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martes, 20 de agosto de 2013

Sławomir Mrożek, maestro de la narrativa breve

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El escritor, dramaturgo y dibujante polaco Sławomir Mrożek ha muerto en Niza a los 83 años, lejos de su país, como tantos otros ilustres escritores polacos que optaron por el exilio, con Gombrowiz a la cabeza, autor muy importante para él, según queda constancia en sus recientes Diarios. Tampoco Mrożek dejó de vagar de acá para allá a lo largo de toda su existencia, pues vivió en Italia, Alemania, Francia y México, tras abandonar su país en 1963, regresar en 1996 y dejarlo definitivamente a comienzos del nuevo siglo.
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Hasta finales del XX, en España solo se tenía noticia de su teatro, sobre todo de un par de obras: Tango (1964), cuyo montaje en Madrid obtuvo en 1970 el premio El Espectador y la Crítica; y Los emigrados (1975), pieza escenificada por Wajda en el mítico Teatro Stary (Viejo) de Cracovia, que fue llevada luego al cine. Pero el origen de la difusión de su teatro en Occidente se deba probablemente a su presencia en el clásico ensayo que Martin Esslin dedicó a El teatro del absurdo (1962), aunque luego el autor polaco renegara de su encasillamiento en una etiqueta que no lo convencía, sin  por ello dejar de estarle agradecido.  
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Quizá haya sido su obra narrativa, cuentos breves y microrrelatos, la que más seguidores haya cosechado entre nosotros, formando parte de una tradición de narradores centroeuropeos de la estirpe de Kafka, Brecht, Alfred Polgar o István Örkény, todos ellos maestros de lo breve y del humor negro. Mrożek se consideraba, de hecho, un escritor centroeuropeo más que polaco, aunque –como solía recordar- no escribió en otra lengua que la de sus padres, ni siquiera en francés, país en el que vivió tantos años y de cuya ciudadanía llegó a gozar. 
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Resulta difícil, no siendo norteamericano, que un autor de cuentos extranjero consiga, primero, ser traducido en España; y luego, encima, que se le preste atención. Es demasiado pedir. Y aunque Seix Barral publicó en 1969 las sátiras que componen El elefante, podría decirse que su auténtico descubridor en nuestro país fue el escritor catalán Quim Monzó (su cuento “La bella dorment” es una pirueta a partir de otro del mismo título del autor polaco), quien convenció al editor Vallcorba para que lo publicara. Así, aparecieron en catalán, en Quaderns Crema, a partir de 1995, y posteriormente, en el 2001, en castellano, en Acantilado, hasta formar un total de diez títulos. Es en estas cuidadas ediciones donde hemos leído libros como Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), El árbol (2003), La mosca (2005) o la antología temática La vida para principiantes (2013), ilustrada por el propio autor.
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Su narrativa se sustenta en el humor y la sátira, en lo insólito, sorprendente y paradójico, en la intertextualidad, continuando una tradición que arranca con el surrealismo, la literatura del absurdo, o aquella otra que en España se tachó de inverosímil, pero que tiene mucho que ver con un tipo de humor desencantado y cínico que surgió en los países del Este, durante el régimen comunista, primero en forma de chistes orales. El objetivo de sus fábulas (con moraleja, pero sin pasarse, como escribe en “La isla del tesoro”) es la condición humana en general, los estereotipos y lugares comunes que le gusta cultivar; en particular el hombre del Este bajo el régimen comunista, y su singular adaptación a la economía libre de mercado. Pero tampoco se muestra más benévolo con la retórica democrática ni con la constante manipulación del lenguaje que, por ejemplo, ha convertido la pluralidad en un perverso relativismo. 
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Mientras disfrutamos leyendo a Mrożek, resulta difícil no recordar a autores tales como Ramón Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Mihura, Francesc Trabal, Pere Calders y Javier Tomeo, o los actuales Quim Monzó, Ángel Zapata o Poli Navarro, quien le dedica la sección con las piezas más breves de Los tigres albinos a nuestro autor y a Monterroso.
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En “El diario de un arribista” escribió Mrożek que “vivimos en una época de guasa, autoironía y parodia”, y eso vale para el pasado y para nuestro presente rabioso, tanto en el este como en el oeste. 
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* El dibujo del autor es de Agustí Sousa.
Este artículo se publicó en el diario El País, el 19 de agosto del 2013.
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martes, 13 de agosto de 2013

Eydie Gorme: ella cantaba boleros

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De las muchas acompañantes que tuvieron Los Panchos a lo largo de su dilatada carrera quizá la más destacada fue Eydie Gorme, quien acaba de morir en los Estados Unidos a la edad de 84 años. Empezó cantando en  inglés, incluso acompañó a Frank Sinatra en sus giras y triunfó en los espectáculos de Las Vegas junto a su marido Steve Lawrence. Pero en 1964 alcanzó una gran popularidad al grabar en castellamo con el trío mexicano "Amor", por lo que durante más de una década, durante los sesenta y setenta, triunfó en Hispanoamérica y España como intérprete de boleros románticos, donde sus apariciones en televisión eran frecuentes. Eydie Gorme nació en Nueva York en 1928 en una familia descendiente de inmigrantes hispano-judíos por lo que hablaba inglés y español a la perfección, aunque con un cierto acento que le daba a sus canciones un sabor exótico que las hacía más misteriosas. Sus éxitos son tantos que sería imposible repetirlos aquí. Aquellos que tengan una cierta edad o disfruten con los boleros no habrán podido olvidar sus interpretaciones de "Nosotros", "Piel canela", "Sabor a mí", "Noche de ronda", "Di que no es verdad", "La última noche", "Historia de un amor, "Amor", "Vereda tropical", "No te vayas sin mí", "Flores negras, "Fuego bajo tu piel" o "Luna lunera", y podría seguir y hacer una lista interminable.
En ocasiones me apetece trabajar con música de fondo y suelo poner, sobre todo, jazz o música clásica, pero también escucho alguna vez, hacia el atardecer, La sonora matancera, si es con Celia Cruz mejor, o como ha ocurrido hoy -modesto homenaje a  Eydie Gorme-, Los Panchos con su vocalista preferida. 
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martes, 9 de julio de 2013

¿De qué y dónde murió Javier Tomeo?

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La prensa ha barajado diversas causas y lugares, e incluso un bloguero ha aprovechado la ocasión para soltar ponzoña, contar mentiras y hacer algún juicio literario disparatado; no en vano su sitio se llama El veneno de Tongoy. Si una mínima parte de los que se lamentaban en la red se hubieran molestado en leerlo, otro gallo le hubiera cantado al autor aragonés. Veamos. Según la redacción de La Vanguardia falleció en el Hospital Sagrado Corazón de Barcelona, producto de una ciática que se complicó al contraer una infección. Para El País murió de una grave infección en el citado hospital, pero la redactora de El Mundo, en cambio, nos cuenta que falleció en el Hospital Clínico. El Periódico añade otra novedad y nos cuenta que el escritor fue al hospital a operarse de varices y murió de una infección. En suma, lo único claro es que murió y que ocurrió debido a una infección que contrajo en el hospital. No sabemos, por el contrario, en cuál de ellos falleció el autor. También parece cierto que padecía una ciática, pero si el escritor se dirigió al hospital a operarse o no resulta ya más difícil de deducir de las informaciones periodísticas.
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En una carta al director publicada por El País el 29 de junio pasado, un señor de Barcelona se indignaba ante el hecho de que hubiera acudido al funeral Ferran Mascarell, conseller de cultura de la Generalitat, en calidad de amigo personal del escritor, y no dijera unas palabras. A mí, en cambio, me parece muy sensato que intentara pasar inadvertido. Si era amigo personal de Tomeo sabría la escasa simpatía que sentía el escritor aragonés por los nacionalistas catalanes, hasta el punto de que le había oído decir en varias ocasiones que pensaba empadronarse en su pueblo para no tener que contribuir a la Hacienda catalana. Toda esta confusión le habrá divertido bastante a Tomeo, y es muy probable que hasta haya escrito un cuento -o un microrrelato- en donde el conseller desempeñe el papel de hombre camaleón.
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martes, 25 de junio de 2013

Javier Tomeo o la fuerza del absurdo

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Hizo mutis Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013) de la manera más absurda posible, pues entró en el hospital a paso de caracol, debido a una ciática, y lo mandaron a Montjuich con una infección, en una muerte más propia de cualquiera de sus estrambóticos personajes. No sé si alguien habrá llegado a conocer realmente a este hombre escéptico, solitario y afable, más aficionado a hablar él que a escuchar a los demás, gran observador de la realidad, sobre todo de las peculiaridades humanas, con algo de amado monstruo recluido en su patíbulo interior, oyendo los cantos de las vecinas y de los pájaros a través de las ventanas del patio de su casa.
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Tardó Tomeo en llegar a la literatura, tras años escribiendo novelitas de quiosco para Bruguera, con el seudónimo de Frantz Keller, traduciendo libros sin firmar, como ocurrió con alguna de las mejores novelas de Juan Perucho, mientras estudiaba Derecho y algo de Criminología, y trabajaba en la editorial Marte y luego en la multinacional Olivetti, donde no consigo imaginármelo. 
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El reconocimiento literario empezó cuando Anagrama le publicó una novela entonces tan atípica como El castillo de la carta cifrada (1979), pero sobre todo con el éxito en Europa, en Francia y Alemania especialmente, del montaje teatral de Amado monstruo, novela publicada en 1985. Después siguieron otros dos libros importantes en su trayectoria: Historias mínimas (1988) y El crimen del cine Oriente (1995). El primero, un extraordinario volumen de singulares microrrelatos, pues se alejan de lo estrictamente narrativo para acercarse al teatro. En España fue José María Pou el mayor valedor de las posibilidades teatrales de su narrativa, y quizá también el mejor intérprete.
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En una ocasión, el gran Juan Benet comentó que los libros de Tomeo eran como croquetas. Es cierto que nuestro autor pecó de prolífico, pero los cuatro títulos que hemos citado son singulares; así también su concepción de la literatura entre lo fantástico, lo paradójico y lo grotesco, y sus personajes, seres que monologan o dialogan como ningún otro en la historia literaria, para acabar desenvolviéndose en círculos concéntricos que se alejan, según le gustaba afirmar a Tomeo. Aun cuando le hayan buscado antecedentes prestigiosos, de la estirpe de Goya, Poe, Freud, Kafka o Buñuel, sí se alimentó, los cita con frecuencia en su narrativa breve, de clásicos como Aristóteles, Plinio, Caudio Eliano, El Fisiólogo o Buffon.
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No tuvo, desde luego, el reconocimiento que merecía, ni siquiera le concedieron el Premio de las Letras Aragonesas, para vergüenza de sus paisanos. En la que seguramente debió de ser la postrera entrevista que concediera, publicada en el último número de la felizmente renacida revista Quimera, comentaba la aparición de una nueva novela: Constructores de monstruos (Alpha Decay), a la que habría que añadir  El amante bicolor, que en otoño publicará Anagrama, su editor por antonomasia, aunque me consta que sentía mucha simpatía por el joven editor Enric Cucurella. Parece que ha logrado terminar asimismo un libro de microrrelatos, encargo de Menoscuarto, que iba a llevar un prólogo de Irene Andres-Suárez, quizá junto a Ramón Acín, quienes más profundizaron en el conocimiento de su obra.
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Tampoco fue un escritor de masas (publicar mis libros, le confesaba en este periódico a Carles Geli, es como tirar una piedra al agua: hay un chasquido y luego surgen ondas concéntricas que desaparecen rápido), pero sí tuvo lectores fieles y una crítica que supo entender sus siempre peculiares novelas, cuentos, microrrelatos, bestiarios y fábulas. El crítico y escritor Julio Manegat fue su primer valedor, y con él andará ya, dondequiera que esté, seguramente de tertulia, en la compañía de Tomás Salvador y de su refunfuñón alter ego Ramón.
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* Este artículo apareció publicado en el diario El País, el 24 de junio del 2013.
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martes, 12 de marzo de 2013

Los laberintos de Medardo Fraile

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El destino, que traza a veces extrañas cabriolas, en la última hora le ha jugado un par de malas pasadas a nuestro escritor, quien acaba de morir a los 87 años. Para empezar, ha querido que el último libro publicado sea una nueva reedición de su única novela, que recupera su primitiva denominación: Laberinto de fortuna (Menoscuarto, 2012). El mismo autor ha confesado que la escribió para demostrar que también era capaz de cultivar el género más popular, si bien el resultado, de compararlo con sus memorias, El cuento de siempre acabar (Pre-textos, 2009), se halla muy próximo a la prosa memorialística. La segunda jugada tal vez haya sido morir en Glasgow, aunque fuera en esta ciudad donde terminara asentándose tras abandonar España en 1964, donde ha sido catedrático de español en la Universidad de Strathclyde.    
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Medardo Fraile nació en Madrid y pronto se relacionó con las gentes del teatro. Así, aparece entre los fundadores del grupo de teatro experimental Arte Nuevo (1945), junto a Alfonso Sastre y Alfonso Paso. A pesar de ello, su prestigio se lo debe al cultivo continuado del cuento, como componente de la denominada generación del cincuenta, junto a Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Fernández Santos, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. A todos ellos los unió la amistad, más que una semejante concepción del hecho literario.
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Su primer libro de narraciones, denominación que imperaba en la época fomentada por Aldecoa, fue Cuentos con algún amor (1954), y el último ha sido Antes del fututo imperfecto (Páginas de Espuma, 2010), en parte antológico, pero con numerosos inéditos. Pero su mayor reconocimiento quizá haya sido el Premio de la Crítica, que recibió en 1965 por Cuentos de verdad. Todos ellos en la tradición que arranca con Chéjov y continúa con K. Mansfield, aunque nunca apreciara a Carver, el último eslabón. En varias ocasiones comentó cómo escribía. Confesó que corregía una y otra vez, siempre en busca de la palabra exacta, que se alcanzaba por medio de la sobriedad y la precisión, y cuál era su idea del cuento. Así, opinaba que las narraciones debían decirlo todo, pero sin contarlo, para que se percibiera el eco de la historia. Y como le confesó en una entrevista a Sergi Bellver, trabajaba con la ternura, la ironía y el humor, pero también se valía de los colmillos si era necesario, y con las muchas verdades, mentiras y misterios que esconde la condición humana.  
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No puede decirse que su obra no haya tenido la suficiente difusión, pues disponemos de dos ediciones distintas de cuentos completos, en Alianza (1991) y en Páginas de Espuma (2004), con prólogo del escritor Ángel Zapata, a las que sumaría la antología de Cátedra (2000) al cuidado de Pilar Palomo. Su escritura, sin embargo, no se limita a los géneros ya citados, puesto que cultivó también la literatura infantil, la crítica teatral, el ensayo, el artículo y el microrrelato. En este primer balance de su trayectoria podemos contar con un buen puñado de buenos cuentos y con el respeto y aprecio que le ha profesado un narrador veterano, como es José María Merino, o los más jóvenes Eloy Tizón, Ángel Zapata, Javier Sáez de Ibarra e Hipólito G. Navarro.
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* En la foto aparecen de pie Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño y José Hierro; y sentados, Aleixandre y Concha Lagos. Esta necrológica ha aparecido publicada en el diario La Vanguardia, 11 de marzo del 2013.
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domingo, 3 de febrero de 2013

Fancelli

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Hoy la prensa trae la noticia de la muerte de Agustí Fancelli (Barcelona, 1957), un periodista al que leía casi a diario en la edición catalana de El País. Sus crónicas, culturales y políticas, sus reportajes y entrevistas, las críticas musicales, de ópera, se contaban entre los mayores alicientes para acercarse cada día al periódico. Pero, además, entre 1996 y el 2004, cuando por invitación de Lluís Bassets me sumé a los colaboradores del diario, en aquella ocasión como articulista de temas literarios, fue uno de mis interlocutores más frecuentes. Lo curioso es que apenas lo vi y mis relaciones con él solían ser telefónicas o electrónicas. Sí solía encontrármelo en la recepción que organizaba el periódico con motivo del fin de año. Y un par de veces coincidimos en un avión. La última, hace unos meses, en un vuelo a Granada. Dicen sus amigos y compañeros, quienes lo recuerdan hoy en la prensa con  respeto y cariño, que era un hombre vitalista y entusiasta, un periodista independiente, y un ameno y divertido conversador. Una imagen que coincide con la que yo me había hecho de él, leyéndolo con la frecuencia que se lee a aquellos en los que uno confía, se esté o no de acuerdo con lo que escriben. Y de esos, en estos malos tiempos, van quedando pocos. Los lectores de El País lo echaremos de menos.
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sábado, 24 de noviembre de 2012

Adiós a José Luis Borau

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A la edad de 83 años ha muerto de cáncer José Luis Borau (Zaragoza, 1929). Destacó como cineasta, dirigiendo películas como Furtivos, o la serie Celia (1992), basada en el personaje de Elena Fortún, para la televisión, con los guiones de Mi querida señorita (1971) y Camada negra (1977), pero también fue narrador y editor (en sus Ediciones del Imán apareció la Obra completa de Andrés Carranque de Ríos, por solo destacar un título de los muchos interesantes). En el mundo del cine trabajó, además, como productor (El Imán), actor (en Malaventura, de Gutiérrez Aragón, o en Ilona llega con la lluvia, de Sergio Cabrera, inspirada en la novela de Álvaro Mutis) e incluso como profesor y crítico cinematográfico. No debe ser fácil encontrar a otra persona que haya tocado tantas teclas en el séptimo arte. Entre 1994 y 1999 fue presidente de la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas y, a partir del 2007, presidió la Sociedad General de Autores y Editores de España. En sustitución de Fernando Fernán Gómez fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua en el año 2008. Creó una fundación para ayudar a los que se iniciaban en el oficio del cine.
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Pero me gustaría llamar la atención sobre una faceta, entre sus múltiples intereses,  quizá menos conocida, la de su obra literaria. No en vano, en la editorial Menoscuarto publicamos su segundo libro de cuentos, titulado El amigo de invierno (2008). Antes, con los relatos de Camisa de once varas (2003) había obtenido el Premio Tigre Juan, y posteriormente publicó los Cuentos de Culver City (Pre-textos, 2009). En aquellos años lo conocí en Madrid, pasamos un buen rato charlando en la cafetería de un hotel de la calle Alcalá, y durante los meses posteriores intercambiamos correos, a través de su secretaria, y creo recordar que también alguna llamada teléfónica. Tras interesarme por los libros de su editorial, él tuvo la generosidad de enviármelos. Lo recuerdo como un hombre afectuoso, sonriente y desgarbado, curioso y amante de la conversación. Creo que no se entiende, en toda su complejidad, quién fue realmente Borau sin conocer su narrativa de ficción. Su personalidad quizá se resuma en esa imagen de 1998, mostrando las palmas de las manos blancas, denunciando un reciente crimen de ETA.  
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domingo, 18 de noviembre de 2012

La escritora Isabel Núñez ha muerto

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Tras una larga enfermedad, ha muerto la escritora y traductora Isabel Núñez. Había nacido en Figueras (Gerona), en 1957, aunque residía en Barcelona. Estudió Ciencias de la Educación y ejerció como profesora de Traducción en la Universidad Pompeu Fabra. Había traducido, además de a Andy Warhol, a autores como Dorothy Parker, Patricia Highsmith y Richard Ford. Era autora de dos libros de relatos: Crucigramas (2006) y Algunos hombres... y otras mujeres, que editamos en Menoscuarto, en el 2008. Un año después, publicó en Alba Si un árbol cae. Conversaciones sobre la guerra de los Balcanes, recogiendo testimonios de las víctimas de Sarajevo y Kosovo.
Cultivó el artículo y la crítica literaria en revistas y diarios, sobre todo en La Vanguardia, y mantenía un blog titulado Crucigrama (http://isabelnunez-zbelnu.blogspot.com.es/). Os aconsejo que leáis sus últimas entradas.
En el 2007 se dio cuenta de que el azufaifo que se alza en la calle Marimón, de Barcelona, semejante a los que recordaba de su infancia en Figueras, corría peligro pues iba a ser derribado el edificio de cuyo jardín formaba parte, con lo que inició una campaña ciudadana de denuncia, en la que implicó a numerosos amigos, logrando detener el derribo y concienciando a la gente de la importancia del respeto al paisaje junto al que había crecido. Esta experiencia se completó con la publicación de un libro, La plaza del azufaifo (Melusina, 2008), prologado por Enrique Vila-Matas.     
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A comienzos de septiembre, al volver de una estancia en el extranjero, le escribí, interesándome por su salud, que sabía quebrada, y me contestó lo siguiente: 
Querido Fernando:
La verdad es que no estoy bien, estoy con un cáncer y batallando para salir; es una pesadilla y nunca pensé que me pasaría a mí. Ojalá logre salir de ésta porque me gustaría seguir aquí..., mientras, leo, veo películas, escribo y recibo a los amigos, aparte de mis tratamientos y mi disciplina y las miserias de este cuerpo nuevo que habito. Sobre eso intento escribir, ya sabes que sólo se escribir desde lo que me ocurre. Me alegro de recibir tu mensaje y de que vosotros sigáis bien. Yo me doy cuenta ahora de la felicidad que era simplemente andar por ahí con una salud aceptable y tener movilidad y tantas cosas que no solemos ni advertir hasta que no las perdemos.
Un abrazo
Isabel
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Isabel era una mujer inquieta, de trato afable y sonrisa generosa, que en la madurez había empezado a gestar una atípica e interesante obra cultural y literaria, tanto en el campo del ensayo como en el de la ficción. Era, además, no quiero dejar de recordarlo, visitante asidua de esta nave, donde había dejado numerosos y siempre sensatos comentarios. Para nosotros, la gente de Menoscuarto, fue una gran satisfacción que nos ofreciera su último libro de cuentos, que inmediatamente aceptamos y publicamos con placer. Descansa en paz, querida Isabel. Vamos a echar de menos tus opiniones, tu valor y tu capacidad para fabular partiendo de la realidad que mejor conocías.       
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lunes, 29 de octubre de 2012

En la muerte del profesor Santos Alonso

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Esta mañana ha fallecido Santos Alonso, profesor, crítico literario y sobre todo amigo, quien había nacido en León, en 1949, aunque pronto se trasladó a Madrid, en cuya Universidad Complutense se doctoró en Filosofía y Letras con una tesis sobre Gracián, dirigida por don Rafael Lapesa. Era catedrático de Instituto de Bachillerato, profesor en la Complutense y había cultivado la crítica literaria en periódicos (El País y Diario 16) y diversas revistas literarias (Ínsula, Reseña y Revista de libros). Entre sus libros destacan La novela en la transición (1975-1981) (1983), libro pionero, Literatura leonesa actual. Estudio y antología (1986) y La novela española en el fin de siglo (1975-2001) (2003). Pero, además, editó textos de Gracián (El Criticón), Lorca (Antología poética), Eugenio de Nora (Días y sueños), José María Merino (Cuentos) y Luis Mateo Díez (La fuente de la edad), uno de los mejores trabajos que se le han dedicado a este imprescindible autor. Y desde 1985 dirigía la compañía `Oráculo Teatro´.
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Santos Alonso era uno de los mayores expertos en la narrativa española de las últimas décadas, conocedor sobre todo de la obra narrativa de excelentes escritores leoneses, como Antonio Pereira, Juan Pedro Aparicio y Julio Llamazares, además de los ya citados. A todos ellos los apoyó desde el comienzo de su trayectoria literaria, con tanta lucidez crítica como generosidad. Pero también le debemos un libro temprano, de 1988, sobre La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Hace un par de años me dejó un manuscrito para el que buscaba editor. Llevaba el modesto título de Textos literarios comentados, aunque estaba compuesto por una serie de comentarios modélicos a textos canónicos, desde Pío Baroja y Antonio Machado hasta Merino y Luis Mateo Díez, me imagino que producto de su dilatada experiencia como profesor de Bachillerato. Creo que no debería permanecer inédito. 
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A Santos lo conocía desde hace casi treinta años, lo recuerdo ahora bailando en una discoteca de Guardamar del Segura, cubierto de espuma, en una noche de juerga, éramos mucho más jóvenes, tras dar nuestras clases en un  curso de verano en el que tuvimos como invitados de lujo a Vázquez Montalbán, Luis Goytisolo o José María Merino, entre otros. Había compartido con él innumerables viajes, congresos, conferencias y jurados de premios. Pero coincidimos sobre todo en el Premio de la Crítica, en donde nos encontramos por primera vez en 1991. Ambos solíamos apostar a favor de una narrativa exigente estructuralmente, de lenguaje cuidado y crítica con la realidad. Santos era un hombre amable y cordial, tenía un excelente sentido del humor, y no carecía de ideas propias y firmes sobre la literatura española actual, que conocía tan bien como quien más. Descansa en paz, querido amigo, te echaremos de menos.

domingo, 23 de septiembre de 2012

En la muerte del traductor Pepé Escué

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Morirse en agosto es una imprudencia, porque nadie se entera, aunque no creo que a Pepe Escué, como solían llamarlo sus mejores amigos, con el nombre y el apellido, le importara tener una despedida discreta, propia del gran cronopio, entrañable gruñón, que era.
Lo conocí hace años en la tertulia del Oxford, una cafetería de la calle Muntaner de Barcelona. Podría decirse que era afrancesado, radical, y había nacido en Bellvís, un pequeño pueblo de Lérida, en 1922, en el seno de una familia numerosa. Tras licenciarse en Filosofía y Letras, pero casi desconociendo el idioma, se fue a Francia a dar clases de español. Allí permaneció dieciocho años, durante los cuales fue profesor en Versalles, empezó una tesis sobre el filósofo y teólogo Nicolas Malebranche (1638-1715), que nunca concluyó, y volvió dominando el francés.
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Albert Camus
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Durante los años sesenta, junto a A. Mercier, compuso manuales para la enseñanza del español en el país vecino (se titulaban Pueblo, y los publicó Armand Colin) que gozaron de éxito. Pero quizá lo más importante entonces fuera la amistad que mantuvo con Albert Camus, quien le confió las traducciones y adaptaciones teatrales de sus obras en castellano. Su otro gran amigo francés fue André Belamich, uno de los mayores expertos en la obra de Lorca y el traductor de sus obras completas al francés.
En 1967 regresó a Barcelona, incorporándose como profesor de francés al Instituto de Bachillerato Infanta Isabel. Ese mismo año fue uno de los fundadores de la tertulia del Oxford, junto a Alberto y José Manuel Blecua, y el también excelente traductor Javier Albiñana, quien se consideró siempre su discípulo, pues lo estimuló mucho cuando empezaba a fajarse en tan complicado oficio. A lo largo de más de cuatro décadas, por esta tertulia, iniciada en 1960 en el café Cristal, que hoy sigue reuniéndose los martes en El yate, situado muy cerca del desaparecido Oxford, han ido desfilando escritores, profesores, traductores y amigos de plural condición, con la maravillosa tarea, por decirlo con palabras de Cortázar, de pasarle revista al mundo, que es como lavarle la cara y hacerlo más tolerable.
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Georges Perec
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A Pepe Escué le debemos traducciones de libros y autores tan heterodoxos como poco complacientes con la tradición narrativa predominante, como La vida, instrucciones de uso y Las cosas, de Georges Perec; El mar de las Sirtes, de Julien Gracq; Locus Solus, de Raymond Roussel; Siempre somos demasiado buenos con las mujeres, de Raymond Queneau; La casa de citas, de Alain Robbe-Grillet y La acacia, de Claude Simon; clásicos como Don Juan y Tartufo, de Molière; La religiosa, de Diderot; Naná, de Zola; Claudine en París, de Colette; La rosa de arena, de Montherlant; o Barrio negro, de Simenon; o narradores actuales como Jean Echenoz (Rubias peligrosas, Lago o El meridiano de Greenwich) o Jean-Pierre Tossaint.
Y, en especial todo el teatro de Albert Camus, pero también El hombre rebelde. La lista, de poder continuarla, sería interminable y poco prudente. Tradujo, en suma, para Seix Barral, Anagrama, Tusquets, Alianza o Planeta. Nunca obtuvo premio alguno, ni reconocimiento público ni privado por su impagable y estricta labor, pero hace unos días, unos cuantos amigos que lo apreciábamos y respetábamos, con la ayuda de unas cervezas y unos whiskys, reunimos todos estos datos que solo vienen a ser un leve reflejo de su labor como profesor y traductor. Lo recordamos como un hombre culto y sabio, de fuerte temperamento, hablaba muy bien portugués, cosa infrecuente en los españoles, era un gran melómano y un exigente gourmet para delicia de quienes lo acompañaron a la mesa.
Me viene a la memoria, siempre caprichosa, que el escritor Carlos Pujol, fallecido recientemente, lo tenía en gran estima, y lo consideraba uno de los traductores más finos de la lengua francesa. Y dicho esto me parece que resulta evidente por qué a Alberto Blecua le gustaba llamarlo el Voltaire de Bellvis. 
Fernando Valls & Cía.
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Pepe Escué
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* Este artículo apareció publicado en el diario La Vanguardia el pasado sábado, 23 de septiembre, con  el título: "Traductor de Perec y Camus". 
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lunes, 23 de julio de 2012

Ha muerto Esther Tusquets

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Dice la noticia, para mí pésima noticia, que ha muerto la editora y escritora Esther Tusquets de una pulmonía. Tenía 75 años y desde hace unos pocos padecía párkinson, lo mismo que le ocurrió a su madre, con quien mantuvo una conflictiva relación a lo largo de toda su existencia, y que tan importante lugar ocupa en su obra literaria. El inicio de la vejez no lo llevaba nada bien y se quejaba con amargura. "La vejez -escribe en su último libro- es una larga sucesión de pérdidas". Quizá pensara que la muerte andaba rondándola, pues solía afirmar que le gustaría morir en el mar, o en su piso de la calle Muntaner. Le había pedido a sus allegados que no permitieran que falleciera en un hospital, que no la incineraran, y que su hermano, el arquitecto Oscar Tusquets, le construyera un panteón cerca de Vicenza, amparado por las obras de Palladio.
Esther Tusquets ha sido una excelente editora, quizá no a la misma altura de Jorge Herralde y Beatriz de Moura, pero tampoco alejada de ellos. Con el primero mantenía una amistad que se inició en la infancia, pues se conocieron durante los veraneos en Playa de Haro. La segunda formó parte de su familia, pues estuvo casada con su hermano.  Como editora, el suyo era otro estilo, distinto, quizá más personal e incluso arriesgado, más parecido al de su reconocido maestro Carlos Barral, quien le cedería los derechos de sus dos autores más vendidos. Dirigió Lumen durante cuarenta años, destacando sus colecciones de libros infantiles (arrancó con El saltamontes verde, de Ana María Matute); la de poesía El Bardo, donde aparecieron libros de Pablo Neruda, Blas de Otero y José Agustín Goytisolo, entre otros muchos; y la singular colección Palabra e imagen, en la que aparecieron obras de Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, C.J. Cela, Cortázar, Neruda y Caballero Bonald, en diálogo con prestigiosos fotógrafos como Joan Colom, Oriol Maspons, Ramón Massats o Colita.
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Comentario aparte merece la colección de narrativa y ensayo internacional, Palabra en el tiempo, dirigida por el sabio Antonio Vilanova, quien había sido profesor suyo en la Universidad de Barcelona. Allí aparecieron obras de Samuel Beckett, James Joyce (los derechos se los regaló Carmen Balcells), Virginia Woolf, André Gide, Kafka, Céline, Marguerite Yourcenar, Hermann Broch, Giorgio Bassani, Claude Simon... La parte española de este ambiocioso catálogo tampoco estaba nada mal, con libros de Rosa Chacel, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Juan Benet y Jaime Gil de Biedma, a los que habría que añadir su último gran descubrimiento: Gustavo Martín Garzo, de quien publicó El lenguaje de las fuentes, cuando era un perfecto desconocido. Menos acierto tuvo con la colección Femenino singular. Pero los éxitos económicos llegaron con las tiras de Quino, de manos de la inolvidable Mafalda, y con la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, a quien ella había editado su producción ensayística anterior.  
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Su obra de creación está formada por novelas, cuentos y, en los últimos años, por libros memorialísticos como las conversaciones que mantuvo con su hermano Oscar (sin acento en la O, como a él le gusta), tituladas Tiempos que fueron (Bruguera, Barcelona, 2012). Su obra preferida era Varada tras el último naufragio, aunque yo destacaría, sobre todo, las novelas El mismo mar de todos los veranos (1978) y Para no volver (1985); el ciclo de cuentos Siete miradas en un mismo paisaje (1981), además de un puñado de extraordinarios relatos como "Los primos", "En la ciudad sin mar", "Carta a la madre" o "La niña lunática". Tuve la fortuna de recoger y prologar sus cuentos, primero en La niña lunática y otros cuentos (1996), libro con el que obtuvo el premio Ciudad de Barcelona, y luego en Carta a la madre y cuentos completos (Menoscuarto, Palencia, 2009).  Todas ellas se ocupan de las relaciones personales, sentimentales, de la amistad y del amor, pero lo que las singularizan son una visión femenina del mundo distinta, mucho más acorde con los tiempos que le había tocado vivir, aunque infrecuente todavía en la narrativa española.  
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Pero aun apreciando mucho su obra, siento sobre todo la muerte de la amiga querida, tímida, austera en el trato personal, pero discretamente cariñosa, extrañamente sincera y fiel a sus amigos. Mi despacho, en la Universidad Autónoma de Barcelona, está presidido por un reloj de pared que ella me regaló, diseñado por su hermano. Así la tengo a menudo siempre presente, pues aquel reloj apenas nunca funcionó.   
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sábado, 7 de julio de 2012

Luces y sombras de Gustavo Pérez Puig (1930-2012)

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Antes de que pase más tiempo, quiero comentar, aunque sea brevemente, la trayectoria teatral del director Gustavo Pérez Puig que murió en Madrid hace un par de semanas. En su haber tiene los estrenos nada menos que de Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, en 1952, cuando solo contaba 21 años, y de Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, en 1953, en el Teatro María Guerrero, dirigiendo el llamado Teatro Español Universitario (TEU), dos obras capitales del teatro español. Desde su fundación, en 1956, trabajó en la vieja TVE, primero como regidor y luego como realizador. Allí creó el mítico programa de teatro Estudio 1 (1965-1985), en el que tantos nos aficionamos al arte escénico, y donde dirigió, entre otras muchas obras, Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose. Colaboró también en otro programa semejante, titulado Primera fila (1959-1965). Apoyó incondicionalmente la trayectoria de otros autores no menos significativos, como Enrique Jardiel Poncela, Antonio Buero Vallejo, de quien montó Diálogo secretoLázaro en el laberinto o Música cercana, en 1984, 1986 y 1989, repectivamente, y José López Rubio, reponiendo Celos del aire en el 2003. Por no recordar al hoy casi olvidado Alfonso Paso, que tanto éxito tuvo durante el franquismo.
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Y aquí empieza el debe. Pues los montajes de Jardiel fueron siempre poco afortunados, y en los últimos tiempos, en el Teatro Español, incluso polvorientos. Tampoco puede decirse que fuera satisfactoria, a la altura de los tiempos, su gestión al frente de este teatro, lo dirigió durante catorce años (1990-2003), apostando con frecuencia por una programación anticuada y unos montajes anacrónicos. Por no hablar de que su propia mujer, Mara Recatero, fue directora adjunta del teatro, mientras él era director.
Pérez Puig, quien estudió Derecho y Filosofía y Letras, empezó vinculado al teatro como actor en la compañía de Catalina Bárcena, pero destacó sobre todo en su papel de director en obras, aparte de las citadas, como La venganza de Don Mendo, de Muñoz Seca; Cuatro corazones con freno y marcha atrásAngelina o el honor de un brigadier, de Jardiel Poncela; o Ninette y un señor de Murcia, de Mihura, auténticos clásicos del teatro de humor español.
Si bien llevó a cabo innumerables adaptaciones para el teatro y la televisión, sorprende que apenas haya dejado nada escrito, ni un solo libro sobre su experiencia teatral. 
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martes, 3 de julio de 2012

En la muerte de Miquel Plana, grabador y editor

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Acabo de leer en la prensa que el pasado mes de mayo murió el editor y grabador Miquel Plana (Olot, 1943). Durante unos meses lo traté bastante, pues, en 1993 me pidió un prólogo para la obra de Juan Perucho, Un silencio olvidado (Poesía, 1943-1947), que acabó titulándose “Primeras letras de Juan Perucho”. De este libro de artista, el texto iba acompañado de unos excelentes grabados, creo recordar que se tiraron muy pocos ejemplares, que a pesar de tener un precio considerable, resultaba barato para los detalles que atesoraba, la belleza y la calidad del volumen. En este caso concreto, se trataba de la edición de los primeros poemas en castellano de Perucho, que hasta entonces habían permanecido inéditos. Después, en 1995, el libro fue reeditado por Quaderns Crema, de Barcelona, en una ed. mucho más modesta, pero también hermosa. Durante la preparación del volumen me encontré en Barcelona, en varias ocasiones, con Perucho y Miquel Plana, nunca nos citó en Olot, pues pensamos el libro, estudiamos cómo hacerlo (bueno, en realidad, todo el trabajo lo hizo él, pero nos consultaba y oía nuestras opiniones) y luego corregimos pruebas en varias ocasiones, hasta que el resultado quedó impecable. Miquel era un hombre tan cordial, como discreto y amable, que trabajaba por el puro placer de convertir una obra literaria en un objeto hermoso, haciéndolo dialogar con unos grabados y cuidando al máximo todos los detalles del proceso de impresión. Parece ser que a partir de 1970, cada año hacía un libro de bibliófilo, con una tirada de 75 ejemplares numerados. Así, año tras año fue embelleciendo la obra de San Juan de la Cruz, Poe, Rilke, Espriu, Josep Pla, Pere Gimferrer o Enric Casasses, entre otros muchos escritores. 
Miquel Plana era un artista del libro y un hombre generoso que había hecho de su trabajo una fuente de placer, tanto para él como para los pocos afortunados que pudieron conseguir algunos de sus libros. De aquel de Perucho guardo dos ejemplares que él me regaló como uno de los tesoros más preciados de mi bilbioteca.      
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miércoles, 16 de mayo de 2012

Carlos Fuentes en la última frontera

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A Carlos Fuentes solo lo vi una vez en persona el año pasado, en Barcelona, bajando la escalera de la librería La Central de la calle Mallorca. Pero cuando yo era joven leí casi todos sus libros, como me ocurrió con los demás autores del llamado boom. Me interesaron, sobre todo, algunos de los primeros, como La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962; que reeditó la Biblioteca Básica Salvat, con prólogo de José Donoso), Cambio de piel (1967), las recopilaciones de relatos que publicó Alianza y Salvat, con los títulos de Cuerpos y ofrendas (1972), acompañadas por un prólogo de Octavio Paz, y Chaac Mool y otros cuentos (1973), prologado también por Donoso, además del ensayo dedicado a La nueva novela hispanoamericana (1969), que apareció, como otros libros suyos, en la entonces imprescindible editorial Joaquín Mortiz, de México. Después, a finales de los setenta, durante el servicio militar, en interminables y constantes guardias, leí Terra nostra (1975), más por empeño que con satisfacción. Y la verdad es que el resto de sus libros, aquellos que fui leyendo entonces, me interesaron bastante menos. No en vano tengo la impresión de que ha sido uno de los escritores hispánicos más sobrevalorados de estas últimas décadas, pero también uno de los que más poder han ostentado. Y, sin embargo, me parece que no ha sido demasiado apreciado por los narradores que han ido apareciendo a partir de 1980, quienes se han decantado más bien por Juan Rulfo, Juan José Arreola, Augusto Monterroso u Octavio Paz, por no salir de México. A pesar de todo ello obtuvo todos los premios habidos y por haber, e intercambió elogios desmedidos y favores con otros narradores, críticos y periodistas influyentes. En las últimas décadas ese era el terreno en el que mejor se desenvolvía. Alguien que conozca bien la materia debería explicarnos por qué.
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jueves, 5 de abril de 2012

Mingote deja de dibujar


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Mingote, dondequiera que esté, debe de haberse encontrado al fin con Tono, Jardiel y Mihura, con Gila, Tip y Rafael Azcona. Nació en Sitges, en 1919, pero nunca fue tenido por catalán, ni si le hizo ningún caso en su tierra, quizá porque no comulgaba con el nacionalismo obligatorio que todos los mentecatos -como él hubiera dicho- han acabado tragando. Fue también escritor, si no excelente, sí al menos curioso, y director de la revista Don José. Pero lo más importante es que podría entenderse lo que ha sido la España del último medio siglo, él se incorporó al diario ABC en 1953, con una antología de los mejores chistes que publicó en el diario conservador. Alguien debería hacerla. Seguro que se vende como rosquillas...  
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lunes, 5 de marzo de 2012

Los poetas de Nicanor Vélez

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Me quedé con ganas de comentar el fallecimiento del editor y poeta Nicanor Vélez (Medellín, Colombia, 1959) a la edad de 52 años. Creo que no podrá hacerse la historia editorial de la poesía española e hispanoamericana sin tener en cuenta su importante contribución. En 1997 fundó y dirigió la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, en la que aparecieron medio centenar de títulos dedicados a los grandes poetas contemporáneos, bien editados y en cuidadas versiones, cuando era necesario. Pero, además, Nicanor Vélez fue responsable también de la edición de las obras completas de autores tan importantes como Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Octavio Paz, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Rubén Darío, José Angel Valente, José Asunción Silva, Jaime Gil de Biedma y Carmen Martín Gaite, entre otros. Además, cultivó la poesía y el ensayo. Entre las obras de su autoría se encuentran tres libros de poemas titulados: La memoria del tacto (2002), La luz que parpadea (2004) y La vida que respira (2011). Y se ha anunciado la aparición, en la editorial Siglo XXI, de un volumen con sus ensayos.
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Tras diplomarse en linguística, en 1981, en la Ecole des Hautes Etudes en Sciencies Sociales, de París, se instaló en España a finales de 1984, licenciándose en Filología Española en la Universidad Autónoma de Barcelona. Nicanor era un hombre discreto, pero con las ideas claras, sobre los poetas que había que editar y sobre cómo hacerlo. Creo que la última vez que lo vi fue en una cena en homenaje a Carlos Edmundo de Ory, a la que él -como editor del volumen- me invitó, tras el recital del poeta. Pero donde más lo había tratado era, cómo no, en la tertulia del Oxford, a la que me refería también aquí hace un par de días, aunque con quien mantuvo una relación más estrecha fue con José Manuel Blecua, el actual director de la Real Academia Española de la Lengua. Habría que hacer la historia de esta tertulia, de la mucha gente interesante que ha pasado y sigue pasando por allí, para charlar, tomarse un wisky y picotear unos cacahuetes, sin distinción alguna entre particulares, profesores, nativos e hispanistas, o traductores y escritores.
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domingo, 4 de marzo de 2012

Arne T. Worren, traductor del Quijote

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El  pasado 16 de diciembre murió en Oslo el profesor y traductor Arne T. Worren. A la mayoría de ustedes este nombre no les dirá nada, pero su versión al noruego de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es una referencia imprescindible para todos los lectores de su lengua. Esta versión, que data del 2002, fue galardonada, lo ha recordado oportunamente Mario Lucarda de quien tomo los datos, con el premio Bastian, muy prestigioso, y con el de la Academia Noruega.
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Arne T. Worren (Ålesund, Noruega, 1924) inició su carrera en el mundo de las artes y las letras como empresario de una compañía teatral regional en Rogoland. Después fue profesor en un colegio, defendiendo su tesis sobre Góngora en 1974. Hasta 1994, año de su jubilación, dio clase en el Departamento de Lenguas Europeas de la Universidad de Oslo y formó parte del denominado “Grupo del Barroco”, época a la que dedicó numerosos trabajos en torno a autores tales como 
Calderón, Lope de Vega y el citado Góngora. Su pasión por el Siglo de Oro lo llevó a las antiguas bibliotecas nobles noruegas en busca de ediciones de los más destacados autores de este período, constatando el importante papel que desempeñó el castellano como idioma franco en la Europa del XVII.



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Como traductor publicó versiones de obras de Ignacio de Loyola, Cervantes, Clarín, Álvaro Pombo y Javier Marías, entre otros. Coincidí con Arne Worren en la tertulia del Oxford, en Barcelona, hoy trasladada a otro local, por cese del negocio, capitaneada por el maestro Alberto Blecua. Arne era un excelente conversador, apasionado por las cosas de España. Un hombre que sabía disfrutar de un buen vino y una rica comida, en compañía de amigos, y desde luego de una charla distendida y civilizada.
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martes, 24 de enero de 2012

Carlos Pujol, sabio clandestino

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El miércoles pasado, los medios de comunicación le prestaron mucha más atención a Carlos Pujol de la que le habían dedicado a su obra inmensa mientras vivió. Era lo esperable, y tal como están las cosas, no sería extraño que a la mayoría de los interesados por la literatura su nombre les sonara únicamente por su vinculación a Planeta, donde tenía la responsabilidad de organizar los distintos premios gordos de la editorial. Quizá no esté de más recordar que para él ese trabajo fue sólo un mero ganapán, con el que criar a una gran familia, de la que tanto le gustaba presumir y a los que adoraba casi tanto como a su mujer, la pintora Marta Lagarriga.
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Carlos Pujol era católico practicante, pero no al tosco modo que suele gastarse entre nosotros, sino de la pequeña facción civilizada y tolerante. Pero para mí era, sobre todo, un hombre sabio, afable, discreto y bueno, además de generoso con sus inmensos saberes. Ahora que ya no está, empezaremos a darnos cuenta de que se trataba de un ser irrepetible, sobre todo en estos tiempos donde los escritores a menudo desalojan mucho más que pesan. Fue un ensayista ameno y lúcido, y un gran traductor. Él solía repetir que el autor que más quebraderos de cabeza le había dado, en este terreno, había sido Henry James. Fue también un crítico literario generoso y un notable narrador, poeta y aforista, al margen de modas pasajeras.
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Sorprende que un señor que tenía en su haber versiones de John Donne, Ronsard, G. M. Hopkins, la poesía romántica francesa, Emily Dickinson, Baudelaire o Verlaine -prefirió las traducciones de poesía aunque también nos dio en castellano obras en prosa de Defoe, Jane Austen, Stendhal, Proust o Simenon-, nunca mereciera el Premio Nacional de Traducción, ni ningún otro de los varios que se conceden a la traducción. ¿Por qué? Y esta interrogación podría extenderse, además, a su obra poética y narrativa, a la que tan poca atención le hemos prestado...
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Cuando yo lo conocí, a comienzos de los 80, acababa de publicar una excelente novela, La sombra del tiempo (1981), elogiosamente reseñada por Francisco Rico, tan poco dado a apostar por libros posteriores a 1650. Ya no trabajaba como profesor en la Universidad de Barcelona, pero se sentía orgulloso de haber sido discípulo de Riquer, con quien hizo su tesis. Abandonó las clases de literatura francesa en 1977 porque no le daba para vivir, pero nos ha dejado notables ensayos sobre Voltaire, Saint-Simon o Balzac; o un estudio sobre la obra de su gran amigo y vecino Juan Perucho. En casa de éste y con los poetas Alfonso Canales y Pere Gimferrer, fundó la Academia de los Ficticios, en la Avda. de la República Argentina. ¡Cuánto hubiéramos dado muchos letraheridos por que alguna vez nos hubieran permitido meter allí la nariz!  
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Poco después fueron apareciendo sus libros de poemas, entre los que prefiero Gian Lorenzo (1987). Habría que sumar, además, un puñado de novelas culturalistas, teñidas de humor y una leve ironía, entre las que destacaría El lugar del aire (1984), Es otoño en Crimea (1985) Jardín inglés (1987) o los relatos de Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes (2007), donde consigue enriquece el estilo de Conan Doyle. Otro de mis preferidos es Cuadernos de escritura (1988, ampliado en el 2009), libro singular y pleno de sabiduría literaria, compuesto de aforismos y breves artículos. Después de muchos cambios de editorial (nunca tuvo agente literario), él mismo me confesó que había hallado la tranquilidad debido a la confianza que le mostró José Ángel Zapatero, editor de Menoscuarto y Cálamo, quien le ha editado casi todos sus últimos libros, tanto en prosa como en verso, como los dos que aparecieron en el 2011, los poemas de El corazón de Dios y la novela Los fugitivos. Quienes tuvimos la inmensa fortuna de tratarlo y disfrutar de su amistad no podremos olvidar nunca a Carlos Pujol, pero dado lo mucho que hemos aprendido de él y el disfrute que nos han proporcionado sus obras, deberíamos conjurarnos para que su nombre abandone definitivamente esa clandestinidad que él tanto apreciaba.
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P.S. La tiranía del espacio, a la que todo periódico tiene que someterse, me ha impedido destacar el apoyo intelectual y el aprecio personal que le mostraron siempre a Carlos Pujol, escritores, editores y críticos, entre los que habría que destacar a Andrés Trapiello, editor en Comares de varios libros suyos, en campos como la novela, la poesía, el ensayo y la traducción, Manuel Longares, Valentí Puig, Miguel Sánchez-Ostiz, Manuel Borrás o los críticos José María Pozuelo y Ricardo Senabre.   
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* Este artículo ha aparecido publicado hoy, 24 de enero, en el diario El País, sin el P.S. final. La foto de Pujol me la remitió él mismo, para que apareciera en este blog, junto a sus aforismos. En la otra  foto se le ve con Andrés Trapiello, en la sede madrileña de la Fundación Juan March
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miércoles, 18 de enero de 2012

Ha muerto el poeta y crítico literario Miguel García-Posada

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Poeta y narrador, pero, sobre todo, ensayista y prestigioso crítico literario, Miguel García-Posada nació en Sevilla, en 1944. Era doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, discípulo de Fernando Lázaro Carreter, y había  ejercido la docencia como catedrático de Lengua y Literatura Española en el Instituto Beatriz Galindo, de Madrid, e impartido conferencias en diversas universidades españolas y extranjeras. Aunque por mezquinas arbitrariedades nunca consiguió una plaza como profesor universitario. En los últimos años había trabajado como funcionario de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. 
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Ejerció como crítico literario, sobre todo de poesía, en los diarios ABC (1983-1991 y 2001-2009) y El País (1991-2001). Había prologado obras de Rubén Darío, Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Francisco Ayala, Ignacio Aldecoa, Adolfo Bioy Casares, Alfonso Grosso y Francisco Umbral, de quien se convirtió -tras la edición de Mortal y rosa- en uno de sus mayores valedores, a veces tan a ciegas que mermó su reputación como crítico. Había editado la poesía de Lope de Vega (1984) y las obras completas de Lorca, a quien le dedicó una monografía: Federico García Lorca (1979), y un estudio: Lorca: Interpretación de Poeta en Nueva York (1982). Además, cultivó el ensayo en Acelerado sueño. Memoria de los poetas del 27 (1999) y El vicio crítico (2001). Es autor también de diversas antologías como Cuarenta años de poesía española (1979) y Poetas del 98. Un fin de siglo (1998). Había escrito sus memorias (La Quencia, 1998, y Cuando el aire no es nuestro, 2001); tres libros de poemas (El paraíso y las hachas, 1966; La lealtad del sueño, 2007; Días precarios, 2007; e Inclemencias, que obtuvo en el 2007 el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla); y una novela (La sangre oscura, 2006). Creo que su trabajo como crítico eclipsó, injustamente, su labor como poeta, faceta esta que los lectores de este blog conocen porque aquí anticipó algunos de sus versos cuando todavía eran inéditos. En 1988 obtuvo el Premio Luca de Tena, y entre 1996 y el 2009 presidió la Asociación Española de Críticos Literarios. 
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Lo traté, sobre todo, durante los muchos años que compartimos jurado en el Premio de la Crítica, no siempre -siento tener que decirlo- en buena armonía. Pero con el paso de los años, creo que acabamos entendiéndonos y me alegra haber llegado a mantener con él un trato cordial. Siempre lo tuve -y lo dije cuando vino a cuento- que García-Posada era un excelente crítico de poesía, quien además conocía muy bien la narrativa, sobre todo la novela. Tenía ese olfato y buen gusto que poseen los grandes críticos y la rara capacidad de distinguir los libros y autores valiosos. Por tanto, el día que se haga la historia de la crítica literaria en España, Miguel García-Posada debería ocupar un lugar destacado.    
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domingo, 8 de enero de 2012

Isaac Díaz Pardo: el hombre más querido de Galicia

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Hace unos días murió en La Coruña, a la edad de 91 años, Isaac Díaz Pardo. No sé si su nombre dirá hoy algo a la mayoría de los españoles, de los gallegos, pero fue un importante diseñador industrial, empresario (vinculado al pintor Luis Seoane en la empresa Sargadelos), escritor, pintor, editor y generoso mecenas de incontables proyectos culturales vinculados al republicanismo y a la izquierda galleguista, que perseguía reconstruir la cultura y la memoria de Galicia, de la España derrotada en la guerra civil, sobre la que llegó a editar más de 1.500 libros en Ediciós do Castro, fundada en 1963. En los últimos cinco años, Díaz Pardo fue perdiendo el control de sus empresas, de las que fue vilmente despojado. Isaac Díaz Pardo fue uno de esos personajes irrepetibles que dio la cultura española, gallega, de la segunda mitad del siglo XX, y como se ha repetido estos días es probable que fuera el hombre más querido y respetado de toda Galicia. 
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