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A Michael Phelps, en el borde de la piscina, tras ganar una carrera de relevos, gritando como un poseso y golpeándose el pecho con los puños, pensando quizás en aquella profesora que pronosticó que aquel niño hiperactivo nunca llegaría a nada.
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A Kobe Bryant pidiendo silencio al público, después de meter una suspensión, en la final de baloncesto, cuando estaba acabando el partido y España se acercaba en el marcador.
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La torpeza de los atletas norteamericanos, mujeres y hombres, en los relevos 4 x 100, ante la derrota que se avecinaba con Jamaica; aunque en el relevo femenino, las jamaicanas no se mostraron menos patosas.
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La apenas entrevista extraordinaria decatleta sueca, ahora convertida en saltadora de longitud, Carolina Kluft.
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A los atletas haciendo el ganso, en la ceremonia de clausura, cada vez que los enfocaban las cámaras.
La colaboración de todo el lujoso equipo español (Contador, Sastre y Valverde) en la prueba de ruta, en la que Samuel Sánchez consiguió la medalla de oro.
El extraordinario equipo francés de balonmano masculino.
El envaramiento y la ñoñería de los ejercicios de gimnasia rítmica, y la cursilería de los vestiditos que llevan las participantes.
Nunca un atleta tan bien dotado físicamente para la competición tuvo tan poca cabeza como nuestro Juan Carlos Higuero.
La escasa fortuna de Marta Domínguez, al tropezar en uno de los últimos obstáculos, y la ninguna suerte de Beatriz Ferrer-Salat, cuyo caballo se lesionó un poco antes de iniciarse la competición.
El cuento que le echa, la filosofía de perrilla, del entrenador de Paquillo Fernández, el gran Robert Korzeniovsky, por lo visto mucho mejor marchador -en su momento- que -ahora- entrenador.

Branka Vlasic, la altiva saltadora de altura croata, con el ceño permanentemente fruncido, que es lo que algunos llamarán concentración.
El sueño de un chico de 17 años al que le gusta el baloncesto: jugar una final olímpica con el cinco titular y hacer, en conjunto, un buen partido. Se llama Ricky Rubio.
Las muchas retransmisiones de deporte femenino que ha ofrecido la televisón alemana, donde he seguido las competiciones.
El rostro crispado, por el sufrimiento, de Paula Radcliffe, que tampoco en esta ocasión consiguió ganar la maratón.
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La curiosa y arbitraria manera de puntuar de los jueces en la competición de gimnasia.
La teatral puesta en escena de las ceremonias de apertura y clausura, más propias de David Lean que de Zhang Yimou, con mucho también de la estética del Cirque du Soleil.
El recuerdo de tantos atletas que fueron derrotados por otros que se doparon, impidiendo que obtuvieran, en su momento, durante la competición, el reconocimiento que merecían.
Usain Bolt ha empezado a ensayar posturas de arquero para cuando abandone el atletismo poder trabajar en la Orangerie del parque de Sans Soucci; o, en su defecto, como bailarín de rap en Jamaica, puesto que también lo tiene ensayado.
Una extrañamente enrabietada Yelena Isinbayeba, la pertiguista rusa, por el reto público de la saltadora norteamericana, de cuyo nombre no consigo acordarme...
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¿Cuáles son vuestros recuerdos preferidos de estos Juegos chinos?
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