sábado, 20 de agosto de 2011
Microrrelatos en Santiago del Estero
domingo, 24 de julio de 2011
¿Cuentos, microrrelatos? Móviles
En Los objetos nos llaman (Seix Barral, 2008), de Juan José Millás, hay un cuento brevísimo, titulado "La verdadera muerte de mamá", que si le quitáramos un par de innecesarias digresiones y lo podáramos un poco de aquí y allá, sin perder por ello su esencia, podría pasar perfectamente por un excelente microrrelato. Este podría ser un sencillo ejercicio para distinguir un cuento de un microrrelato, tras constatar que, pese a su cercanía y la confluencia de una serie de elementos en común, no responden ni a los mismos mecanismos narrativos, ni mucho menos a una actitud semejante del autor ante el texto literario. Como escribía recientemente Javier Cercas ("La tercera vedad", El País, 25 de junio del 2011), los géneros literarios se distinguen por sus rasgos formales, pero tal vez también por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan. Estos rasgos son algo que hasta los narratólogos españoles que con tan escasa pericia se han ocupado del microrrelato podrían apreciar, si por un momento dejaran de atiborrarse de teoría, a menudo mal digerida, leyeran más textos de ficción, y tuvieran un gusto y criterio mejor formado. Pero, claro, sería demasiado pedir, a quienes tanto les gusta hacer ostentanción de su embotamiento.

En la serie Mad men, el protagonista Don Driper, esconde todos los secretos de su enigmático pasado en una caja de zapatos. En esas fotos, documentos y chapas militares se halla contenida su historia personal, hasta que conoce a Betty, su actual mujer. La desgracia para el protagonista es que su esposa se topa con este agujero negro cuando él está vivo y ella puede pedirle cuentas. Hasta no hace mucho, nuestra vida, los recuerdos, cabían en el cajón de un mueble, cerrado con llave, o en una caja de dulce de membrillo que un día aparecía en el fondo de un armario ropero de tres cuerpos. Hoy, como cuenta Millás, quien quiera irse tranquilo al más allá, si es que mantiene algún secreto inconfesable, deberá dejar limpio de texto y fotos el móvil y el ordenador. En fin, no digáis luego que no os lo advertí.
sábado, 4 de junio de 2011
Las muertes de Max Aub
jueves, 12 de mayo de 2011
MARIO PÉREZ ANTOLÍN
miércoles, 13 de abril de 2011
Cuestión de letras o alfabeto para Carmen Peire

Carmen Peire, presenta...
martes, 18 de enero de 2011
ANTONIO DAFOS
.......
Un mundo de camaleones: la gente pasaría de un color a otro según estuviese aburrida o enamorada o indignada o se sintiese escéptica. Como estos sentimientos se pueden mezclar, también los colores lo harían, en forma de listas, como las de los tigres.
Fingir sería imposible, de modo que en el teatro se habrían hecho imprescindibles las máscaras. Y serían extraordinariamente poéticas las situaciones donde, actores cubiertos de la cabeza a los pies, figurasen un mundo misterioso y sereno en el que para cada uno fuese un enigma el interior de los demás.
......
"Asinisa"
En Onirorino [pron. onirorrino], república descuidada por las diplomacias, cada vez que muere alguien se arrojan, desde un puente muy elevado por el que se accede a la capital, burros que cargan con los recuerdos del difunto. Al morir yo fueron tres asnos los sacrificados (que no sé si es mucho o poco). Entre ellos había una preciosa burra zamorana llamada Asinisa. Recuerdo perfectamente el estruendo de la caída..
viernes, 26 de noviembre de 2010
DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, y 3
"Sabiduría popular 1"
.......
- “A otro perro con ese hueso” -le dijo molesto el padre-. “Gota a gota, la mar se agota” -advirtió. - “Perdonar es nobleza, odiar es vileza” -replicó el hijo, burlesco-. “Zorro que se duerme no caza gallinas”.
- Te lo advierto: “El que ama el peligro perece en él”. Ya sabes, “Quien roba una vez, roba diez”. "Y tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe”.
- “Consejo no pedido, consejo mal oído” –terció con amargura el reprendido-. Mas tenme fe. “Hierba mala nunca muere”.
- “No hay peor sordo que el que no quiere oír” –concluyó el progenitor- Bien que dicen: “Hijo mimado, hijo mal criado”.
.......

miércoles, 13 de octubre de 2010
Irene Andres-Suárez y el microrrelato español
martes, 6 de julio de 2010
Con Jaramillo Levi en Panamá
Fredy Villarreal Vergara, crítico literario y miembro del comité organizador, ha anunciado que durante el encuentro se valorarán “los aportes de su amplia bibliografía a la literatura hispanoamericana durante los últimos 40 años, y el hecho de que este año se cumplen 50 años consecutivos de escritura de este autor quien empezó a escribir a los 15 años”.
......
Además, al final del congreso se presentarán dos nuevos libros de Enrique Jaramillo Levi: Escrito está (compuesto de cuentos y microrrelatos) y Todo el tiempo del mundo (poemas), publicados recientemente en Guatemala por Letra Negra Editores. Asimismo, será presentado el libro Un lector y un escritor tras el enigma: la narrativa de Enrique Jaramillo Levi, del crítico chileno Fernando Burgos (Universidad de Memphis).
....
lunes, 14 de junio de 2010
Los microrrelatos de Ginés Cutillas
Esta tarde, a las 7, en la librería La Central, de la calle Mallorca, de Barcelona, presento junto al escritor Fernando Clemot, Un koala en el armario, libro de microrrelatos de Ginés S. Cutillas. Como muestra, damos a continuación una de las piezas más afortunadas del libro.
"El equilibrio del mundo"
....
Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida.
Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones en que –con tanto crío– me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulato. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad, me llegaron transformados: la chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aun así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser sus pseudohermanos– fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas, a decir verdad.
Ahora, ya en el lecho de muerte espero, cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.
.......
martes, 4 de mayo de 2010
El microimán de Monzó
El texto se refiere a los últimos años de vida de su madre, quien padecía una enfermedad bastante parecida al Alzheimer. En algunas ocasiones la encontraba leyendo un libro del que no recordaba nada una vez que lo había terminado. Entonces, volvía a leerlo, una y otra vez, dejándose llevar por la misma historia. "Creo -comenta el autor- que es un drama que alguien lea un libro que le apasiona y que al dejarlo boca abajo y ponerse a hacer otra cosa, vuelva y no recuerde nada e inicie de nuevo su lectura". En cuanto a la manera de enfrentarse a este relato brevísimo, afirma que ya había tenido otras experiencias semejantes con este tipo de relatos mínimos, allá por los años ochenta. Asegura, además, que ha tenido las mismas dificultades con las que se encuentra cuando escribe uno de sus cuentos: "El cuento es un sprint, no es como una novela, donde puedes divagar y hacer correr diez páginas. Aquí debes ir pim, pam, pum, sin que nada sobre".
......

...
Monzó, aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza, y con la sorna que lo caracteriza, les propusó a los responsables de FNAC que el próximo año podrían encargarle un cuento cuyas letras fueran en un saquito para que los lectores pudieran ordenarlas. Y el que consiguiera reconstruir el texto original, ganaría como premio unos cuantos libros. En fin, por qué no, todo es posible en este disparatado y divertido mundo del libro.
.....
P.S. Mario Garvín nos remite al blog El desván de las palabras, donde aparece reproducido el imán. Gracias.
.............
viernes, 9 de abril de 2010
Lauro Zavala en Barcelona
Lauro Zavala es un auténtico correcaminos, siempre con su cargada mochila al hombro, de la que como un mago va sacando los infinitos libros que, entre nuevos y reeditados, ha ido publicando desde la última vez que me lo encontré. Con Lauro, cuyos hijos se llaman Jorge Luis y Aura, he coincidido en los sitios más inverosímiles. Nos conocimos en Sevilla, pero luego he estado con él, haciendo misión en favor del microrrelato y de la minificción, en Barcelona, Salamanca, Buenos Aires, Tucumán y Neuquén, ciudad situada en la acogedora Patagonia argentina. Lo extraño, ahora que lo pienso, es que no hayamos coincidido nunca en México, en el D.F. En fin. ¿Dónde serán nuestros próximos encuentros? Si todo sale como está previsto, deberían ser en Panamá y Bogotá, para hablar del microrrelato, y de la minificción, como él prefiere. Entre los estudiosos hispanoamericanos del cine y de las formas mínimas, Lauro es casi un mito, no en vano se ha fundado en Calarcá, Quindío (Colombia), el Centro de Investigación y Difusión del minicuento Lauro Zavala, aunque él mismo me confiesa que tiene la sospecha de que quizá no exista. Y, sin embargo, yo guardo en mi biblioteca una publicación editada por dicho centro en el 2008, con el título de El boom de la minificción y otros materiales didácticos. Lauro es, en suma, una especie de Umberto Eco mexicano. No publicará nunca un bestseller como El nombre de la rosa, pero confío en que algún día realice una película que reviente las taquillas de medio mundo. Ayer dio una conferencia en la Universidad Autónoma de Barcelona. A petición de los estudiantes habló sobre la minificción. El lunes próximo viaja a París, donde asistirá a un congreso acerca de semiótica del cine que -por desgracia- le ha coincidido con otro semejante en Venecia. ¿París o Venecia? Difícil elección. Su último libro, me lo acaba de regalar, se titula Cómo estudiar el cuento. Teoría, historia, análisis, enseñanza, y lo ha publicado en el 2009 la mexicana editorial Trillas. De todos sus útiles estudios, hay uno que le envidio especialmente, tanto que me hubiera gustado hacerlo yo, o al menos editarlo, es el titulado El dinosaurio anotado, en el que recoge textos que remedan la célebre pieza de Monterroso. Lauro, siempre cachazudo y bondadoso, es el supermán del cine y de las formas breves, de la minificción. Si yo fuera el poeta Enrique Badosa, lo saludaría diciendo: ¡Salve Lauro!
* En la fotografía, de izqda. a dcha. y de pie, Fabián Vique, Miriam Di Gerónimo, Jaime Muñoz Vargas, Irene Andres-Suárez y FV. En cuclillas, Paqui Noguerol y Lauro Zavala. La foto, de Gemma Pellicer, está tomada en el Parque de Menhires de El Mollar, en la región de Tucumán, en agosto del 2007.
martes, 6 de abril de 2010
La narrativa breve completa de Rodolfo Walsh
.....
Era una mujer rubia, de unos cuarenta años, probablemente alemana. Se llamaba Gertrudis. Lo que decía era esto:
–A mí me han comido siete veces los dragones, pero siempre me tuvieron que vomitar.
–¡Ah! –dijo el periodista cortésmente, cerrando su libreta de apuntes–. ¿Y por qué, señora?
El estudiante de medicina que acompañaba al periodista sonrió al oír la palabra señora.
–Porque soy una diosa –dijo la señora Gertrudis.
–Una diosa –dijo el periodista.
–Sí. Fíjese –confió la señora Gertrudis señalando con el brazo a su alrededor, en un movimiento muy delicado–. Por mí caen todas las hojas del otoño. Miren cómo caen.
El periodista miró. El patio del manicomio estaba lleno de árboles, y de los árboles caían millares de hojas secas. Detrás de los muros había otros árboles y de ellos también caían las hojas, en una silenciosa, interminable, inundación. El periodista vio que caían por todas partes al mismo tiempo, acaso en todo el mundo, y se preguntó cómo iba a hacer para dar esa noticia.
Dijo:
–Por favor, señora, baje el brazo.
La señora Gertrudis, con pena, bajó el brazo. El aire se volvió otra vez limpio y puro, y el periodista se alegró de no tener que pasar una noticia tan extraña.
......
.......
* Rodolfo J. Walsh (Choele-Choel, Río Negro, Argentina, 1927) fue escritor, traductor, dramaturgo y periodista. Nació en el seno de una familia de la clase media rural y de ascendencia irlandesa. Parte de su infancia transcurrirá en internados, hasta que, a comienzos de los cuarenta, se traslada a Buenos Aires. Entre 1945 y 1947 participa en la Alianza Libertadora Argentina, de carácter nacionalista y anti-imperialista. «A los dieciocho años no estaba en condiciones de interpretar lo que vivía. Para mí era un año de trompadas en la calle, de corridas». En 1950, su relato "Las tres noches de Isaías Bloom" recibe una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organizan la revista Vea y lea y la editorial Emecé. A partir de 1951 se dedica al periodismo pero continúa escribiendo relatos. De la investigación de Walsh sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez la noche del 9 de junio de 1956 resultará Operación masacre, verdadero hito del género testimonial. «Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, descubrí, además de mis perplejidades íntimas, que existía un amenazante mundo exterior». En 1958 es reclamado por Jorge Massetti para poner en marcha la agencia de noticias Prensa Latina en Cuba. De su experiencia cubana, el episodio más recordado es aquel en que Walsh, aficionado a la criptografía, logra descifrar un mensaje oculto en unos teletipos y descubre los planes de la invasión de Bahía de Cochinos. Pese a su cada vez mayor compromiso político, que lo llevaba a cuestionar constantemente el sentido de su escritura de ficción, Walsh se va confirmando como un maestro de la narrativa en castellano con sus libros de relatos Variaciones en rojo (Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires, 1953), Los oficios terrestres (1965), Un kilo de oro (1967) y Un oscuro día de justicia (1973). En el libro de 1965 se recoge un relato casi mítico, "Esa mujer", que fue elegido, en una encuesta entre cincuenta escritores, el mejor cuento argentino del siglo XX. También publicó en revistas relatos fantásticos y policiales, entre los que destacan los protagonizados por el comisario Laurenzi. Intelectual comprometido con sus ideas, en los años setenta inició su militancia en la organización Montoneros, con cuya dirección mantuvo discrepancias cuando la organización pasó a la clandestinidad. Un año después del golpe militar de Videla, el día 25 de marzo de 1977, cayó en una emboscada en la ciudad de Buenos Aires. Su cuerpo nunca apareció. Antes había echado al correo la memorable `Carta abierta de un escritor a la Junta Militar´. Al final de su vida, después de unos años sin publicarlos, había retomado la escritura de relatos. Cuando allanaron su casa entre sus papeles había bocetos de algunos de ellos y uno ya terminado, "Juan se iba por el río". Así lo recuerda su mujer, la periodista Lilia Ferreyra: «Es su último cuento, el que escribió desglosando el material de la novela que ya había decidido no escribir. Es la historia del argentino derrotado del siglo XIX; del último argentino antes de las grandes inmigraciones. Del hombre del pueblo que había sido llevado de guerra en guerra, de tropa en tropa; que sobrevive a su tiempo y ya viejo, recorre la memoria de su vida y de la época en que vivió». El cuento, abrigado en la memoria de quien fuera su compañera, comenzaba así: «Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa». Nunca apareció.
Este microrrelato está recogido en sus Cuentos completos que acaba de publicar la editorial Veintisiete letras, de Madrid. Apareció, por primera vez, en Gregorio, suplemento de humor de Leoplán, 707, 5 de febrero de 1964.
.....
sábado, 20 de marzo de 2010
MARTÍN GARDELLA
(Una colección de seres extraordinarios pero encantadores)
.....
"El Vafoso"
......
* Martín Gardella (La Plata, Argentina, 1973) vive en la ciudad de Buenos Aires desde 1984. Es abogado y profesor universitario. Sus textos, que recoge en el blog El Living sin tiempo, aparecerán en forma de libro durante el 2010. El "Pequeño bestiario sin ilustraciones" que aquí se publica es inédito. http://livingsintiempo.blogspot.com/martingardella@gmail.com
......
martes, 9 de marzo de 2010
El cuento, revista de Edmundo Valadés, 1
Javier Perucho, destacado sirenólogo y uno de los mejores conocedores de la historia del microrrelato mexicano, me ha hecho un regalo que aprecio mucho: un par de números de El cuento que llevaba el subtítulo de Revista de imaginación. Esta mítica publicación fue fundada por Horacio Quiñones y Edmundo Valadés y tuvo dos épocas. La primera, muy breve, se compone sólo de cinco números publicados en 1939. Pero la segunda época arranca en 1964, dirigida sólo por Valadés, con la ayuda financiera del editor Andrés Zaplana, y se extiende hasta 1999. A partir de 1989 se incorpora al consejo de redacción José de la Colina, quien dirigirá la revista, alternándose con Juan Antonio Ascencio, tras la muerte del fundador. En esta segunda salida apareció la sección "Caja de sorpresas", en la que se recogían lo que Valadés llamaba minificciones. Concepto que aparece, por primera vez, en el número 41, correspondiente a 1969. La sección se inuagura con "Suicidios", de Max Aub, que luego formaría parte de sus Crímenes ejemplares, arrancó la sección en 1964. Dice así:
...
...
Y en el segundo número, de junio de 1964, se publicaron "El dinosaurio", de Augusto Monterroso, y "El sueño de Chuang-Tzu". Ambas piezas han sido un semillero de infinitos microrrelatos. También se convocó un concurso semestral del cuento brevísimo, en el que podían participar aquellos textos que tuvieran entre una línea y una cuartilla, por una sola cara a doble espacio. Pero Valadés dejó, además, unas consideraciones sobre el género: "El principio del minicuento, apunta, debe sustentarse, en una historia mínima, concentrada y compacta. Lo más importante, lo definitivo del género, es que la historia debe contener tal interés, tensión, desarrollo, manejo idiomático y desenlace, para que todo ello resulte inolvidable". Respecto al desenlace, señala que debe ser "inesperado, lleno de ingenio, cristalizado en contadas líneas, en una fórmula compacta de humorismo, ironía, sátira y sorpresa, todo simultáneo" ["Ronda por el cuento brevísimo", VV.AA, Paquete cuento. (La ficción en México), Universidad Autónoma de Tlaxcaka-INBA, México, 1990, pp. 191-198]..........
...
* Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, México, 1915-1994) fue escritor, periodista y editor. Apoyó la difusión del cuento y del microrrelato, e impulsó la creación de talleres literarios. Su obra narrativa, cuentística, está reunida en dos volúmenes: La muerte tiene permiso (1955) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Pero quizás el más célebre de sus trabajos sea El libro de la imaginación (1970). También editó una antología con Los cuentos de El Cuento (1981). Pero lo que no tenemos aún, hasta donde yo sé, es una recopilación con los microrrelatos del propio Valadés. A ver quién se anima a llevarla a término.
......
viernes, 19 de febrero de 2010
La carta de amor de ISABEL GONZÁLEZ
"Cuna"
.....
Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. “Hoy no es mi cumpleaños”, me dijiste. “Da igual. Ábrelo”, insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. “¿Siete alcayatas?”. “Exacto. Siete alcayatas”, pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. “¡Vamos, hínchala!”, te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. “¡Abre el otro, venga!”, te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. “¡Mierda!”, dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. “¡Mierda!”, escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. “Si la alcayata se hubiera afianzado en tus premolares podríamos colgar un cuadro”, bromeé. “¡Has vuelto a beber!”, me soltaste. “¡Mira quién habla. El señor que acababa de echarse un trago de alcohol desinfectante!”, respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del ‘Roxi Palace’, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: “si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena”. Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y en cada sexo, los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: “esto sí que es un regalo. Aprende”. Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. “Para regalo, por favor”, le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Entonces me sorprendiste. “Toma”, me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar, daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. “Sólo te necesito a ti”, me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.
........
.............
* El retrato de la escritora es de Ulises Culebro.
martes, 22 de diciembre de 2009
Fiesta del microrrelato

Hoy, a las 8, en la librería madrileña Tres rosas amarillas (San Vicente Ferrer, 34), se celebra la macrofiesta del microrrelato. Espero que con ella se inicie una tradición que a partir de ahora se repita todos los años. Ojo, no es imprescindible asistir disfrazado de hormiga escritora, ni siquiera de dinosaurio...
“La hormiga escritora”
Si una hormiga resultara escritora, ¿qué podría escribir sino minificción?
(David Lagmanovich, La hormiga escritora, 2004)
viernes, 20 de noviembre de 2009
Homenaje a Daniel Moyano, y 3

"Una vidalita para Daniel", por Ángeles Prieto
.....
Diecisiete años sin Daniel son muchos, demasiados. Y veintitrés tendría que retroceder ahora para llegar al momento justo en que vino a Cádiz y le conocí, pero como en la vida pesa más la intensidad del momento que el propio paso del tiempo, no me cuesta nada evocarlo ahora en el patio del Palacio de Diputación, bajo un cielo estrellado y al olor de los naranjos, donde yo escuchaba a sesudos ponentes, de grandes nombres propios campanudos, que analizaban con brillantez y rigor diversos aspectos de la literatura hispanoamericana. Cuando a mis diecinueve años atendía con interés a aquellos cuatro primeros intervinientes, sin saber, ignorante de mí, hasta qué punto se lo estaban poniendo fácil con este desfile de relumbrón al último, un humilde escritor llamado Daniel Moyano. Porque fue llegar él, ponernos esa cara suya de circunstancias y soltarnos sin más su cuento El halcón verde y la flauta maravillosa, mucho más eficaz que ninguno de los despliegues intelectuales anteriores para explicarnos las heridas aún abiertas de su Argentina natal, de donde vino tras quince días de cárcel, un amago de fusilamiento y todo el miedo metido en el cuerpo.
Pero no fue hasta el año siguiente cuando empezó a impartirnos aquí dos talleres: uno para darnos a conocer la literatura hispanoamericana, financiado por la Universidad, y otro de creación literaria, costeado por la Diputación. Yo me apunté a los dos como becaria, gracias al dinero público, y en ambos tuve la fortuna de recibir clases extras cuando finalizaban, sin que cobrara su autor nada, bien en alguna tasca o paseando por el cercano Parque Genovés a la sombra de un ombú, árbol argentino y familiar, tan querido por Daniel. Ese hombre capaz de embarcar al mismo Julio Cortázar en el estanque del Retiro, cuan largo era, y apto también para imitar, a escondidas, la firma de su amigo García Márquez en cuantos ejemplares se negara a dedicar éste. Gran autor alérgico a parabienes, honores y medallas, cuyos mejores cuentos se los comió un burro riojano al dejar un día de calor la ventana abierta. Ese hombre que empleaba idéntica galantería con la señora diputada que con la menos ilustre limpiadora que debía recoger nuestra clase. Ese hombre que me enseñó, sobre todo, ética.
En sus talleres me fueron presentadas las musas doña Elocuencia y doña Perfecta, y ésta última, gracias a Daniel, me pareció más afín, por lo que decidí entonces escribir cuentos. Esos relatos breves que Daniel nos presentaba como un mecanismo pequeño y delicado, una cajita de música maravillosa donde todo debe quedar armonizado ya desde los tres primeros párrafos. Me educó en el amor a las palabras, en sus sonidos y significados, huyendo con horror de lugares comunes en los hermosos relatos, habituándome a aprender cada día una definición nueva y a utilizarlas con propiedad, llamando maestro sólo a quien puede contagiarte las ganas y a reconocer lo que denominamos “talento”, únicamente en portadores de múltiples lecturas, trabajo duro y algunas insondables y tempranas heridas. Y sobre todo, asimilé su generosidad y calor comprendiendo por qué y para qué escribir, pues no es posible que nos quieran si nosotros no queremos antes, que no merece la pena empuñar la pluma o mover los dedos si no nos guía antes el corazón. Todo eso.
Mil veces me he preguntado por qué Daniel no alcanzó, como también le ocurrió a mi cálido paisano Fernando Quiñones, amigo suyo, todo el reconocimiento editorial y académico que merecía. Y la respuesta es que escritores como aquellos tienen difícil acomodo en este frívolo mundo farandulero de presentaciones, intrigas y saraos que constituye el día a día de la promoción editorial española, un escenario frío, previamente diseñado, donde hasta los chistes suenan gastados y donde se puede advertir, con sólo escucharla, esa humillante jerarquía constatable entre consagrados y aspirantes cuando intercambian palabras de displicencia, coba y medro. Daniel y Fernando se sentían –y los sentíamos- bien lejos de esto.
.....
Por otra parte, sus hermosas y arriesgadas obras literario-musicales no corrieron mejor suerte, pues es difícil, por no decir imposible, convertirlas en objetos de consumo, mucho menos venderlas a granel como enlatados sonidos como sí se hace ahora con impactantes historias sórdidas, autocompasivos lamentos sentimentales o esos impúdicos desahogos emocionales que tratan de conmover al lector sin contar para nada con éste, en estos momentos tan a la moda. Pues mil y una veces le propusieron escribir su biografía y otras tantas rechazó la oferta, juraría que para no apenar a sus lectores amigos debiéndoles relatar las terribles e incurables heridas que llevaba en el alma. Porque lo de Daniel, toda su magia, consistía en escuchar, querer y hacer sonreír a quien se le ponía por delante. Ya que no podía asimilar su vida, sólo calmar a otros le importaba.
Os debo contar también que de esas historias tremendas sólo me enteré quince años después, gracias a las atentas y hermosas cartas que recibí de Ricardo, su hijo, el hombre que más le quiso, a quien más quiso y quien mejor lo conoció, a quien aprovecho para saludar ahora dondequiera que esté. También de la entrañable Irma, su esposa, aquella que supo darle el cariño, la familia y el apoyo que necesitaba y sin la cual de ningún escritor podríamos estar hablando ahora. Veinte años después para enterarme de aquello que Daniel nunca quiso entonces que supiera, pese a que en nuestros paseos abordarámos todo lo literario y todo lo humano. De lo que verdaderamente nunca dejó de atormentarle, más allá incluso del sufrimiento que le produjo el exilio, vivir sin raíces en tierra de nadie.
Pues lo que a Daniel le dolía y nunca pudo entender ni superar fue su propia existencia en la que, salvo Irma y sus hijos, un cúmulo de dolorosas desgracias se fueron sucediendo con crueldad: el temprano asesinato de su madre a manos de su propio padre, su infancia dura y perdida alejado de Blanca, su única hermana a la que adoraba y también la temprana muerte de su hija Beatriz, quien debió tener ahora la misma edad que la mía. Sólo con amor, honestidad y valentía pudo afrontar Daniel todo esto, con ese profundo calor humano que volví a sentir al conocer su historia, después de esos veinte años, que no son nada, y que me hicieron volver a escribir cuentos, tras tanto tiempo de silencio, aunque no de olvido. Pues bien sé que me es imposible alcanzar su talla literaria y humana, pero guardo su calor, porto de alguna manera su testigo y siento el irremediable deber de continuar y transmitirlo. También de que entonemos, todos sus incontables lectores, discípulos y amigos, a uno y otro lado del Atlántico, una vidalita por él ahora: Norberto Luis Romero, Herbert Francis, Andrew Graham-Yooll, Marcelo Casarín, Virginia Gil Amate, Nelson Marra, Dolly Onetti, Carmela Greciet, María Neder, Gustavo Wagener, Eugenia Rico, Jesús Ortega, Juan José Hernández, Juan Gelman, Daniel Prieto, Félix Grande, Carlos Mamonde, Teuco Castillo, Mercedes y Reina Joffé, Andrés Sorel, Rodrigo Brunori y tantos, tantos otros que olvido pero que aún seguimos recordándolo. Porque en verdad creo que, con Daniel Moyano entre nosotros, encontramos raudo el camino de la honestidad y del cariño, la senda de la verdadera literatura y que transitándola con alegría, conseguimos salvarnos.
.....
.....
* Angeles Prieto Barba (Cádiz, 1966) es licenciada en Historia, educadora vial de la DGT, donde ha publicado diversos libros, y escritora de cuentos, habiendo sido finalista en el II Premio Ciudad de Huesca (2008). Sus piezas han aparecido en la revista Clarín, en El Independiente de La Rioja (Argentina) y en diversos blogs españoles y extranjeros. En la actualidad, realiza crítica literaria y escribe artículos con una columna semanal propia en el periódico El Heraldo del Henares.
* En las fotos aparece con Juan Gelman, en 1992, y con José Bianco.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Homenaje a Daniel Moyano, 2
..........
Si en vez de aquel flequillo infantil Daniel hubiera tenido luenga barba; si en vez de aquella torcedura mínima con que caminaba –parentesco remoto, quizá, con la madrileña cuesta de Moyano-, Daniel se hubiera movido con aire distante y altivo; si en vez de ponérsenos los pantalones de calle sobre los del chandall (dejando asomar sus gomas por bajo los sobrepuestos), hubiera Daniel usado túnica anaranjada; y si en lugar del paraguas de sus desvelos (“Nunca existió en mi vida, y desde que llegué a Uviéu somos inseparables”, comentaba divertido), si en lugar de ese paraguas, digo, hubiese Daniel utilizado bastón de mando, ¿podría haber sido Daniel Moyano un santón? ¿Se habrían arremolinado en torno a La Granja –donde celebraba su taller- madres desesperadas con niños inapetentes, embarazos difíciles, drogodependencias obstinadas, tíaslilas con astenia otoñal, males de amor? ¿Quizá, llegado el caso, sus seguidores, bajo el nombre de los “moyanistas”, se habrían atrincherado en La Granja como único refugio del Arte, expresión de los sueños y deseos de la Humanidad que Daniel esgrimía como contrapartida a la brutal realidad del mundo?
.....
.....
¿Qué curaba? Se preguntarán quienes no lo conocieron.
.....
.....
....
.....
.....
Los silencios, por otro lado, y como le ocurría a su personaje Triclinio con el agua de la acequia, le llenaban a Daniel la cabeza de sonidos que después él interpretaba, y aún reinterpretaba, con distintas melodías: Era frecuente oírle contar sus propias versiones de cuentos que antes había ESCUCHADO (y digo escuchado con mayúsculas) en el taller, historias que trataba con el mismo cariño que si fueran suyas.
De Daniel, ¿qué nos queda?
En su cuento “Desde los parques”, el protagonista rememora un traumático episodio de su infancia.
.....
.....
.....
Podemos imaginar que ese niño –al que no es difícil ponerle el nombre de Daniel (Danielín, si lo prefieren, diminutivo asturiano con que el escritor se hacía nombrar por su novia eólica en el relato “Tengo una moza en Oviedo”)-, ese niño, digo, habrá pasado el resto de su vida buscando aquella palabra que no pudo encontrar..
.......





