cómo está hecho? Pues con pasta flora, harina, bechamel, mantequilla, ragout y macarrones pequeños. Puede tomarse como plato único y tengo que decir que he comido pocas cosas tan refinadas. A los muy comilones les recomiendo los antipasti salados de la casa, compuesto por almendras tostadas, patatas fritas, aceitunas y alcaparras, pizzetas y salatini. La casa te invita a un coktail de fruta y vino blanco. Y puede acabarse con una taza de macchiatone Illy, que los sirven en unas tacitas diseñadas por Francesco Clemente. Hoy, que he estado en Ferrara, junto al restaurante ensayaban los protagonistas de la Fiesta del Palio, la de Ferrara es la más antigua de Italia, con los músicos tocando la chiarina, una alargada trompeta, y los sbandieratori haciendo juegos malabares con la bandera de la ciudad, amarilla y negra.
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* Las fotos son de Gemma Pellicer.
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sábado, 5 de mayo de 2012

En Venecia

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Hoy me he pasado el día en Venecia. Cuando ya se conoce la ciudad, lo mejor es andar sin rumbo fijo de acá para allá, intentando alejarse de la marea de turistas, meterse en alguna iglesia o museo, estos días en el Correr hay una magnífica exposición de Gustav Klimt, coger algún vaporetto que nos aleje de Rialto y San Marcos, o sentarse en alguna plaza, todavía las hay tranquilas, para tomarse tranquilamente un campari como anticipo de un risotto en alguno de los restaurantes que dan a la laguna, en el Dorsoduro. Una buena manera de acabar el día sería hacerse con una focaccia en la pasticceria Dalmas. Y no añadir ni una línea inútil más a lo mucho que ya se ha dicho sobre esta paradójica ciudad.
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martes, 1 de mayo de 2012

Proyecto escritorio

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El escritor Jesús Ortega ha tenido la brillante idea de invitar a unos cuantos escritores a que nos cuenten dónde escriben, cómo es su lugar de trabajo y quizá también de lectura. Las respuestas las ha ido recogiendo en un blog titulado Proyecto escritorio y ya han colaborado Fernando Aramburu, Raúl Brasca, Angélica Lidell, Carlos Marzal, Andrés Neuman y Juan Gabriel Vásquez, entre otros muchos y buenos escritores, a los que pido disculpas por no recordar aquí. Uno de los próximos invitados será Francisco Ferrer Lerín.
Os dejo mi contribución. Ahora, a toro pasado, me alegra que Jesús haya tenido la benevolencia de dejarme que me cuele entre tantos autores ilustres.   
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Del espacio, el silencio, la música y la luz
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Quienes escriben habitualmente podrían dividirse en dos grupos: los que pueden hacerlo en cualquier sitio, y aquellos que necesitamos de un entorno conocido, familiar. A mí me resulta casi imposible llevar a cabo esta tarea en los siempre agitados aeropuertos, ni siquiera podría leer en los bancos de un parque silencioso.
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Mi escritorio, digamos, es plural, mitad alemán, mitad español. No pueden ser más distintos; lo que me hace pensar que mi capacidad de adaptación al medio es mayor de lo que había sospechado. El de Barcelona es minúsculo y oscuro, con un pequeño ventanuco y una mesa estrecha en la que apenas puedo poner nada. Solo cabe el ordenador, unos pocos papeles, un atril que no utilizo nunca, pero en el que coloco reproducciones de cuadros que he visto en exposiciones, y poco más. Casi a mano, en una estantería cogiendo polvo, hay unos pocos libros, manuales, diccionarios de literatura, que apenas si consulto, junto a un puñado de cedés que muy de tarde en tarde pincho en el ordenador, aunque casi siempre acabe decantándome por los quintetos de Mozart.
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En cambio, el despacho de Berlín (puede verse en las fotos) es amplio y ordenado, con dos grandes mesas alineadas contra la pared. En un extremo, junto a una ventana luminosa, invierno aparte claro, andan el ordenador y la impresora. El resto de la mesa va llenándose poco a poco de papeles y libros hasta que concluyo un trabajo, hago limpieza y vuelvo a abarrotarla con lo necesario para el siguiente. El aspecto que presenta el cuarto, con la decoración y disposición de casi todos los muebles y objetos, no es mío, sino del propietario del piso, que alquilo por temporadas. En este caso, las imágenes solo reflejan de forma superficial la realidad del trabajo cotidiano, de ahí que podamos acudir en ayuda de ese nuevo lugar común que reza: `más vale una palabra que mil imágenes, ahora tan desgastadas...´  
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Lo que sí necesito siempre es un silencio casi absoluto, que suelo romper en algún momento, mucho más en Berlín que en Barcelona, con música clásica o jazz. Además de Mozart, suelo escuchar sobre todo Bach, Händel, Haydn, Telemann, o las interpretaciones de Il Giardino Armonico. En jazz, por fortuna, tengo un gusto más variado. Lo que me distrae y molesta, decía, son los sonidos humanos, la música que pone el vecino, o las conversaciones a gritos que mantiene a veces con el móvil en Barcelona. Por el contrario, en Berlín, y puesto que a los vecinos apenas se les oye, suelen distraerme en verano los alaridos, más que gritos, de los jóvenes turcos jugando a fútbol, o el sonido que produce el balón al chocar contra la tela metálica que delimita el campo. En fin.
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Para leer, la otra cara de la misma moneda, necesito tumbarme en un sofá, o mejor aún, en la cama, ponerme las gafas de cerca, y acertar con un buen libro, que siempre leo con un lápiz en la mano. Esta operación cotidiana tampoco resulta igual en mis dos ciudades, pues mientras que en Barcelona la cama la tengo cerca, en Berlín necesito desplazarme a otra habitación, más amplia e iluminada.
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Pero lo más extraño de todo, lo que llevo peor, es que el noventa por ciento de mis libros, una buena biblioteca sobre todo de arte y literatura, se encuentra en una casa situada a 30 kilómetros de Barcelona, en la que no vivo desde hace más de diez años, y a la que solo me acerco para llenarme de polvo, dejar unos libros, coger otros y darme cuenta de que me he pasado la vida acumulando volúmenes que apenas puedo consultar, a menos que me desplace hasta la triste y ruidosa Sabadell.
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Aunque nunca me haya forjado un heterónimo, parece como si, en cierta forma, y todo lo modestamente que se quiera, llevase una existencia desdoblada. Habré de considerar que quizá sí tenga dos vidas: la una como escritor (perdón, como historiador y crítico literario) y la otra en calidad de lector, condicionadas ambas por el espacio, la música, el silencio y la luz.
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Para los que andamos de acá para allá, lo ideal sería poseer algo parecido a aquel baúl biblioteca, con escritorio incorporado, que Louis Vuitton diseñó para Hemingway en 1923, con el estampado sobre lona Monogram. Si la mitomanía fuera una ciencia exacta, en ese mueble debería uno poder escribir cuentos, con mucha inspiración un buen poema o microrrelato, o al menos –seamos realistas- alguna de esas novelas medianejas que inundan hoy las librerías y que pronto serán pasto del olvido.
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* Las fotos del escritorio son de Gemma Pellicer.
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jueves, 29 de marzo de 2012

Vuelve la quema de libros

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Una de las librerías que suelo visitar cuando estoy en Madrid es la Antonio Machado, situada en los bajos del Círculo de Bellas Artes. Siempre encuentro algo que me interese, e incluso a veces me encuentro con algún viejo amigo, como Jon Juaristi, con quien me topé en febrero pasado. Dice una noticia de agencia que un hombre ha intentado quemar sin éxito la entrada de esta librería. Parece ser que a primera hora de la mañana se sentó en la terraza situada en la calle Marqués de Casa Riera y en un momento determinado les prendió fuego a varias sillas, alcanzando con ello la entrada del establecimiento. Por fortuna, el fuego fue extinguido rápidamente por los trabajadores de la empresa, alertados por la alarma contra incendios, sin que hubiera daños personales ni materiales.
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En un clima social tan enrarecido como el actual, con la grave crisis económica que padecemos, la quema de libros suele ser siempre el primer paso frente a aberraciones todavía mayores. No puedo dejar de pensar en Alemania, en la España de la Victoria o, más recientemente, en Chile y Argentina. Esperemos que, por una vez, los síntomas sean engañosos. Y, sin embargo, causa desazón leer en la prensa que determinados políticos corruptos, militantes de un partido nacionalista y católico catalán, hayan obtenido el indulto; o que los miembros de Consejo General Poder Judicial tengan como norma la práctica de la llamada semana caribeña, consistente en trabajar de martes a jueves, cargando sus viajes privados, en primera, claro, al erario público. No son más que síntomas de que el huevo de la serpiente parece seguir empollándose.
Hoy jueves, día 29, pese a encontrarme a casi 2.000 kilómetros de mi puesto de trabajo cotidiano, me he sumado a la Huelga general, aunque solo sea para poder gritar a gusto: ¡Viva la Pepa!      
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* El cuadro es de Max Beckmann.
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jueves, 9 de febrero de 2012

Miradas sobre Almería, y 2

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En la Isleta del Moro...
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* Las fotos son de Gemma Pellicer. Los amigos que aparecen en la foto son Elisa y Fernando García Lara. Al gato negro no lo tratamos demasiado, aunque nos trajo suerte, pues apenas si había gente, algo raro en la Isleta, y el pescado estaba fresco y riquísimo.  
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miércoles, 8 de febrero de 2012

Miradas sobre Almería, 1

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En este solar estaba la confitería La flor y nata, de la familia del profesor Ángel Berenguer.
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En la fachada de la Catedral
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Marlene Dietrich, más teatral, si cabe...
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La Alcazaba
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La casa de José Ángel Valente, en la calle José Ángel Valente.
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Lorca estudió de niño en Almería, donde llegó siguiendo a su maestro.
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El sol de Portocarrero......
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Casa Puga, uno de los bares más recomendables de la ciudad. Si consigue una mesa para comer puede considerarse una de las personas más afortunadas del planeta. 
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El Teatro Apolo, donde de niño vi las películas de los hermanos Marx, en unos pases organizados por los sindicatos verticales.
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Con Nicolás Salmerón, uno de los hijos más ilustres de la provincia, a ver si se me pega algo.
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* Las fotos son de Gemma Pellicer.
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