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domingo, 9 de diciembre de 2012

Sobre `Absolución´, de Luis Landero

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El espantapájaros de Kant
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Entre las muy diversas sendas que ha venido adoptando el realismo, Luis Landero se vale en esta nueva novela (Absolución, Tusquets, 2012) de la cervantina y en cierta forma también de la expresionista, tan fructíferas en el conjunto de su obra. La acción transcurre ahora en una España en que los héroes (Silver, el pirata; el conde de Montecristo; el cazador Quatermain; el Zorro; el capitán Hatteras; Hernández y Fernández; Don Quijote; el capitán Trueno y Tarzán) han acabado convirtiéndose en espantapájaros, aunque ni siquiera cumplan ya esa función. Hasta el extremo de que entre los actuales despojos de la sociedad posmoderna, las figuras de los espejos cóncavos adornan el campo, como si de un cementerio de viejos héroes se tratara.
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Absolución nos cuenta la historia de Lino, hombre perplejo y desazonado, de carácter levantisco y orgulloso, un personaje con algo de Orestes y otro tanto de Vania, que al vagar sin rumbo cierto, se deslumbra ante varios espejismos: el dinero fácil, reencarnado en don Gregory, el emigrante que volvió de Australia; el amor de Clara que parece poder cambiar su vida; las amistades que le proporciona el azar; la existencia en el campo, sea en Australia o en la Castilla profunda; o la pureza, reencarnada en un Olmedo que nos recuerda a aquel noble criticado por cadalso en sus Cartas marruecas. Hasta que finalmente Lino acaba comprendiendo que alcanzar la felicidad no resulta una empresa fácil.     
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No pesan menos en la trama las siete palabras que expresamente destaca el narrador para sintetizar su trayectoria: contingencia, tedio, permanencia, ironía, valor, cobardía y asesino. Podría añadirse, además, que nos encontramos ante una novela existencial, de ideas, que incluye también un relato de iniciación y una narración itinerante con ciertas dosis de intriga. Y una peculiar historia de amor, la del señor Levin y la misteriosa Paula, que anticipa y propicia la de Lino y Clara, aunque ambas resulten desventuradas. Todo ello tiene como fin mostrarnos la desazón del protagonista, sometido a diversas pruebas que debe padecer, más que superar, para llegar a aceptarse, una vez que consigue entender que la existencia se compone de dolores, azares y placeres, pudiendo todo ello ser contado en una narración articulada, como la que leemos.       
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El caso es que una gran parte de la acción, narrada en tercera persona, transcurre en el camino, a lo largo de diversas poblaciones de Madrid y de Castilla. Arranca un jueves, día en el que el protagonista tiene una comida familiar, como anticipo de su boda con Clara, que debe celebrarse tres días después. Pero ese domingo, que se nos había anunciado como el día más feliz de su existencia y el inicio de una vida nueva, mientras Lino rememora su pasado, acabará torciéndose.
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Esta es, por tanto, una novela de situaciones y personajes, digamos más barojianos que galdosianos, quienes se debaten entre dudas y afanes. Me refiero al protagonista, pero también a Gálvez, el agente comercial que Lino se encuentra nada más iniciar su huida, o el agricultor y escultor artesano Olmedo, e incluso a su perro Comediante, a su manera tan afanoso como el resto. En cambio, las escasas mujeres que aparecen en escena resultan de menos entidad e interés. Los frecuentes diálogos que mantienen todos ellos, entre lo serio, lo ingenioso y lo irónico, nunca carecen de trascendencia, ni de un leve e inteligente humor.          
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También se trata de una narración plagada de dilemas: estabilidad/vagabundeo, ciudad/campo, pasividad/heroísmo o desazón/felicidad. El caso es que la trama no progresa hasta que no se pone en marcha la acción, pues, tras muchas cábalas, un incidente con ribetes heroicos, la defensa de una mujer maltratada en plena calle, desemboca en un imprevisto asesinato. La muerte lleva al protagonista a la fuga y las experiencias que le proporciona su deambular logran que, al conocerse mejor, el solitario y ensimismado Lino acabe por aceptarse y asumir su responsabilidad. No será, por tanto, el amor quien lo redima, sino la reflexión y la capacidad para escuchar y entender lo que le cuentan el esperanzado Levin, el inventivo y dicharachero Gálvez y el desencantado Olmedo; la articulación, en suma, del relato de su trayectoria vital; la vida vivida, más que la elucubración, y el coraje necesario para encarar su trágico y absurdo destino. Como tampoco es la intriga la que le proporciona empaque a la novela, sino los entresijos del pensamiento y la evolución de una conducta que tarda demasiado en afirmarse.
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Absolución, novela que trata también sobre la fugacidad de las cosas y los claroscuros de la existencia, es otra muestra de que Luis Landero sigue siendo uno de los más sólidos narradores en castellano, pues sus obras nunca carecen de la complejidad, sutileza y emoción que todo lector debería exigirle siempre al género.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 8 de diciembre del 2012. La foto está hecha en Ginebra, en el 2007, delante de la casa en la que vivió Borges durante los últimos años de su vida.
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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Los `Cuentos completos´ de Javier Tomeo

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No será fácil encontrar en el sistema literario español a alguien menos afectado que Javier Tomeo por todo el boato que el Romanticismo proporcionó a los artistas. Tampoco será sencillo dar con alguien menos al tanto de la parafernalia del mundo cultural. Pero es probable que estos desapegos hayan condicionado la recepción de su obra, desde que empezó a ser reconocido tras la aparición de su novela El castillo de la carta cifrada (1979).
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Ahora, Páginas de Espuma ha tenido el acierto de poner a disposición del lector sus Cuentos completos (2012. Ed. de Daniel Gascón), una veta fundamental en su obra compuesta por piezas de microteatro, bestiarios, cuentos y microrrelatos. Se trata de siete libros (Bestiario e Historias mínimas, ambos de 1988; Problemas oculares, 1990; Zoopatías y zoofilias, 1992; El nuevo bestiario, 1994; Cuentos perversos, 2002; y Los nuevos inquisidores, 2004) y un último apartado formado por textos inéditos y reescritos. Para que estos cuentos fueran completos habría que haber incluido libros como, por ejemplo, Patíbulo interior (2000). De lo ya dicho se deduce que no todos son cuentos, puesto que muchos son microrrelatos. Asimismo, tanto los bestiarios como Zoopatías y zoofilias carecen de las ilustraciones del autor, hechas ex profeso e imprescindibles para entenderlos. Por último, el que algunos textos se hayan retocado no justificaría su desgaje de los libros de los que formaban parte. A menudo, las correcciones, que he cotejado, son poco relevantes, y solo en casos contados resultan significativas, lo que hubiera estado bien ilustrar en el prólogo con algún ejemplo concreto. 
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A Tomeo, que dudo que haya padecido ansia alguna por las influencias, se le ha emparentado con Kafka, Valle-Inclán, Gómez de la Serna y aquellos escritores que cultivaron la veta de lo inverosímil, con Jardiel y Mihura a la cabeza, la literatura existencialista y del absurdo, y escritores como Cunqueiro y Perucho. Así como con sus paisanos Goya, Buñuel y Antonio Saura, grandes hacedores de monstruos. Quizá su inspiración provenga en mayor medida de la lectura de los clásicos (Aristóteles, Plinio, Claudio Eliano, el Fisiólogo, Buffon…), los estudios naturalistas y los libros de divulgación científica. Aunque solo haya que permanecer un rato en compañía de Tomeo para descubrir que es un atento observador de la realidad, dotado de un excelente oído para reproducir los tonos y el énfasis del diálogo, y ver más allá de la apariencia de los seres, algo que apreciaron pronto las gentes del teatro.

 
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El narrador aragonés se ha alejado de la tradición realista para acercarse a lo fantástico y grotesco, de cuyos motivos se vale, ha roto tanto con la relación causa/efecto como con la idea tradicional de tiempo y del espacio, anima los objetos, hace hablar a los animales, se desdobla en su alter ego Ramón, con quien parece condenado a no entenderse; ignora, en suma, la lógica racional.
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Sus libros deben leerse en pequeñas dosis, para no empacharse de animales parlanchines y pedantes, y tipos chinches y estrambóticos, quienes a veces se refugian en el silencio. Es frecuente que un individuo disparatado y obsesivo tome la palabra, se presente e inicie un monodiálogo, o un leve diálogo, a veces con seres de otra especie, produciéndose a menudo una disputa. Sus personajes se saben únicos, pues suelen ser tipos solitarios con miedo al silencio, que han padecido el desamor, y casi nunca pretenden entenderse con los demás; antes bien acostumbra a soltar cada uno la suya... Así, las conversaciones suelen ser tan inverosímiles, como grotescos resultan los retratos de los personajes, quienes a menudo están en los límites entre lo humano, lo animal y lo monstruoso, tal ocurre con el gallitigre o el gallileo, símbolos de la armonía de los contrarios. En otras ocasiones, presentan alguna anomalía, ceguera o malformación que les impide alcanzar la felicidad. No menos sorprendente resulta la erudición que lucen animales y humanos, siempre al servicio de lo paradójico. El caso es que estas narraciones, que suelen concluir de manera abrupta y a veces poco afortunada, aunque tiendan a la fábula satírica, carecen de lección moral. En ellas la conducta de los animales resulta una proyección de la del hombre.
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A sus 80 años, este aragonés afincado en Barcelona se ha ganado a pulso un lugar destacado en la historia de la narrativa contemporánea. La singularidad de sus propuestas la han puesto de manifiesto sus mejores estudiosos y valedores, a la par que algunos escritores le han rendido tributo: Quim Monzó, Ángel Zapata o Hipólito G. Navarro.
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Tras leer más de ochocientas páginas de relatos, acaso una estricta antología le hubiera hecho más justicia. Javier Tomeo ha confesado de sí mismo sin empacho ser “un clown más”, aunque cuando se mira al espejo, a uno de los que no tiene domesticados, observe a un caballo malhumorado. Habría que preguntarle también a Ramón.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 24 de noviembre del 2012.
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lunes, 12 de noviembre de 2012

Homenaje a Alberto Blecua en La Central del Raval

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sábado, 10 de noviembre de 2012

`Tantas lágrimas...´, novela de Alfons Cervera

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El caso de Alfons Cervera resulta peculiar en la historia reciente de la narrativa española, pues sus libros, hasta donde yo sé, han tenido más aceptación en Francia, tanto del público lector normal, como del escolar, que en su propio país. E incluso su mejor estudioso y valedor es un profesor francés, Georges Tyras, quien le ha dedicado a su obra un estudio excelente. Se trata de un ejemplo semejante al de Rafael Chirbes, aunque el éxito de éste se haya producido, en cambio, en Alemania.  
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Esta nueva novela de Alfons Cervera (Tantas lágrimas han corrido desde entonces, Montesinos, Barcelona, 2012), cuyo título proviene de un verso de Edmond Jabès que se recuerda en el epílogo, trata de la emigración política y económica de ayer y de hoy, del desarraigo, pero sobre todo de cómo se construyen los recuerdos y se articula la memoria. La narración repasa algunos de los avatares de la historia de nuestro país, quiénes fuimos y somos, y por qué no deberíamos olvidarlo. 
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La acción trascurre a lo largo de 24 horas, el día del entierro de Teresa, la madre de Alfons, uno de los personajes aludidos en la novela, cuya muerte había contado el autor en Esas vidas, su anterior libro. Ese día los personajes se reencuentran en Los Yesares, un pueblo de Valencia, no menos real que inventado, el cual sufrió dos graves movimientos migratorios a la localidad francesa de Orange, cercana a Avignon. El primero, político, tras la guerra civil, y el segundo,  económico (para poder comer, según se repite en el relato), durante los años sesenta, si es que puede separarse lo político de lo económico.
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Así, la narración se nos presenta como si los hilos de distintos colores y carretes se hubieran mezclado, entrelazándose, y el lector tuviera que separarlos y reordenarlos para que de nuevo adquieran sentido, para poder entender la historia. La acción transcurre, por tanto, a caballo entre los recuerdos del pasado y el presente, en Los Yesares y Orange; la Agrícola y la casa de la difunta; el Café des Glaces (puede verse en la cubierta del libro) y la casa junto al Canal, en Orange, donde habitaba el narrador. Pero Cervera, en cierta forma, necesita inventarse la historia, la memoria, para desentrañar esa embrollada madeja que son las vivencias, compuesta por lo que sabemos a ciencia cierta, aquello que intuimos, y cuanto desconocemos e imaginamos, y todo ello para darle sentido a la existencia, para alcanzar las verdades verdaderas, como las denominó Juan Marsé.
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El relato se estructura en 47 breves capítulos y un epílogo compuesto solo por dos citas, que se añaden a las cinco que aparecen al inicio. Todas ellas apuntan al sentido último del relato. Los capítulos se caracterizan por su brevedad, los más largos apenas tienen tres páginas, mientras que el más breve se compone de un par de líneas; concisión exigida por la manera de contar la historia, pues esa voz que rompe con la concepción tradicional del tiempo y el espacio, mientras que el narrador se la va cediendo a otros personajes, resultaría insostenible a lo largo de más páginas, ni tampoco grata para el lector.
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La novela está narrada en primera persona por un emigrante español afincado en Francia, cuyos padres se ganaron la vida en la vendimia y trabajando en las fábricas del lugar. Lo curioso es que Cervera se valga de un guionista de documentales, y no de un novelista, para reflexionar sobre la escritura y el relato del pasado. Pero quizá dicha elección le proporcione una perspectiva distinta y más amplia. No en vano, aunque los lenguajes que manejen sean distintos, el tratamiento que ambos le dan a la realidad posee puntos en común y puede resultar complementario. Sea como fuere, el caso es que en esta novela podría decirse que el autor, ese Alfons que asoma al fondo del relato en unas pocas ocasiones, se desdobla en un guionista, quien tras emigrar de niño, se ha quedado en Francia para siempre. Pero ahora lo encontramos en su pueblo natal, junto a Marie-Pierre, su pareja, mientras va cediéndole la voz a otros muchos personajes, hasta convertir el relato en una novela coral en la que a veces se echa mano de un pasado estrictamente particular, mientras que en otras ocasiones se rememoran vivencias comunes, tales como la muerte de Teresa, que parece poner en marcha los recuerdos de todos ellos. Así, conocemos amores y muertes, algunos miedos y sueños frustrados, las depuraciones de la postguerra, ciertos episodios del maquis, los naturales matrimonios mixtos, además de la sensación de extrañamiento, de no pertenecer ya a ningún sitio, que suele tener el emigrante. Pero, sobre todo, adquieren protagonismo los encuentros en el café de Émile, en Orange, y la presencia de aquella misteriosa mujer, Antonella, que parece hecha con la materia de los sueños de celuloide, y a quien solo oímos hablar para defender a Mohamed de la falsa acusación de asesinato con que lo acosan los gendarmes.
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Una foto que nos recuerda de forma recurrente, como un leit motiv; las canciones de una vida; fragmentos de historias; recortes de periódico y cartas son los materiales con los que el narrador reconstruye un mundo de gentes sencillas, auténticos protagonistas de la historia, aunque sea la que no suele aparecer en los libros, para decirnos que los años pasan pero que los fenómenos sociales se repiten, pues el lugar que un día ocuparon los emigrantes españoles, griegos o portugueses, lo ocupan hoy árabes y africanos, quienes llevan a cabo el trabajo que no desean realizar los habitantes de la zona. Todos son, al fin y a la postre, uno y el mismo, pues reciben semejante maltrato de quienes deberían acogerlos con respeto. Pero lo que más avergüenza recordar, ya se hace en la novela, es que Orange, un enclave de emigración, ha acabado siendo gobernada por la extrema derecha.
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Es probable que todo cuanto relata Alfons Cervera sea sabido por algunos lectores, aunque muchos más lo ignoren, lo hayan olvidado, o les dé exactamente igual; por eso –insistía André Gide- determinadas cosas deben seguir repitiéndose una y otra vez. Me refiero a ideas como que la guerra civil la perdimos todos, cuando es más cierto que hubo algunos que la ganaron y le sacaron un gran provecho a la Victoria (pp. 25 y 53).
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Y aunque esta novela esté compuesta con materiales semejantes a los que durante los años sesenta utilizaba la denominada literatura social, o comprometida, en esta ocasión el relato aparece articulado de una manera más compleja, menos tosca, trufada de citas literarias, sin moralina, pero con las voces y testimonios de los que perdieron la guerra, la militar y la económica. De modo que, si algo ha entendido bien el autor, es que el ayer es siempre, y por tanto también es hoy, pues los desarraigos resultan equivalentes, y como sabemos con mayor claridad que nunca, la ficción representa el último recurso de la memoria.
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De igual modo aparece perfectamente diluida en la trama de la novela una sensata reflexión metaliteraria acerca de cómo, en parte, necesitamos fabular los recuerdos, de la misma forma en que los personajes seguramente se inventaron a aquella Antonella que escribía cartas al fondo del Café des Glaces (pp. 47, 95, 117, 129); inventar la verdad. Pero, además, en un momento u otro de la narración se alude a Faulkner, Onetti, Trakl, Camus, Manuel Talens y Jean Claude Izzo, en calidad de compañeros de viaje literario. El autor es consciente de que sus personajes son “testigos de un tiempo roto en mil pedazos cuya reconstrucción es imposible”, por lo que cree también que si se escribe es, ante todo, “para remendar los agujeros de un tiempo hecho con los jirones de otros tiempos” (p. 103). Sea como fuere, estamos ante una buena novela que aporta dosis de lucidez en estos confusos tiempos en que nos ha tocado vivir. Pero lo importante, una vez más, es que Alfons Cervera cumple con aquella clásica idea de Aristóteles según la cual la historia sin poesía queda inerte, de la misma forma que la poesía sin historia resulta no menos insulsa.        
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* En la foto aparece Alfons Cervera con Georges Tyras, su traductor al francés y probablemente quien mejor conoce su obra.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en la revista El Viejo Topo, (298, noviembre del 2012, pp. 75 y 76), con el título "`La memoria consiste en caminar a ciegas por el tiempo´".
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jueves, 8 de noviembre de 2012

Los cuentos de Jesús Ortega

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Seres heridos
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Tres temas predominantes pueden distinguirse, al menos, en este libro de Jesús Ortega (Calle Aristóteles, Cuadernos del Vigía, Granada, 2011) compuesto por diez piezas yuxtapuestas, el segundo de cuentos de su autor: la condición que comparten los personajes de ser individuos con alguna carencia, necesidad o herida -en palabras del escritor- que intentan sanar; la dominación, el ejercicio del poder, las distintas maneras en que se manifiesta, bien sea en las relaciones personales, sentimentales o profesionales; y la necesidad de relacionarse, de comunicarse.
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El protagonista de “El paseante”, que abre el volumen, cuenta su propia historia, la insatisfacción que siente cada vez que se cruza con alguien en la acera y tiene que cederle el paso, idea que aparece en las Memorias del subsuelo, de Dostoyevski. Hasta que, en un momento dado, resuelve no hacerlo, por lo que cada encuentro con un peatón tan empecinado como él acaba convirtiéndose en un combate de carneros. El punto de partida del cuento resulta sugerente (podría titularse, a la manera cortazariana, “Instrucciones para circular por las aceras”), con la dificultad añadida del cierre del relato. En él se cuenta una peculiar historia de amor: lo que resuelve un individuo, apocado y febril, para convertirse en un hombre nuevo, tras conquistar el respeto ajeno. Aun cuando no lleguemos a saber si acaba recuperando a su amada, que lo ha abandonado, sí se nos dice -en cambio- que lo han echado del trabajo por absentismo laboral, mientras que en el desenlace intuimos que tras recobrar ese espacio que le disputan, sigue siendo el mismo infeliz de siempre.
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El mejor relato del conjunto es “Pájaros”, donde se presentan los perversos mecanismos que utiliza una secta que no se nombra, el Opus Dei, para reclutar a sus miembros más jóvenes. Así, la estrategia que conduce al sometimiento de Ángel, el protagonista, prueba que los crueles métodos de captación de la Obra resultan más perversos y retorcidos que las humillantes burlas que le dedican los chicos de una barriada proletaria a su compañero. Dado que Ángel destaca como un niño distinto, piadoso, educado y con ansias de saber, además de por sus conocimientos ornitológicos, intentan captarlo. Primero, valiéndose de Gregorio, un joven de familia bien, con quien entabla una relación ambigua, y más tarde de un par de sibilinos sacerdotes, los padres Matías y Jenaro. Conforme avanza el relato, vamos percibiendo que lo que en verdad pretenden no es captar al joven naturalista para poder ayudarlo a formarse, sino reclutar a gente de tropa dispuesta a obedecer ciegamente. Se trata, por tanto, de anularlo, imponiéndole, además, su propio lenguaje.      
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En estos relatos, el autor se vale de diversos registros lingüísticos, del serio al jocoso, o del lenguaje técnico, pero también del catalán y del español hablado en la Argentina. Pero, sobre todo, destacan los cambios de voces, la potencia de los narradores, varios de ellos femeninos: Carmiña en “Mal de ojo”; la mujer enferma y solitaria de “Cara de llamarse Antonio”; la anciana de “Calle Aristóteles”, o Cristina, en la última narración. Todos los relatos del volumen se ocupan del presente, de problemas privados y sociales que nos afectan, de las relaciones que se generan en la vida cotidiana, sean sentimentales, familiares, de amistad, de lo que deseamos y de cuanto ocultan los seres con el propósito de sobrevivir.
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* Esta reseña apareció en el suplemento Babelia de el diario El País, el sábado, 3 de noviembre del 2012..  

domingo, 21 de octubre de 2012

Los cuentos completos de Javier Marías, o el arte del detalle

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Tengo por cierto que Javier Marías es uno de los grandes escritores de cuentos de las últimas décadas, y sin embargo esta faceta de su literatura ha permanecido semioculta, quizá por la intensa sombra que proyectan sus novelas. A los que creemos en la buena salud del cuento español actual, el que escriben los nuevos nombres, tendría que sorprendernos lo poco que aparece Marías entre las preferencias de los jóvenes cultivadores del relato. Así las cosas, ahora se presenta una excelente oportunidad para recorrer el conjunto de su obra y poder descubrirla.
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Se recoge en este libro (Mala índole. Cuentos aceptdos y aceptables, Alfaguar, Madrid, 2012) su obra completa en el género, los denominados cuentos aceptados y los aceptables, que reúne dos volúmenes de relatos: Mientras ellas duermen (1990, ampliado en el 2000) y Cuando fui mortal (1996), más cuatro piezas sueltas. Ninguno fue concebido como libro unitario, sino recopilatorio, pero en ambos hallamos cuentos memorables: “La canción de Lord Rendall”, “Mientras ellas duermen”, “Lo que dijo el mayordomo”, “Cuando fui mortal” y “No más amores”, a los que habría que añadir Mala índole (1998). Son temas habituales el deseo de descifrar un enigma o de alcanzar la verdad; el paso del tiempo y sus efectos, junto con la venganza o el amor como pasión que nos aboca a la muerte.
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Asimismo, tres características de diversa entidad los singularizan: muchos de estos relatos, publicados primero en diarios y revistas, son el resultado de un encargo; varios han sido retocados en diversas reimpresiones; y en ellos es común el trasvase de géneros, del artículo al cuento (“Lo que dijo el mayordomo”, “Todo mal vuelve” o “No más amores”) y del relato a la novela (“En el viaje de novios” y Corazón tan blanco), o la adaptación, como la sufrida por “Serán nostalgias” respecto a “No más amores”, prueba de que el mismo relato puede contarse varias veces con distintas palabras.
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De las cuatro piezas nuevas en el volumen, destacaría “Mala índole”; en castizo: malas pulgas, mala baba o mala leche. En él se nos cuenta un episodio de la existencia de Ruibérriz de Torres, quien en veinticuatro horas pasa de trabajar como profesor de dicción e intérprete de español de Elvis Presley, en el rodaje de una anodina película de Hollywood, a ser abandonado por el cantante y su partida en un garito cutre del D.F., entre matones, a riesgo de ser asesinado. Aun así, acaba convirtiéndose en verdugo. Sorprende que estos peligrosos avatares ocurran sin razón alguna, envuelto el narrador en un absurdo embrollo de machotes vanidosos. Se trata, por tanto, de un cuento sobre la servidumbre de la fama, la manera caprichosa en que gira la débil rueda del mundo y acerca de lo gratuita que parece haberse vuelto la existencia, desde el momento en que casi todos nuestros actos se han vaciado de sentido.
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Para Marías escribir es siempre un camino para averiguar algo, un modo de conocer los resortes que activan la conducta humana. De forma semejante a como ocurre en sus novelas, en la narrativa breve convive la especulación y la trama, el discurso y la historia. Los mismos personajes reaparecen en otros relatos, o en sus novelas, en un viaje de ida y vuelta. Pero, sobre todo, llaman la atención los diversos narradores, a menudo observadores de hechos sorprendentes que nos relatan lo que les dijeron, hasta el punto de que varias historias podrían haberse titulado, a la manera del cuento sobre el mayordomo: “Lo que dijo el escolta, el fantasma, el actor porno…”; o que han vivido algo que solo logran comprender tiempo después, más allá de lo esperado o previsto. 
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En el caso de que existiera un relato tipo de Javier Marías, el narrador sería siempre alguien ansioso por transmitir la peripecia que ha oído, a veces por puro azar, o que le han contado previamente. En ellos predomina, por tanto, la historia, que transcurre entre lo acaecido y lo posible. El estilo no resulta menos errabundo que en sus novelas, ni tampoco faltan los retratos precisos de personajes, los llamados miramientos. Los comienzos y finales tienden a ser singulares, y a veces se conectan, aunque en los relatos de misterio el enigma solo se desvela a medias, o se duplica en el desenlace. En suma, podría decirse que sus cuentos son hijos de sus novelas, tal como comentaba Cortázar de los de Henry James.
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Lo indudable es que su interés por el género, ya sea en calidad de prologuista, mero lector, traductor o articulista, ha sido constante. No en vano, se ha ocupado de la narrativa breve de Thomas Hardy, Isak Dinesen (su preferida), Nabokov o Salinger, mostrando siempre devoción por los cuentos de terror o de fantasmas, y en la actualidad por las piezas de Alice Munro. A pesar de que su cuento más reciente date del 2005 y en el prólogo comente que quizá no vuelva más al género, a quienes hemos disfrutado con sus relatos nos queda esperar que incumpla su palabra.  
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* Esta reseña apareció publicada ayer, 20 de octubre, en el suplemento Babelia del diario El País.
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lunes, 24 de septiembre de 2012

Antonio Pereira, fabulador del Noroeste

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A lo largo de cuarenta años, entre 1967 y el 2007, Antonio Pereira publicó seis libros de cuentos, cuatro antologías, que incluían también un puñado de microrrelatos, y dos libros compuestos por textos a caballo entre el artículo, la estampa y la remembranza, relatos memoriosos los ha denominado, sin que faltara en ellos alguna pieza narrativa. Que ahora Siruela nos proporcione reunida su obra breve en prosa (Todos los cuentos, 2012) nos permite calibrar el sentido y el valor de una literatura que la crítica ha reconocido como imprescindible en la historia del cuento español de las tres últimas décadas del siglo XX, género en el que más ha destacado el autor. Y, sin embargo, él siempre se consideró poeta, incorporando en sus relatos la precisión lingüística y la concisión propias de la lírica.
Para considerar un cuento logrado, Pereira necesitaba dar con la ficción de una voz adecuada, poseer una buena historia y saber relatarla con brevedad. Así, podría decirse que se desenvuelve dentro del amplio territorio del realismo con incursiones en lo grotesco y esperpéntico, además de en la literatura fantástica. En su “Cuento de los dos narradores” distingue entre el narrador inocente que fue en sus inicios y el resabiado en que ha acabado convirtiéndose. A ello habría que añadir los rasgos más característicos de su escritura: el humor y una leve ironía, y ese “erotismo diocesano”, según él mismo lo llama, en donde sus protagonistas padecen a menudo los delirios propios del seductor; junto con el culturalismo y una cierta preocupación social, todo ello tamizado por el arte de la sugerencia, la ambigüedad y el deseo de romper con las expectativas del lector. Gran parte de los cuentos aparecen escritos en primera persona, aunque a veces se valga del estilo indirecto libre e incluso de la segunda persona, si bien se trata siempre de fabulaciones reelaboradas bajo el disfraz de lo autobiográfico. Ese narrador predominante suele presentarse como el intermediario de una historia singular que le han contado, a menudo en una tertulia, y que merece conocerse. 
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Si comparamos las primeras ediciones de sus cuentos con las más recientes, se aprecia el trabajo de poda realizado, llegando a componer nuevas versiones de una misma historia, con notables variantes, de lo que sería buena prueba “Informe sobre la ciudad de N***” y “Aquella revolución”, relatos de 1967 y 1999. El cambio más radical de estilo se observa en su segundo libro, donde se hace más atrevido y complejo, menos funcional y costumbrista, y sus historias dejan de ser sólo rurales.
Quizá sea su condición de francotirador, de escritor al margen de estéticas imperantes, grupos y generaciones, el rasgo que mejor lo singularice. Acaso porque su obra se desarrolla entre la generación del mediosiglo y la de esos otros autores que arrancaron en los años de la Transición, un territorio peor perfilado por la historia literaria. De los títulos de la obra narrativa breve de Pereira, es posible deducir una cierta poética: a través de ellos afirmará tajantemente que le gusta contar, al tiempo que la define como invenciones, historias veniales o civiles; o la utiliza para anunciarnos que sus cuentos son de andar el mundo o relatos sin fronteras, e incluso alguna pieza es tachada de cuento cruel, anticipándonos, además, su transcurso en ciudades de Poniente, del Noroeste mágico, o en barrios como la Cábila, pero siempre destinada a lectores cómplices.
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Pereira, con el paso del tiempo, iría afianzando una voz depurada y un mundo personal, creándose su propia estirpe y levantando acta de un territorio literario, tachará a una de sus urbes de “ciudad llena de secretos”, del que también formarían parte, ya escribieran en gallego o en castellano, Cunqueiro, Casares, Basilio Losada, Merino y Luis Mateo Díez, en quienes pesa de igual modo la tradición del relato oral.
Si tuviera que hacer una antología con los mejores cuentos de Pereira me decantaría por relatos tan distintos como “Fábula con obispo y niño”, “El ingeniero Démencour”, “Los brazos de la y griega”, “El ingeniero Balboa” (su preferido), “El síndrome de Estocolmo”, “El happening”, “Obdulia, un cuento cruel”, “La barbera alemana”, “La nostalgia”, “Dalmira y los monjes”, “La espalda de Elisa”, “Los preventivos” (una pieza maestra), “El asturiano de Delfina”, “Las nieblas de la Purísima” y “Palabras, palabras para una rusa”, mi preferido, pues me gusta leerlo como una metáfora de la literatura, del poder que tiene siempre la palabra, así como de la capacidad de encantamiento del ritmo. Un cuento que podría decirse que años después se hizo realidad, tal y como cuenta en “Con la rusa en Tarragona”.
En cierta ocasión, el narrador argentino Daniel Moyano comparó a Pereira con Giacomo Rossini, habida cuenta de que en sus relatos apenas nunca deja de oírse de fondo il basso bufo para subrayar ese humor vitalista, socarrón y escéptico que siempre caracterizó al escritor de Villafranca del Bierzo.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia, del diario El País, el pasado sábado, 23 de septiembre. 
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viernes, 27 de enero de 2012

La novela, según Saul Bellow

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"Una novela, como una carta -le dice Bellow a Bernard Malamud en una misiva fechada en 1953-, debería ser suelta, cubrir mucho terreno, avanzar rápidamente, asumir el riesgo de la inmortalidad y la decadencia. Me aparté de Flaubert, en la dirección de Walter Scott, Balzac y Dickens".
(Saul Bellow, Cartas, Alfabia, Barcelona, 2011)   
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sábado, 12 de noviembre de 2011

900 años de ideas literarias en España

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Tengo a José María Pozuelo por uno de los teóricos y críticos literarios españoles mejor preparados, más sensatos e independientes. Por todo ello resultaba la persona más adecuada para llevar a buen puerto este volumen que se ocupa nada menos que de 900 años de ideas literarias en España. Para conocer mejor sus opiniones al respecto, os remito a la entrevista de Gonzalt Díez en La Verdad, de Murcia: La literatura es el campo de batalla de las ideas. Los diversos capítulos que componen el volumen están escritos, además, por Fernando Gómez Redondo, Gonzalo Pontón, Rosa María Aradra Sánchez y Celia Fernández Prieto, todos ellos expertos en las respectivas materias de las que se ocupan. La nota editorial nos recuerda, además, que "a lo largo de ocho siglos (desde los orígenes de las literaturas vernáculas peninsulares hasta el presente), el modo de pensamiento que hemos convenido en llamar ideas literarias ha estado en sintonía –no exenta de tensiones y desajustes– con el contexto intelectual europeo y se ha canalizado por muy diversas vías: las poéticas y retóricas propiamente dichas, pero también prólogos (los del Caballero Zifar y el Marqués de Santillana), comentarios (los del Brocense o Herrera a Garcilaso), discursos (Lope de Vega en su Arte nuevo), cartas y ensayos (Feijoo), críticas en la prensa (Clarín), ensayos filosóficos (Ortega y Gasset) o lecturas comentadas (José Ángel Valente), hasta llegar a la teoría propiamente dicha. De este proceso, continuidad surcada de inflexiones y debates, da cuenta el presente libro, que constituye un ejercicio único en el panorama editorial y de investigación español". Se trata, en suma, de un libro imprescindible para todos aquellos que estén interesados en la historia de las ideas literarias españolas y en sus relaciones con otras culturas.  
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lunes, 13 de junio de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

De la crítica literaria y de los críticos

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Cada vez resulta más frecuente leer reseñas que se limitan poco más que a resumir el argumento de un libro. Me temo que este tipo de supuestas críticas sirven de poco, entre otras razones porque el argumento apenas nada nos dice sobre los componentes más valiosos de una narración. Para un lector exigente, la crítica sólo tiene sentido si parte del conocimiento, se sustenta en un análisis acerca de los principales elementos que componen el texto y lo singularizan; y, por último, se basa en una valoración del libro. El juicio literario, por tanto, debe fundamentarse en el análisis y la argumentación; de nada vale, y nadie medianamente sensato lo cree, si supone sólo un panegírico o una crítica mal fundamentada y sin mesura. Pero una reseña es, además, una pieza literaria en sí misma que debe elaborarse a partir de la organización del contenido y de sus partes, a fin de que pueda leerse con gusto e interés, ayudándole al lector a comprender y valorar mejor el libro. Visto lo visto, hay que seguir creyendo en el principio de autoridad, sobre todo cuando se juzgan materias especializadas, como puedan serlo el cine, la música, el arte o la literatura, aunque el juicio no tenga valor en función de quien lo emita, o del medio en que se reproduzca, sino de su mayor o menor capacidad para aclarar y satisfacer las necesidades del lector. Nunca he entendido, por tanto, esos juicios lapidarios, siempre elogiosos, claro, que las editoriales colocan en las solapas de los libros, del tipo:
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"Esta es la mejor novela del año"
The New York Magazine
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"Habrá un antes y un después en la literatura española tras la publicación de este libro"
Chus Mendoza, Revista Huevera
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A mí, como lector, lo que me importa es la valoración de alguien de quien me fíe y a quien respete o, al menos, de aquel capaz de conseguir que me tome en serio cuanto expone y razona, pues al hacerlo obtengo la impresión de que sabe de lo que habla o posee un juicio bien fundamentado sobre el asunto. Por eso no puedo tomarme en serio los elogios de los Chus Mendoza (es un nombre inventado) de turno. Por el contrario, existen críticos cuyo bien fundamentado juicio sobre un libro me lleva a leerlo; al tiempo que me resulta indiferente cuanto digan otros, porque siempre tengo la impresión de que hablan por hablar, y la crítica para ellos constituye un mero ganapán, ya que por lo visto lo único que pretenden es que les paguen los 150 euros asignados a una reseña, hacer caja, y a otra cosa mariposa... Así, lo primero que deberíamos exigirle a un crítico es conocimiento de la materia, independencia, sinceridad y, desde luego, capacidad suficiente para articular un discurso analítico y crítico que fuera coherente. Y algunas cositas más, pero por hoy ya basta.
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miércoles, 2 de febrero de 2011

Las casas de Mario Praz

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Roma, es más que sabido, se encuentra cubierta de restos de historia, de ruinas, iglesias y museos. Pero quizá se conozcan menos las diversas casas museo de artistas y escritores, con la excepción de la dedicada a Keats y Shelley, entre otras razones por hallarse emplazada en uno de los centros neurálgicos de la ciudad, en una de las esquinas de la Plaza de España. Muy cerca, en la misma plaza, está también la del pintor Giorgio de Chirico, y a cuatro pasos, en la Via del Corso, la de Goethe.
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Menos conocido, aunque en mi opinión sea un personaje tan interesante como los citados, es Mario Praz (1896-1982), profesor, crítico literario y de arte. A Mario Praz le debemos un par de libros que uno debería leer alguna vez en su vida. Me refiero a su peculiar autobiografía La casa de la vida (1960; Debolsillo, 2004), que nada menos que Edmund Wilson tachó de obra maestra. La casa del título no es otra que la que fue su vivienda en el palacio Ricci, situada en la romana Via Giulia, “tranquila como la vida señorial de una ciudad de provincia, como un pasillo entre aquellas habitaciones que eran los patios de los edificios”, como le gustaba definirla. En aquellas estancias se rodó la película Confidencias (1974), de Visconti, cuyo protagonista, representado en la ficción por Burt Lancaster, parece estar inspirado en la vida de nuestro personaje y en la del propio director de cine. En italiano la película se titulaba Gruppo de famiglia in un interno, quizá porque una de las pasiones de Mario Praz fueran las denominadas conversation pieces (retratos de familia o de grupo), del siglo XIX, pinturas en las que se representaba la familia burguesa y acomodada, de las que llegó a formar una valiosa y variada colección. Un género pictórico que vería su fin con la aparición de la fotografía.
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El otro libro al que aludo es más académico, pero no por ello menos fascinante. Se trata de La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica (1930; Acantilado, 1999), en donde se ocupa de estudiar toda una serie de motivos eróticos y necrofílicos recurrentes en la literatura inglesa, y en la europea, propios del Romanticismo y el Simbolismo.
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Mario Praz fue un reputado experto en literatura inglesa y un profundo conocedor de la cultura europea, en especial de la literatura, la música y el arte. Tuvo una esmerada educación, no en vano su padre, Luciano Praz, era banquero, mientras que su madre, Giulia Testa di Marsciano, formaba parte de la aristocracia, siendo hija del conde Alcibiade Testa di Marsciano. Mario Praz, tras licenciarse en Derecho en la Universidad de Roma, se doctoraría en 1920 en Literatura en la de Florencia. Después vivió varios años en Inglaterra, donde fue profesor de italiano en las universidades de Liverpool y Manchester, y se estableció definitivamente en Roma en 1934, donde dio clase de literatura inglesa en La Sapienza, hasta 1966, en que se jubila. Esta gran devoción de Mario Praz por la cultura inglesa obtuvo su recompensa en 1962, cuando Isabel II lo nombra caballero del Imperio Británico. Muchos años antes se había casado con Vivyan Leonora Eyles y cuando se separaron, cinco años después, Lucia, la única hija que habían tenido, se quedó a vivir con él. Mantuvo luego relaciones afectivas con Perla Cacciguerra, con fama de bella, una mujer angloitaliana a la que en sus memorias llama Diamante.
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Pero Praz fue también un gran coleccionista de libros y de todo tipo de objetos de arte, como cuadros, esculturas, porcelanas y muebles. Fruto de su conocimiento de los escritores ingleses es su estudio acerca de los poetas metafísicos del siglo XVII, como también una Historia de la literatura inglesa (1937). Le dedicó asimismo importantes trabajos a las Imágenes del barroco: estudios de emblemática (Siruela, 2005), al Gusto neoclásico, a la decoración de interiores, aunque yo destacaría especialmente el titulado Mnemosyne: el paralelismo entre la literatura y las artes visuales (1971; Taurus, 2007) y dejo otros no menos interesantes como El mundo que yo he visto. Además, tradujo al italiano a Ben Jonson (Volpone), Edgar Allan Poe (El cuervo), Jane Austen (Emma) y T.S. Eliot (La tierra baldía). Su legado se halla recogido en el Museo Mario Praz, situado en el Palacio Primoli (Via Zanardelli), que puede visitarse con una cita previa. A esta nueva casa, emplazada en el edificio que ocupa el Museo Napoleónico, tuvo que mudarse en 1969, y en ella volvió a instalar sus libros y objetos.
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Las abigarradas estancias están plagadas de muebles Biedermeier o estilo Imperio y Regencia. Aquí y allá se acumulan objetos diversos, sobre todo lámparas, espejos, estatuas (en medio de una estanteria, observo cuatro pequeños bustos de Dante, Ariosto, Petrarca y Tasso), ceras, pinturas, y hasta una casa de muñecas, pero también bustos de escritores y personajes famosos, artesonados, abanicos, atriles e instrumentos musicales, o aquella estatua de del dios Amor que un día sorprendió a su criada besándola. Él era consciente de que “la figura del coleccionista, a la luz de la psicología, no sale bien parada, y desde el punto de vista ético hay sin duda en ella algo profundamente egoísta y limitado, mezquino incluso”. Para sorpresa de cualquier visitante lo que menos hay en la casa son libros, los libros de Mario Praz, recogidos en otro lugar, por lo que resulta imposible hacerse una idea de lo que contenía su biblioteca. A estas alturas no sé si resulta necesario aclarar que nuestro estudioso abominó siempre de la falsedad del gusto moderno, pletórico de plástico, flores artificiales, abrigos de pieles sintéticas y ojos brillantes gracias a las lentillas... Tampoco apreciaba demasiado el arte del momento (un pintor amigo le hizo un prqueño retrato alegórico, en el que aparece coronado de laurel, y le gustó tan poco que, para que apenas se viera, le colocó delante la escultura de un ángel), ni las ciudades ruidosas, llenas de coches; por el contrario, su fascinación se nutrió siempre del gusto clásico, de lo que él consideraba verdadero, auténtico y profundo.
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Para él, “la casa es un bosque como el de la Bella Durmiente; como un salón iluminado y desierto, cuyas puertas se abrirán de un momento a otro para el baile, como una iglesia iluminada y solemne, en la que, al compás del órgano, dentro de poco avanzará la procesión desde la sacristía, así una sensación de espera, hecha de ansiedad y de júbilo, palpita en el aire de esta casa que, como confiesan todos sus visitantes, si en ciertos aspectos parece un museo, es sin embargo un museo vivo, no una acumulación exánime de objetos”. Pensaba, además, que “las cosas se convierten en algo más que cosas; mientras que las personas a veces se convierten un poco en cosas”.
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Había oído hablar mucho y con mucha pasión de esta casa, a gentes como Juan Perucho o Miguel Sánchez-Ostiz, pero a mí me llamó la atención, sobre todo, la pátina y el olor a polvo acumulado que puebla todas las estancias, además de la elegante señora que hace la función de conserje en el vestíbulo del edificio, o el investigador que trabajaba el día de la visita en una amplia mesa, rodeado de libros y revistas, molestado una y otra vez por turistas como nosotros, o la joven guía del museo que vestía una arcaica toquilla, como si se tratara de un objeto más de un mundo que se fue, como seguramente le hubiera gustado a este sabio y fascinante personaje que tuvo que ser Mario Praz. ...........

domingo, 14 de marzo de 2010

Juan Ramón Masoliver: 100 años

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Ayer se cumplió el centenario del nacimiento del periodista, traductor y crítico literario Juan Ramón Masoliver. Nació en Zaragoza, pero a los 4 años su familia se trasladó a Barcelona, donde su padre trabajaría como ingeniero. Y en la capital catalana falleció en 1997, tras una vida cumplida, en la que se codeó nada menos que con Joyce, Ezra Pound, con quien hizo en Rapallo el suplemento literario L´Indice, Dalí, Luis Buñuel (fue figurante en La edad de oro), los poetas del 27, Max Aub, Josep Pla y con gran parte de los escritores españoles de la postguerra. Como traductor, se ocupó de Guido Cavalcanti, vertió al italiano la lírica de los poetas del 27, y Carlo Emilio Gadda, entre otros muchos. En 1989 se le concedió el Premio Nacional de Traducción, de cuyo jurado formé parte, teniendo el honor de defender con éxito su candidatura, secundado por Esther Benítez. Quizá su último gran descubrimiento literario fuera Javier Tomeo. Así, en varias ocasiones coincidí con ambos en los estrenos barceloneses de sus obras teatrales.
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Estuvo en los inicios de la facción catalana de la aventura surrealista, en revistas como hèlix (con minúscula), de Vilafranca del Penedès, y el Butlletí de l’Agrupament Escolar. Formó parte del núcleo primero de la revista Destino, y fue jurado del Premio Nadal y del Premio de la Crítica. Juan Ramón Masoliver era un hombre apasionado, a menudo arbitrario en sus juicios, ¿pero quién no lo es que ame las letras?, de esos dandis bajitos, pero de buen porte, que ha dado el país. Su enamoramiento por una mujer casada con un amigo suyo falangista, lo llevó a abandonar el país. Había tenido una juventud aventurera y airada que prolongó en los primeros años de postguerra con estancias en Italia, Grecia y Oriente Medio, como corresponsal de La Vanguardia, periódico al que dedicó su vida. Se contaba, y era cierto, que había estado casado en París con una princesa rusa, pero que se separó porque ella no quiso seguirlo cuando regresó a España, al estallar la guerra civil. En Italia cayó en el espejismo de la Italia fascista de Mussolini. Como requeté, estuvo durante la guerra con el bando nacional, colaborando en las labores de prensa y propaganda, al mando de Dionisio Ridruejo. Cuando lo conocí, a finales de los 80, se le recordaba como director de la excelente revista Camp de l´arpa. Entonces, le gustaba definirse como "anárquico suelto" y, a diferencia de tantos otros, nunca se arrepintió de sus veleidades franquistas, aunque tanpoco blasonara de ellas. Pero fue, antes que nada, un tipo culto, brillante e independiente, que como diría hoy un moderno, fue siempre a su bola...
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Este año el Premio de la Crítica vuelve a fallarse en Barcelona. Desde 1977, que se otorgó en Sitges, no se concedía en Cataluña. Pero hay que recordar que, por los buenos oficios de Masoliver, entre 1960 y 1969, los miembros del jurado se reunieron en Vallensana, muy cerca de la masía rodeada de pinos que heredó de sus padres, en la que se había retirado a vivir con su excelente biblioteca. Otra razón más para que el próximo 17 de abril, cuando se haga público en Barcelona el fallo del jurado, le rindamos homenaje. Quien quiera leer algunos de sus artículos debe buscar su libro Perfil de sombras, que Destino editó en 1994. Su Fundacíón, patrocinada por el ayuntamiento de Montcada, y la revista que edita, por el empeño y buen hacer de la escritora y periodista Sonia Hernández, mantienen vivo el recuerdo de este insólito, sabio y singular personaje.
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* En la primera foto, de izquierda a derecha, aparecen Pietro Minoletti, Masoliver, Basil Bunting y Eugen Haas, compañeros en el suplemento cultural L'Indice, que dirigía Ezra Pound en Rapallo (Italia). Es una cortesía del Archivo Fundación OAL Juan Ramón Masoliver. En la tercera foto aparece Masoliver con su sobrino, Juan Antonio Masoliver Ródenas, escritor y crítico literario, en una imagen de los años 70 en Vallençana. Cedida por Juan A. Masoliver Ródenas.
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martes, 16 de febrero de 2010

Ángel Basanta, presidente de la Asociación de la Crítica

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La Asociación Española de Críticos literarios, tras unas elecciones, ha elegido nueva junta directiva (Pilar Castro, Javier Goñi, Carlos Galán, Enrique Turpin y FV, en los cargos directivos), encabezada por Ángel Basanta, como presidente, en sustitución de Miguel García-Posada. Basanta es catedrático de instituto, de Literatura española, y crítico literario en el suplemento El Cultural, del diario El Mundo. Pero es también uno de los mejores conocedores de la narrativa española de las últimas décadas, y un enamorado de Cervantes, a quien ha dedicado diversos trabajos, entre ellos ha editado el Quijote, y diversos artículos sobre su influencia en la narrativa española actual, y de su paisano Gonzalo Torrente Ballester, sobre quien hace tiempo que nos debe un libro. Basanta es, sobre todo, un crítico independiente y ecuánime, con un excelente olfato y mejor gusto literario. No me cabe la menor duda de que la Asociación, que necesita renovarse, dirigida por él, está en las mejores manos posibles.
El Premio de la Crítica, que se concede en las cuatro lenguas oficiales españolas, tanto en poesía como en narrativa, se falla este año en Barcelona, durante el segundo fin semana de abril.
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lunes, 2 de noviembre de 2009

Homenaje a Juan Antonio Masoliver Ródenas

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Esta tarde, la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña le dedica un homenaje al escritor y crítico literario Tono Masoliver, que es como lo conocemos los amigos. El acto se celebrará en el Colegio de Periodistas y contará con la participación de Rosa Lentini, Enrique Vila-Matas, Salvador Giner, Sergio Vila-Sanjuán y el hermano del homenajeado, Bartolomé Masoliver Ródenas. En el mes de febrero pasado, en Mexico D.F., ya se le rindió homenaje, en el que participaron, entre otros, Margo Glantz, Carmen Boullosa, Juan Villoro, Daniel Sada, Eduardo Milán y Sealtiel Alatriste. Hace unos días, contestando a un correo suyo, le decía que seguramente hay otros escritores y críticos que también merecen un Homenaje, pero no se me ocurre ninguno que tenga en su haber la creación y la crítica, ser poeta, narrador y traductor, el conocimiento profundo de la literatura española y hispanoamericana.
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Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) ha sido catedrático de Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad de Westminster, Londres. Es autor del ensayo sobre literatura mexicana Libertades enlazadas (2000) y de las antologías del cuento español contemporáneo The Origins of Desire (1993) y, en colaboración con Fernando Valls, de Los cuentos que cuentan (Anagrama, 1998). También ha publicado Voces contemporáneas (Acantilado, 2004), un panorama de los últimos treinta años sobre narrativa española en castellano. Además, nos ha dado libros de relatos, como La sombra del triángulo (Anagrama, 1996) y La noche de la conspiración de la pólvora (Acantilado, 2006), así como las novelas Retiro lo escrito (Anagrama, 1988), Beatriz Miami (Anagrama, 1991) y La puerta del inglés (Acantilado, 2001). Por lo que respecta a su faceta como poeta, en 1999 publicó, con prólogo de Andrés Sánchez Robayna, Poesía reunida, que incluye sus libros hasta esa fecha. Con posterioridad, han aparecido La memoria sin tregua (2002) y Sònia (2008). Entre otros autores, ha traducido a Cesare Pavese, Carson McCullers, Djuna Barnes, Vladimir Nabokov y Robert Coover.

Pero Tono, además de escritor singular, es uno de los grandes críticos literarios de estas cuatro últimas décadas, labor que ha ejercido, semana tras semana, en el diario La Vanguardia, periódico al que llegó de la mano de su tío, el gran periodista, traductor y crítico literario Juan Ramón Masoliver. Junto a Robert Saladrigas y Julià Guillamón, lleva años componiendo un trío de críticos literarios de calidad de los que casi ningún otro diario español puede presumir.....

Respecto a la relación con su tío, le confiesa a Anna Caballé, en una entrevista reciente: "Viví muchos años con él y de él aprendí la independencia, el interés por otras culturas y lenguas, el afán viajero, las lecciones de los clásicos renovadores y la generosidad. Pero debo mucho a otros maestros como Guillermo Díaz-Plaja, Isidro Gomá, Ángel Latorre, Joan Petit, Martín de Riquer, José Manuel Blecua, Edgard Riley o Jean Franco. Y por lo que se refiere a la crítica literaria, apunta lo siguiente: "la crítica es excesivamente universitaria, dogmáticamente canónica y teórica o puramente intuitiva, casi nunca las tres cosas a la vez. Nuestro escaso conocimiento de otras culturas nos impide ser eclécticos. Nuestro escepticismo nos impide ser apasionados".
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Conozco a Tono desde hace treinta años. Compartí con él, en La Vanguardia, a lo largo de cinco o seis años, la crítica de narrativa española, hemos armado juntos una antología del cuento español reciente, y coincidido en el jurado de varios premios. Pero, sobre todo, hemos hablado y discutido de literatura hasta la saciedad, en Barcelona, en Londres, Valladolid y Montcada, por citar cuatro sitios perfectamente dispares. Y, desde luego, no siempre estábamos de acuerdo, ni mucho menos. Si alguien me ha servido, alguna vez, de modelo para hacer crítica literaria en la prensa, ha sido él: analizando y valorando un libro en su propia tradición linguística y en la universal, haciendo del texto una pieza escrita con una cierta pasión, y que debe leerse con gusto, incitándonos, preferiblemente, a leer la obra. No sé, por tanto, si es necesario insisistir en que, para mí, ha sido siempre una referencia indiscutible, al tiempo que sus opiniones sobre narrativa española actual me merecían mucho respeto. Los visitantes de La nave de los locos lo conocen de sobra, aquí ha viajado su poesía, y hace muy poco su autorretrato.
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Hoy es uno de esos pocos días en que me hubiera gustado estar en Barcelona, para poder jalearlo y darle un abrazo fuerte, como amigo querido que es. Desde aquí se lo mando, confiado en que le llegue todavía cálido.
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martes, 21 de julio de 2009

Castellet, premiado

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Siempre es noticia que se reconozca la labor de un crítico literario, dado lo poco frecuente, aunque en este caso nuestro hombre aparezca desdoblado en importante editor. Josep Maria Castellet (Barcelona, 1926) ha obtenido el Premio Nacional a su trayectoria profesional y artística que concede el gobierno autónomo catalán. Formaban parte del jurado, entre otros, hasta un total de 24 miembros nada menos, Víctor-M. Amela, Lluís Bonet Mojica, Àlex Broch, Miguel Gallardo, Anna Lizaran, Àngels Margarit, Jordi Pablo, Marta Ramoneda, Carme Riera, Jorge Wagensberg y Anatxu Zabalbeascoa. Castellet ha sido un hombre apreciado, tanto por su labor ensayística y editorial, como por su afabilidad y capacidad de encaje, pero también ha sido criticado por sus arbitrarias antologías de poesía o su sorprendente deriva catalanista y su capacidad para mimetizarse en otro medio cultural.
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Castellet fue un crítico literario de referencia durante la década de los años cincuenta y sesenta, primero en novela y luego en poesía en castellano. Asimismo, estuvo estrechamente vinculado al grupo catalán de la generación del cincuenta, en especial a Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater y José Agustín Goytisolo, durante los años míticos de la editorial Seix Barral. Destacan sus libros y antologías, desde Notas sobre literatura española contemporánea (1955) y La hora del lector (1957), hasta las muy exitosas Veinte años de poesía española (1960), referencia obligada en la defensa de la poética realista, y Nueve novísimos poetas españoles (1970), que pregonaba precisamente lo contrario, la ruptura con la antedicha poética. Hoy me parece que les concedemos un valor más bien sociológico que literario, puesto que generaron más confusión que otra cosa.
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A mediados de los sesenta empezó a relacionarse cada vez más estrechamente con la literatura catalana, dirigiendo Edicions 62, a través de la cual difundió en catalán la mejor literatura europea y norteamericana del momento, prestándole apoyo a jóvenes narradores, tales como Baltasar Porcel, Montserrat Roig y Terenci Moix. Pero también se encargó de la excelente Península, dedicada al ensayo en castellano. En total, editó unos 3.500 libros, a lo largo de unos cuarenta años. ¿Hay quién de más? A la vez, estudió sobre todo la obra de Espriu (Iniciació a la poesia de Salvador Espriu, 1971) y Pla (Josep Pla o la raó narrativa, 1978). Además, resultan imprescindibles sus antologías de la poesía catalana, compuestas en colaboración con Joaquim Molas.
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Pero quizá la gran noticia sea que veinte años después, tras haberlo anunciado en numerosas ocasiones, aparecerá en otoño la segunda entrega de Los escenarios de la memoria (1988), para mí su mejor libro, en la que se ocupa de seis personajes, todos muertos y "grandes amigos" del autor: Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfonso Carlos Comín y Terenci Moix. Felicidades, pues, y por partida doble, al tachado de mestre, y espero que en esta ocasión no vuelva a dejarnos con la miel en los labios...
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* En la segunda foto, Castellet anuncia que el Premio Biblioteca Breve de 1970 había quedado desierto. Lo acompañan Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete (esposa de Castellet) y un jovencísimo Salvador Clotas.
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