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sábado, 20 de agosto de 2011

Microrrelatos en Santiago del Estero

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La semana pasada se ha reunido en Santiago del Estero (Argentina) un numeroso grupo de autores y estudiosos del microrrelato. Estos encuentros, cada vez más frecuentes, a lo largo de la enorme geografía argentina, resultan muy útiles para que los escritores puedan leer sus textos ante un público que conoce y aprecia el género, así como para intercambiar libros y opiniones, y para conversar con los estudiosos interesados en la materia. Primero fue Buenos Aires, luego Tucumán, Neuquén y Rosario, y tras Santiago del Estero llegarán los días de Mendoza, donde lamentablemente tampoco podremos estar, como desde luego habríamos deseado. Aunque en estos encuentros y congresos predominen los participantes argentinos, tampoco faltan invitados procedentes del resto de Hispanoamérica o España. No es raro que sea Argentina el país que venga desplegando, junto con España, una mayor actividad, debido a su historia literaria, llena de grandes maestros que han cultivado el género, desde Borges y Cortázar a Marco Denevi, o bien los actuales Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Eugenio Mandrini y Raúl Brasca, pero también gracias a los excelentes estudiosos que trabajan en la materia. Puesto que no estuve allí no puedo decir mucho más, pero conociendo a Antonio Cruz, de la estirpe de los médicos ilustrados, seguro que han sido unas jornadas en las que todos los participantes han podido disfrutar y aprender algo que todavía no conocían acerca de este joven género que es el microrrelato, o acaso les haya servido para descubrir a algún autor nuevo o algún estudio o antología que les haya permitido ampliar su conocimiento en torno al microrrelato. El cultivo del género en Argentina ha sido tan rico que pueden permitirse el lujo de componer antologías por regiones, o territorios; así, en mi biblioteca tengo antologías de Tucumán, la Patagonia o esta que aquí pueden ver, dedicada a los autores afincados en Santiago del Estero, publicada en el 2008. Por cierto, en el prólogo nos cuenta Antonio que la Cámara Argentina del Libro le impidió que entre los créditos del volumen, en la cubierta, aparecieran las palabras "antología" y "compilador". Anécdota que le hubiera encantado a Kafla, a Borges y a Groucho Marx. En fin, ¡sólo faltaría que en una antología de textos literarios pudieran aparecer semejantes palabras! ¡Adónde pretendemos llegar con el lenguaje! ¡Bien por el meticuloso funcionario!
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Pero lo que más me admira siempre que voy a la Argentina, a algún asunto que guarda relación con el microrrelato, es ver cómo los escritores están dispuestos a recorrer el país de punta a punta para poder leer sus textos y conocer a otros escritores que también cultivan el género. Cuando existe ese interés y esa pasión por la literatura, es inevitable que surjan grandes escritores, como así ha logrado este gigantesco país durante el siglo XX.
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domingo, 24 de julio de 2011

¿Cuentos, microrrelatos? Móviles


En Los objetos nos llaman (Seix Barral, 2008), de Juan José Millás, hay un cuento brevísimo, titulado "La verdadera muerte de mamá", que si le quitáramos un par de innecesarias digresiones y lo podáramos un poco de aquí y allá, sin perder por ello su esencia, podría pasar perfectamente por un excelente microrrelato. Este podría ser un sencillo ejercicio para distinguir un cuento de un microrrelato, tras constatar que, pese a su cercanía y la confluencia de una serie de elementos en común, no responden ni a los mismos mecanismos narrativos, ni mucho menos a una actitud semejante del autor ante el texto literario. Como escribía recientemente Javier Cercas ("La tercera vedad", El País, 25 de junio del 2011), los géneros literarios se distinguen por sus rasgos formales, pero tal vez también por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan. Estos rasgos son algo que hasta los narratólogos españoles que con tan escasa pericia se han ocupado del microrrelato podrían apreciar, si por un momento dejaran de atiborrarse de teoría, a menudo mal digerida, leyeran más textos de ficción, y tuvieran un gusto y criterio mejor formado. Pero, claro, sería demasiado pedir, a quienes tanto les gusta hacer ostentanción de su embotamiento.


Por otra parte, “La verdadera muerte de mamá” es un ejemplo del papel trascendental que desempeña el móvil en la sociedad actual, hasta tal punto que para el protagonista su madre no muere realmente hasta que no se convence de que el teléfono ya no la mantiene vinculada con otra persona. Por tanto, hasta que no se le agota la batería, como si se tratara de un órgano vital. Además, el texto se vale de una pequeña intriga, pues el móvil puede esconder los últimos secretos de un difunto, ¿quizás una última relación sentimental, desconocida por el hijo? Si bien estas expectativas no se cumplen, por otro lado, como la madre ha muerto de repente, el lento agotamiento de la batería del móvil, supone, en cierta medida, una forma de poder acompañarla en su agonía. Al fin y a la postre, el móvil ha acabado convirtiéndose en el último vínculo del ser con la vida.
 

En la serie Mad men, el protagonista Don Driper, esconde todos los secretos de su enigmático pasado en una caja de zapatos. En esas fotos, documentos y chapas militares se halla contenida su historia personal, hasta que conoce a Betty, su actual mujer. La desgracia para el protagonista es que su esposa se topa con este agujero negro cuando él está vivo y ella puede pedirle cuentas. Hasta no hace mucho, nuestra vida, los recuerdos, cabían en el cajón de un mueble, cerrado con llave, o en una caja de dulce de membrillo que un día aparecía en el fondo de un armario ropero de tres cuerpos. Hoy, como cuenta Millás, quien quiera irse tranquilo al más allá, si es que mantiene algún secreto inconfesable, deberá dejar limpio de texto y fotos el móvil y el ordenador. En fin, no digáis luego que no os lo advertí.
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sábado, 4 de junio de 2011

Las muertes de Max Aub



Mañana, domingo, se presentan en la Feria del libro de Madrid la nueva edición ampliada, con piezas inéditas, de los crímenes ejemplares, de Max Aub, ahora titulados Mucha muerte, pues incluye también los Infanticidios, De gastronomía, De suicidios y Epitafios. La edición es tan cuidada y hermosa como todas las de la editorial Cuadernos del Vigía, de Granada, capitaneada por Miguel Ángel Arcas, que en esta ocasión, no es la primera, ni será la última, ha contado con la impagable ayuda de la escritora Carmen Peire. También hay que agradecerle a Pedro Tejada Tello el descubrimiento de los crímenes y epítafios inéditos o nunca recogidos en volumen, aunque su prólogo muestre una sorprendente falta de familiaridad con la historia del microrrelato. Afirmar, como se hace, que no se le ha reconocido hasta ahora a Max Aub haber sido "uno de los principales precursores e impulsores del microrrelato en las letras hispánicas", es hablar por no estar callado, pues hace años que se publicaron los estudios de Irene Andres-Suárez, Carmen Valcárcel, María Paz Sanz Álvarez o los míos. Pero, además, sus piezas aparecen recogidas tanto en el libro de David Lagmanovich, La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico (Menoscuarto, 2005), como en el de Javier Quiñones, Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (Menoscuarto, 2006). Tampoco es cierto que fuera un pionero del género, pues unas décadas antes que él lo cultivaron en España, nada menos que Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna y Federico García Lorca. Pero estas minucias no empañan, ni mucho menos, esta necesaria y hermosa edición, que os recomiendo encarecidamente.  
   

jueves, 12 de mayo de 2011

MARIO PÉREZ ANTOLÍN


Dicen que enloqueció de tanto mirarse por dentro, pero yo sé que otras fueron las causas: cuidaba un canario con verdadero esmero; en la tertulia de los domingos era recibido como un camarada; sus hijos, a los que apenas escribía, nunca faltaron en Navidad ni en sus cumpleaños; después de comer se daba un pequeño paseo con su viejo automóvil por los caminos de siempre. Estas cosas lo mantenían a flote, y, poco a poco, las fue perdiendo: el canario murió, disolvieron la tertulia, los hijos emigraron y no consiguió renovar el carnet de conducir. Entonces supo que tenía que abandonar este mundo de una u otra forma, y el suicidio le acobardaba.

La calma no soporta que la importunen. Desprecia los cambios de hora y las sorpresas. Si por ella fuera, nadie estaría obligado a coger el teléfono o a cerrar una puerta. Prefiere los lagos a los ríos, las bibliotecas a las fábricas. Se asusta con facilidad y tiene la tensión baja. La calma nunca pierde la compostura ni los buenos modales por más que la quieran romper para después restablecerla; está acostumbrada a ese vaivén y lo sobrelleva con paciencia. El cese y el suspenso marcan un ritmo estático en las salas de su placidez.

Puestos a elegir uno de los muchos sarcasmos con que el destino se mofa de nosotros, me quedo con el caso de José Asunción Silva. A este insigne poeta sólo le quedaban, de su en otro tiempo boyante patrimonio, diez pesos en la cartera antes de pegarse un tiro en el corazón (un médico le pintó en el pecho el lugar exacto de esta víscera para que no fallara) allá por el año 1896; y ahora son miles los billetes que llevan su efigie impresa por todos los rincones de Colombia.
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* Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964) reside en la actualidad en Ávila, donde trabaja como profesor en el Centro de formación y experiencias agrarias. Es licenciado en Geografía por la Universidad de Valladolid y tiene un máster y postgrado en ordenación del territorio, planeamiento urbano y política ambiental. Ha coordinado proyectos de cooperación internacional e impartido conferencias y seminarios en Centroamérica y África. Parte de su obra poética está incluida en las siguientes antologías: Poesía en Ávila (2003), El huerto magnífico de todos (2008) y Luz en los balcones (2009). Es coautor del libro El mismo azul (2009) y autor de los libros: Semántica secreta (2007), Yo eres tú. Poesía 1985-2007 (2010) y Profanación del poder (2011).
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miércoles, 13 de abril de 2011

Cuestión de letras o alfabeto para Carmen Peire


Resulta difícil saber cuántas cármenes conviven en Carmen Peire. Yo, que no puedo presumir de conocerla bien, nos vimos por primera vez el año pasado, he visto aflorar en alguna ocasión a la descendiente de exilados españoles en Venezuela, a la convincente vendedora de libros y a la productora musical, pero también he tenido tratos, reales y electrónicos, aunque sean siempre un poco menos ciertos, con la editora de la obra de Max Aub y con la escritora, hasta ahora de formas narrativas breves, cuentos y microrrelatos. En fin. A ver si a través de un breve alfabeto tramposo, conseguimos saber un poco más de ella y de su obra.

A de alfabeto, la manera más perezosa y más práctica posible de ordenar ideas, pero quizá también una de las más insólitas para presentar un libro. Y A también de Arcas, su editor, atento, fiel y con ojo de lince.

C de ciencia, de cómo armar una literatura a partir de una metáfora científica, sin que Sokal la tache de intrusa, no en vano se atreve a titular sus narraciones “Relatividad”, “Teoría del caos” o “Planetas enanos”. C también de corazón y de cabeza, pues Carmen ha confesado en alguna ocasión que escribe con el corazón y corrige con la cabeza. Y C, claro, de cuento, pues es en la intensidad de lo breve donde se maneja a la perfección, como reconocida admiradora de Chéjov, Kafka, Poe (¿por qué los cita siempre en este orden?), y de los actuales Alice Munro y Poli Navarro. No parecen malos santos a los que encomendarse.

E de escribir, pues Carmen ha confesado escribir desde siempre, quizá para ahorrarse el psiquiatra; pero sobre todo una E grande y gorda, como las de Joan Brossa, porque su insólito objetivo -en estos tiempos que corren- más que publicar es escribir. Buena prueba de ello es que éste es su segundo libro; el anterior data del 2006.

F de Filosofía y de Física, que en las narraciones de Carmen siempre van de la mano. Pero, también F de Feria del Libro de Madrid, donde la conocí en la minicaseta de Cuadernos del Vigía, donde no faltaron el vino, la buena música y unos excelentes vecinos, y donde pude admirar su don de gentes y sus milagrosas dotes de vendedora. Nunca antes había visto engatusar a los lectores con artimañas tan elegantes y convincentes.

I de incertidumbre, la que presidía las narraciones de su primer libro, titulado precisamente Principio de incertidumbre.

L de Labordeta, el abuelo entrañáble y lúcido, con quien trabajó veinte años, como productora musical, y de quien aprendió tantas cosas.

M de microrrelato, pues la precisión y la elipsis presiden sus piezas mejores. 10 piezas del género, casi todas excelentes, aparecen en este libro.



Y, por último, en un triple salto mortal alfabético, H y S de Horizonte de sucesos, el libro que estamos presentando. En Física, el horizonte de sucesos es un territorio fronterizo entre el universo en expansión y los agujeros negros. Pero en nuestra existencia cotidiana, aclara la autora, el universo en expansión podría situarse en el llamado estado del bienestar, mientras que habitando los agujeros negros aparecen los países del tercer mundo.

Las historias de Carmen Peire, quien -para empezar- tiene un mundo literario propio y una voz personal, distinta, aparecen marcadas por el caos del universo y ocurren en ese territorio intermedio entre el universo en expansión y los agujeros negros. Queda claro en la primera narración del libro, que da título al conjunto, “Horizonte de sucesos”, en la que Nuria, una mujer enferma, le pide ayuda a una amiga. Ella ha decidido partir, pues “todos los lugares son de acero y tormenta”, y aunque ella tiende a los agujeros negros, la amiga intenta inclinarla hacía los horizontes en expansión. Pero, al fin, Nuria se duerme, muere, quizá para intentar alcanzar “un lugar en el espacio […] donde el sueño está exento de pesadillas”, pues la muerte resulta una liberación.

El libro está compuesto por 26 relatos, de los cuales 10 son microrrelatos y el resto, cuentos. Los personajes de Carmen Peire suelen ser seres inquietos, insatisfechos que hurgan en el pasado, en la memoria, para reencontrarse con ella o librarse definitivamente de su opresión. A mí me han gustado especialmente, además del que da título al libro, “Cuestión de números” y “En la siesta”, ambos se ocupan del sexo, en el primer caso de un cura y en el segundo de una mujer, pero no me han interesado por lo que cuentan, sino por la manera y el orden en que se relata la historia.

Me quedo también con los entusiasmos devoradores de “Amor reo” que convierten al protagonista en un hombre nuevo, a pesar de que a la amada le cuesta la visión, la lengua y el corazón. Y con dos microrrelatos más: “Falta de reflejos” y “Cuestión de pareceres”. El primero es un compendio de cómo estar rodeado, sin salidas, ni posibilidad alguna de plantarle cara al interlocutor, pues desde fuera, dentro, arriba y abajo, le advierten de que no se escapará, que no despertará, ni se saldrá con la suya, y que tampoco sabrá siquiera el suelo que pisa. Y en “Cuestión de pareceres” observamos a un optimista y un realista enfrentándose a la realidad.

Quiero acabar destacando dos cuentos: “Matilda” y “¿Seducción? Olor a menta”. En el primero se cuenta un viaje al origen, a Grecia, donde una mujer encuentra sus ancestros, los molinillos de viento de diversos colores que tanto la habían fascinado, el origen del sueño, de la historia de la que forma parte. Pero si tuviera que escoger un único cuento del volumen me decantaría por “¿Seducción? Olor a menta”, en el que Marta, una niña, que odia a los mayores, a la familia, encuentra su igual en su tío Vicente, gay, por más señas, otro ser peculiar, su igual.

En fin, Carmen Peire se mueve muy bien en dos distancias tan complejas como son el cuento y el microrrelato, que están más cerca de la poesía que de la novela. Carmen tiene cosas interesantes que contarnos y sabe cómo hacerlo. Lo único que tenemos que pedirle es que no demore tanto la publicación de su próximo libro. Entre tantos escritores que publican un libro nuevo al año y publicar un volumen cada cinco, hay términos y yo, como seguidor de la ilustración en estos tiempos posmodernos, sigo siendo partidario del justo medio.

Carmen Peire, presenta...


Hoy, miércoles, 13 de abril, en la Librería + Bernat, de Barcelona (c/ Buenos Aires, 16), se presenta Horizonte de sucesos (Editorial Cuadernos del Vigía), libro de cuentos y microrrelatos de CARMEN PEIRE. Acompañarán a la autora, el cantante Jaume Sisa, Fernando Valls y el editor Miguel Ángel Arcas. Os esperamos, con literatura y música.


martes, 18 de enero de 2011

ANTONIO DAFOS

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"Sobre el teatro de camaleones"
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Un mundo de camaleones: la gente pasaría de un color a otro según estuviese aburrida o enamorada o indignada o se sintiese escéptica. Como estos sentimientos se pueden mezclar, también los colores lo harían, en forma de listas, como las de los tigres.
Fingir sería imposible, de modo que en el teatro se habrían hecho imprescindibles las máscaras. Y serían extraordinariamente poéticas las situaciones donde, actores cubiertos de la cabeza a los pies, figurasen un mundo misterioso y sereno en el que para cada uno fuese un enigma el interior de los demás.
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"Asinisa"
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En Onirorino [pron. onirorrino], república descuidada
por las diplomacias, cada vez que muere alguien se arrojan, desde un puente muy elevado por el que se accede a la capital, burros que cargan con los recuerdos del difunto. Al morir yo fueron tres asnos los sacrificados (que no sé si es mucho o poco). Entre ellos había una preciosa burra zamorana llamada Asinisa. Recuerdo perfectamente el estruendo de la caída..

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* Antonio Dafos Garaizábal (Granada, 1969) ha publicado un libro de relatos Teatro de hielo (Traspiés, 2006); la colección de collages y fotomontajes Entre ruinas (La isleta del moro, 2008), con texto de Gabriel Cabello; y el poema Aldaz (2009) ha aparecido en Las vitolas del Anaïs. Diversos catálogos y antologías recogen textos suyos de poesía, narrativa y ensayo. Estas prosas son inéditas.
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viernes, 26 de noviembre de 2010

DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, y 3

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"Sabiduría popular 1"
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- “A otro perro con ese hueso” -le dijo molesto el padre-. “Gota a gota, la mar se agota” -advirtió. - “Perdonar es nobleza, odiar es vileza” -replicó el hijo, burlesco-. “Zorro que se duerme no caza gallinas”.
- Te lo advierto: “El que ama el peligro perece en él”. Ya sabes, “Quien roba una vez, roba diez”. "Y tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe”.
- “Consejo no pedido, consejo mal oído” –terció con amargura el reprendido-. Mas tenme fe. “Hierba mala nunca muere”.
- “No hay peor sordo que el que no quiere oír” –concluyó el progenitor- Bien que dicen: “Hijo mimado, hijo mal criado”.
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* La instalación es de la artista colombiana Doris Salcedo. El texto es inédito.
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miércoles, 13 de octubre de 2010

Irene Andres-Suárez y el microrrelato español

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Hoy empieza en Bogotá el VI Congreso Internacional de Minificción, en el que participan algunos de los grandes cultivadores del género (Ana María Shua, Lilian Elphick, Raúl Brasca, Diego Muñoz Valenzuela y Juan Romagnoli, entre otros) y varios de los mejores especialistas (Francisca Noguerol, Irene Andres-Suárez, Laura Pollastri, Juan Armando Epple, Javier Perucho y Lauro Zavala, entre otros muchos). Para celebrarlo, no se me ocurre mejor manera que recomendaros un libro que acaba de aparecer, de la profesora Irene Andres-Suárez, de la Univesidad de Neuchatel, en Suiza, una de las grandes expertas en la materia. En este volumen, junto a diversos trabajos teóricos e históricos sobre la denominación y estatuto genérico de estos textos, aparecen también trabajos sobre Lorca y su microteatro, Antonio Fernández Molina, Javier Tomeo, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Julia Otxoa, Hipólito G. Navarro y Ángel Olgoso.
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martes, 6 de julio de 2010

Con Jaramillo Levi en Panamá

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Enrique Jaramillo Levi es uno de los más destacados escritores e intelectuales panameños y centroamericanos, como autor de cuentos, microrrelatos y ensayos. Como docente, además de en su país, ha trabajado también en México y los Estados Unidos. También ha destacado como promotor cultural, como responsable de la revista Maga. Y en este aspecto hay que decir que los narradores centroamericanos y panameños están en deuda con él, por las numerosas antologías que le ha dedicado a la poesía y a la narrativa breve, entre ellas el volumen de la colección Pequeñas resistencias, publicado por Páginas de Espuma. Esta tarde comienza, en la capital de su país, un congreso dedicado al conjunto de su 0bra, al que he tenido el honor de ser invitado. Y allí andaré, conviviendo con colegas americanos y aprendiendo todo lo que pueda sobre la obra del citado escritor y sobre la literatura centroamericana.
Fredy Villarreal Vergara, crítico literario y miembro del comité organizador, ha anunciado que durante el encuentro se valorarán “los aportes de su amplia bibliografía a la literatura hispanoamericana durante los últimos 40 años, y el hecho de que este año se cumplen 50 años consecutivos de escritura de este autor quien empezó a escribir a los 15 años”.
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Además, al final del congreso se presentarán dos nuevos libros de Enrique Jaramillo Levi: Escrito está (compuesto de cuentos y microrrelatos) y Todo el tiempo del mundo (poemas), publicados recientemente en Guatemala por Letra Negra Editores. Asimismo, será presentado el libro Un lector y un escritor tras el enigma: la narrativa de Enrique Jaramillo Levi, del crítico chileno Fernando Burgos (Universidad de Memphis).
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lunes, 14 de junio de 2010

Los microrrelatos de Ginés Cutillas

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Esta tarde, a las 7, en la librería La Central, de la calle Mallorca, de Barcelona, presento junto al escritor Fernando Clemot, Un koala en el armario, libro de microrrelatos de Ginés S. Cutillas. Como muestra, damos a continuación una de las piezas más afortunadas del libro.
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"El equilibrio del mundo"
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Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida.
Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones en que –con tanto crío– me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulato. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad, me llegaron transformados: la chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aun así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser sus pseudohermanos– fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas, a decir verdad.
Ahora, ya en el lecho de muerte espero, cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.
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martes, 4 de mayo de 2010

El microimán de Monzó

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¿Cabe un microrrelato en el imán que se pega en la nevera? Puede que sí. La FNAC, con motivo del pasado Día del libro, le lanzó el reto al escritor catalán, quien ha entrado al trapo, dándonos la versión catalana y castellana. Parece ser que se han tirado 50.000 unidades y puede conseguirse comprando un par de libros. Veamos el resultado......

"De nuevo"....

En cuanto acaba el libro y lo cierra ya lo ha olvidado por completo. De modo que observa un instante la cubierta, con curiosidad, y acto seguido busca la primera página y empieza a leerlo.
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El texto se refiere a los últimos años de vida de su madre, quien padecía una enfermedad bastante parecida al Alzheimer. En algunas ocasiones la encontraba leyendo un libro del que no recordaba nada una vez que lo había terminado. Entonces, volvía a leerlo, una y otra vez, dejándose llevar por la misma historia. "Creo -comenta el autor- que es un drama que alguien lea un libro que le apasiona y que al dejarlo boca abajo y ponerse a hacer otra cosa, vuelva y no recuerde nada e inicie de nuevo su lectura". En cuanto a la manera de enfrentarse a este relato brevísimo, afirma que ya había tenido otras experiencias semejantes con este tipo de relatos mínimos, allá por los años ochenta. Asegura, además, que ha tenido las mismas dificultades con las que se encuentra cuando escribe uno de sus cuentos: "El cuento es un sprint, no es como una novela, donde puedes divagar y hacer correr diez páginas. Aquí debes ir pim, pam, pum, sin que nada sobre".
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Monzó, aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza, y con la sorna que lo caracteriza, les propusó a los responsables de FNAC que el próximo año podrían encargarle un cuento cuyas letras fueran en un saquito para que los lectores pudieran ordenarlas. Y el que consiguiera reconstruir el texto original, ganaría como premio unos cuantos libros. En fin, por qué no, todo es posible en este disparatado y divertido mundo del libro.
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P.S. Mario Garvín nos remite al blog El desván de las palabras, donde aparece reproducido el imán. Gracias.
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viernes, 9 de abril de 2010

Lauro Zavala en Barcelona

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Lauro Zavala es un auténtico correcaminos, siempre con su cargada mochila al hombro, de la que como un mago va sacando los infinitos libros que, entre nuevos y reeditados, ha ido publicando desde la última vez que me lo encontré. Con Lauro, cuyos hijos se llaman Jorge Luis y Aura, he coincidido en los sitios más inverosímiles. Nos conocimos en Sevilla, pero luego he estado con él, haciendo misión en favor del microrrelato y de la minificción, en Barcelona, Salamanca, Buenos Aires, Tucumán y Neuquén, ciudad situada en la acogedora Patagonia argentina. Lo extraño, ahora que lo pienso, es que no hayamos coincidido nunca en México, en el D.F. En fin. ¿Dónde serán nuestros próximos encuentros? Si todo sale como está previsto, deberían ser en Panamá y Bogotá, para hablar del microrrelato, y de la minificción, como él prefiere. Entre los estudiosos hispanoamericanos del cine y de las formas mínimas, Lauro es casi un mito, no en vano se ha fundado en Calarcá, Quindío (Colombia), el Centro de Investigación y Difusión del minicuento Lauro Zavala, aunque él mismo me confiesa que tiene la sospecha de que quizá no exista. Y, sin embargo, yo guardo en mi biblioteca una publicación editada por dicho centro en el 2008, con el título de El boom de la minificción y otros materiales didácticos. Lauro es, en suma, una especie de Umberto Eco mexicano. No publicará nunca un bestseller como El nombre de la rosa, pero confío en que algún día realice una película que reviente las taquillas de medio mundo. Ayer dio una conferencia en la Universidad Autónoma de Barcelona. A petición de los estudiantes habló sobre la minificción. El lunes próximo viaja a París, donde asistirá a un congreso acerca de semiótica del cine que -por desgracia- le ha coincidido con otro semejante en Venecia. ¿París o Venecia? Difícil elección. Su último libro, me lo acaba de regalar, se titula Cómo estudiar el cuento. Teoría, historia, análisis, enseñanza, y lo ha publicado en el 2009 la mexicana editorial Trillas. De todos sus útiles estudios, hay uno que le envidio especialmente, tanto que me hubiera gustado hacerlo yo, o al menos editarlo, es el titulado El dinosaurio anotado, en el que recoge textos que remedan la célebre pieza de Monterroso. Lauro, siempre cachazudo y bondadoso, es el supermán del cine y de las formas breves, de la minificción. Si yo fuera el poeta Enrique Badosa, lo saludaría diciendo: ¡Salve Lauro!
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* En la fotografía, de izqda. a dcha. y de pie, Fabián Vique, Miriam Di Gerónimo, Jaime Muñoz Vargas, Irene Andres-Suárez y FV. En cuclillas, Paqui Noguerol y Lauro Zavala. La foto, de Gemma Pellicer, está tomada en el Parque de Menhires de El Mollar, en la región de Tucumán, en agosto del 2007.
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martes, 6 de abril de 2010

La narrativa breve completa de Rodolfo Walsh

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"La noticia"
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Era una mujer rubia, de unos cuarenta años, probablemente alemana. Se llamaba Gertrudis. Lo que decía era esto:
–A mí me han comido siete veces los dragones, pero siempre me tuvieron que vomitar.
–¡Ah! –dijo el periodista cortésmente, cerrando su libreta de apuntes–. ¿Y por qué, señora?
El estudiante de medicina que acompañaba al periodista sonrió al oír la palabra señora.
–Porque soy una diosa –dijo la señora Gertrudis.
–Una diosa –dijo el periodista.
–Sí. Fíjese –confió la señora Gertrudis señalando con el brazo a su alrededor, en un movimiento muy delicado–. Por mí caen todas las hojas del otoño. Miren cómo caen.
El periodista miró. El patio del manicomio estaba lleno de árboles, y de los árboles caían millares de hojas secas. Detrás de los muros había otros árboles y de ellos también caían las hojas, en una silenciosa, interminable, inundación. El periodista vio que caían por todas partes al mismo tiempo, acaso en todo el mundo, y se preguntó cómo iba a hacer para dar esa noticia.
Dijo:
–Por favor, señora, baje el brazo.
La señora Gertrudis, con pena, bajó el brazo. El aire se volvió otra vez limpio y puro, y el periodista se alegró de no tener que pasar una noticia tan extraña.
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* Rodolfo J. Walsh (Choele-Choel, Río Negro, Argentina, 1927) fue escritor, traductor, dramaturgo y periodista. Nació en el seno de una familia de la clase media rural y de ascendencia irlandesa. Parte de su infancia transcurrirá en internados, hasta que, a comienzos de los cuarenta, se traslada a Buenos Aires. Entre 1945 y 1947 participa en la Alianza Libertadora Argentina, de carácter nacionalista y anti-imperialista. «A los dieciocho años no estaba en condiciones de interpretar lo que vivía. Para mí era un año de trompadas en la calle, de corridas». En 1950, su relato "Las tres noches de Isaías Bloom" recibe una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organizan la revista Vea y lea y la editorial Emecé. A partir de 1951 se dedica al periodismo pero continúa escribiendo relatos. De la investigación de Walsh sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez la noche del 9 de junio de 1956 resultará Operación masacre, verdadero hito del género testimonial. «Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, descubrí, además de mis perplejidades íntimas, que existía un amenazante mundo exterior». En 1958 es reclamado por Jorge Massetti para poner en marcha la agencia de noticias Prensa Latina en Cuba. De su experiencia cubana, el episodio más recordado es aquel en que Walsh, aficionado a la criptografía, logra descifrar un mensaje oculto en unos teletipos y descubre los planes de la invasión de Bahía de Cochinos. Pese a su cada vez mayor compromiso político, que lo llevaba a cuestionar constantemente el sentido de su escritura de ficción, Walsh se va confirmando como un maestro de la narrativa en castellano con sus libros de relatos Variaciones en rojo (Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires, 1953), Los oficios terrestres (1965), Un kilo de oro (1967) y Un oscuro día de justicia (1973). En el libro de 1965 se recoge un relato casi mítico, "Esa mujer", que fue elegido, en una encuesta entre cincuenta escritores, el mejor cuento argentino del siglo XX. También publicó en revistas relatos fantásticos y policiales, entre los que destacan los protagonizados por el comisario Laurenzi. Intelectual comprometido con sus ideas, en los años setenta inició su militancia en la organización Montoneros, con cuya dirección mantuvo discrepancias cuando la organización pasó a la clandestinidad. Un año después del golpe militar de Videla, el día 25 de marzo de 1977, cayó en una emboscada en la ciudad de Buenos Aires. Su cuerpo nunca apareció. Antes había echado al correo la memorable `Carta abierta de un escritor a la Junta Militar´. Al final de su vida, después de unos años sin publicarlos, había retomado la escritura de relatos. Cuando allanaron su casa entre sus papeles había bocetos de algunos de ellos y uno ya terminado, "Juan se iba por el río". Así lo recuerda su mujer, la periodista Lilia Ferreyra: «Es su último cuento, el que escribió desglosando el material de la novela que ya había decidido no escribir. Es la historia del argentino derrotado del siglo XIX; del último argentino antes de las grandes inmigraciones. Del hombre del pueblo que había sido llevado de guerra en guerra, de tropa en tropa; que sobrevive a su tiempo y ya viejo, recorre la memoria de su vida y de la época en que vivió». El cuento, abrigado en la memoria de quien fuera su compañera, comenzaba así: «Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa». Nunca apareció.
Este microrrelato está recogido en sus Cuentos completos que acaba de publicar la editorial Veintisiete letras, de Madrid. Apareció, por primera vez, en Gregorio, suplemento de humor de Leoplán, 707, 5 de febrero de 1964.
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sábado, 20 de marzo de 2010

MARTÍN GARDELLA

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BESTIARIO
(Una colección de seres extraordinarios pero encantadores)
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"El Vafoso"
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Oriundo del África occidental, el Vafoso era una especie carnívora de simio, con una boca desproporcionadamente grande, capaz de emanar un aliento deletéreo, que adormecía a sus víctimas para luego devorarlas con tranquilidad. Según cuentan las crónicas de la época, la vida de aquel ser monstruoso habría sido extremadamente breve. Su mortal arma de ataque se habría vuelto inútil desde la invención del chicle......
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"La Desafinada"
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Con cuerpo de sirena, pero cuerdas vocales de hombre, la Desafinada moraba las costas del Peloponeso en la Edad Antigua. Con su voz de tenor desafinado, buscaba atraer a los marinos hasta sus aposentos, para poseerlos por toda la eternidad. Sin embargo, su inocultable nuez de Adán, sus senos deformes y su cola de ballena, la hacían poco atractiva para los piratas, que preferían la abstinencia a semejante experiencia. Dicen, entonces, que la Desafinada alcanzó la vejez sin conocer hombre alguno, o que habría muerto muy joven, a causa de la tristeza.
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"El Hombre Toro"
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Descendiente lejano del famoso Minotauro, el misterioso Hombre toro vivió en Europa oriental durante el siglo XVIII. Fue perseguido durante un lustro por los pastores rurales, acusado de abusar de sus vacadas. Finalmente, fue atrapado y condenado a muerte, sin necesidad de enjuiciamiento. Una teoría, aún no demostrada científicamente, asegura que el origen del mal de la Vaca Loca habría sido el impacto sufrido por el ganado, al ver el cuerpo decapitado de la bestia, colgado en cruz junto a las brasas.
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"El Quelonius Lepus"
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De origen posterior al Diluvio (durante el cual se produjeron inexplicables cruces), el Quelonius Lepus fue el único ser vivo de la familia de los sauromamíferos, caracterizado por tener cuerpo de liebre y caparazón de tortuga. A pesar de la agilidad que le daban sus patas cortas y peludas, se caracterizaba por ser un animal de movimientos vagos y limitados. Cuando iniciaba una caminata hacia cualquier destino, su rostro mostraba el entusiasmo propio de un velocista, pero el cuerpo se movía al ritmo de un perezoso. Semejante contradicción lo convertía en un bruto carente de personalidad, y también de amigos.
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"El Rinoganso"
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Con cuerpo de rinoceronte y patas de ganso, el abominable Rinoganso tuvo una corta existencia en las llanuras que rodean el Río Congo. La pesadez de sus cuernos relajados sobre el morro no le impedía evacuar unos extraños graznidos que precedían la hora del baño. Tuvo una muerte estúpida, propia de un ganso. El sacudimiento ágil de sus extremidades cortas no fue suficiente para mantenerlo a flote sobre el río que traga a los demás ríos, y a todos aquellos que intentan cruzarlo.
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* Martín Gardella (La Plata, Argentina, 1973) vive en la ciudad de Buenos Aires desde 1984. Es abogado y profesor universitario. Sus textos, que recoge en el blog El Living sin tiempo, aparecerán en forma de libro durante el 2010. El "Pequeño bestiario sin ilustraciones" que aquí se publica es inédito. http://livingsintiempo.blogspot.com/martingardella@gmail.com
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martes, 9 de marzo de 2010

El cuento, revista de Edmundo Valadés, 1

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Javier Perucho, destacado sirenólogo y uno de los mejores conocedores de la historia del microrrelato mexicano, me ha hecho un regalo que aprecio mucho: un par de números de El cuento que llevaba el subtítulo de Revista de imaginación. Esta mítica publicación fue fundada por Horacio Quiñones y Edmundo Valadés y tuvo dos épocas. La primera, muy breve, se compone sólo de cinco números publicados en 1939. Pero la segunda época arranca en 1964, dirigida sólo por Valadés, con la ayuda financiera del editor Andrés Zaplana, y se extiende hasta 1999. A partir de 1989 se incorpora al consejo de redacción José de la Colina, quien dirigirá la revista, alternándose con Juan Antonio Ascencio, tras la muerte del fundador. En esta segunda salida apareció la sección "Caja de sorpresas", en la que se recogían lo que Valadés llamaba minificciones. Concepto que aparece, por primera vez, en el número 41, correspondiente a 1969. La sección se inuagura con "Suicidios", de Max Aub, que luego formaría parte de sus Crímenes ejemplares, arrancó la sección en 1964. Dice así:
Me mató, señores, porque dos y dos son cuatro.
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Y en el segundo número, de junio de 1964, se publicaron "El dinosaurio", de Augusto Monterroso, y "El sueño de Chuang-Tzu". Ambas piezas han sido un semillero de infinitos microrrelatos. También se convocó un concurso semestral del cuento brevísimo, en el que podían participar aquellos textos que tuvieran entre una línea y una cuartilla, por una sola cara a doble espacio. Pero Valadés dejó, además, unas consideraciones sobre el género: "El principio del minicuento, apunta, debe sustentarse, en una historia mínima, concentrada y compacta. Lo más importante, lo definitivo del género, es que la historia debe contener tal interés, tensión, desarrollo, manejo idiomático y desenlace, para que todo ello resulte inolvidable". Respecto al desenlace, señala que debe ser "inesperado, lleno de ingenio, cristalizado en contadas líneas, en una fórmula compacta de humorismo, ironía, sátira y sorpresa, todo simultáneo" ["Ronda por el cuento brevísimo", VV.AA, Paquete cuento. (La ficción en México), Universidad Autónoma de Tlaxcaka-INBA, México, 1990, pp. 191-198]..........

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* Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, México, 1915-1994) fue escritor, periodista y editor. Apoyó la difusión del cuento y del microrrelato, e impulsó la creación de talleres literarios. Su obra narrativa, cuentística, está reunida en dos volúmenes: La muerte tiene permiso (1955) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Pero quizás el más célebre de sus trabajos sea El libro de la imaginación (1970). También editó una antología con Los cuentos de El Cuento (1981). Pero lo que no tenemos aún, hasta donde yo sé, es una recopilación con los microrrelatos del propio Valadés. A ver quién se anima a llevarla a término.
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viernes, 19 de febrero de 2010

La carta de amor de ISABEL GONZÁLEZ

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"Cuna"
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Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. “Hoy no es mi cumpleaños”, me dijiste. “Da igual. Ábrelo”, insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. “¿Siete alcayatas?”. “Exacto. Siete alcayatas”, pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. “¡Vamos, hínchala!”, te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. “¡Abre el otro, venga!”, te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. “¡Mierda!”, dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. “¡Mierda!”, escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. “Si la alcayata se hubiera afianzado en tus premolares podríamos colgar un cuadro”, bromeé. “¡Has vuelto a beber!”, me soltaste. “¡Mira quién habla. El señor que acababa de echarse un trago de alcohol desinfectante!”, respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del ‘Roxi Palace’, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: “si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena”. Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y en cada sexo, los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: “esto sí que es un regalo. Aprende”. Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. “Para regalo, por favor”, le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Entonces me sorprendiste. “Toma”, me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar, daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. “Sólo te necesito a ti”, me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.
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* Con esta misiva, la escritora madrileña Isabel González ha ganado la VIII edicición del Concurso Antonio Villalba de cartas de amor, organizado por la Escuela de Escritores, en el que han participado 1.131 textos, procedentes de 33 países......

* Isabel González González (Ejea de los Caballeros, Zaragoza 1972) es Licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado en el Heraldo de Aragón, el Diario de Noticias (Pamplona) y en la actualidad en El Mundo como infografista. “Mi trabajo consiste en representar con imágenes lo que las palabras no explican. Sin embargo, cuando escribo, trato de representar con palabras lo que los ojos no alcanzan a ver”, comenta. Considera a Ana María Shua su maestra. Ahora está preparando su primer libro.
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* El retrato de la escritora es de Ulises Culebro.
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martes, 22 de diciembre de 2009

Fiesta del microrrelato

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Hoy, a las 8, en la librería madrileña Tres rosas amarillas (San Vicente Ferrer, 34), se celebra la macrofiesta del microrrelato. Espero que con ella se inicie una tradición que a partir de ahora se repita todos los años. Ojo, no es imprescindible asistir disfrazado de hormiga escritora, ni siquiera de dinosaurio...

“La hormiga escritora”
Si una hormiga resultara escritora, ¿qué podría escribir sino minificción?
(David Lagmanovich, La hormiga escritora, 2004)

viernes, 20 de noviembre de 2009

Homenaje a Daniel Moyano, y 3

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"El incendio imposible"
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El incendio que por razón aún desconocidas se declaró en el Cuerpo de Bomberos no pudo ser sofocado debido a que al personal, sin experiencia de un hecho semejante, le pareció que, aunque tenían el fuego ante los ojos, éste era imposible en razón de la naturaleza del cuerpo y de su función.
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Entonces, mientras la alarma sonaba enloquecida, se quedaron de brazos cruzados hasta ser consumidos por llamas gigantescas.
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La no existencia, por definición, de bomberos para bomberos favoreció notablemente el desarrollo del evento.
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"Una vidalita para Daniel", por Ángeles Prieto
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Diecisiete años sin Daniel son muchos, demasiados. Y veintitrés tendría que retroceder ahora para llegar al momento justo en que vino a Cádiz y le conocí, pero como en la vida pesa más la intensidad del momento que el propio paso del tiempo, no me cuesta nada evocarlo ahora en el patio del Palacio de Diputación, bajo un cielo estrellado y al olor de los naranjos, donde yo escuchaba a sesudos ponentes, de grandes nombres propios campanudos, que analizaban con brillantez y rigor diversos aspectos de la literatura hispanoamericana. Cuando a mis diecinueve años atendía con interés a aquellos cuatro primeros intervinientes, sin saber, ignorante de mí, hasta qué punto se lo estaban poniendo fácil con este desfile de relumbrón al último, un humilde escritor llamado Daniel Moyano. Porque fue llegar él, ponernos esa cara suya de circunstancias y soltarnos sin más su cuento El halcón verde y la flauta maravillosa, mucho más eficaz que ninguno de los despliegues intelectuales anteriores para explicarnos las heridas aún abiertas de su Argentina natal, de donde vino tras quince días de cárcel, un amago de fusilamiento y todo el miedo metido en el cuerpo.

Pero no fue hasta el año siguiente cuando empezó a impartirnos aquí dos talleres: uno para darnos a conocer la literatura hispanoamericana, financiado por la Universidad, y otro de creación literaria, costeado por la Diputación. Yo me apunté a los dos como becaria, gracias al dinero público, y en ambos tuve la fortuna de recibir clases extras cuando finalizaban, sin que cobrara su autor nada, bien en alguna tasca o paseando por el cercano Parque Genovés a la sombra de un ombú, árbol argentino y familiar, tan querido por Daniel. Ese hombre capaz de embarcar al mismo Julio Cortázar en el estanque del Retiro, cuan largo era, y apto también para imitar, a escondidas, la firma de su amigo García Márquez en cuantos ejemplares se negara a dedicar éste. Gran autor alérgico a parabienes, honores y medallas, cuyos mejores cuentos se los comió un burro riojano al dejar un día de calor la ventana abierta. Ese hombre que empleaba idéntica galantería con la señora diputada que con la menos ilustre limpiadora que debía recoger nuestra clase. Ese hombre que me enseñó, sobre todo, ética.

En sus talleres me fueron presentadas las musas doña Elocuencia y doña Perfecta, y ésta última, gracias a Daniel, me pareció más afín, por lo que decidí entonces escribir cuentos. Esos relatos breves que Daniel nos presentaba como un mecanismo pequeño y delicado, una cajita de música maravillosa donde todo debe quedar armonizado ya desde los tres primeros párrafos. Me educó en el amor a las palabras, en sus sonidos y significados, huyendo con horror de lugares comunes en los hermosos relatos, habituándome a aprender cada día una definición nueva y a utilizarlas con propiedad, llamando maestro sólo a quien puede contagiarte las ganas y a reconocer lo que denominamos “talento”, únicamente en portadores de múltiples lecturas, trabajo duro y algunas insondables y tempranas heridas. Y sobre todo, asimilé su generosidad y calor comprendiendo por qué y para qué escribir, pues no es posible que nos quieran si nosotros no queremos antes, que no merece la pena empuñar la pluma o mover los dedos si no nos guía antes el corazón. Todo eso.

Mil veces me he preguntado por qué Daniel no alcanzó, como también le ocurrió a mi cálido paisano Fernando Quiñones, amigo suyo, todo el reconocimiento editorial y académico que merecía. Y la respuesta es que escritores como aquellos tienen difícil acomodo en este frívolo mundo farandulero de presentaciones, intrigas y saraos que constituye el día a día de la promoción editorial española, un escenario frío, previamente diseñado, donde hasta los chistes suenan gastados y donde se puede advertir, con sólo escucharla, esa humillante jerarquía constatable entre consagrados y aspirantes cuando intercambian palabras de displicencia, coba y medro. Daniel y Fernando se sentían –y los sentíamos- bien lejos de esto.

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Por otra parte, sus hermosas y arriesgadas obras literario-musicales no corrieron mejor suerte, pues es difícil, por no decir imposible, convertirlas en objetos de consumo, mucho menos venderlas a granel como enlatados sonidos como sí se hace ahora con impactantes historias sórdidas, autocompasivos lamentos sentimentales o esos impúdicos desahogos emocionales que tratan de conmover al lector sin contar para nada con éste, en estos momentos tan a la moda. Pues mil y una veces le propusieron escribir su biografía y otras tantas rechazó la oferta, juraría que para no apenar a sus lectores amigos debiéndoles relatar las terribles e incurables heridas que llevaba en el alma. Porque lo de Daniel, toda su magia, consistía en escuchar, querer y hacer sonreír a quien se le ponía por delante. Ya que no podía asimilar su vida, sólo calmar a otros le importaba.

Os debo contar también que de esas historias tremendas sólo me enteré quince años después, gracias a las atentas y hermosas cartas que recibí de Ricardo, su hijo, el hombre que más le quiso, a quien más quiso y quien mejor lo conoció, a quien aprovecho para saludar ahora dondequiera que esté. También de la entrañable Irma, su esposa, aquella que supo darle el cariño, la familia y el apoyo que necesitaba y sin la cual de ningún escritor podríamos estar hablando ahora. Veinte años después para enterarme de aquello que Daniel nunca quiso entonces que supiera, pese a que en nuestros paseos abordarámos todo lo literario y todo lo humano. De lo que verdaderamente nunca dejó de atormentarle, más allá incluso del sufrimiento que le produjo el exilio, vivir sin raíces en tierra de nadie.

Pues lo que a Daniel le dolía y nunca pudo entender ni superar fue su propia existencia en la que, salvo Irma y sus hijos, un cúmulo de dolorosas desgracias se fueron sucediendo con crueldad: el temprano asesinato de su madre a manos de su propio padre, su infancia dura y perdida alejado de Blanca, su única hermana a la que adoraba y también la temprana muerte de su hija Beatriz, quien debió tener ahora la misma edad que la mía. Sólo con amor, honestidad y valentía pudo afrontar Daniel todo esto, con ese profundo calor humano que volví a sentir al conocer su historia, después de esos veinte años, que no son nada, y que me hicieron volver a escribir cuentos, tras tanto tiempo de silencio, aunque no de olvido. Pues bien sé que me es imposible alcanzar su talla literaria y humana, pero guardo su calor, porto de alguna manera su testigo y siento el irremediable deber de continuar y transmitirlo. También de que entonemos, todos sus incontables lectores, discípulos y amigos, a uno y otro lado del Atlántico, una vidalita por él ahora: Norberto Luis Romero, Herbert Francis, Andrew Graham-Yooll, Marcelo Casarín, Virginia Gil Amate, Nelson Marra, Dolly Onetti, Carmela Greciet, María Neder, Gustavo Wagener, Eugenia Rico, Jesús Ortega, Juan José Hernández, Juan Gelman, Daniel Prieto, Félix Grande, Carlos Mamonde, Teuco Castillo, Mercedes y Reina Joffé, Andrés Sorel, Rodrigo Brunori y tantos, tantos otros que olvido pero que aún seguimos recordándolo. Porque en verdad creo que, con Daniel Moyano entre nosotros, encontramos raudo el camino de la honestidad y del cariño, la senda de la verdadera literatura y que transitándola con alegría, conseguimos salvarnos.
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* Angeles Prieto Barba (Cádiz, 1966) es licenciada en Historia, educadora vial de la DGT, donde ha publicado diversos libros, y escritora de cuentos, habiendo sido finalista en el II Premio Ciudad de Huesca (2008). Sus piezas han aparecido en la revista Clarín, en El Independiente de La Rioja (Argentina) y en diversos blogs españoles y extranjeros. En la actualidad, realiza crítica literaria y escribe artículos con una columna semanal propia en el periódico El Heraldo del Henares.

* En las fotos aparece con Juan Gelman, en 1992, y con José Bianco.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Homenaje a Daniel Moyano, 2

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"Visión del mundo"
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Las gallinas, encerradas para siempre en su inmutable naturaleza, no pueden ni siquiera atisbar el sentido de lo que hay más allá de su casi nulo entendimiento.
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Tras unos inútiles esfuerzos de sus ancestros para intentar un cambio de situación -que sólo sirvió para verificar la imposibilidad de conseguirlo-, y no pudiendo ir más allá de sí mismas, se refugiaron obstinadamente en su gallinidad, la idealizaron poniéndola en el centro de su mundo, la convirtieron en su verdad más profunda y aceptaron el sacrificio permanente de sus vidas a cambio de la continuidad de esta creencia.
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Su incapacidad de entendimiento las puso en esta penosa situación, pero a la vez las liberó, aciagamente, de advertir que aquella creencia tenida por razón vital no es más, en la tremenda realidad que ignoran, que una simple mecánica alimentaria impuesta por un verdugo desconocido, a quien ellas consideran su protector y al que apenas pueden ver a causa de la poco favorable posición de sus ojos.
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"Daniel Moyano, un escuchador empedernido", por Carmela Greciet
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Si en vez de aquel flequillo infantil Daniel hubiera tenido luenga barba; si en vez de aquella torcedura mínima con que caminaba –parentesco remoto, quizá, con la madrileña cuesta de Moyano-, Daniel se hubiera movido con aire distante y altivo; si en vez de ponérsenos los pantalones de calle sobre los del chandall (dejando asomar sus gomas por bajo los sobrepuestos), hubiera Daniel usado túnica anaranjada; y si en lugar del paraguas de sus desvelos (“Nunca existió en mi vida, y desde que llegué a Uviéu somos inseparables”, comentaba divertido), si en lugar de ese paraguas, digo, hubiese Daniel utilizado bastón de mando, ¿podría haber sido Daniel Moyano un santón? ¿Se habrían arremolinado en torno a La Granja –donde celebraba su taller- madres desesperadas con niños inapetentes, embarazos difíciles, drogodependencias obstinadas, tíaslilas con astenia otoñal, males de amor? ¿Quizá, llegado el caso, sus seguidores, bajo el nombre de los “moyanistas”, se habrían atrincherado en La Granja como único refugio del Arte, expresión de los sueños y deseos de la Humanidad que Daniel esgrimía como contrapartida a la brutal realidad del mundo?
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Obviamente, bromeo. Daniel no era un santón. Quien lo conoció lo sabe.
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Pero cierto es que aquel hombre de flequillo despeinado y caminar como si de continuo pasease, tranquilo y demorándose, por la cuesta de Moyano; aquel hombre de los pantalones sobrepuestos que andaba por Uviéu pegado a su paraguas (“No puedo evitar la sensación de que en realidad es él quien sale a dar un paseo –nos contaba riéndose de sí-, y simplemente le sigo, soy su apoyo y sostén”), aquel hombre, digo, que lograba con sus cuentos –ya tantas veces lo hemos recordado- hipnotizar a todo el que estaba próximo; aquel hombre, insisto, tenía un don especial: Daniel curaba.
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¿Qué curaba? Se preguntarán quienes no lo conocieron.
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Daniel curaba la tristeza, y la tristeza es mal común que afecta no ya sólo a madres desesperadas con niños inapetentes, a tíaslilas asténicas o a adolescentes afectados por males de amor, sino a todo hijo de vecino metido en este ruido mundanal.
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Así que, acercarse a La Granja, era asistir a una fiesta (donde, además, no estaba reservado el derecho de admisión), la fiesta de las palabras, “esas amantes que uno tiene para siempre”, como él las definía en una carta.
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Yo les confieso que me acerqué al taller movida por una curiosidad un tanto escéptica, pues creía, y sigo creyendo, que no existe una fórmula mágica para la escritura; y que esa curiosidad se convirtió en deslumbramiento, no ya sólo por la mencionada capacidad como narrador oral de aquel sudaca –como él se denominaba-, sino porque Daniel era un escuchador empedernido –nobilísima virtud que ya Quevedo ensalzaba en su “Genealogía de los Modorros”, y que es cada vez más escasa.
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Los silencios, por otro lado, y como le ocurría a su personaje Triclinio con el agua de la acequia, le llenaban a Daniel la cabeza de sonidos que después él interpretaba, y aún reinterpretaba, con distintas melodías: Era frecuente oírle contar sus propias versiones de cuentos que antes había ESCUCHADO (y digo escuchado con mayúsculas) en el taller, historias que trataba con el mismo cariño que si fueran suyas.
De Daniel, ¿qué nos queda?
En su cuento “Desde los parques”, el protagonista rememora un traumático episodio de su infancia.

Su tío Juan iba a matar a una perra preñada, porque después nadie quería a los cachorros, sobre todo si eran hembras, y porque, además, aquella perra no tenía, según el tío, “nada de particular”. El niño pensaba que principalmente estaba viva, y de forma desesperada, se hunde en el fondo de su mente, buscando una excusa para salvarla, pero no encuentra qué decir, no encuentra la palabra salvadora. El animal, que parece intuir el sacrificio que le espera, se tumba temblorosa en medio del camino, mostrando sus mamas hinchadas por la gestación, queriendo jugar, demorarse como sea.
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Cuando llegan los tres al descampado, aún la perra lamerá el cañón de la escopeta, antes de que ésta le apunte y suene el estampido. Al cabo, su cuerpo queda tendido como una mancha húmeda sobre la hierba salpicada por esqueletos de caracoles blancos.
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El niño no había sido capaz de evitarle la muerte, de encontrar la palabra que pudiera salvarla.
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Podemos imaginar que ese niño –al que no es difícil ponerle el nombre de Daniel (Danielín, si lo prefieren, diminutivo asturiano con que el escritor se hacía nombrar por su novia eólica en el relato “Tengo una moza en Oviedo”)-, ese niño, digo, habrá pasado el resto de su vida buscando aquella palabra que no pudo encontrar..

Ahora, cuando ya Daniel –que nunca dejó del todo de ser niño- descansa entre caracoles blancos, nosotros, contagiados por su empeño, seguimos aquí, afanados en la búsqueda de esa palabra –La Literatura-, que quizá, ya nos esté salvando, que quizá nos haya de salvar.
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* El microrrelato es de Daniel Moyano, quien en la segunda foto aparece con Adolfo Bioy Casares y en la tercera con el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.
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* Carmela Greciet (Oviedo, 1963) es licenciada en Literatura por la Universidad de Oviedo. Ha ejercido la docencia durante varios años y ha colaborado con artículos de crítica literaria en algunas publicaciones y revistas, como el suplemento La Esfera del diario El Mundo, Quimera o Clarín. En 1989 obtuvo el premio Asturias joven de cuento, y en 1995 publicó su primer libro de relatos, Descuentos y otros cuentos (Trabe), con el que quedó finalista del Premio Tigre Juan. Ha sido incluida, asimismo, en varias antologías de cuentos y microrrelatos, entre las que se cuentan Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma, 2002), de Andrés Neuman, y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005), al cuidado de Neus Rotger y Fernando Valls.
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