viernes, 31 de mayo de 2013

ENRIQUE JARAMILLO LEVI, y 2

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La cueva
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Un perro blanco con machas negras orinaba junto a la vitrina. Al otro lado del cristal las mercancías eran formas que se distorsionaban. Abrí la puerta y cuando quise entrar tuve la impresión de que me tragaría una gran boca oscura.
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Me recibió mi gata. Sus ojos bizcos me miraron mansos a la vez que arqueaba el lomo. Luces amarillas, azules y blancas danzaron alrededor mío sin razón aparente. Respiré profundo. De las paredes se desprendía el familiar olor a incienso y fragancias de pino. Mi padre atendía a un cliente desde su puesto habitual tras el mostrador.  Hablaban de negocios, creo.
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Seguí de largo.
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Tras recorrer el pasillo flanqueado por viejos baúles inservibles, entré en la cueva. Así llamaba yo a ese sitio extraño y fascinante que me cautivó desde pequeñita. Papá guardaba toda suerte de cosas raras allí. Cada vez que entraba me parecía que los cocodrilos disecados me miraban protestando por su destino inmutable. El caballito gris de la pata rota se movió saludándome desde su rincón de telarañas. Una brisa leve que se colaba por la claraboya meció el bacalao que colgaba con un alambre del bajo techo. Arranqué un pedazo de aquella piel seca y lo masqué para extraerle sal de piratas.
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Penetré más aún en la oscuridad de la cueva. A medida que presentía sombras desplazándose hacia el fondo, se fueron soltando los miedos que traía amarrados. Vagas sensaciones me recorrían toda. Me detuve al oír un chirrido.
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Alambres retorcidos configuraban amenazantes siluetas que surgían de cajas torpemente almacenadas. De remotos frascos salían rancios olores de perfumes que no demoraron en marearme. Algo sinuoso rozó mis pies descalzos y se perdió entre las sombras.
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Di un paso atrás. Tropecé. Sentí enrollarse una cascabel en mis tobillos.  Grité echando a correr. Rodé por el suelo. Me levanté dando tumbos, el corazón en la boca.  Entonces me recibió una caja metida en otra que a su vez estaba prensa en otra mayor.......

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Los enormes ojos de la gata refulgieron en la oscuridad. Me miraban fijamente. Extendió las patotas delanteras hasta apoyarlas en el borde de la caja exterior. Se estiraba. Con toda la calma del mundo se estiraba. Y al hacerlo bajó la cabeza enorme. Me vi reflejada en aquellos pozos líquidos que me seguían mirando. Abrió desmesuradamente la boca. Su olor a bacalao me llenó de asco. Vi acercárseme los punzones blancos de sus colmillos.
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El miedo no me impidió asirme de un pelo largo de su bigote y empecé a columpiarme con la esperanza de coger suficiente impulso para poder caer afuera. Cerré los ojos tratando de no temblar exageradamente ante los ojos bizcos que me seguían perplejos de lado a lado.
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Al fin me atreví a soltarme. Caí sobre unos alambres enroscados que de inmediato me ciñeron. Un maullido atroz me obligó a voltear la cabeza. La suela gris, enorme, se me venía encima.
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De pronto se encendió la luz. La cueva se convirtió en un depósito sucio y desordenado como cualquier otro. Mi gata se dio a la fuga. Me entraron unas ganas muy grandes de llorar. Y lloré confundida.
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Cuando las manos fuertes de mi padre empezaron a desenroscar los alambres que me aprisionaban, busqué en su rostro una explicación. Tras alzarme en peso me colocó en el piso. No dijo una palabra. Sólo hallé en su mirada la inexpresividad de siempre. Las cosas habían vuelto a la normalidad.
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Así lo entendí porque un fragmento de espejo me devolvió una imagen aceptable de mi tamaño cuando estuve en pie. Sin embargo, me ardían los huesos.
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Sonó la campanita de la puerta. Llegaba algún cliente. Mi padre se apresuró a salir de la cueva, que ya no lo era tanto, mascullando regaños contra mi torpeza.
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Parada frente al largo espejo rectangular que ocupaba una de las esquinas al fondo, vi acercarse a la gata a mis espaldas. Yo era como siempre tres veces más grande que ella y dos veces más chica que el espejo. Maulló. Me di vuelta para verla mejor.
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Sus ojillos bizcos brillaban bajo la luz del foco que pendía del techo entre ambos. Antes de que se marchara irguiendo impertinentemente la cola, vi bien claro cómo me guiñaba un ojo.
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jueves, 30 de mayo de 2013

Tres autorretratos de PASOLINI

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* Los autorretratos datan de 1946, 1947 y 1965. En los dos primeros se presenta como el hombre de la flor en la boca.
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miércoles, 29 de mayo de 2013

ENRIQUE JARAMILLO LEVI, 1

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En el jardín
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Todo es posible, hasta lo imposible. La vida lo demuestra una y otra vez, sin tapujos, con naturalidad. A estas alturas, estoy plenamente convencido de ello. Pero todavía hoy me cuesta creer que mi atesorado jardín sea escenario de algo tan inaudito.
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Ahí estaba tan tranquila, zumbando su vital recorrido, metida en la corola vistosísima de uno de mis tantos papos rosados, realizando simplemente lo que en el habitual calor del mediodía hace en un grato sitio como ése una avispa cualquiera; una más de las muchas que pululan de flor en flor. Y en eso que llega el niño de porra ese, el mismo que me espía todo el tiempo desde la más alta ventana de su casa contigua, sobre todo los fines de semana; y entonces, zas, arranca de cuajo el indefenso papo, se lo mete a la boca y se lo traga con avispa y todo, así, por pura maldad.
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Debe de haber sentido un pinchazo en la lengua, o acaso en la mismísima campanilla traviesa, porque no pasaron tres segundos para que brotara, descomunal, el grito........
 
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Todavía me muero de la risa cada vez que re-cuerdo cómo empezó a dar saltos desiguales por todo el inmenso jardín, yendo y viniendo de un lado para otro, mientras se hacía bien claro que se estaba meando, y enseguida cagando los pantalones cortos sin dejar de correr de aquí para allá, de allá para acá como enloquecido, gritando todo el tiempo.
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Lo más extraño sucedió después. En una de ésas, tras el grito que no cesaba salió de su boca, íntegro, el papo, completamente reconstruido; y del papo, la avispa. Entonces ésta, picara, le hizo una venia al niño que la miraba estupefacto, y se fue pirueteando su desenfado hasta perderse por los vericuetos del jardín.
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Vi claramente cómo en el suelo de blanda tierra rojiza el papo echaba raíces, empezaba a crecer, se volvía gigantesca flor tornasolada que, en un instante, como enorme lengua fibrosa, sacó de su centro el pistilo de un amarillo intenso, rodeó con él al aterrado niño y, vengativo, se lo engulló.
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Convertida ahora en planta grandísima que sobresale en mi jardín, esa flor conserva no obstante su autonomía. Desafiando toda lógica, sigue ahí obligado sitio de peregrinaje como si nada. Sólo yo sé su verdadera, inexplicable historia. Sólo yo.
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Nunca conté a nadie el trágico destino de mi imprudente vecino. De todos modos no me iban a creer. Para qué más que la verdad, me siento muy cómodo sin su necia cercanía. Lo han buscado, claro. Incluso una vez me interrogaron. Sus padres, gente sencilla contra quienes nada tengo, parecen haberse resignado. Es sabido que todos los años desaparecen niños en todas partes del mundo y a menudo no vuelve a saberse de ellos.
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El negocio va bien. Mi jardín se ha convertido en un espléndido escaparate de interés botánico. Cada tanto tiempo la historia, con variantes menores, se repite: alguna planta se agiganta merced a la osadía temeraria de una de sus flores. Sobre todo cuando algún niño travieso deja atrás la excursión en que venía y se siente tentado a transgredir la tensa paz de mis dominios.
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Mi único temor es que tarde o temprano, como es lógico que ocurra, los científicos reclamen su derecho a buscar causas y efectos. Mis flores no son, en sí mismas, un problema. Últimamente han sabido ser extremadamente discretas en su proceder. Nadie más que yo, siempre atento a sus cosas, las ve actuar. Pero su inusual tamaño y vistosidad, eso sí que llama mucho la atención. Si algún botánico curioso, de ésos que nunca faltan, llegara a hurgar demasiado; si cortara un pistilo para llevárselo a examinar y saliera corriendo a tiempo desafiando así la súbita ira de la humillada planta, quién sabe qué descubriría... O qué podría pasarle, solo y desprotegido en la intimidad de su laboratorio...
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¡Mientras tanto el negocio prospera y mis plantas, sobre todo los papos, se multiplican, se agigantan, están tan felices!........

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* Enrique Jaramillo Levi (Colón, Panamá, 1944) es narrador, poeta y ensayista. Fundó y dirige la revista cultural Maga y el Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá. En el 2005 ganó el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró por su colección de cuentos En un instante y otras eternidades (2006); y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, por su libro de cuentos Escrito está (2010). Entre sus libros más están los siguientes: Por obra y gracia. Hacia una poética del cuento (ensayos, 2008); Todo el tiempo del mundo (poesía, 2010); Sincronías (180 Minicuentos) (2012); la antología Tiempo al tiempo (Nuevos cuentistas de Panamá: 1990-2012) (2012); y Flashback (cuentos; Letra Negra, Guatemala, 2013). Este cuento es inédito..
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martes, 28 de mayo de 2013

Duchamp en Turín

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*Las fotos las hizo Jon Landa a petición mía. Están hechas en los servicios del histórico café Fiorio, de Via Po, donde Cavour, Garibaldi y Mazzini tramaron la unidad italiana. No sé si es neccesario explicar que se trata de un anuncio de venta de carne, vitello, situado exactamente encima del urinario. De haber visto este anuncio Duchamp se hubiera vuelto loco de contento.

lunes, 27 de mayo de 2013

MANUEL MOYA, y 2


ALABAMA BLUES
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Ella se sentó desnuda y con los pies cruzados sobre las sábanas. Afuera, los pájaros parecían nerviosos. No podía acordarse del sueño y en verdad era vital acordarse porque en él, vagamente, se le aparecían los brazos desnudos y fuertes de Louys que la recibían. Se coló las braguitas moradas, se puso la camiseta de colibríes y decidió bajar a la cocina. En la radio se escuchaba una canción insoportablemente triste y antigua. Se preparó una tostada y se tomó un vaso de zumo de arándanos, que luego lavó a conciencia, abstraída en la succión del agua. Fue entonces cuando se cortó la canción y una voz grave informaba de que un torn... pero no hubo tiempo para más porque la señal se perdió. Todo fue muy rápido. Demasiado rápido. Sólo un par de segundos más tarde recordó el sueño, pero le costó creer que fuera verdad que estuviera volando sobre las casas y los árboles, que apareciera bajo sus pies el puente de Miller, que Louys, su amante, estuviera presto para recogerla en su descenso al otro lado del río, a más de una milla de su casa. Ella entonces sonrió con ganas, agradeciéndole que hubiera escapado de la tumba para ir a recibirla.

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domingo, 26 de mayo de 2013

De traducción: ¿topos o lunares?

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Ático de los Libros ha publicado recientemente la traducción de la novela La chica del vestido de topos, de Beryl Bainbridge, escritora inglesa, fallecida en el 2010. La traducción del título es libre, puesto que en inglés se llama The Girl in The Polka dot Dress. A pesar de que la Academia admita la palabra topos, a mí me parece que se trata de un catalanismo innecesario en castellano, por lo que yo hubiera traducido lunares, La chica del vestido de lunares, pues me parece que es como se dice en la mayoría de lugares de España.
Pero ¿es realmente así? ¿Cómo se dice en Hispanoamérica? ¿Cómo los llamáis vosotros, toposlunares... qué otra palabra empleáis?
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sábado, 25 de mayo de 2013

MANUEL MOYA, 1

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CANTOS PISANOS
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Durante el día escribía y escribía tremendos versos pero al llegar la noche los deshacía. No te servirán tus tretas, le espetó una mañana el carcelero: Ulises ha muerto.
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ZONA DE DESCARGA
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Durante el día se dedicaba a desenredar minuciosamente la madeja de su cabeza y a veces encontraba versos y otras escapaban liebres por entre unos cabos tan trabajosamente liberados, que a ella le parecían, de tan intrincados, matorrales. Por la noche -¿pero con qué oscuro propósito?- la madeja volvía a enredarse, las liebres copulaban a sus anchas bajo los matorrales y ella se sentía, ignoraba por qué, atrozmente liberada.
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* Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) es ya un habitual en esta bitácora, donde con regularidad suele darnos microrrelatos inéditos. Es poeta, narrador y traductor. Ha publicado un par de libros de cuentos: La sombra del caimán (2006) y Cielo municipal ( 2010), así como las novelas La mano en el fuego (2006), La tierra negra (2009), Majarón (2009) y Las cenizas de abril (Alianza, 2011), traducida al portugués, con la que obtuvo el premio Fernando Quiñones. Su traducción de Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (Baile del Sol, 2010), viene a sumarse a la edición de La poesía completa de Alberto Caeiro (DVD, 2009) y El banquero anarquista (Berenice, 2011). Sus microrrelatos han sido recogidos en las obras de Irene Andrés-Suárez, ed., Antología del microrrelato español (Cátedra, 2012) y FV, ed., Mar de pirañas (Menoscuarto, 2013). En breve aparecerá su primer libro de microrrelatos, Caza mayor (Baile del Sol). Mantiene el blog El cielo municipal, donde suelen aparecer sus textos. Los tres microrrelatos que voy a publicar son inéditos.
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* La foto es de Juan Carlos Vázquez.
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viernes, 24 de mayo de 2013

Aurora Egido en la Academia

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La filóloga Aurora Egido ha sido elegida miembro de la Academia Española de la Lengua y con el buen humor que la caracteriza ha declarado a EFE que la escasez de mujeres "se irá arreglando por la fuerza de la gravedad". Y añadió, además, que "es mejor que los méritos primen por encima de cualquier otra consideración y, como cada vez hay más mujeres que tienen muchos méritos, llegarán a la Academia y adonde sea".
En una entrada anterior explicamos que Aurora Egido es profesora en la Universidad de Zaragoza y una de las grandes expertas en el Siglo de Oro español, habiendo estudiado, entre otros muchos, a autores tan importantes como Cervantes, Calderón y Gracián. 
Ocupará el sillón B que perteneció al cineasta y escritor José Luis Borau, con quien mantuvo una cierta amistad, pues cuando estuvo en Los Ángeles, como profesora visitante, Borau acababa de dejar la ciudad, tras haber trabajado en Hollywood y de haber rodado allí Río abajo.
También ha comentado que el plan de Bolonia en la universidad española "está siendo demoledor con algunas disciplinas", como las humanísticas. Y continúa con otras opiniones que no me resisto a repetir aquí: "Creo que la literatura tendría que tener una presencia mayor en los planes de estudio", pues en estos últimos años ha podido observar en sus clases cómo "los estudiantes Erasmus contestan a preguntas básicas sobre Lengua o Literatura españolas que los españoles no saben". Y concluye: "Y la culpa no es de ellos. Es de los padres, maestros, políticos y de todos los que formamos parte del ámbito de la enseñanza, que no les hemos dado lo que merecían".........

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jueves, 23 de mayo de 2013

Escribiendo en bicicleta con Aute, Luis Landero y más...

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La editorial Demipage acaba de publicar una antología de textos titulada Diez bicicletas para treinta sonámbulos, y subtitulada Treinta historias inéditas. Está prologada por Eloy Tizón. Para abrir boca, os damos dos muestras.
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A Vittorio de Sica, por Luis Eduardo Aute
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A 24 imágenes por segundo y en blanco y negro, el ladrón escapó montado en una bicicleta que se dibujó sobre el muro de la comisaría.
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[Viajeros en bicicleta], por Luis Landero
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Mis padres eran campesinos, yo era muy niño, vivíamos en Alburquerque, un pueblo extremeño rayano con Portugal y dejado de la mano de Dios, y aunque teníamos casa en el pueblo, casi siempre vivíamos en el campo, en el puro campo, una finca de secano que distaba unos quince kilómetros del pueblo por un camino pedregoso de tierra, y que se llamaba y se sigue llamando Valdeborrachos. Ir y venir del pueblo al campo, en aquellos tiempos, era ponerse en camino de verdad, era un viaje que tenía toda la gravedad y el espíritu aventurero de los grandes viajes antiguos, de Odiseo, de Simbad, de los caballeros andantes, de los descubridores y conquistadores, de Caperucita Roja, de los príncipes y sastrecillos que iban en busca del dragón, de Ahab y la ballena.
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Del campo al pueblo se solía ir en caballerías, más en burros o mulas que en yeguas o caballos, o a mero pie, y el camino era parte esencial del viaje. O mejor, el camino era el viaje. No el llegar, sino el ir. Entre mis recuerdos más lejanos, borrosos y vibrantes como una pintura de Van Gogh, están los que hice con mi padre, los dos solos, montados en una yegua, porque mi padre era un campesino con algunos posibles, o en un carro tirado por mulas, y en la época estival de la recolección del trigo y la cebada en una carreta de bueyes, que tardaba horas y horas en hacer aquellos quince kilómetros, tanto que había que levantarse antes del alba, de modo que el amanecer era uno de los tantos aconteceres que sucedían en el camino.

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En el camino pasaban muchas cosas: esa perdiz que levantaba el vuelo, el canto de esa alondra, descendiente quizá de la que alertó a Romeo y a Julieta en su primera y única noche nupcial, las esquilas de algún rebaño de ovejas que salía ya de pastoría, los alegres y valientes ladridos, la piedrecita esa que con el primer sol brillaba con ínfulas de sirena confundiendo al caminante, trayendo a su cabeza leyendas de tesoros, de gente que en el camino encontró su fortuna. Y luego estaban las paradiñas. Lo digo así porque en aquellos tiempos la frontera hervía de gente que iba y venía buscándose la vida, acordeonistas, contrabandistas, curanderos, buhoneros, zahoríes, segadores, vagabundos..., y en ese ir y venir se mezclaban las lenguas, y yo recuerdo a mucha gente que hablaba en una especie de síntesis babélica, una lengua donde el español ponía la letra y el portugués la música, y todo eso con un desenfado vanguardista de lo más saludable.
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De modo que al encontrarnos con otro viajero se hacía una paradiña. Mi padre y el viajero liaban y encendían tabaco, y hablaban y hablaban sin ninguna prisa: lentitud, artesanía en el vivir, gente sabia que había heredado la sabiduría de muchas otras generaciones. Entretanto, yo jugaba, corría, buscaba nidos en el tiempo de los nidos, ranas, lagartos, alacranes, y ellos allí, de pie, apoyándose un rato en una pierna y luego en la otra, fumando, conversando, hasta que al fin volvíamos a ponernos otra vez en camino.

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Y entre esos viajeros, a veces había alguno que iba en bicicleta.

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En aquellos tiempos de mi primera infancia las bicicletas eran altas, negras, serias, con sus guardabarros, su timbre para alertar a los viandantes, su trasportín para llevar a un segundo viajero o poner un pequeño serón con su carga de hortaliza o verdura. Es decir, eran bicicletas laborales, nada de tonterías con ellas, nada de usarlas como juguetes, y así eran también sus usuarios, gente grave, vestida de pana oscura, gente esforzada, gente laboral. Y así pedaleaban, como si estuviesen en el arado o en la trilla o en la huerta con el azadón. Nada de bromas. A mí aquellas bicicletas me parecían muy difíciles de manejar, de tan altas y negras y serias como eran. Pero los domingos, como una concesión a lo que de festivo puede tener la vida, ponían entre los radios de la rueda delantera un as de oros, o unas cintas tremolantes de colorines en los extremos del manillar. Cuando mi padre se paraba a hablar con algunos de aquellos viajeros, yo miraba y remiraba la bicicleta con un respeto reverencial, sin acabar nunca de admirarme de aquella máquina tan poderosa.

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Así eran las cosas en aquellos tiempos. Y un día ocurrió que una mañana de verano vi a un grupo de jóvenes urbanos, alegres y modernos, montados en bicicletas de colores y vestidos también ellos con camisas y pantalones de colores, con redes de colores cubriendo las ruedas traseras, haciendo travesuras, pedaleando sin sustancia, como si montar en bicicleta fuese solo un juego, un pasatiempo de muchachos. Había también muchachas bellísimas con faldas claras y zapatillas deportivas. Fue una visión fugaz, y enseguida sus gritos y sus risas se perdieron en la distancia. Y yo me quedé allí, boquiabierto, embobado, sin saber aún que aquella era uno de esas experiencias esenciales que todos tenemos en la vida, porque en ese momento descubrí que, además de las bicicletas laborales, existían también las bicicletas recreativas, el viajar sin ton ni son, el hacer del viaje un capricho, una niñería, y creo que ahí, en ese instante, concluyó de golpe mi primera infancia y comenzó la otra, esa otra edad donde lo legendario mezcla sus aguas con las de la razón, sombras y luces formando el claroscuro que ya no nos abandonará hasta el fin de los días.
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miércoles, 22 de mayo de 2013

Wagner: 200 años

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Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de Wagner y para celebrarlo esta noche me voy a ver El holandés errante en la Staatsoper. Os dejo el video de promoción del montaje. 
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video

martes, 21 de mayo de 2013

La logia del microrrelato. De antología

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Rosana Alonso y Manuel Espada son los responsables de una nueva antología dedicada al género, cuya característica principal estriba en que sus autores, 69, publican sus microrrelatos en la red. Hemos escogido a dos autores que nunca habían aparecido en este blog.
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Náufrago, por Ana Vidal
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Como cada mañana de sábado, se visten con sus mejores ropas. Ellas, con vestidos largos y hombros descubiertos, pamelas y sombrillas, en este septiembre de bochorno. Ellos, traje claro y pajarita, sombrero de ala ancha y, los más pudientes, reloj de bolsillo y monóculo. Niños y niñas con pantalón corto o traje de volantes. Se arremolinan en el muelle para esperar la llegada del barco que trae a la gente de tan lejos como son capaces de imaginar.
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Los que llegan bajan poco a poco, en orden a su categoría: primero las familias adineradas, el servicio va detrás portando los equipajes; después los de segunda, algunos que pese al viaje tratan de mantener la compostura digna de quien ha hecho algo prodigioso, de quien viaja en ese barco. Y por último los de tercera, los que vienen a buscarse la vida, o la muerte, o algo que no tenían al otro lado del océano y creen que aquí encontrarán.
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Todos bajan menos uno, que se quedó mirando el barco desde la otra orilla. Él, que finalmente decidió no subir.
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La chica del carrito, por Ernesto Ortega
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Tenía el pelo más corto, pero se parecía tanto a mí que hasta mi madre nos hubiese confundido. Llevaba un tiempo observándola. Sujetaba el carrito de un niño y esperaba a alguien, porque no paraba de mirar el reloj cada minuto, como si necesitase comprobar que transcurría el tiempo. Éramos prácticamente idénticas. Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas. Cuando me pongo nerviosa, no puedo evitarlo. Es una manía que tengo desde niña. Entonces, llegó él. Lo reconocí enseguida, aunque habían pasado más de cinco años desde la última vez que nos habíamos visto. Estaba más gordo y llevaba barba, pero todavía conservaba la misma sonrisa y la misma mirada que habían hecho que me enamorase de él. Le dio un beso y luego se inclinó sobre el carrito y le hizo carantoñas al bebé. Hubiese querido acercarme a ellos y preguntarles tantas cosas. Averiguar si él había conseguido acabar Derecho o si continuaba levantándose cada mañana para correr. Pedirle perdón. Saber si ella le seguía poniendo tres cucharadas de azúcar al café o si había dejado, por fin, de morderse las uñas. Descubrir si tenían un perro o si habían cumplido su sueño de viajar a Australia. Me habría gustado coger al niño en brazos. ¿Qué nombre le habrían puesto? ¿Luis, como él? ¿A quién de los dos se parecería? ¿Tendría sus ojos? ¿Habría heredado mi nariz? Pero no me atreví. Calle abajo, vi alejarse mi otra vida.
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lunes, 20 de mayo de 2013

Una semana en Turín

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Un par de amigos, Belén y Ángel, me han preguntado que qué pasa con el blog, que lo tengo abandonado, que se quedó encallado en Monterroso. Pues lo único que ha sucedido es que he estado de viaje y ni he podido programar las entradas, como suelo hacer cuando me ausento, ni escribir desde Turín, que es donde me encontraba.
La capital del Piamonte, la ciudad de los Saboya, es un lugar muy recomendable, si nos olvidamos de que en pleno mes de mayo, se pasó la mitad de la semana lloviendo. Pero se trata de una elegante ciudad, llena de bellas plazas (mis preferidas son las de San Carlo y la Vittorio Veneto, cuyo espacio inspiró diversos cuadros de Giorgio De Chirico), recorrida por soportales y adornadas por viejos cafés, donde pueden tomarse todo tipo de tartas y helados, chocolate, vermú o café. Pero, además, los restaurantes de la ciudad tienen precios razonables y la comida suele ser de calidad. 
Tampoco carece de interesantes museos, tanto de pintura moderna como clásica; el de arte egipcio, por ejemplo, tiene el prestigio de ser uno de los mejores del mundo en su género; e incluso de cine, así como iglesias barrocas e infinidad de signos e indicios de ser una de las capitales del esoterismo (¡tiene nada menos que dos ejemplares del Santo Grial!), pues no en vano vivió en ella Nostradamus.
En suma, Turín es una ciudad indicada para distintos tipos de viajero, pues a todos les ofrece algo capaz de interesarles. Seguiremos con Turín.........
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* En la primera foto aparece una alegoría del río Po, mientras que en la segunda la Fe sostiene el Santo Grial, delante de la iglesia de la Gran Madre de Dios. La plaza que se observa al fondo es la de Vittorio Veneto.
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lunes, 13 de mayo de 2013

Monterroso (1921-2003): diez años después

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A Augusto Monterroso le debemos tres libros esenciales para entender la historia de las formas breves: Obras completas (y otros cuentos) (1959), La oveja negra y demás fábulas (1969) y Movimiento perpetuo (1972). Pero la obra del guatemalteco se entiende dentro de una tradición que pasa por Julio Torri, Alfonso Reyes y Juan José Arreola. Para los españoles su pariente más cercano sería el Max Aub de los Crímenes ejemplares. Toda esta espléndida literatura llegó muy tarde a España, muy pendiente casi en exclusiva de los autores del llamado boom, aunque en el 2000 se le concediera el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. 
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Las primeras ediciones españolas de Monterroso datan del inicio de los ochenta, aunque eso sí, en la prestigiosa Seix Barral. Después, sus libros encontraron acogida en otras casas editoriales no menos significativas, como Alfaguara, Anagrama, Muchnik y Alianza, o en colecciones de clásicos como Cátedra. Pero estos saltos, de una editorial a otra, no favorecieron la difusión de su obra. En cambio, los géneros que cultivó, el cuento y el microrrelato, el aforismo y la fábula, han gozado de gran predicamento también entre nosotros. Por ejemplo, las fábulas las han cultivado también con fortuna, por solo citar dos nombres relevantes, Juan Benet y Luis Goytisolo, y han sido antologadas y estudiadas por Enrique Turpin, en su obra Fábula rasa (Alfaguara)........
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Su gran prestigio, sin embargo, se lo debe al cultivo del microrrelato, convirtiéndolo en uno de sus grandes maestros. Este nuevo género, que en España ha gozado de un auge progresivo en las últimas décadas, tanto entre escritores consagrados como entre jóvenes que se inician en la escritura, tiene a nuestro escritor como uno de los más leídos y venerados, como prueba el monográfico que le dedicó la revista Quimera, coordinado por Will Corral, en el 2003, inmediatamente después de su fallecimiento. Y entre sus estudiosos y valedores contamos con dos de primera categoría, como son Juan Antonio Masoliver Ródenas y Francisca Noguerol, quien le dedicó su tesis doctoral.
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Por desgracia, muchos lectores solo lo conocen por su célebre “El dinosaurio”, hoy por hoy inevitable paradigma entre nosotros del microrrelato, con lo que ciertos lectores poco informados no acaban de entender ni el prestigio del autor, ni el interés del género. Me imagino que al gran Monterroso este conocimiento tan atrabiliario y parcial de su obra lo hubiera irritado profundamente y de haber sido un cisne de engañoso plumaje quizá le hubieran entrado ganas de cortarle el cuello. En fin.
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domingo, 12 de mayo de 2013

La fortuna en español de `The Catcher in the Rye´

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Esta es la cubierta de la primera versión en castellano de la novela The Catcher in the Rye (1951), de J. D. Salinger, traducida por Manuel Méndez de Andrés, en 1961, y publicada por la Compañía General Fabril Editora, de Buenos Aires, en su colección Anaquel.
En 1978, Alianza Editorial publicaba en Madrid una nueva versión, al cuidado de Carmen Criado, revisada en el 2007 con un nuevo título, que es el que parece haber quedado finalmente en castellano, El guardián entre el centeno. Esta misma versión la publicó también Edhasa en 1997. Las tres ediciones se han reeditado en numerosas ocasiones. En cualquier caso, creo que sigue siendo una de las novelas más atractivas e influyentes de la segunda mitad del siglo XX. En el 2010 parece ser que se llevaban vendidos más de sesenta millones de ejemplares en numerosas lenguas. 
¿Alguien sabría decirnos quién es el ilustrador de la cubierta de la edición argentina? Está firmada, pero por más que la amplío no consigo reconocer la firma.¿......

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En francés y en alemán, como podéis ver en las dos cubiertas, se ha traducido como L´attrape-coeurs, El atrapacorazones, y literalmente como Der Fänger im Roggen, El guardián entre el centeno.
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sábado, 11 de mayo de 2013

Otra idea de la Transición

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De todas las explicaciones que he oído sobre lo que fue la Transición española a la democracia, una de las más sorprendentes, para mí, al menos, es la del teólogo Olegario González de Cardedal. Afirma lo siguiente:
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"La Transición es histórica, psicológica e intelectualmente posible en España porque el Concilio Vaticano II ha preparado las conciencias para eso, para que esa Transición sea vivida no como una traición, no como un menos, sino como un logro, como un más".
(Entrevista de Fernando Palmero, Leer, 241, abril del 2013, p. 25)
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viernes, 10 de mayo de 2013

Lamento por la desaparición de la revista `Altaïr´

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Una revista renace de las cenizas y otra cierra con la crisis, tras el número de mayo, que llegará a los quioscos en breve, dedicado a los parques nacionales de Estados Unidos. Sin embargo,  quizá vuelva en formato digital, o con otra periodicidad. Hasta ahora era bimensual. Altaïr nació en 1999 y sus monográficos se han convertido en referencia imprescindible para todos a los que nos gusta viajar. Lo ha sido para mí al menos, pues siempre que emprendía un viaje pasaba por la librería de Barcelona que dio nombre a la publicación para buscar un monográfico sobre la ciudad, país o región a la que pensaba dirigirme. Echaré de menos las nuevas entregas, aunque los viajeros curiosos seguirán teniendo a su disposición el fondo de la revista, tras catorce años de historia. 
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jueves, 9 de mayo de 2013

Nueva `Quimera´

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La buena noticia de este mes es la resurrección de Quimera de entre los muertos, pues muchos estábamos convencidos de que la revista hacía tiempo que había desaparecido, perdida entre gracietas infantiloides, numerosas erratas y el más descarado nepotismo. Recupera su subtítulo, revista de literatura, que es como nació y lo que fue en sus mejores momentos. El director es el escritor Fernando Clemot, quien contará con la colaboración de Juan Vico (redactor jefe), Álex Chico, Ginés S. Cutillas, Iván Humanes y Jordi Gol.
En este primer número de la nueva etapa destaca el informe sobre el cuento español actual (en el que colaboran, entre otros, Marcos Giralt Torrente, Óscar Esquivias, Eloy Tizón, Hipólito G Navarro, Manuel Moyano, Elvira Navarro, Mercedes Cebrián, Ignacio Ferrando, Ángel Zapata, Carmen Peire, Ángel Olgoso y Carlos Castán); una entrevista con Juan José Millás; textos de ficción inéditos de Gonzalo Calcedo, Raúl Brasca (microrrelatos) y Jordi Doce; artículos de Jordi Gracia, J.A. Sánchez, Eduardo Moga y Ricardo Menéndez Salmón; y la sección final de crítica de libros, que es la que realmente suele dar el tono de una revista. Queda por ajustar el diseño, no debería apurarse tanto los márgenes de las páginas, y habría que concederle un papel mucho más importante a las ilustraciones.   
Esperemos que Quimera vuelva a ser, como se afirma en el editorial, un “referente ineludible de la cultura española”, sin descuidar por ello las estrechas vinculaciones con la literatura hispanoamericana y con la universal. 
En un panorama tan depauperado como es el de las revistas literarias, con la esperanza cierta de lo que nos da ya este primer número, habrá que seguir la nueva Quimera con atención.  
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martes, 7 de mayo de 2013

La fosa de Julia Otxoa


Al calor de un lápiz, por Julia Otxoa 

La noche del 7 de septiembre de 1936 una turba fascista, con el beneplácito del párroco de Eulate, asesinaba a tres hombres, a tres rojos, cuya única culpa era su ideario de izquierdas, pues los tres eran afiliados de UGT. Las tres víctimas eran mi abuelo Balbino García de Albizu que tenía 58 años y era guarda forestal del Monte Limitaciones en la Sierra de Urbasa en Navarra desde 1915. Dejaba viuda y seis hijos. Los otros dos eran Balbino Bados García, maestro de Peralta, y Gregorio García Larrambebere, carbonero. Tras matarlos al pie de la sima los arrojaron a su oquedad, de 20 metros de profundidad, para ocultar su crimen.
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Durante toda mi vida, desde que a temprana edad supe de esta barbarie, recuerdo que sus hijas, Mercedes García de Albizu, y mi madre Ignacia García de Albizu, han mantenido su memoria viva en mi familia. Hasta esa sima, cerrada con una gruesa capa de cemento por aquellos que temían que pudieran encontrarse las huellas de la matanza, hemos subido fielmente cada año, para depositar flores, con nuestro cariño e íntima promesa de  invulnerable memoria de los hechos. 
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Es ahora, 77 años después, cuando ha sido posible su exhumación, tras las gestiones realizadas por un primo mío,  Balbino García de Albizu Jiménez, y las de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra. De este modo, y tras las autorizaciones correspondientes, ha sido la Sociedad de Ciencias Aranzadi la que bajo la dirección del médico forense Francisco Etxeberría la ha podido finalmente llevar a cabo, junto con todo su equipo de arqueólogos y antropólogos, formado por más de catorce personas, con carácter altruista y voluntario, dando un inmenso ejemplo ético de colaboración desinteresada en la recuperación de la Memoria histórica. Tienen en su haber la exhumación de cientos de fosas por toda España.
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La convivencia experimentada con todos ellos ha sido extraordinaria y esperanzadora, también con la presidenta, Olga Alcega, de la Asociación de Familiares de Fusilados, Rosa Irisarri y tantos otros, hemos trabajado junto a ellos codo con codo, bajo una intensa lluvia y viento, embarrados completamente, pero llenos de entusiasmo por estar colaborando en dar visibilidad a nuestros familiares, a esas víctimas con las cuales, como dice el propio forense Paco Etxeberria: “El principio de verdad, reparación y justicia, no se ha cumplido todavía” .
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Uno de esos días, cuando ascendían por fin los restos, no de cuatro cuerpos como creíamos en un principio, sino de diez personas, en el momento en que Paco abrió ante las cámaras de televisión una cajita con los pocos objetos encontrados entre los esqueletos y puso en mi mano un pequeño lápiz azul, me emocioné profundamente. De algún modo, aquel lápiz significaba la petición de escritura de un relato, la de esos pobres e indefensos esqueletos, algunos de ellos bastante destrozados por mordiscos de los perros, se encontraron los restos de tres canes, que posiblemente alguien arrojó vivos a esa sima y que para sobrevivir se alimentaron de los cadáveres........

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No quiero extenderme demasiado para no fatigar al lector, tan sólo acabar con una reflexión. ¿Que clase de Estado es aquel que desconoce todavía hoy, setenta y siete años después, la identidad de miles de sus ciudadanos asesinados, ocultos en cunetas, simas y  fosas comunes?  
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Muchos esqueletos siguen reclamando todavía que les pongamos un nombre, que escribamos su historia, como la de estos siete innominados  encontrados por sorpresa en el interior de la sima de Urbasa, y que ahora será preciso investigar para encontrar su identidad y entregarlos a sus familiares y darles el digno enterramiento al que como seres humanos todos tenemos derecho.
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Al calor de un lápiz han dormido durante muchos años, a veinte metros de profundidad, desparramados sobre la húmeda oscuridad de las piedras, solos, aguardándonos, esperando nuestra palabra, el lenguaje que los nombre y rescate del olvido.
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* La primera ilustración es un fotomontaje de Julia Otxoa, la segunda y tercera son el exterior y el interior de la sima, en la cuarta se muestra un cráneo con un orificio de bala y en la quinta el lápiz. Las fotos son de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.
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domingo, 5 de mayo de 2013

Sobre `Polvo en los labios´, de Montero Glez

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El sabor del infierno
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De marginal, rara, política y literariamente incorrecta se ha tachado la obra de Montero Glez. No se engañen sin embargo: el autor puede elogiar sin pudor las novelas de Fernando Sánchez Dragó y María Dueñas, pero es un lector empedernido que conoce tanto los clásicos norteamericanos como los españoles, con Baroja, el Valle-Inclán expresionista, su principal referencia, e Ignacio Aldecoa a la cabeza.
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Este nuevo libro (Polvo en los labios, Lengua de trapo, Madrid, 2o12) recoge once cuentos y un microrrelato, de los cuales cinco son inéditos. Dentro del territorio de la narrativa breve tampoco ha evitado la heterodoxia al reconocer que sus piezas no son más que un campo de prueba para las novelas. Y, en efecto, así es, ya que del cuento solo tienen la dimensión y el final sorpresivo, el cual, por repetido, acaba convirtiéndose en un mecanismo previsible. Por lo demás, la retórica y hechuras de estos relatos son más propias del género novela.    
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Para quien no conozca la obra de Montero Glez, este libro resulta adecuado si busca adentrarse en su mundo literario, con sus virtudes y algunos de sus defectos. Entre las primeras resalta la utilización del lenguaje, a menudo lírico, aunque otras veces sea todo lo bronco que requiere la historia, y un buen oído para captar las jergas y el habla popular. Destaca, además, tanto su alejamiento de senderos trillados como la creatividad verbal, que no solo afecta al léxico sino también a la capacidad para generar metáforas e imágenes sorprendentes. Y, sin embargo, en alguna ocasión se echa de menos un mayor cuidado por la estructura, por que los personajes no acaben convertidos en simples muñecotes que el autor maneja a su antojo. La literatura, en efecto, tiene mucho de juego, pero nunca debería carecer de pensamiento y emociones, de profundidad y tensión en suma.
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Lo mejor de sus cuentos es lo que hay en ellos de humor y lirismo, aunque a menudo el tono sea descarnado y el desenmascaramiento de los deseos humanos pase por el sexo, el dinero y la muerte. Sin olvidar las vinculaciones que establece con motivos del cine y la literatura, con el mundo de la música, sobre todo del jazz y el flamenco. 
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Todos los cuentos están narrados en primera persona, a veces por un individuo que podría confundirse con el autor y que se vale de las muletillas habituales del relato oral. Los más logrados son “El secreto de la Garbo”, “Barrio de las Injurias” y sobre todo el que le proporciona título al conjunto. En cambio, me parecen menos afortunados “La mascota”, “Rubia de rabia” y “El vestido de la Chata”.
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La acción de estas historias sucede a comienzos del siglo XX o en el presente, y se sitúan habitualmente en Madrid o en la provincia de Cádiz, donde ha transcurrido la vida del autor. Los personajes, se trate de seres imaginarios o históricos a los que a veces animaliza, suelen ser putas, anarquistas, policías, lesbianas, traficantes, tipos rijosos, chisperos, o bien seres amorales. Y no solo no los juzga, sino que en alguna ocasión a pesar de sus acciones poco encomiables, los califica de desamparados inocentes.   
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Disfruto con las obras de Montero Glez, pero creo que le vendría bien una crítica menos complaciente (las más atinadas se las debemos a Ricardo Senabre) y un editor que le ayudara a administrar mejor su indiscutible talento narrativo, pulir las burradas innecesarias con las que tropezamos en sus narraciones, pura sal gorda, lo que no supone la domesticación de un estilo que solo adquiere sentido si permanece salvaje, tal cual es.   
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 4 de mayo del 2013.
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sábado, 4 de mayo de 2013

`La vendedora del tiempo´, novela de Ioana Gruia

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Silvia tiene más de cincuenta años, el mismo aire que las mujeres de los cuadros de Hopper y un cáncer inoperable. Ha vendido todo lo que tenía para pasar lo que le queda de vida a orillas del mar en una ciudad al otro lado del mundo. Javier, un joven fotógrafo, cuida a Julio, un niño que le pide siempre contar cuentos de piratas y hacer fotos a las palabras. La inesperada historia de amor entre Silvia y Javier y la singular familia que ambos forman con Julio es un aprendizaje desesperado de la felicidad y, para Silvia, la ocasión de reinventarse su infancia, cuando jugaba a vender tiempo a cambio de caramelos. La vendedora de tiempo quiere ser una narración vitalista, en la que pasan historias, muchas historias, y los últimos destellos de la vida se exprimen como naranjas. Silvia vive una sexualidad espléndida e intensa y se aferra al cuerpo, al mar y al poder salvador de la ficción.
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Reinventarse la infancia,  por Ioana Gruia
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Una vez me preguntaron qué tipo de escritora quería ser y respondí sin dudarlo: una escritora mediterránea. Con acento mezclado e intercontinental, por supuesto, de todas las ciudades en las que viví y que amé. Lo más difícil de escribir en un idioma que no sea el materno es reinventarse la infancia (sus olores, reales o soñados, sus palabras, su anhelo de mar) en otra lengua. Tal vez más que imaginar las últimas semanas de vida y la sexualidad intensa de una mujer bastante mayor que la aprendiz de novelista que escribió La vendedora de tiempo en Mar del Plata, Granada y París. No es el Mediterráneo el mar que aparece en el libro, pero quise que sus naranjos fueran inseparables de los abrazos de la protagonista que tiene el mismo aire de las mujeres de los cuadros de Hopper y del joven fotógrafo que se convierte en su amante en una ciudad al otro lado del mundo.
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Ojalá haya logrado al menos algunas de las cosas que quise al escribir la novela. En su generosísimo prólogo, Luis García Montero avanza, mucho mejor de lo que pudiera hacerlo yo, varias claves de La vendedora de tiempo: Silvia, la protagonista, creció y vivió gran parte de su vida en una dictadura y su vitalismo es también una manera de enfrentarse a la muerte como a una figura dictatorial más. No sólo se enfrenta a la muerte, también a la moral puritana de la madre y la hermana, e incluso a la renuncia a la felicidad, dolorosamente representada por las figuras luminosas del padre y la tía. Por eso se permite dos lujos enormes, un regalo de la vida al final de la vida: un amante que la cuide y un niño al que procura cuidar y alentar su imaginación poblada, como la suya, por barcos fantasmas e islas del tesoro. El niño, Julio, es un personaje al que me une un vínculo especial. Procuré cuidar su mirada infantil y clarividente, su lenguaje, su deseo de hacer fotos a las palabras, su amor por las novelas de aventuras y su descubrimiento de que los adultos ocultan secretos in-con-fe-sa-bles. La infancia acompaña a la protagonista hasta el final, la infancia de la pequeña tendera que jugaba a vender tiempo -un  año, diez años, toda la vida para que se la quiera una vida más- a cambio de caramelos. A la niña que se contaba historias a sí misma y que descubrió con seis años que la muerte existía y que un día ella también moriría, a la niña que decidió entonces rebelarse ante esta certeza inaceptable, se agarra la mujer partidaria de la felicidad, a través de un erotismo desesperado, un deseo permanente de vivir en la narración de muchas historias, y la escritura del diario del capitán Smollett: en La isla del tesoro se nos habla de este diario, pero no sabemos qué contiene. Será el regalo de Silvia a Julio.
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Son los lectores y (si logra llamar su atención) los críticos los que deben valorar La vendedora de tiempo. Yo sólo puedo decir que fui muy feliz al construirla, y creo que esta felicidad es vital para quienes escribimos.
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Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es investigadora Juan de la Cierva y docente de literatura comparada en la Universidad de Granada. En 2011 ganó el Premio de Poesía Andalucía Joven con el libro El sol en la fruta (Renacimiento, 2011), cuyas traducciones al francés y al rumano se publicarán próximamente. Es autora además del ensayo Eliot y la escritura del tiempo en la poesía española contemporánea (Visor, 2009) y de las obras Nighthawks (Premio de cuento Federico García Lorca de la Universidad de Granada en el 2007) y Otoño sin cuerpo, poemas que datan del 2002. La vendedora de tiempo es su primera novela.
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viernes, 3 de mayo de 2013

Homenaje a Cristina Nieto, y 2

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Llovía, llovía mucho
Helena mía, pensó
Duarte sin quererlo.
¿Cómo voy a despedirla
sin decirle?
Ella no verá otra lluvia
entre mis brazos
no habrá ojo gris
como el de ella, Helena
la mía tantísima
que mire un rayo
y yo esté sobre la tierra
sus pasos corren
y se oye un rumor
de viento y lluvia
en sus polleras
pensó Duarte, yo creía
que la muerte
no importaba
y no me importa
pero la vida, carajo
puta vida
que voy a dejar
o a ella que es lo mismo
y tengo que decirle
y tengo que irme
si pudiera esperar
que lloviera en mi pecho
un poco menos
te hablaría, Helena
Miísima, te diría.
La partió la soledad
en dos mitades
una de viento
una de naves
y se fue con los náufragos
hermanos
a morir al sol
como es debido
que no hay que andar en playas
de verdugos
ni en envidias fáciles
de bagatela
ni perder la amistad
por un silencio
nadando un mar de lágrimas
viniste
que no es poco.
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Cristina Nieto trajo tres hijos a este mundo: Patricio, Eugenio y Severino. Desde la década del ochenta se radicó en Neuquén donde, junto a su nuevo compañero, compartió la pasión por la educación y la lucha por una sociedad más humana y más justa. Convirtió su actividad como docente, en los niveles universitario y secundario, en una activa militancia por los derechos de las mujeres, de las minorías sexuales, de los jóvenes y de los explotados de este mundo en general; supo combinar teoría y práctica en una praxis libertaria que atravesó el aula, la calle y el hogar sin reconocer fronteras nacionales ni autoridad estatal.
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De ella escribió su amiga Cecilia: “Su palabra valía lo que un documento protocolizado y no ocultaba jamás su norte, aunque quemara como el lamento de un dragón”; y “En lugar de producir papers [trabajos de investigación] que le permitieran escalar posiciones en el ámbito de la filosofía, nos dejó piezas literarias exquisitas, desaforadas y luminosas que constituyen una resistencia activa por la vida, la solidaridad con el prójimo, la justicia social y la piedad. La filosofía fue su instrumento, la mina del lápiz que hizo visible sus entrañas”.
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Y su compañero de vida en los últimos veinticinco años, Marcelo, escribe: “Sus clases eran maravillosas, dándole voz a los que nunca habían tenido lugar en la historia de la filosofía; la agudeza y precisión de su lenguaje despertaba amores y odios sin términos medios y yo me enamoré de esa bella e inteligente profesora que desplegaba esa ética urgente por tomar partido en las cosas de la vida… fue una verdadera iconoclasta”
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* El cuadro es de Zau Wuo-Ki.
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