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miércoles, 15 de junio de 2011

Piglia en Barcelona

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Pasó Ricardo Piglia por Barcelona y llenó el salón de Casa América (¿por qué no Casa de América, como parecería lo correcto?). Acaba de ganar el Premio Rómulo Gallegos por su última y excelente novela Blanco nocturno (Anagrama), que ya había recibido el Premio de la Crítica española.
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En mayo de 1995, cuando en España apenas nada sabíamos de su obra, coincidí con Piglia en una mesa redonda sobre el cuento, celebrada en la Universidad de Buenos Aires. Entonces me interesaron mucho no sólo sus argumentos, sino también la manera de exponerlos y sustentarlos, el conocimiento profundo del género que demostraba, por lo que me traje a España todos los libros suyos que encontré, entre ellos la novela Respiración artificial. Por aquel entonces, ni Lengua de Trapo, ni Anagrama, que tomó el relevo en la difusión de sus obras entre nosotros, lo habían dado a conocer aún en España.
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Piglia habló ayer de los últimos cien años de la novela latinoamericana, y haciendo honor al título citó también a Guimaraes Rosa e incluso aludió a los escritores nacidos en Latinoamérica que escriben en inglés, y que en cierta forma deberíamos considerar como nuestros. Se centró en la literatura caribeña, de donde surge lo real maravilloso, según lo denominó Alejo Carpentier, y como contraste, en aquella otra, de tradición borgiana, que se gestó en el Río de la Plata, de la que él mismo forma parte. Pero para el ensayista y narrador argentino, ni que decir tiene que no se puede hablar de la narrativa en español sin tener en cuenta la gran literatura internacional, la que se da en cualquier otra lengua, y que abarca desde los grandes maestros del siglo XIX hasta los renovadores de la narrativa del XX, con Proust y Joyce a la cabeza, sin olvidar la novela policiaca, que tanto pesa en su obra. Además, reivindicó la necesidad de integrar en las diversas literaturas nacionales, si es que tal ente sigue teniendo vigencia, las lecturas traducidas, pues también ellas determinan, y no en menor medida, la narrativa de un país. Tampoco olvidó la responsabilidad que tiene el escritor de cada época, y de nuevo recurrió a Borges como ejemplo paradigmático, de rescatar a los autores que una literatura precisa incorporar para ser debidamente comprendida. Así, contó, el propio Borges se dedicó a traducir y por tanto a rescatar a una serie de escritores considerados en su momento menores (los narradores fantásticos del XIX, Conrad, Stevenson…), con el fin de que su obra dejara de compararse con Dostoyevski, Tolstoi y demás figuras canónicas indiscutibles, pero que no iban a servirle para que su literatura se entendiera cabalmente.
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El caso es que Piglia recorrió el siglo aclarando cuestiones disputadas, planteando problemas apasionantes, que en una sociedad normal hubieran dado paso al debate público. No era el lugar para hacerlo. Piglia es un excelente conferenciante que complementa sus conocimientos profundos de la materia con un discreto sentido del humor, que oxigena su discurso, y con la cadencia adecuada para ir exponiéndolo, enfatizando aquí o allá, y echando mano constantemente de esa muletilla argentina que es: `¿no es cierto?´; e incluso moviendo las manos y los dedos sin parar, con gestos en el aire, alrededor de su cabeza, sobre todo; o llevándose los dos dedos índices a las sienes, como si con ello le diera aliento al discurso o se pinchara las neuronas para activarlas aún mas. Con los años ha perdido esa aureola de pelo que le coronaba la cabeza, pero ha conseguido barajar a la perfección el peso de la historia, el humor, lo paródico y las dosis justas de experimentación, la mejor prueba de ello es su reciente Blanco nocturno, junto con una claridad, lucidez y espontaneidad en la construcción del relato que me parece que no tenían sus obras anteriores. En definitiva, creo que el narrador de esta novela le ha ganado, por fin, la partida al ensayista, al profundo conocedor que es de la historia literaria.
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De Piglia siempre se aprende, de su claridad expositiva, pero también de su capacidad de síntesis, de sus brillantes ideas y, a veces, atrevidos juicios. Pero lo más sugerente es que te alienta a reflexionar, a ir más allá, a responder a planteamientos novedosos y atrevidos; te obliga, en suma, a volver a pensar lo que ya creías saber y dabas por establecido. En ese sentido, Piglia es como un médico sabio que te saca de vicios y te señala nuevas sendas para poder entender y disfrutar mejor de las obras literarias.
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Sí, me lo he pasado de rechupete oyendo a Piglia y me hubiera gustado poder decírselo. Me alegró mucho haber podido contribuir con mi voto a que se le concediera el Premio de la Crítica. Espero que no tarde en presentarse la oportunidad de volver a escucharlo. 
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* La caricatura es de LPO. En la segunda foto aparece con su editor, Jorge Herralde. 
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domingo, 8 de agosto de 2010

Homenaje a Juan Filloy, y 3

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La producción novelística de Filloy constituye la veta más conocida de su escritura, pero no fue el único territorio en el que dejó huellas: su copiosa obra también incluye numerosos cuentos, nouvelles, artículos, ensayos, baladas, elegías, sonetos, “monodiálogos”, una obra de teatro, miles de palíndromos y hasta un tratado de palindromía. No faltan libros atípicos, reacios a encasillamientos genéricos convencionales, como Periplo (1931) y Aquende. Sinfonía autóctona (1935), en los que ensayó originales estrategias compositivas y a lo que conviene tener en cuenta para completar estos apuntes sobre los caminos transitados por Filloy en la década de los treinta.
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Periplo, opera prima de Filloy, es la reconstrucción literaria de un viaje en barco por Europa y Oriente Medio realizado en 1930. Con él inaugura una desprejuiciada poética a la que guardaría fidelidad a lo largo de su dilatado quehacer escriturario, signada por la amalgama de rasgos adscriptos a estéticas diversas. Desde entonces en su escritura cohabitan el gusto clásico por la simetría y la proporción, la suntuosidad parnasiana, el espíritu antisolemne y transgresivo de cuño vanguardista, el afán por registrar con precisión de notario el abigarrado espectro de lo real. El singular perfil de su escritura también resulta tributario de su afición por la precisión terminológica y por el derroche de datos eruditos, como así también de su voluntad por explorar en toda su dimensión la riqueza léxica de nuestro idioma. Faltaría agregar que en Periplo ya se manifiesta con nitidez su condición de sagaz ironista, puesta al servicio de la denuncia de los males que a su juicio afectaban al hombre y a la sociedad de su tiempo: la inautenticidad, el mercantilismo, la ausencia de ideales, la pérdida del espíritu de aventura, la tendencia del hombre moderno hacia la masificación, el imperio de la injusticia, la corrupción de los gobernantes, las imperfecciones de los sistemas de gobierno.........

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Otro de los atípicos libros filloyanos es Aquende. Sinfonía autóctona, escrito en una prosa de exacerbada musicalidad y definido por el propio Filloy como una “geografía espiritual de la Argentina”. Se trata de una obra bifronte, en la que alternan dos miradas fuertemente contrastivas: de una parte, una visión encarecedora del paisaje y de quienes realizaron aportaciones dignas de reconocimiento; de otra, una visión con matices pesadillescos, crudo registro de un itinerario ficcional por ciertos tramos sombríos y controvertidos de nuestra historia. Al igual que el libro inaugural, Aquende se presenta pluralmente segmentado en una constelación de composiciones de variada configuración, relativamente autónomas, cuyo sentido se completa a la luz de la macroestructura que integran.
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Desde el presente horizonte de lectura, muchas de las piezas reunidas en ambos volúmenes pueden considerarse como antecedentes de la actual minificción. Concebidas sin la conciencia de género que asiste a los actuales cultores, las brevedades filloyanas exhiben sin embargo muchos de los rasgos singularizadores de la escritura minificcional de nuestros días: concisión; hibridez, gusto por el final sorpresivo, la reflexión paradojal y los juegos de lenguaje; tendencia hacia la reescritura; recurso a la ironía y el humor; visión escéptica y desencantada de la existencia. Resultan especialmente destacables muchas de las breves composiciones que integran las secciones de Periplo rotuladas “Film documental” –donde abundan piezas deudoras de la greguería en alternancia con otras próximas al aforismo- y “Raid en Tierra Santa” –sección en la que es posible relevar auténticos microrrelatos de impecable resolución, en los que suelen hallarse entramadas insólitas reflexiones rebosantes de ironía. Al igual que las actuales microficciones, muchos de estos concentrados textos filloyanos entrañan un gesto transgresivo orientado a subvertir valores y creencias arraigados en nuestra cultura o a demoler visiones estereotipadas de la realidad.
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Muchos años más tarde Filloy volvería a dejar muestras de su afición por el relato breve en Gentuza (1991), donde presenta una galería de pintorescos personajes de variada extracción social, estigmatizados por la malevolencia, la desidia, la deshonestidad, entre muchas otras lacras denunciadas con ácido humor.
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A continuación, algunos breves textos filloyanos de configuración y registro variados, extraídos de Periplo (Impr. Ferrari Hnos., Buenos Aires, 1931; y Cuenco de Plata, 2007). Citamos por la primera edición.
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FILM
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Absolutamente impasible, llevando el corazón como un diario bajo el brazo, he llegado al valle de Josafat. Es un valle de morondanga, exiguo, inapto por completo a la misión que le asigna la Escritura. El regisseur bíblico ha calculado mal el escenario del juicio final. Habrá una aglomeración tan importante de almas, que la estrecha garganta del valle sufrirá la constricción angustiosa de un ataque de asma. Y la escena no podrá ser filmada… (p. 98)
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MIMOSIDAD
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Jesús se dejaba hacer. Le gustaba el halago. Vedlo en casa del fariseo. La pecadora riega sus pies de lágrimas. (No la interrumpe). Los seca con sus cabellos. (No la interrumpe). Los colma de besos. (No la interrumpe). Los unge de esencia de nardos. (No la interrumpe).
Es verdad que sacó siete demonios del cuerpo de Magdalena; pero eso no es una compensación… Él acepta siempre el mimo del fiel y la gentileza del “gentil”.
Es coqueto por todas partes. Vedlo tras la crucificción, dando trabajo a las tres Marías. Le consta que ha resucitado y aprovecha las caricias que impregnan su cuerpo con más de cien libras de un compuesto de mirra y de áloes…
Sócrates, al contrario, es el hombre fuerte y galante. ¿Para qué molestar a las damas? Suspende el manso filosofar sobre la muerte para ir a darse un baño…
-Prefiero beber el veneno después de haberlo hecho –declara. Así evitaré a las mujeres tener que lavar mi cadáver… (pp. 104-105)
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Flirt. La vio en el deck, la hablo en la proa, la acompañó en el té, la soportó en la danza, la fastidió en el bar, la dejó en la popa… (p. 173)
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-Aquí –exclama prosopopéyicamente el dragomán- estuvo emplazada la antigua ciudad fenicia de Tiro.
-Sí, tenemos referencia; de acá son los caballos de “tiro” y los “tiros” de escopeta… (pp. 57-58)
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Las autoras de este trabajo, publicado en tres entradas, son las profesoras argentinas Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo.
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jueves, 5 de agosto de 2010

Homenaje a Juan Filloy, 2

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Aires de renovación en la década de los treinta, por Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo
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¡Estafen! (1932), Op-Oloop (1934) y Caterva (1937) son las tres primeras novelas de Juan Filloy: a nuestro entender, la más lograda y memorable contribución del autor cordobés a este género. Las tres tematizan una lectura palindrómica de la realidad, al derecho y a la inversa, propia del ironista que descentra su lugar de enunciación a fin de percibir mejor las contradicciones propias de una de las décadas más críticas de la historia argentina, no en vano llamada “infame”, pues con ella se inicia el ciclo histórico de los gobiernos de facto y las “democracias fictas” garantizadoras de la dependencia económica. En las tres, la construcción de lo real está mediada por el discurso de personajes excéntricos, cuya marginalidad no es producto del estigma social, como en la narrativa o el teatro realistas de la época (Enrique González Tuñón, Leónidas Barletta o Elías Castelnuovo, por ejemplo), sino del desplazamiento consciente y calculado del que, sintiéndose superior al medio, se aparta para arrojar sobre él su demoledora mirada crítica. A diferencia de los personajes arltianos, dueños de saberes poco prestigiosos, los de Filloy ostentan una refinada enciclopedia y exhiben habilidades técnicas de nota: el Estafador es un experto en argucias legales, Op-Oloop es un minucioso estadígrafo, Longines es un hábil criptógrafo, y todos ellos manifiestan en las citas y alusiones diseminadas en sus discursos, una apreciable competencia en diversos campos del saber. Si bien pueden ser fracasados, como los “linyeras” de Caterva, no son sujetos atrapados en su circunstancia sino capaces de decisiones argumentativamente fundadas. Sus trayectorias narrativas son tragicómicas: trágicas, en tanto cada uno arrastra consigo su hamartía –la ambición desmedida, el escrúpulo maniático, el vicio y la sensualidad del placer corporal o del dinero- pero la transgresión que en cada caso determina la desterritorialización de estos personajes no hiere una ley superior a ellos mismos, sino una ley subalterna y espúrea: el cuerpo de convenciones y prescripciones destinadas a resguardar los mecanismos del poder y a quienes los detentan.
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En la novelística de Filloy se entrecruzan dos vectores de transformación estilística capaces de enmascarar los hiatos entre los distintos discursos que polemizan en el texto. De una parte, hay una escritura minuciosamente consciente de su propia condición artística y específicamente “literaria”; de otra, una marcada tendencia a hacer del texto narrativo un territorio de libertad donde caben la exploración y el juego. Es probable que el lector actual de Op-Oloop o de Caterva perciba, por momentos, los pliegues de su estilo: ese choque, a veces estrepitoso, entre clasicismo y exceso, sujeción y libertad, férrea voluntad de estilo y vitalidad transgresora. Su lenguaje es proclive a los refinamientos de un léxico para filólogos. Al mismo tiempo, incorpora técnicas vanguardistas de vario cuño: la imagen expresionista, el juego metalingüístico y humorístico de la greguería y el palíndroma –como en ¡Estafen!-, la furiosa desacralización del cuerpo y el ataque a la moral sexual convencional. Ninguna escritura precedente llega tan lejos en la manipulación literaria de los géneros del discurso oral, aún los vinculados
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con las prácticas y los rituales de la intimidad humana: el discurso no eufemístico sobre las funciones y sensaciones corporales (ingesta, deyección, sexo); el discurso festivo ligado al ocio, con inclusión de chistes picarescos y anécdotas zumbonas; el intercambio gratuito de pullas y pseudo insultos que caracteriza a los juegos, típicamente masculinos, de competencia verbal escatológica. Estas formas del discurso no están orientadas a la demarcación de niveles socio-culturales entre los personajes o entre éstos y el narrador; esta función la desempeñan recursos ya legitimados en el paradigma literario de producción, como la transcripción fonomimética y el pastiche burlesco. Pero la franca incorporación del lenguaje de lo bajo corporal constituye, en las novelas de Filloy de la década de los treinta, un nuevo instrumento de producción textual que sólo sería puesto en juego en la novela a partir de la década de los cuarenta con Leopoldo Marechal, y legitimado por el sistema mucho después.
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martes, 3 de agosto de 2010

Homenaje a Juan Filloy, 1

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A los diez años de su fallecimiento (1894-2000), por Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo
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Elvirus, el mordaz protagonista masculino de la atípica novela filloyana L’Ambigú (1982) sentenció que una de las facultades de los críticos literarios era la de ser “proveedores de olvidos absolutos”. Si bien no puede decirse que Filloy -de quien el mencionado personaje constituye un indisimulado alter ego- haya padecido semejante flagelo, es innegable que hubo una injustificable demora por parte de la crítica académica en reconocer el valor de su legado y que aún hoy resulta insuficiente la atención dedicada a su universo creativo.
Con el propósito de contribuir a la revalorización de su obra, hacia finales de los noventa realizamos un estudio sistemático, con especial atención a los textos narrativos publicados en la década de los treinta, en los que a nuestro juicio se concentran sus mayores innovaciones temáticas, expresivas y narratológicas. Nos complace recordar que en su oportunidad el proyecto contó con el beneplácito de Filloy, con quien tuvimos la dicha de compartir nuestros avances iniciales aunque no así –lamentablemente- los resultados finales expuestos en Juan Filloy: libertad de palabra. Textos críticos y antología (Fundación Ross, Rosario, 2000), ya que nuestro volumen vio la luz poco tiempo después de su fallecimiento, acaecido el 15 de julio de 2000. De esa época guardamos entrañables recuerdos, fraguados al calor de un fructífero intercambio epistolar y de una entrevista inolvidable en la que nos deslumbró con la jovialidad y sabiduría exhibidas en el tramo final de su “vejentud dichosa”, como gustaba llamar a esa etapa de su vida.
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Al cumplirse el décimo aniversario de su partida queremos recordar con renovada admiración a este escritor libérrimo y excepcionalmente fecundo; no sólo para desmentir a Elvirus, sino porque la relevancia de su aporte lo merece. Queremos compartir con ustedes nuestra apreciación acerca de los valores literarios de la obra filloyana, así como también una pequeña muestra de sus textos más breves, idóneos para su difusión desde este medio. Pero antes de adentrarnos en su mundo ficcional nos parece oportuno transcribir unos pasajes del discurso que pronunciara en 1989 con motivo de la recepción del Doctorado Honoris Causa, en la Universidad Nacional de Río Cuarto (Argentina), donde ha quedado plasmada una interesante faceta del perfil humano de este pródigo creador:
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“Insenescencia: la vejentud dichosa”
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(…) cuando el estado físico y el equilibrio emocional no acusa fallas, la vida, la vida fructuosa recién comienza, en una etapa que llamo irónicamente “Vejentud Dichosa”.
Y bien: yo me jacto de encarnar un buen ejemplo de insenescencia (…)
Avizorando ya los noventa y seis años de edad, noto el ámbito espiritual que habito cenitalmente iluminado. Estoy seguro en él. Gozo sus aires y su aura impolutos. Pero algo comienza a mermar... Ya no me imagino invulnerable en el tiempo. (…)
Mi paso no es el mismo de otrora peatonísimo peatón. Siento cancelarse la ilusión de considerarme una máquina perfecta. Ya no piso como antes... Detestando visceralmente al automóvil, mi trayecto vital, más que un trayecto carrozable, fue siempre un deambulatorio a pié, a pédibus andando, un estadio pa
ra pulsar los nervios, un paisaje de morosa delectatio. He caminado constante, incansablemente, con la fruición del tullido que recobra el movimiento. ¡Lo más que puedo decir para enfatizar la dicha de valerme vectorialmente y victorialmente de mis piernas! (…) .......

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Tengo la impresión de que estoy curvándome. Hacia la tierra, por cierto; hacia el polvo póstumo. Y me duele porque siempre aspiré a la gloria minúscula de ser un Coloso de Rodas diminuto, bien implantado sobre dos blocks de almanaque... En esa ciega impresión, mi plomada interna me decepciona. No se porta bien. Oscila, deriva. Se desvía y me desplaza. Caminando ahora, extraño la franqueza de mi tranco y la elasticidad de mi cintura. El despojo y aplomo de antes. ¿Adónde se ha ido aquella misteriosa vertical subjetiva que patrocinaba la rectitud de mi cuerpo? ¿Adónde el recinto iluminado y su columna ideal de alternativos capiteles de emoción y recogimiento? (…)
Prefiero alimentarme con la nostalgia de haber sido un álamo que anda, un gajo itinerante de la selva selvadia que es la vida de relación. Y dejar nomás que un otoño profundo decolore el ramaje que descuajará el invierno. Todo – ¡Oh sarcasmo! – mientras mi alma y mi carne en conjunción y cenestesia viven su postrimer bonanza. (…)
Para concluir, opino que es urgente despatetizar la estampa de ser vetusto. Se ha hecho del viejo, del anciano, el personaje que imanta la piedad y la simpatía, o las dos cosas juntas. La senectud bien llevada no necesita lástima de nadie. Respeto, sí. Y de modo especial para quienes en su decrepitud exhiben retrocesos hacia la infancia, se pierden en el laberinto de la amnesia o viven en el oscuro dominio de la alienación (…)
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miércoles, 28 de julio de 2010

Monsiváis: entre Camus y Ringo Starr

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Murió el escritor Carlos Monsiváis (México, 1938), él solía considerarse cronista y ensayista, sin que en España llegáramos a estar familiarizados con su obra, como me temo que tampoco llegaron a conocerlo bien en Chile o Argentina. Y ello a pesar de que fue Premio Anagrama de Ensayo con Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000). Publicó más de cincuenta libros y colaboró en numerosos diarios mexicanos, dejando como referente indiscutible una mítica columna, titulada "Por mi madre, bohemios". También fue colaborador del diario El País, aunque con mucha menos fecuencia de la que hubiéramos deseado. Entre sus obras destacan Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Escenas de pudor y liviandad (1988) y Los rituales del caos (1995). Y entre los múltiples galardones que recibió, el Premio Juan Rulfo. Se interesó tanto por la cultura popular como por la denominada alta cultura, buena prueba de ello es que su temprana "Autobiografía", la escribió con 28 años, se veía "como una mezcla de Albert Camus y Ringo Starr". Apoyó las reivindicaciones de las minorías sexuales y culturales, defendió la despenalización del aborto y se manifestó en contra de los toros, por lo que nunca fue demasiado apreciado por los conservadores y las clases dirigentes de su país, de quien se convirtió en azote, con su actitud crítica e implacable ironía. He leído que el escitor hispanomexicano Jordi Soler está concluyendo una antología de su obra que esperamos que remedie tan grave desconocimiento. Pero lo que habría que intentar arreglar, de una vez para siempre, es la grave incomunicación cultural que padecen los diversos países de habla hispana, lo poco que circula la cultura entre México, Argentina y España, de una a otra orilla del Atlántico, y a lo largo de esa espina dorsal que recorre, del centro al sur, al continente americano.
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* En las fotos, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis.
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martes, 25 de mayo de 2010

La literatura argentina en Bruselas

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El viernes pasado, en el marco del simposium titulado `Argentina, cultura en movimiento. Lecturas de la memoria´, celebrado en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, participé en una mesa redonda sobre la recepción de la literatura argentina en diversos países de Europa, moderada por Michi Strausfeld, quien nos puso en antecedentes alabando el temprano interés de los franceses hacia ella y recordando lo mucho que tardaron en Alemania en interesarse por los grandes narradores de los sesenta. Por su parte, la periodista inglesa, Elizabeth Jane Bury, y el periodista alemán, Michael Schhmitt, destacaron un libro, como se les había pedido, de Silvia Iparraguirre y Rodolfo Walsh, respectivamente. Yo llamé la atención, tal y como anuncié aquí, sobre algunos nombres que me parecían significativos respecto de la llegada de la narrativa argentina a España durante estas últimas décadas. Pero la intervención más sorprendente, y decepcionante, fue la de los dos periodistas argentinos, puesto que se limitaron a marear la perdiz, remontándose nada menos que a Facundo, de Sarmiento, y en suma, a lucir un dudoso ingenio, sin que faltara la autoflagelación, la burla de García Márquez (la periodista de Clarín empezó lamentándose de que ellos no tuvieran a autores en cuyas obras los animales volaran...) y un cierto desprecio por la narrativa española (los libros que se vendían en Argentina de autores españoles, apuntó, se quedaban en las estanterías de sus dueños sin que nadie los leyera). Luego, durante el breve coloquio, Magdalena Faillace, directora de la Comisión argentina que organiza la participación de su país en la Feria del Libro de Frankfurt, comentaría en público que pensaba tirarles de las orejas... Y habrá hecho bien, porque no se entiende, ni se justifica de ninguna manera, que hubiera unas intervenciones tan anodinas. Debió de afectarles mucho el jet lag, o acaso salir al mundo les venía muy grande... En fin.
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¿Qué esperábamos de ellos? Pues, para empezar, que ofrecieran un panorama sucinto de la literatura argentina actual, con nuevos nombres y libros significativos (sólo se citó Respiración artificial, de Piglia), o la mención de algunas tendencias relevantes. En suma, informaciones que pudieran sernos útiles, tanto a los belgas como a los europeos en general, allí presentes; a los que, en definitiva, no éramos expertos en la materia. De lo que no me cabe ninguna duda es de que en Argentina debe de haber numerosas personas que podrían habernos proporcionado dicha información con conocimiento de causa y el exigido rigor, sin necesidad por ello de burlarse de otras literaturas como hicieron, y que seguramente desconocían. Así las cosas, entonces ¿por qué trajeron desde tan lejos a semejantes cantamañanas? Por lo demás, el congreso estuvo impecablemente organizado.
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* En la foto, Ricardo Piglia.
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viernes, 21 de mayo de 2010

La literatura argentina en España

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Hoy viernes, participo en un debate que se celebrará en Bruselas, sobre la presencia y la repercusión de la literatura argentina en otros países; y en concreto también en España, de lo que me ocuparé en mi intervención.
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Os invito a que nos recordéis a los autores argentinos que más os han interesado en estos últimos años:
¿Clásicos, como Macedonio Fernández, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Rodolfo Walsh, Marco Denevi o Manuel Puig?
¿Contemporáneos consagrados, como es el caso de Juan José Saer, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez, Fowgil, Ricardo Piglia, Abelardo Castillo o César Aira?
¿Los más jóvenes, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Martín Kohan, Andrés Neuman, Patricio Pron o Pola Oloixarac?
¿O los autores de microrrelatos, como Luisa Valenzuela, Ana María Shua, David Lagmanovich y Raúl Brasca?
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* En las fotos, Alan Pauls y Pola Oloixarac.
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domingo, 9 de mayo de 2010

La antología de hispanoeuropeos de Esther Andradi

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Lo singular de esta antología, Vivir en otra lengua. Literatura Latinoamericana escrita en Europa (Alcalá, Jaén, 2010) estriba en que está compuesta por narraciones de autores de lengua española, pero que residen en países con otra lengua distinta, como son, entre otros, la peruana Teresa Ruiz Rosas, que vive en Colonia; las argentinas Rosalba Campra y Luisa Futuransky, en Roma y París; el colombiano Luis Fayad, que trabaja en Berlín; o el boliviano Víctor Montoya, en Estocolmo. La gran mayoría de ellos son escritores hispanoamericanos que aspiran a ser reconocidos en su país de origen, o en los de lengua española, cuyos lectores son, al fin y a la postre, los principales destinarios de sus ficciones. Habitan en París, Estocolmo o Amsterdam, hablan también francés, sueco o alemán en su vida cotidiana, pero apenas son conocidos entre los lectores de las ciudades en las que se encuentran. E incluso es muy probable que la mayoría de ellos se plantee aquella pregunta que se hizo Francisco Ayala, en sus años de exilio americano: ¿para quién escribimos los exiliados?
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Esther Andradi, escritora argentina que vive en Berlín, recuerda en el prólogo que una parte de la literatura hispanoamericana se está escribiendo en Londres, Lausana, Roma o Barcelona. Más allá de las circunstancias que motivaron el extrañamiento, los autores permanecen en el país que los acogió y tienen en común la continuidad de la escritura en la lengua materna, ejercicio que suelen combinar en parte con la lengua aprendida. La escritura, comenta Esther Andradi, es el ancla con la que tejen el vínculo con el país lejano, una suerte de istmo en el mar de otro idioma. Sumergidos en la vida en otra lengua, arrasadas la jerga, el habla cotidiana, el sonido de lo insustancial, las interjecciones, y todo aquello que es el sedimento de lo literario, estos escritores cultivan la lengua original con la persistencia de la grama, que cuanto más se la arranca, con más fuerza crece. Matas salvajes de un territorio indomable.
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* Esther Andradi (Ataliva, Argentina) estudió Ciencias de la Comunicación. En 1975 emigró a Lima donde trabajó como periodista. En 1981 viajó a Berlín, al sector occidental, escribiendo guiones y reportajes para la radio y televisión alemanas. En 1995 regresó a Argentina y vivió en Buenos Aires siete años. Desde 2003 reside nuevamente en Berlín. Escribe columnas y entrevistas para diferentes medios de Europa y América. Ha cultivado el cuento, la poesía, el ensayo y la novela. Sus obras han sido traducidas al alemán y al inglés. En Argentina acaba de aparecer la segunda edición de su novela Berlín es un cuento (2007).

P. S. Me acaba de llegar la siguiente información que completa la entrada. La Asociación Cultural Arthostal y El Laberinto de Ariadna presentan el pliego de poesía número 19, dedicado a los poetas argentinos que residen en Cataluña, como son Laura Frucella, Marta Binetti, Hugo García Saritzu, Ana Becciu, Antonio Tello, Mario Satz, Dante Bertini, Osias Stutman, Neus Aguado y Janio González.
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viernes, 3 de julio de 2009

Onetti y Vargas Llosa

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El azar hizo que Juntacadáveres (Alfa, Montevideo, 1964), de Juan Carlos Onetti, y La casa verde (1966), de Mario Vargas Llosa, dos novelas sobre prostíbulos, compitieran por el I Premio Rómulo Gallegos, obteniéndolo en 1967 el narrador peruano. Como tercer finalista aparecía Silvia Bullrich. Por cierto, ambas obras chocaron con la censura española. En el célebre discurso de entrega, titulado "La literatura es fuego", Vargas Llosa alabó la obra del "gran Onetti, a quien América Latina no ha dado aún el reconocimiento que merece". Y aunque siempre se respetaron, Onetti le reprochó, en entrevistas públicas, que optara a la presidencia peruana, algo que le parecía un mero capricho. A menudo cáustico, hizo célebre aquella broma -se lo cuenta a Ramón Chao, cuyo libro tanto se ha fusilado estos días, sin citarlo- de que había tenido una dentadura magnífica, pero que se la regaló a Vargas Llosa... Onetti reconoció siempre que La casa verde era una obra superior a la suya, aunque le quitó hierro al asunto recordado que el prostíbulo de Vargas Llosa era verde y tenía orquesta y el suyo, no... No menos célebre es la distinción que estableció Onetti entre las distintas maneras de encarar la creación literaria: la del peruano como marido fiel y constante, mientras que la del uruguayo era la del amante... Quizá la última vuelta de tuerca, y probablemente la definitiva, sea el libro que Mario Vargas Llosa, uno de los grandes críticos literarios en castellano, le ha dedicado recientemente a Onetti, en el que afirma que La vida breve (1950) es la primera novela moderna en lengua española, puesto que su autor se anticipa en aplicar la revolución formal que se produjo en el narrativa a comienzos del siglo XX, con Proust, Joyce, Kafka, Thomas Mann y Faulkner, y que sus cuentos, entre los que destaca "El infierno tan temido", según él "una obra maestra absoluta", están a la altura de los de Borges o Juan Rulfo.
No me gustaría concluir sin recordar el minirretrato que trazó Alfredo Bryce Echenique de Juan Carlos Onetti: "un tipo simpatiquísimo, un `compadrito´ -le escribe a Vargas Llosa- al que se le ha cruzado Faulkner, Céline, mezclados con un desaliento de milonga". Pues, eso.
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* En la foto aparecen, de izqda. a dcha., Mario Vargas Llosa, Patricia, su mujer, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, el crítico Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda, en Nueva York, 1966, durante el Congreso del PEN Club. La foto es de Matilde Urrutia, esposa de Neruda. La presencia de los escritores latinoamericanos (también asistieron Victoria Ocampo, Nicanor Parra, Guimaraes Rosa y Haroldo de Campos, entre otros muchos), fue muy criticada por los castristas cubanos, sobre todo la del poeta chileno, quienes fueron acusados de venderse al imperialismo americano. ¡Qué tiempos aquellos, en blanco y negro!
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jueves, 2 de julio de 2009

Mi Onetti

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Un amigo me pide que escriba sobre Juan Carlos Onetti, en los siguientes términos:
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"Querido Fernando:
Abusando de nuestra amistad me atrevo en este primero de julio, con toda la osadía, a formular una petición para La nave de los locos.
Hoy, hace cien años, nació en Montevideo quizás el mayor escritor en español del siglo veinte, Juan Carlos Onetti. Escribo quizá porque para mí, y hasta donde conozco, es el más grande, pero esa es una afirmación que, como toda afirmación que tiene que ver con el mundo del arte, no puedo probar, sino que sólo puedo testimoniar desde el corazón y desde la emoción.
Así que me atrevo a pedirte una entrada en homenaje para el maestro de tantos de nosotros, como él faulknerianos confesos, con una frase para su recuerdo, frase que creo define sobradamente su obra y su actitud ante la literatura y, por extensión, ante la vida. Dice así:
`Escribir bien no es algo que el auténtico escritor se proponga. Le es tan inevitable como su cara y su conducta´".
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A ver si consigo complacerlo:
No me atrevo a ratificar, como hace mi buen amigo, que Onetti sea el más grande, pero sí que es, junto a Juan Rulfo ("extraño mudo", lo llamó Juan Luis Panero en un poema memorable), el otro gran silencioso de la narrativa hispanoamericana, en contraposición a los conversadores Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa. Y siguiendo con las comparaciones, no siempre odiosas, podría decirse que si el peruano es disciplinado; Onetti sólo escribe cuando siente necesidad y le apetece; y si García Márquez corrige una y otra vez sus textos, Cortázar y el narrador uruguayo no suelen pulir lo escrito. Onetti contó en varias ocasiones que componía sus textos de un tirón, sin retocarlos, porque no sabía escribir mal... Y en estos pocos nombres que ya han ido saliendo, al hilo de la conversación con el amigo, han aparecido casi todos los grandes de la segunda mitad del XX. En fin, tampoco sabría decir cuál es su libro más afortunado, ¿Los adioses, La vida breve o El astillero?, aunque su preferido fuera el primero, pero el segundo le parece más importante; ni siquiera su mejor cuento: ¿"Tan triste como ella", "La cara de la desgracia" o "El infierno tan temido"? El segundo y el tercer cuento citado son los favoritos de Muñoz Molina y Vargas Llosa, respectivamente. O qué personaje, entre los suyos, es el más inovidable: ¿el macarra Larsen, Eladio Linacero, Juan María Brausen, o su reconocido alter ego Díaz Grey? Y eso contando con que mi memoria no me juegue una mala pasada y me olvide de algún título imprescindible.
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Leí varias obras de Onetti de muy joven, cuando todavía andaba dando guerra por Almería, antes de empezar la Universidad, y recuerdo que -para comprendelo mejor- me sirvió de guía un libro de Fernando Ainsa, a quien mucho años después tuve el placer de tratar, titulado Las trampas de Onetti, publicado por la editorial uruguaya Alfa, en 1970. Por ejemplo, leí El astillero en la inolvidable colección RTV, 1970, que llevaba un prólogo de José Donoso. Hace unos pocos años estuve en Montevideo, siguiendo las sabias indicaciones que me había proporcionado Cristina Peri Rossi. Eran días de lluvia y sol, y recorriendo la ciudad, sus alrededores, pateando las calles que desembocan en el puerto, durante las brumosas noches tenuamente iluminadas, asomándome a algún que otro cafetín angosto -hasta que un individuo me advirtiera que era una temeridad andar por aquellos andurriales en horas intempestivas-, tuve la impresión de que me había perdido en un relato de Onetti.
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No podría decir mucho más. Soy un simple lector. Sí puedo recomendaros el libro de Ramón Chao, Un posible Onetti (Ronsel, Barcelona, 1994), de conversaciones con el escritor, y el reciente monográfico de Ínsula (750, junio del 2009), coordinado por la experta en la materia e hiperactiva Ana Gallego, por no insistir sólo en el obvio ensayo de Vargas Llosa (El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, Alfaguara, 2008). Y sólo me queda decir que los recuerdos que guardo de la lecturas de sus libros, cuentos y novelas, son inmejorables, y que despues de tantos comentarios empalagosos como he leído sobre él últimamente, me produce un poco de respeto volver a sus obras. Quizá sea mejor esperar a que acaben los festejos, para volver a las obras del narrador uruguayo, al periodista que fue secretario de redacción -léase chico para todo- de la mítica revista Marcha de Carlos Quijano, en la que -por cierto- tanto colaboró nuestro Álvaro Fernánez Suárez. En fin, a veces tengo la impresión de que soy el único onettiano que no lo visitó en su casa de Madrid, que no vio nunca a Dolly ("antes de conocerla -confesó Onetti- yo era un burro hinchado"), y al que, por tanto, no recibió echado en la cama, con el rostro si afeitar, fumando sin mesura, con un whisquicito en una mano y una novela policiaca esperando en la mesilla de noche, preferiblemente de Hammet, Simenon o Chandler. Quizá fui el único que no lo trató, pero sí he soñado con Santa María, esa posible síntesis de Buenos Aires, la provincia de Entre Ríos y Montevideo, que tuvo que fundar, inventar y reinventar porque Roberto Arlt ya había creado el alma de la capital porteña, pero sí recuerdo con nitidez haberlo leído siempre con turbación y placer.
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martes, 21 de octubre de 2008

Guillermo Samperio, 40 + 20

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El escritor mexicano Guillermo Samperio cumple 40 + 20 años. Desde Berlín, casi en el otro extremo del mundo, me gustaría sumarme a la fiesta con mis felicitaciones y abrazos. Pero para los que no podemos estar en México D.F., quizá la mejor manera de celebrarlo sea recogiendo aquí uno de sus mejores microrrelatos, o al menos uno de los a mí más me gustan, de quien es uno de los grandes cultivadores del género.
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"La cola"
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Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles, interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas, adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.
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* "La cola" está recogido en el libro Gente de la ciudad (1986).
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domingo, 1 de junio de 2008

Oír con los ojos, ver con la mente. Cartas de Octavio Paz

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Entre 1952 y 1992, el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz mantuvo una correspondencia fluida con quien era su primer traductor al francés, Jean-Clarence Lambert. Éste tenia 20 años, mientras que el ensayista mexicano andaba ya por los 36 y era autor de libros tan importantes como ¿Águila o sol?, del que no se muestra satisfecho, y El laberinto de la soledad. El caso es que se habían conocido en París, en 1951, formando parte del grupo de jóvenes que rodeaban entonces a André Breton. Seix Barral acaba de publicar las cartas que le escribió el escritor mexicano en un volumen titulado Jardines errantes, nombre extraído de un verso de Lambert que Paz siempre le envidió, así se lo confiesa en varias ocasiones, y con el que cierra el poema que el escritor le dedicara en 1969. Incluso podría decirse que actúa como leit motiv de las cartas.
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J.C. Lambert ha cultivado la poesía, el ensayo y la crítica de arte. Y ha estado vinculado al grupo Cobra. El intercambio epistolar, se mantuvo hasta 1976, más o menos regular; después, las cartas son ya mucho más esporádicas, quizá porque Jean Claude Masson lo sustituyera como traductor. Las misivas de Lambert se perdieron en el incendio que asoló la casa del mexicano en los últimos años de su vida.
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De todas estas cartas puede desprenderse un cierto retrato de Octavio Paz, hombre amable, pero que, a menudo, se aprovecha, hasta el abuso, de la gentileza de su interlocutor, agobiándolo con numerosos encargos y frecuentes rectificaciones en la traducción de su obra. Hasta el punto de que Paz le confiesa: "Me doy cuenta que lo abrumo y que es más bien difícil trabajar conmigo" (p. 48). Aunque luego sea capaz de compensarlo de otras maneras, apoyando las versiones de sus libros al castellano, o proporcionándole colaboraciones en publicaciones mexicanas. Así, los comentarios que le dedica a la poesía de Lambert, en 1957, nos sirven también por lo que pueda decirnos sobre la suya, cuando destaca la claridad, la precisión y la arquitectura de la lengua, del poema (p. 112).

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No menos aleccionadora es la dificultad que encontró Paz para que sus libros aparecieran en Francia con una cierta celeridad, de ahí las constantes quejas sobre la tardanza de su aparición. O las dudas que confiesa sobre la entidad de su obra poética ("casi nada de lo que he escrito me satisface, ni siquiera medianamente", le comenta en 1955, p. 79); a diferencia de lo que ocurre con sus ensayos, de los que suele sentirse más satisfecho. Aunque para Paz, prosa y poesía sean vías paralelas, como él mismo confiesa (p. 200). Otro tema que descubrimos son las correspondientes relaciones sentimentales, aunque lleguemos a saber más de Lambert, de las varias crisis con su primera mujer, que de la tormentosa relación de Paz con Helena Garro, quien fuera su primera esposa. .
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Me ha llamado la atención también las referencias, hasta en cuatro ocasiones, al escritor catalán Josep Palau i Fabre. Y el aprecio que muestra por la actriz María Casares, Luis Buñuel o Fernando Arrabal. Confiesa Paz detestar las comas, y le recuerda a su interlocutor el deseo de Fourier de inventar nuevos signos de puntuación. Le da cuenta, e intenta vincularlo, a sus empresas como publicista, como la fundación de la revista Plural, según el mexicano, siguiendo el modelo de The New York Review Books o el T.L.S., de Londes, "pero más abierta al mundo exterior y con mayor interés en las artes plásticas y en los movimientos de vanguardia", aunque "también se ocupa de política, economía , historia". Pronto sabremos que cuando sólo han salido los tres primeros números, están tirando ya 25.000 ejemplares y han alcanzado los 5.000 suscriptores (pp. 213, 216 y 219). En 1971 le comenta el intento de fundar un partido político, con Carlos Fuentes, entre otros muchos, ya que se encuentran "entre la espada del PRI y los muros del PC" (p. 215). En 1972 le da la noticia de su definitiva instalación en México, en donde tiene la sensación de ser un auténtico actor y no sólo un mero espectador (p. 74), como le sucede cuando vive en el extranjero, y un año después, se muestra convencido de que vivimos en una época postmoderna (p. 220), lo que debe ser, en el mundo hispano, dado lo temprano de la fecha, una de las primeras veces que se tiene conciencia de tal cosa.
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No puede pasar inadvertida la crítica a Sartre; sus opiniones sobre el amor y la amistad, su aprecio por la conversación, su fascinación por los jardines (el jardín y la conversación -explicará- son las dos artes supremas de la civilización); los comentarios sobre Cernuda y el fracaso de su traducción al francés; la autobiografía sintética que nos proporciona, en 1952, o el balance que hace de la literatura mexicana, a la altura de 1963; los comentarios sobre la India, Japón, Suiza, Estados Unidos y, por supuesto, México; o lo que le comenta sobre la importancia del azar en la poesía ("verdadero tema de la poesía contemporánea", p. 173), inducido por la música de John Cage. Y, por último, esta correspondencia interesará mucho también a todos aquellos que aprecien al Paz traductor, o sientan curiosidad por la historia menuda de sus traducciones al francés.
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Creo que a las gentes de mi generación, aunque sea arriesgado generalizar al respecto, los que accedimos a la cultura en los setenta, durante los años de prosperidad del boom, nos interesó más el Paz ensayista, el autor de El arco y la lira (1956), Cuadrivio (1965) o Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982). Al poeta -generalizar es inútil, insisto- lo leímos más tarde, aunque casi con tanta devoción, si bien algo menor que la que le tributaron Pere Gimferrer, Juan Luis Panero o Andrés Sánchez Robayna, quizá sus mayores valedores en España. En este sentido, el libro que nos dio a conocer su lírica fue Las peras del olmo (Seix Barral, 1971), cuya edición mexicana databa de 1957. En estas cartas, en suma, Octavio Paz se muestra tan lúcido e independiente como lo fue, casi siempre, a lo largo de toda su existencia, sin caer, como tantos otros escritores e intelectuales, en los numerosos espejismos pseudorrevolucionarios que se encontraron en su trayectoria vital. .
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* Octavio Paz, Jardines errantes. Cartas a J.C. Lambert 1952-1992, Seix Barral, Barcelona, 2008.