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lunes, 2 de septiembre de 2013

El París entrevisto de PURIFICACIÓN MENAYA

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¿Cuándo volveré a París?
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No sé si esto vale como crónica de ciudad que quieres visitar, porque en realidad yo ya estuve una vez en París. Tenía dieciocho años, era mi primer viaje sin padres, con las amigas, en aquel tiempo en que viajar era de verdad una aventura... En fin, una explosión de libertad hacia un mundo completamente diferente de la España gris de la que escapábamos, allá por los años 80. Pero fue un viaje de esos para jóvenes, en autobús, dormíamos en campings, en las afueras de las ciudades y visitamos también Bruselas, Amsterdam y Estrasburgo. La cuestión es que solo pisamos París dos días a la ida y uno a la vuelta de aquel periplo, el camping estaba a veinte minutos andando de la parada del metro, más otros tres cuartos de hora en el subterráneo hasta el centro y aquella gran y hermosa ciudad me supo a poco, a muy poco. Fue intenso: subí a la torre Eiffel, y también al Sacre Coeur y me empapé de sus maravillosas vistas al atardecer, vi a los pintores callejeros de Montmartre, disfruté como una niña en la fuente Kandinski y el Pompidou, recorrí los inmensos Campos Elíseos bajo el sol infernal de agosto y metí mis pies a refrescar en una de sus fuentes, dimos un repaso al interminable Louvre, del que recordaré siempre la Nike en una foto movida, momias y más momias, y la Mona Lisa protegida por una vitrina de los miles de turistas que la rodeábamos, tropecientos de ellos japoneses; incluso me compré una blusa que podía haber sido de mi abuela en el mercado de las pulgas y comimos crepes en el barrio latino. Se me quedó esa impresión de que París estaba hecha a lo grande, todo grande, inmenso, y que apenas había podido mojar los labios en la copa del néctar de los dioses. Por eso siempre he querido volver a esa ciudad, pero en todas las ocasiones que lo planeé ocurrió algo que me lo impidió.......


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En el primer intento, estaba embarazada de mi primera hija, teníamos la reserva de los aviones y de los hoteles para ir en septiembre y en agosto comenzaron los atentados, bombas colocadas en papeleras. Nos entró miedo y nos echamos para atrás, ya habría oportunidades más propicias de visitar aquella ciudad de ensueño. Así que cancelamos todo, sin problemas, y volamos al otro lado del Canal de la Mancha, a Londres (que tiene otro encanto, diferente y mucho más anárquico, más mundano, en contraposición con la aristocrática París).
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En el siguiente intento, preparamos un viaje a Disney con nuestros hijos (entonces ya eran dos) que terminaba con cuatro días de estancia en París. En el parque de Disney mi hijo tuvo un pequeño accidente, nada grave, pero que nos tuvo desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche en un miserable hospital francés. Y yo sin saber ni papa del idioma y ellos sin entender mi inglés... En fin, sentí una impotencia inmensa, afortunadamente, al final, una enfermera hizo de traductora al español. Cuando salimos de aquel hospital, el niño con un pedazo vendaje en la mano que parecía un lisiado de guerra, nosotros (padre y madre) sabiendo que en dos días al chico le tenían que revisar la herida por si se había infectado, después de los nervios y angustias pasadas, no nos quedaban muchas ganas de enfrentarnos de nuevo al sistema de sanidad francés. Así que cancelamos el hotel de París, y buscamos un tren de vuelta a España, no fuera que hubiera que amputar. Nuestra única visión de París fue una diminuta Notre Dame intuida a lo lejos, desde un puente cercano a la estación de Austerlitz, en el rato que tuvimos que esperar hasta tomar el tren a Barcelona. ¡Otra vez nos quedamos con las ganas!.......

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Así que quiero de una vez por todas tocar las piedras de Notre Dame, asustarme con sus gárgolas, saborear una cena romántica en el bateau mouche, sumergirme bajo las nympheas de Monet en La Orangerie  y disfrutar por fin de todo lo que esa gran ciudad me prometió la primera vez que la vi.
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Este septiembre tenemos oportunidad de hacer un viajecito familiar, yo propongo cuatro alternativas: París, Londres, Venecia o Berlín. Mi hija duda entre Londres y Venecia, mi hijo se inclina por Venecia porque a París viajó con el colegio, y mi marido opina que en Berlín no hemos estado. En fin, me parece que este año tampoco será parisino. De momento siempre me quedará el París de mis dieciocho años, que, aunque incompleto, quizá sea el mejor........

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sábado, 31 de agosto de 2013

DOMINIQUE VERNAY regresa a Saint-Étienne

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Busquen Saint-Etienne en el mapa de Francia. No está cerca de París ni de Cannes ni del Mont-Saint-Michel..., pero sí de Lyon, ciudad con la que, por cierto, no pudo ni podrá nunca rivalizar.
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"Como otras ciudades industriales adolece todavía de la mala imagen de un ciudad negra, sucia y adormecida. La ciudad (que se sitúa entre las 20 principales francesas en cuanto a número de habitantes), no figura en muchos de los mapas meteorológicos nacionales (Lyon está a menos de 60 kilómetros), y es ninguneada por parte de los medios de comunicación nacionales. Si no se trata de grandes acontecimientos deportivos (Campeonato del Mundo de Fútbol de 1998 por l'ASSE) o por algunos hechos relevantes de tipo diverso (crímenes, delincuencia) no se habla casi nunca de Saint-Étienne en términos de cultura local, historia, patrimonio, turismo, de la renovación urbana, o de los grandes proyectos de la ciudad", según  la Wikipedia.
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Y aunque así son las cosas en Saint-Étienne, a finales de julio decidí terminar mis vacaciones dando un paseo por sus calles, por las calles de mi adolescencia.......
 
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Y ahí me encontraba, dispuesta a subirme a su tramway, verdadera espina dorsal de la ciudad. Un dato importante: sus raíles fueron los únicos de Francia en haberse resistido a la época del desmantelamiento de todo lo que suponía un estorbo para los coches. Ahora, los tranvías vuelven a estar de moda... ¡Cosas que pasan!
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Pero, si me lo permiten, voy a cambiar de metáfora y sustituir la imagen "espina dorsal" por la de "río"; el Sena, por ejemplo. Cuando se trata de imaginar, prefiero hacerlo a lo grande, aunque en Saint-Étienne no haya otras aguas que las de unas cuantas fuentes y de espectaculares tormentas estivales.
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Tenía pues ante mí, un supuesto río de ocho kilómetros con sus dos orillas: la rive droite y la rive gauche. Hasta las siete de la tarde, callejeé por la orilla izquierda de sus raíles: cafeterías, franquicias, cines, una pequeña zona verde de cuando en cuando, plazas con árboles frondosos, estatuas del ayer y del hoy: place de la République, place Dorian, place Carnot, des Ursulines, Jean-Jaurès... Luego, al igual que la temperatura el ambiente fue refrescando, y me sentí atraída hacia la otra orilla desde la que llegaban efluvios del amanecer.
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En la rive droite descubrí un nuevo Saint-Etienne, un Saint-Étienne de ambiente festivo, un Saint-Étienne musulmán en pleno Ramadán, una ciudad que se despertaba al caer la noche, y cuyas calles no reconocía por mucho que me las supiera de memoria.
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Entonces, emprendí un paseo de dificultad máxima por los caminos de mi mente. Unos caminos resbaladizos de gravilla de prejuicios, con peligro de caídas en precipicios de aprehensión y en desniveles de sentimientos dispares. Sentírtigo. Los escaparates de las numerosas tiendas de dulces (dátiles rellenos de pasta de almendra, bahlava y otras delicias...) no conseguían atenuar cierta pizca de amargura, la amargura que ulcera todo aquel que se cree desposeído de algo que nunca fue suyo. 
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Mareada me tuve que sentar un rato en una placita en la que recordaba haber jugado a la marelle la rayuela, el cascayu con mis amigas. Otras niñas, con la cabeza cubierta, jugaban ahora a algo parecido; cerré los ojos para agarrarme con fuerza a sus risas y salir de una vez para todas de aquellas zonas empatanadas de mi mente. Cuando los reabrí, vi a contraluz a un hombre mayor que me estaba mirando con preocupación.   Con su chilaba blanca y su tapa de oración en la cabeza, me pareció mucho más alto de lo normal. Una aparición, pensé.
–¿Necesita ayuda? me preguntó con mucha amabilidad.
No, gracias. Estaba descansando.
-¿Es usted de aquí? me preguntó mientras miraba a las pequeñas que seguían jugando.
No. Sí. Sí. Bueno... Creo que sí.
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Entonces el hombre soltó una gran carcajada, y tradujó para un amigo lo que acaba de contestarle. Después de intercambiar una o dos frases en un idioma que, en mi ignorancia llamaré árabe, la aparición concluyó en una gran sonrisa de luna creciente:
Mi amigo dice que no se preocupe, que le pasa a usted lo que a todos nosotros... creemos que sí........
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* Dominique Vernay nació en 1953 en Chazelles-sur-Lyon, Francia, y reside desde hace años en Salinas, Asturias, donde trabaja como profesora de francés. Uno de sus relatos fue publicado en El País Semanal y otros emitidos por la Cadena Ser. Ha ganado varios premios en certámenes literarios, es coautora del libro In Crescendo (Editorial Anroart, 2012) y autora del libro No te quites la costra que te quedará marca (Autopublicación, 2013).
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viernes, 30 de agosto de 2013

MIGUELÁNGEL FLORES en Mykonos

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MYKONOS
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Esta es la crónica que debería hacer otro, pero que hago yo.
Lo primero que me sorprendió al llegar fue la cantidad de juventud que aguanta hasta las siete de la mañana y sin perder el entusiasmo por las calles de la ciudad. Luego, su belleza mediterránea. Mykonos es tan lindo, que parece un decorado preparado para un rodaje de película. Tan blanco, tan cuidado. Con sus barandas de colores, azul, verde, rojo. Ese suelo empedrado de pizarra bordeada de blanco. Con ese laberinto de calles entrecortadas, que me trajeron a la memoria aquellas por las que circulaba el comecocos de los ochenta persiguiendo qué comer. Allí nos enteramos de que se construyó así para dificultar en su tiempo la entrada de piratas y cortar de este modo el viento que impera en la isla la mayor parte de los días. No sé si tendrá algo que ver el aire, pero casi todo lo construido se halla concentrado en Chora, que es como llaman a la ciudad. Como si los edificios hubieran sido barridos o atraídos por un sumidero, quedando muy poquitos diseminados por el resto de la isla. Sólo otro pueblo puede considerarse tal, Ano Mera. Curioso nombre por el que uno, quizá, lo imagina en otro sitio y, en cambio se haya justo en el ombligo de la ínsula. Está formado por una gran plaza con unas pocas construcciones alrededor, entre ellas el Monasterio de Panagía Turlianá, con un campanario tallado y una fuente de mármol.
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Los Molinos
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Puesta de sol en Alefkandra
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Iglesias las hay por todas partes. Pequeñitas. Tan blancas por fuera y tan ortodoxas por dentro. Recargadas en su interior, como la salita de mi tía Aurora, llenas de cuadros oscuros, de dorados, de sillas, de brocados. En un ambiente solemne y denso. Resulta fascinante por fuera la de Panagia Paraportiani. En realidad se trata de una amalgama blanca de cinco iglesias juntas que así sin más me trajo a la memoria el sombrero-elefante de El Principito.
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También me encantaron los molinos de viento, majestuosos contra el mar y el cielo. No tanto las playas de agua cristalina y arena cubierta de hamacas, de las que visitamos Super Paradise, Paraga y Paradise en menos de dos horas. Dando por zanjada así nuestra experiencia playera en la isla.
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Una de las casi 70 iglesias de la ciudad
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Panagia Paraportiani

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Fue curioso encontrarme con el idioma griego, con el que continuamente me parecía estar entendiendo lo que decían, cuando en realidad no entendía ni papa. Me explico, tienen un acento, una entonación que realmente parece que estés escuchando a alguien de Logroño, o de Salamanca. En varias ocasiones me pareció oír expresiones como: “el tomate, mejor licuado”, “hasta hoy no te he visto”, o “siete caballos vienen de Bonanza”. Claro, luego uno prestaba atención y nada que ver con la lengua de Cervantes.  
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Requetemaravillosa la puesta de sol en el barrio de Alefkandra. Llamada la Pequeña Venecia porque el mar llega hasta sus cimientos golpeándolos continuamente. De qué manera todo el mundo se concentra en sus alrededores para contemplar el atardecer en el mar y contra sus fachadas. Allí, todos apretujados, esperando los últimos momentos, aguantando casi la respiración. Y cómo al llegar a ser engullida la última porción de sol por ese azul cada vez más negro, la gente explota, aplaude y vitorea. Y de alguna manera, entre palmas, te sientes hermanado con toda esa gente a la que llevas viendo desde hace tan sólo veinte minutos. Y sientes como si un mismo sentimiento recorriera a todo el mundo. Como si una gran misión en la que estuviéramos embarcados hubiera llegado a buen puerto con el esfuerzo de todos. Y es como si creyeras por momentos que la raza humana no está perdida del todo. Hasta a la señorona de delante, que no ha parado de moverse y que te golpeó en un descuido con su bolso Versace en tus partes íntimas, dan ganas de darle un abrazo fraternal que te reconcilie con ella y con todo el mundo de la moda.
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En el patio de Panagía Turlianá, Ano Mera
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Pelícano Petros
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No puedo obviar a Petros, el pelícano de la isla, al que te encuentras paseando por sus calles como un vecino más. Y del que cuentan que hace años llegó herido, que allí lo cuidaron y decidió quedarse a vivir. Que creó tanta expectación, que cuando el animal murió de viejo allá por 1988, fue sustituido por otro ejemplar. Convirtiéndose en la mascota y símbolo oficial de la isla. Según dicen, actualmente son tres los que viven en sus calles, a los que resulta fácil encontrarte por las calles de Mykonos.
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Además, habría que destacar cómo cambia Mykonos cuando se va el día. Calles que había visto por la mañana las redescubría horas más tarde, lo mismo que si les hubieran subido el contraste en una pantalla, con otra perspectiva y color. Como si esa fuera la hora real de lucir la ciudad en todo su esplendor. Y si durante el día paseas boquiabierto, al llegar la noche lo haces con los ojos totalmente abiertos.
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Después de tres días, en los que comí musaka y ensalada griega, bebí retsina y tomé frapé; todo ello repetidamente, partí, con dos horas de retraso, en ferry a Santorini, en donde viví un tiempo de secano y a oscuras. Días en los que venía la luz y el agua durante dos horas, cada cierto tiempo y sin avisar, al menos en mi hostal, pero si te pillaba fuera… Pero todo esto queda para otra crónica.
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Sí es cierto que cuando uno se va de las Cícladas lo hace con la sensación de que ha sido o será griego en otra vida.
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Calle de Mykonos
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Puesta de sol en la isla
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martes, 27 de agosto de 2013

ANTONIO COSTA GÓMEZ entre los puentes yugoslavos

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PUENTES EN YUGOSLAVIA
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Yugoslavia estaba llena de puentes.  El más famoso es El puente sobre el Drina, de Ivo Andric, que simboliza todos los lazos que se han roto. En un país tan vertiginoso, lleno de montañas, precipicios, ríos, culturas, los puentes eran fundamentales. En Territorio comanche de Pérez Reverte un fotógrafo espera la destrucción de un puente. En La batalla del río Neretva, de Bulajic, unos partisanos  vuelan un puente que ellos mismos han levantado. Tantos puentes se han tirado o se han reconstruido. En agosto de 2013 visitamos algunos puentes en la antigua Yugoslavia, alejados de las multitudes. En Zagreb pasamos el Puente Sangriento, ahora es una calle, antes separaba a los clérigos  de los comerciantes y en él se mataban. En  Belgrado, vimos a lo lejos el puente Gacela, que parece saltar ágilmente a través del río Sava simbolizando el dinamismo de Serbia. Y vimos el puente que es una torre encima de otras dos torres en el alucinante edificio Genux en Nueva Belgrado. Los aviones de la OTAN destruyeron el puente de la Libertad en Novi Sad que cruzaba el Danubio hacia el castillo y sus trozos se ven en el agua, pero nosotros atravesamos bajo la canícula otro puente poderoso.

Visegrad, puente sobre el Drina
 
En Visegrad  cruzamos el puente sobre el Drina, construido por un visir turco de origen bosnio, que unía oriente y occidente, lo turco con lo austriaco, y recordamos al borracho que avanzaba por el borde en la novela de Ivo Andric, y hablamos con las chicas, y Consuelo bailó flamenco mientras los jóvenes tocaban la guitarra. Recordamos a  la joven Fata  que se tiró al agua y la noche para escapar del fanatismo que la sojuzgaba. Miramos con nostalgia el edificio donde estaba el hotel de la tía Lotte, que había llegado de Cracovia y vitalizaba a todos sus conocidos con su coraje. El puente de Mostar sobre el Neretva era un sueño en sí mismo, una leyenda reconstruida por equipos españoles. Pero nosotros nos fijamos en el pequeño Puente del Asno en el río afluente, escondido en la espesura, que fue modelo del grande. Una ciudad con puentes de todos los tonos es Sarajevo, pues ella misma puenteaba todas las culturas. En el puente Latino un serbio asesinó al heredero del Imperio Austriaco y acabó con todo un mundo. En el puente de los Amantes un serbio y una bosnia murieron abrazados bajo las balas de los francotiradores. El puente  del Nudo indica todo lo que tendría que anudarse en esta ciudad mezclada como un sueño  amenazada por exclusivismos.......
 
Travnik, el Agua Azul
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En Travnik nació Ivo Andric, escribió Crónicas de Travnik y abundan los puentes mágicos. Cruzamos los que cruzan el manantial Agua Azul que bajaba haciendo cascadas desde la montaña en medio de sauces y cenadores. Miramos junto al agua los restos del café Lutva donde  los comerciantes de la novela aseguraban la inmovilidad del imperio otomano. En Prizren, Kosovo, cruzamos el puente otomano para ir al barrio antiguo que tiene más atmósfera que Estambul, mientras los soldados de la OTAN dejaban revistas para adolescentes en los tendederos. Cerca de allí estaba el puente de los Sastres, una joya medieval semienterrada en mitad de Kosovo pero no nos atrevimos a acercarnos. Recordamos que la propia Prístina, la capital de Kosovo, es un puente. Debajo circulaba un río pero fue soterrado y los ecologistas que defienden que se recupere aparecieron muertos por los especuladores inmobiliarios. Y entre las calles caóticas circulan las fuerzas de la OTAN. Pero nosotros preferíamos refugiarnos en el café Strip mirando viñetas de Tintín y escuchando jazz americano.  “Todo es una transición, un puente. Y toda nuestra esperanza está al otro lado”, escribió Ivo Andric. Los yugoslavos  olvidaron la idea  y se encerraron en sus siete naciones puras parapetados detrás de fronteras.......
 
Sarajevo, puente del Nudo
Prizren, sur de Kosovo
Mostar, la luna petrificada
Belgrado, puente Gacela
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*Las fotos son de Consuelo de Arco.
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sábado, 24 de agosto de 2013

VIRGINIA GONZÁLEZ DORTA en Segesta

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Segesta
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Dejé el tren en una estación que no recuerdo. Era lejos, sí, y hacía calor. Un calor siciliano de mediodía ardiente. Para llegar a la colina, tuve que caminar al borde de una estrecha carretera con matorrales que se bamboleaban levemente entre la brisa tenue y el peso de los caracolillos pegados a sus troncos. De esos caracolillos guardo en un joyero tres o cuatro caparazones, testigos silenciosos de mi ansia por llegar al templo de Segesta.
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Y allí estaba, abierto al cielo, un rectángulo bordeado de columnas, resto magnífico y esplendoroso, inusitado edificio recorrido por lagartijas y pajarillos delicados que se posaban entre los intersticios del mármol. No había nadie y el sonido del verano se mezclaba con un susurro lejano, como el cántico de un troyano enamorado o el recitado de algún poeta entre las piedras.
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Toqué sus piedras, acaricié las rugosas columnas, sin estrías, sin fuste, robustas; me embelesé un rato a su sombra, rodándome ligeramente según cambiaba el sol. Soñé con el mar, en el horizonte azul y con alguien que me sonreía desde el tímpano, quizás un élimo encargado de velar por su templo.
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El silencio, sólo roto por un aleteo fugaz o el ris ras de las colas de los lagartos, me llevó lejos, más allá del mar y de la historia, a un lugar donde la vida y el arte se confabulan para hacernos sentir parte del universo. Medio dormida sobre los escalones, el templo de Segesta entró en mi sangre y borbotea a ratos en ella, llamándome a que sueñe nuevamente sobre sus piedras.
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jueves, 22 de agosto de 2013

ANTONIO BÁEZ en Estambul

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El Estambul de los turistas y de los escritores
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Este relato empieza con el turista y la turista subiendo las escalerillas del avión de las Turkish Airlines. De aquí en adelante y en los sucesivos cuatro días la ciudad de Estambul será el abrevadero de sus pensamientos, el escenario de sus largas caminatas. Podemos asistir al despegue del aparato, porque siempre es un momento ilusionante ese de partir y dejar atrás, abajo más bien, el pesado fardo de las obligaciones. Desde la ventanilla el ala tapará buena parte de lo que se pueda ver, pero el descenso comienza sobre las islas griegas y consultando un mapa supondrán que el brazo de mar que han cruzado es el estrecho de los Dardanelos. El turista y la turista se sostendrán en los próximos días con  muchas primeras impresiones y les saldrá una verborrea atropellada en la confrontación de lo que han leído sobre la ciudad con lo que van encontrando. En Estambul, en una de sus calles más antiguas, Gedik Pasa, llena de zapaterías y talleres en los que se alinean grandes rollos de piel y moqueta, el turista y la turista tienen su lugar para vivir. También este relato podría haber empezado por aquí, pero algo sería diferente. Estamos hablando del hotel Sayeban en la empinada calle que desde sus terrazas mira hacia el mar de Mármara. Ese lugar para vivir, una puerta de entrada, un hogar efímero en el que los dos turistas, ya desde el desayuno, fantasean con los barrios, las mezquitas, los puentes, las torres, los cafés y los cementerios, de donde irán entrando y saliendo en un deambular infatigable. La turista siempre al pie de las noticias que la guía puede proporcionarles al respecto de las arquitecturas, estudiosa y concienzuda con los planos y mapas, memoriosa de los nombres, esforzada con el idioma turco, emocionada. El turista más errabundo, embelesado con los gestos callejeros como ese chocar los lados de la cabeza al estrecharse las manos, asomado a la ventana del hotel desde bien temprano para no perderse la coreografía del joven tendero que coloca sus mercancías,  mientras un vagabundo a tres metros ronca tras los contenedores de basura, y una extensa familia en la que hay viejos, niños y jóvenes baja por la empinada cuesta hacia el mar para pasar todo el día en un parque o en una rotonda con árboles, donde asarán carne y beberán ayran, que es un yogurth salado. Una niña hace descender desde un segundo piso un cubo para que el chico de la tienda le ponga dentro dos barras de pan. Alguna mujer joven camino del trabajo, de paso, pero quienes viven la calle, quienes están desayunando en unas mesitas y unos taburetes muy bajos son hombres, los que charlan a las puertas de los negocios, quienes los regentan. El vagabundo despierta entre las inmundicias del hueco en el que se ha acostado, va a la tienda y regresa para tumbarse de nuevo y desayunar: queso, aceitunas, pan y agua. Cuando suena la llamada desde la mezquita más cercana otro se lleva la mano al pecho, como en esas veces que uno, sin trascendencia, se pasa la mano por la cabeza no tanto para poner en su sitio la pelambrera como para sentir una especie de consuelo.

Torre Gálata
Aunque la experiencia con los taxistas es una emoción fuerte, porque discuten a grandes voces y son capaces de frenar para seguir la bronca a pie, con los pasajeros aterrados en el interior del vehículo, en el común de los paseantes destaca la amabilidad, la paciencia, la naturalidad, y van vestidos a la manera occidental, con una ropa en muchas ocasiones aburrida o tristona, siempre discreta y formal. A pesar del calor los zapatos cerrados, lustrosos, y muchas camisas de manga larga. En las mezquitas las familias pasan la tarde, con esa formalidad de los días de fiesta que no son excusa para perder el decoro en el vestuario: las mujeres exhiben su elegancia a través de los pañuelos en la cabeza, en las gabardinas veraniegas, que contrastan con la falta de pudor en su vestuario del turista y la turista, preocupados sólo de que el aire pueda circular entre su cuerpo y las prendas muy ligeras con que se cubren. Se ven mujeres bajo una túnica negra que sólo les deja al descubierto los ojos, pero la impresión es de que son turistas islámicos de origen saudí.
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En la mesilla de la habitación de hotel permanecerá, mudo, el libro de Orhan Pamuk, Estambul. Ciudad y recuerdos, que el turista ha querido leer en los días previos al viaje y la turista ha preferido dejar para después. Pamuk, que significa en castellano algodón, aporta lo que el viaje no puede y las guías tampoco: acceso a una rica familia estambulí venida a menos y al sentimiento de amargura personal y colectiva con el que podría definirse, según él, el carácter de la ciudad. Sin la lectura de ese libro el viaje que han hecho el turista y la turista sería incompleto, pobre, superficial y menos divertido, pero claro ¿qué folleto turístico está en condiciones de remontar un párrafo como este?: “Cuando una profunda tristeza y una intensa amargura se filtran de la ciudad a mí y de mí a la ciudad, noto que ya no me queda nada que hacer: yo, como la ciudad, soy un muerto viviente, un cadáver que respira, un miserable condenado a la derrota y a la suciedad, tal y como me hacen notar las calles y las aceras”. Sin embargo, que nadie piense que Pamuk quedó aplastado bajo sus palabras. En el escaparate de la librería Yapi Kredi Yayinlari, al borde de la larguísima y concurridísima calle Istiklal, que lleva hasta la plaza Taksim, el escritor muestra desde una gran fotografía publicitaria una más que amplia sonrisa. 
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Pamuk / Báez
Pero el hombre que le dio a Turquía un aspecto de nación moderna y occidental fue Mustafa Kemal Atatürk por medio de una serie de reformas tales como el paso del alifato árabe al alfabeto latino, el uso del calendario gregoriano, el abandono de los atuendos tradicionales, las mejoras en los derechos de la mujer, etc, allá por los años 20 y 30 del pasado siglo. La fotografía de Atatürk no es omnipresente, pero sí está en muchos lugares y más que un líder político tiene la elegancia, el aspecto y la mirada penetrante de un actor del blanco y negro en películas de estética expresionista. Atatürk se proyectará como una incógnita que los turistas no serán capaces de resolver.
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Atatürk
 
Enseguida el turista y la turista comprenden que Estambul hay que ir contemplándolo desde los lugares elevados que ofrece y elijen la torre Gálata, que identifica el perfil de la ciudad del lado nuevo,  en un extremo del Cuerno de Oro y en el otro, el café Pierre Loti, encima de un cementerio y un barrio de marcada tradición religiosa llamado Eyüp, donde a los turistas les es imposible tomar cerveza o vino con la cena. La ciudad está llena de hoteles y restaurantes con terrazas panorámicas, desde los que el juego es identificar la Mezquita Azul, Santa Sofía o el palacio de Topkapi, por poner sólo tres muestras de una decena o más de perfiles decisivos.
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La mezquita azul

En el Gran Bazar el turista encuentra una camiseta con Tintín, el personaje de los comics, delante de las siluetas de Santa Sofía y la Mezquita Azul. El turista se alegra de poder identificar la falsificación. No de la camiseta en sí, sino de la imagen, porque sabe gracias a Pamuk que Tintín nunca estuvo en Estambul, al menos el Tintín dibujado por Hergé, y que ese es un montaje pirata.
Uno de los iconos más populares de Turquía, que está en todas las tiendas de souvenires,  Nasreddin Hodja, tanto en libritos de fábulas traducidos a muchos idiomas, entre ellos el español, como en figurita de cerámica, es un simpático abuelete de barba y turbante blancos, nacido en 1208, que monta en un burro y protagoniza gran número de episodios humorísticos, que el turista leía a última hora en su habitación de hotel, mientras la turista estudiaba a conciencia un plano de la ciudad. Alguien le preguntó a Hodja si alguna vez había estado enamorado y él, tras un suspiro, contestó que en cierta ocasión se estaba enamorando, pero que en ese momento llegaron a su alrededor un montón de personas y le impidieron continuar.
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El turista y la turista son testigos de la proverbial cantidad de perros y gatos que hay por toda la ciudad. Asisten al rescate por parte de los bomberos de un gatito que ha caído en el foso de una de las columnas que se conservan  en el hipódromo y una noche encuentran a otro asediado por dos enormes perros que lo quieren destripar. El propio Pamuk cuenta en un artículo que en cierta ocasión fue atacado y mordido en la calle y tuvieron que ponerle cinco inyecciones contra la rabia.
Pero una ciudad es un recipiente con una forma y la forma de Estambul la decide el estrecho del Bósforo, que es una geografía mítica, por la que navegaron los Argonautas. La turista y el turista forman parte de una muchedumbre de argonautas en minúscula en un barco de paseo que recorre casi los 33 kilómetros de brazo salado, desde el mar de Mármara hasta el Mar Negro, Ponto Euxino. A un lado Europa y al otro Asia, donde hay que poner el pie, porque uno no va todos los días a Asia, para comprobar que allí la tierra también es polvorienta y se deja pisar. No hay lección de Geografía que supere la ida a estribor y la vuelta a babor o viceversa. Los barcos salen del muelle de Eminönü y a lo largo de ambas orillas encontramos palacios, mezquitas, yalis o casas de recreo de madera, fortalezas, etc, muy fáciles de identificar con una guía que contenga fotos como la de El País Aguilar.
 
El Bósforo
El muelle de Eminönü por la tarde atufa la ciudad con la humareda de los bocadillos de caballa que se asan desde unos barcos que se bambolean de una forma inverosímil en el agua. Por encima de él, desde el puente Gálata, un enjambre de pescadores lanza sus cañas al agua rodeados de vendedores ambulantes. A los costados del puente se alinean los restaurantes de pescado que se llenan de turistas. La comida, por lo general en toda la ciudad, es muy buena y asequible.  La diversión por la noche en la calle Istiklal ofrece todo tipo de clubes y sofisticadas discotecas con la música a toda pastilla hacia el exterior. Pero al turista y a la turista lo que más gracia les hace son unos chavales que durante dos noches consecutivas hacen el mismo chiste de tirarse unas largas pedorretas ante los paseantes. Cuando los turistas ya tienen una cierta ubicación de por dónde andan, de adónde va a parar tal o cual calle o plaza, empieza a llegar el momento de marcharse. Después de todo lo visto, después de las inevitables renuncias, de lo que queda para otro día más, si acaso lo tuviesen, cada uno hace recuento de sus mejores momentos, de los lugares que más le han emocionado. Aquí no podemos dejar de mencionar a la pequeña Santa Sofía o iglesia bizantina de San Sergio y San Baco, convertida en mezquita, donde apenas encontraron a nadie, excepto un anciano que dormía plácidamente tras una columna. O el emocionante descenso a la enorme cisterna subterránea Yerebatan Sarayi, que con sus columnas sumergidas en agua produce una impresión difícil de olvidar. Uno de los monumentos que adoptan como eje y referencia de sus paseos es la columna de Constantino o Cemberlitas, de 35 metros de altura, reforzada con unos anillos de metal que la convierten en una columna vertebral erguida sobre su propio dolor. Al lado hay unos baños y en ellos los turistas experimentarán lo que en su día Julio Camba dejó escrito en uno de sus artículos desde Constantinopla allá por el 1909, pues la turista ha dado por azar, a la vuelta, con dicho fragmento:
“Cuando el empleado del baño cogió su guante de piel de camello y comenzó a frotarme el pecho, los brazos y las piernas, yo me sentí humillado y sorprendido.
-¿Qué es esto? -le pregunté al amigo turco que me acompañaba, señalándole la inmundicia que iba cubriendo mi piel.
El turco vaciló un momento, como si temiera ofenderme. A poco, hizo con su brazo, que la caricia del guante no había ennegrecido, sino sonrosado, un ademán de decisión, y me dijo:
-Eso es el Cristianismo.”
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A Estambul la han visitado muchos escritores, tales como Nerval, Gautier, Flaubert, Edmundo de Amicis o el susodicho Camba, y es a través de ellos también como se puede acceder a una ciudad más o menos estereotipada, que hasta no hace mucho ardía constantemente por la gran cantidad de edificios de madera que albergaba. Los mismos estambulíes eran muy aficionados a esos espectáculos del fuego. Actualmente pueden verse en calles céntricas grandes paneles con fotografías del trabajo de restauración de algunas de esas imponentes casas.
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Rehabilitación de casas


Pero este relato termina.  De nuevo el turista y la turista en el avión. No dejan atrás a un amante, a una amante que han tomado con total desvergüenza por todos los rincones de su cuerpo durante cuatro noches, pero sí están agotados, con la cabeza llena de imágenes espontáneas, con palabras que golpean en su interior, nombres de personas, de lugares.  Bien puede ser que Estambul quede atrás mordida, pisoteada, sudada, orinada. Conforme en cuatro horas aproximadamente se cubren los tres mil kilómetros de distancia, lo vivido con ella se va atornillando bajo sus delgadas ropas de verano, algo ridículas. Quedarán, más allá, pequeños apuntes, alguna fotografía, quizás un texto, pero sobre todo una huella indefinida, cada vez más sutil, hasta el punto de que un día el turista y la turista sólo podrán decir: Estambul, qué hermosa ciudad, una vez yo estuve en Estambul.

Las fotos han sido hechas por el turista y la turista, excepto la de Atatürk y la de Nasreddin Hodja, que proceden de internet.

** ESPERO QUE ME MANDÉIS CRÓNICAS DE VIAJES O COMENTARIOS SOBRE UNA CIUDAD QUE OS GUSTARÍA VISITAR.
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lunes, 19 de agosto de 2013

LOLA SANABRIA en Palermo

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En la primera comida en Palermo yo habría tirado del Padrino para que le diera una lección a los dueños de la casa de comidas (restaurante sería mucho decir) que nos sopló una pasta por pasta (valga la redundancia) y pollo seco como mojama.
Mención aparte lo del atraco a mano armada de la bebida. Habría sido fantástico que con un golpe de pestañas hubiera aparecido un justiciero y con un brillo azul de ojos y una sonrisa de hipar, dejara derramado otro líquido más rojo que el vino por los distintos restaurantes, bares, hoteles y kioscos en los que acuciados por una sed de espanto, caíamos rendidos ante la botella de agua o la cerveza. (Agua, unos cuatro euros. Cerveza, de tres a ocho euros, según bandido siciliano).
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La primera cena caímos por casualidad en la mesa de la trabajadora del Congreso de nuestros “amadísimos” diputados, su marido, prejubilado por agotamiento de curro en un taller mecánico, una farmacéutica de ochenta y cuatro años que se resiste a jubilarse y su hijo que le lleva lo relacionado con la informática, además de cantar en un grupo musical. Arrimarse a la del Congreso era una buena elección porque nunca sabes de qué líos te puede sacar, pero cuando la farmacéutica nos dijo que llevaba un bolso lleno de medicamentos, tuvimos claro que de ella no había que separarse en ningún momento. Enseguida comenzamos a contarnos nuestros achaques las tres mujeres. Que si la tensión, que si el colesterol… Tengo de todo, dijo ella mientras paseábamos por la calle Libertad y arrimamos la cara a los escaparates de las grandes firmas como Gucci o Armani.......
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¡Plín, plón! ¡Bueeeeenos diiiiiiías!, fue el saludo de la guía por la mañana. Y ahí se desató en explicaciones que escuchábamos a ratos mientras otros dábamos una cabezadita. Al inicio muchos se colocaron en los asientos delanteros, pero pronto comenzaron a ocupar el fondo para que no los descubriera cuando pasaban de fenicios, griegos, normandos, bizantinos, Borbones y otras hierbas.
Era un buen grupo, sufrido y puntual. Había dos argentinas buenas y una pareja, no tanto; la Señorita solitaria; la asturiana imbatible; dos doctoras valencianas que nos tranquilizaron conminándonos a la resignación cuando, unas más, otras menos, todas acabamos con extremidades como patas de elefante; la farmacéutica (con zapatos de tacón, bajo pero tacón a fin de cuentas) y su hijo; unas galleguiñas muy apañadas; y el sevillano, simpático él, que acabó llamándome Lola de España, su mujer y sus amigos; y la del Congreso y su marido. Un señor del que supe que hablaba cuando se despidió y su mujer de origen francés. Había más, pero no recuerdo nada por lo que destacaran. Señorita solitaria hizo muy buenas migas con las argentinas buenas y cuidó de una de ellas todo el rato. La otra, muy simpática, estuvo disputándose al Papa con la guía delante de la catedral de Palermo, bajo una única palmera, apelotonados bajo su sombra. Les dijimos que podían quedarse con él y de paso, con unos Borbones y un Urdangarín de regalo. Luego pasamos al interior donde me quedé con las ganas de hacerme con un trocito de la plata de la urna de Santa Rosalía......
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En Monreale, dentro de la catedral normanda, la guía peleona dijo que allí los franceses no tuvieron nada que hacer y preguntó si había alguna persona que tuviera algo que ver con el país de los gabachos. Yo, se identificó, la mujer del que creí mudo, y añadió que no era para nada chouvinista, así que no hubo disputa. El argentino no tan bueno había comenzado a dárselas de entendido y no dejaba escapar momento para demostrarlo. Ni caso. Nadie.
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Antes de visitar el Palacio Real, la guía nos informó de que sólo podríamos visitar la Capilla Palatina porque aseguraban que los congresistas seguían trabajando aunque estaban de vacaciones. A lo largo del viaje hizo muchos comentarios cargados con metralla de ironía, aunque, eso sí, aclaró desde el principio que no hablaría de políticos pero sí de lo que hacían. El teatro Garibaldi, al que tildó de mercenario, estaba lleno de pancartas. La crisis, dijo, como en España, no da para subvencionar la cultura, pero sí para otras cosas. Del teatro Máximo nos dijo que ese verano tampoco acogería conciertos como otros años. Aquí, a las puertas, rodaron la última escena de El padrino, informó de pasada, con un punto de desprecio porque la saga americana mostraba la mafia casi como algo bueno. Nadie del grupo, a menos que no quisiera confesarlo, visitó las catacumbas de los Capuchinos con sus muertos en las paredes, un parque temático del terror en toda regla.......
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Cuando dejábamos Palermo pasamos por la casa del juez Falcone, con el árbol cargado de mensajes populares, y, ya en carretera, el lugar donde lo hicieron saltar por los aires dejando un gran socavón en la autopista. Seguimos de camino a Segesta donde nos esperaba un templo en una loma bajo un sol de justicia y unas chicharras enloquecidas.
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