lunes, 30 de abril de 2012

GRACIELA TOMASSINI

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Blue velvet
Yo tocaba el terciopelo:
era áspero cuando pasaba la mano para un lado
y suave cuando la pasaba para el otro.
Silvina Ocampo, “El vestido de terciopelo”
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Modelo 1
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Se trata de caminar siempre por las mismas baldosas, pisando una cada tres. El que pisa al costado, pierde. El que pisa las del medio (la número uno, la número dos), pierde. El camino correcto está en las terceras baldosas; alrededor, y sobre todo en el medio, el tembladeral y los hormigueros, porque lo que parece a primera vista una baldosa igual que las demás, con ese engañoso brillo, o con ese ingenuo diseño acanalado, es en realidad la puerta-trampa del infierno.
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Modelo 2
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Vestía de negro, porque estaba de duelo por la reciente muerte de su padre. Así iba vestida a la escuela, con el uniforme reglamentario, pero teñido de negro, por permiso especial de la dirección. Impecable el peinado, impecables las manos, arrugaditas y finas, con las uñas pulidas y cortas. No necesitaba estudiar las lecciones: ya las sabía, porque desde muy niña había leído todos los libros de la biblioteca de su padre, que era vasta. Jamás levantaba la mano para responder una pregunta de una profesora, pero cuando pasaba al frente, disertaba sobre cualquier tema, con la solvencia de un académico. Trataba a sus compañeras con divertida condescendencia, y a las profesoras con irónico desprecio. Se le permitía todo lo que en otras se castigaba, como retirarse a cualquier hora, llegar tarde, o no participar de las clases de gimnasia. En la capilla de la escuela, podía estar horas con los brazos en cruz y la mirada fija en un punto distante, en estudiada actitud de contemplación mística. Después se supo que sedujo y estafó a su tutor, y que huyó a otra provincia con un joven profesor de física, a quien después abandonó por un juez de la nación, y que un río se llevó su cuerpo pálido corriente abajo, con el pelo entretejido de flores y algas, como Ofelia.
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Escolio
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Hay una pintura del alto renacimiento alemán que muestra la Crucifixión de Cristo, y en un costado, agazapado, un demonio de grandes ojos amarillos mirando hacia afuera del cuadro, hacia el lugar donde esos enormes ojos de espanto se encuentran con los del contemplador. Hay una foto de la niña Ofelia sentada sobre las rodillas de su padre que produce el mismo efecto. El hombre, de levita negra, anteojos redondos y cuidado bigote gris, está leyendo un libro, sentado en un sillón de alto respaldo. En el fondo, se ve parte de una biblioteca que probablemente cubra toda la pared a la que se encuentra adosada. El caballero sostiene a la niña sobre sus rodillas sin tocarla ni prestarle la menor atención. Hay madonas que sostienen al niño Jesús con la misma sobria indiferencia. La niña mira el libro que el padre lee; tal vez ella también lo esté leyendo. Sobre el escritorio, a la derecha, descansa un puñal toledano, que se aprecia bien en la foto porque la niña levanta apenas la empuñadura con su mano, como si quisiera mostrarlo a la cámara. Por la fecha que se registra en el reverso, pudo saberse que la foto fue tomada dos días antes del suicidio del padre, en la misma habitación, mediante la técnica tradicional japonesa del seppuku.
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* Graciela Tomassini (Rosario, Argentina, 1949) es una reconocida especialista en los estudios de la minificción, sobre todo de la argentina, pero ahora la presentamos aquí como autora de narrativa brevísima, una faceta para mí, de momento, desconocida. Se doctoró en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) con una tesis sobre los cuentos de Silvina Ocampo, titulada El espejo de Cornelia (1995). Forma parte del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario y ha publicado libros como Comprensión lectora y producción textual. Minificción hispanoamericana (1998), Juan Filloy: Libertad de palabra (2000) y Reconfiguraciones. Estudios críticos sobre narrativa hispanoamericana de fin de siglo (2006), en colaboración con S. M. Colombo.

* Fragmento de un cuadro de John Millais.
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domingo, 29 de abril de 2012

De una encuesta sobre el microrrelato

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El periodista y escritor Manu Espada viene publicando en su blog una encuesta sobre los mejores libros de microrrelatos en castellano. A continuación os dejo mi respuesta. Para evitar que resulte interminable, en esta ocasión me centro en los narradores españoles, aunque tendrían que aparecer también numerosos microrrelatistas hispanoamericanos. Me ciño estrictamente a su pregunta y escojo aquellos libros que me parecen mejores. Soy consciente de que cuanto más se acerca uno al presente, más difícil resulta la elección, y pido disculpas de antemano por los posibles olvidos.
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Juan Ramón Jiménez, Cuentos largos y otras prosas narrativas breves
Ramón Gómez de la Serna, Disparates y otros caprichos
Federico García Lorca, Pez, astro y gafas
Ana María Matute, Los niños tontos (1956)
Max Aub, Crímenes ejemplares (1957)
Javier Tomeo, Historias mínimas (1988)
Luis Mateo Díez, Los males menores (1993)
Rafael Pérez Estrada, La sombra del obelisco (1993) 
José Jiménez Lozano, Un dedo en los labios (1996)
Juan José Millás, Articuentos (2001)
Antonio Fernández Molina, Las huellas del equilibrista (2005)  
Julia Otxoa, Un extraño envío (2006)
José María Merino, La glorieta de los fugitivos (2007)
Ángel Olgoso, La máquina de languidecer (2009)
Manuel Moyano, Teatro de cenizas (2011)
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* En las fotos, Zenobia Camprubí con Juan Ramón Jiménez, Ana María Matute y Ramón Gómez de la Serna.
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sábado, 28 de abril de 2012

Más Jardiel: `Diez minutos antes de la medianoche´

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La banda de ladrones de guante blanco que lidera Miguel el Melancólico se dispone a dar un golpe en casa de los señores de Arévalo, donde se celebra una fiesta. Todo está preparado cuando aparece Herminia, una atractiva joven que distrae al Melancólico relatándole su trágica y accidentada vida. Publicada por primera vez en 1939 en la colección denominada «Los novelistas», Diez minutos antes de la medianoche acabó convirtiéndose en el prólogo a la comedia Los ladrones somos gente honrada (1941), uno de los grandes éxitos de Enrique Jardiel Poncela que posteriormente sería llevado al cine. Humor ingenioso y absurdo a caballo entre el relato policíaco de intriga y la historia de amor galante, que se remata con un sorprendente final.
Ahora, los Breviarios de la editorial madrileña Rey Lear, cuando se cumple sesenta años de la muerte del autor, reeditan por primera vez esta pieza de microteatro, con un epílogo mío.
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* La caricatura de Jardiel es de LPO.
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viernes, 27 de abril de 2012

Sobre los relatos de José Gutiérrez-Llama

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COMO IMAGEN DE CALEIDOSCOPIO, por Emilia Oliva
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El título, Mínimos desvíos, que recoge la recopilación de relatos de José Gutiérrez-Llama (Ediciones ENdORA, 2012), funciona como clave de interpretación del libro, ya que lo que el autor nos propone, en cada uno de sus textos -generalmente breves-, es un pequeño desvío, una vuelta de tuerca, respecto a las expectativas que se hace el lector, bien en la trama del relato, bien en la concepción del personaje, bien en el tema, bien en el proverbio o sentencia que constituyen el punto de referencia del relato; ya que los relatos se construyen a partir de referentes precisos dados en la cita -literaria o filosófica- que anticipa el texto y se elaboran cogiendo un camino de través, un desvío mínimo, según indica el autor.
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Ya en el prólogo Gutiérrez-Llama nos muestra las cartas de la baraja, dos ideas germinales que sustentan los diferentes textos: la idea mitológica del caos como principio creador y el principio de incertidumbre de la física de partículas. El desvío que se nos propone es salir de la construcción de una historia que refleje lo que entendemos como realidad y, a través de la pirueta de alguno de sus componentes, nos lleve por un camino incierto. El resultado es la iluminación de zonas de sombra y la exploración de una realidad más vasta que aquella a la que estamos habituados. Así, en no pocos de los relatos, nos encontramos con un narrador que descubrimos al final mismo que habla incluso cuando ya está muerto. El autor llega a darse tal libertad que incluso viola en ocasiones el principio de verosimilitud sobre el que se sostiene toda historia (“En serio”)
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El hombre y la mujer, y sus conflictivas relaciones de pareja, constituyen un campo de exploración recurrente en la que ambos personajes suelen salir mal parados. Cinismo, humor negro e ironía se reparten la carga en estos relatos que podríamos denominar historias de pareja, encuentros resueltos en desencuentros, en una fugacidad de sentimientos marcada de cierta frivolidad (“Mentiras piadosas”) o contextualizados en crudos conflictos territoriales de nuestro tiempo (“Abrázame”, enmarcado en el conflicto Israel, Palestina y el azote terrorista de Hamás). La sangre nunca llega al río porque la dosis es la adecuada para asistir al conflicto allí enunciado como si lo viviéramos en el fondo de un espejo cóncavo o convexo, realidad distorsionada que nos conmueve o nos provoca la sonrisa, pero regresamos a lo real, tras la incursión ficticia, sin daño alguno. El autor vigila para que el lector quede a salvo, incluso cuando el sesgo que toma la historia, sin la envoltura de palabras que el autor mima, sea realmente atroz.
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Más que banalizar los conflictos expuestos, el autor convoca la ironía, el cinismo, el juego de palabras (“Un cuento de brujas”), el manejo desbordante de estereotipos (“Ridículos extremos”) o el azar que juega sus cartas como telón de fondo o constituye figura central del relato (“Líneas imaginarias”).  La base es una escritura juguetona y arriesgada que no cede incluso cuando bordea el sinsentido mismo (“Forajidos”, “Sueños premonitorios”). Gutiérrez-Llama parece concebir la escritura como una construcción sobre elementos fijos, como notas musicales que elaboran un tema, y sobre ese tema, el autor realiza una variación al infinito. La interpretación musical constituye el elemento central en el cuento “Sarolt” y es referente indispensable en múltiples de estas historias. Pero no es sólo eso, es de la construcción musical de dónde saca la horma para sus textos.
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En ocasiones, el final del relato más que dejarnos frente a un final abierto, nos deja en el peldaño de inicio de otro relato posible, y es que los relatos, como territorios de exploración de lo real, abren las puertas a infinitas incursiones, de las que el autor explora sólo un desvío. Sucede así en el “Huésped”, relato mínimo, que se cierra con una frase que constituye una obertura en toda regla en tanto en cuanto sólo podemos comprenderla encadenada  a la frase que inicia el relato. De modo que el juego narrativo parece proponer al lector un juego infinito de reescritura posible, juego de reflejos cambiante, variaciones sobre un tema, como en ciertas composiciones musicales.
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Si ciertos relatos bordean la reflexión, la sentencia y recogen la tradición milenaria del cuento moralista (“De cien”), otros emergen casi como aforismos  y entroncan con una obra anterior del autor, Calendario del arrabal y hojas del basurero (Libros En Red, 2005) tales como “En otras palabras” o “Variaciones y desvíos sobre un tema de amor”; que, en realidad, son una réplica en tono menor, cargada de ironía y acidez, a los aforismos filosóficos.
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Constituyen constantes rastreables en el libro, por un lado,  la cita de partida que abre el texto, y, por otro, la utilización de una escena cotidiana. La cita inicial viene a incidir en presentarnos el proceso de escritura como el resultado de una labor de reflexión consciente de trabajo sobre textos de otros autores, más allá de la vivencia personal o la propia biografía, a lo que el autor añade el juego del azar o de las permutaciones posibles. No obstante, el bagaje cultural del autor, sus conocimientos científicos, médicos, literarios, filosóficos impregnan todos y cada uno de los relatos, exigiendo a veces una relectura para no perdernos. Respecto a la utilización de una situación banal, cotidiana, como elemento aglutinador de la historia, breve, en la mayoría de los cuentos: la espera que precede a una cita (“Ridículos extremos”), la contemplación del rostro o la figura en un espejo (“Sin remedio”), una fiesta de viernes (“De cien”) sirve para amplificar el efecto de vuelta de tuerca sobre las expectativas que pudiera mantener el lector.
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Si, en ocasiones, el desvío reflexivo del texto nos exige gran atención, para dejarnos, al final, en campo descubierto y sin abrigo: ninguna de las hipótesis imaginadas por el lector a lo largo de la lectura anticipa el desenlace final del texto;  si, en otras ocasiones, el barroquismo de imágenes y metáforas nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, poco acorde con la rapidez de interpretación que parece estar en el canon de los géneros de la brevedad, el resultado es de endiablado disfrute cuando enganchamos con la propuesta creativa del autor, que no es otra que la de un avezado ingenio para construir, de uno a otro cuento, un juego infinito de variaciones sobre temas recurrentes. El más persistente, el encuentro/desencuentro amoroso, cambiante, como imagen de caleidoscopio.
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 * José Gutiérrez-Llama (Ciudad de México, 1958) es ensayista y narrador. Licenciado en Estomatología y doctor en Humanidades con una tesis sobre El autor diletante. Cuenta con especialidades en múltiples disciplinas científicas y ha publicado artículos en prestigiosas revistas médicas nacionales e internacionales. Es autor de ensayos ¿Darwinismo social o utópico mal menor? (2007), El mito, una fantástica forma de aproximarse (2008), Antropoliogía y lenguaje (2008) Inquietudes filosóficas (2008) Lo que queremos contar (2009) La unidad psíquica y el SER simbólico (2010) La dictadura perfecta (2011) El poder, breve recorrido antropo-social-filosófico (2011) entre otros. Además, ha publicado un libro de afuerismos (aforismos de lo obvio) titulado El calendario del arrabal y Las hojas del basurero (2005). Es fundador y editor general de la revista En Sentido Figurado.
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* Tanto la foto del autor como la de la cubierta del libro son de Josep Vilaplana, quien lleva el blog La cua del diable.
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jueves, 26 de abril de 2012

Microlecturas, 6: EDUARDO BERTI

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Hace más de veinte años, cuando empecé a escribir los textos breves y ultrabreves que terminaron integrando mi libro La vida imposible, el género del microrrelato estaba bien definido, pero yo no lo sabía. Tal vez no lo sabía porque era joven, iniciaba mis lecturas y esas lecturas aún no me habían conducido a autores que hoy valoro especialmente; o tal vez, ante todo, no lo sabía porque aun cuando la micronarrativa ya estaba madura, su circulación era más secreta y no había alcanzado el reconocimiento ni la visibilidad que tiene desde mediados de los años noventa. Por supuesto que ya  había leído la antología de Borges y Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios; también conocía a Virgilio Piñera y disfrutaba, claro está, de los textos más sucintos de Kafka o de Cortázar. Pronto cayeron en mis manos ciertas miniaturas de Dino Buzzati, más El imitador de voces (Thomas Bernhard), y en forma paulatina fui comprobando que la escuela de lo hiperbreve era mucho más concurrida y más diversa de lo que sospechaba.
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No sé si, como escritor, volveré a incursionar en el género del microrrelato con idéntica constancia. Lo indudable, en todo caso, es que al mismo tiempo que me volví un autor de microrrelatos (al menos por un libro) me convertí en un ferviente y curioso lector de ellos. Curioso, digo, porque mi actividad de escritura me indujo a investigar al respecto, cosa no tan extraña si se considera que los narradores solemos trabajar así y, a diferencia de un investigador universitario que escoge un tema a priori, solemos partir de una inquietud vinculada ante todo con el hacer.
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Una consecuencia de mi pasión por lo que hoy se llama micronarativa (relatos de menos de 500 o, mejor aún, de menos de 300 palabras) han sido dos antologías que fui construyendo, casi sin darme cuenta, durante más de una década: Los cuentos más breves del mundo (de Esopo a Kafka) y, poco después, Historias encontradas.
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Con la primera de estas dos antologías (publicada por Páginas de Espuma) intenté discernir y recorrer, con ejemplos de lo más variados, cuáles son los múltiples ancestros que reconoce la corriente del microrrelato. Qué ocurría con esa forma mucho antes del siglo XX, mucho antes de Kafka o de Chejov.
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Una de las paradojas del microrrelato es que, así como muchos lo tienen por el género más nuevo bajo el sol, sus fuentes y raíces son sumamente añejas, ya que entre las formas que lo prefiguran abundan las que pertenecen a la tradición oral o a la literatura en un estado casi primigenio: fábulas, apólogos, leyendas, anécdotas, “casos” o incluso los chistes que contaban los antiguos griegos. Me refiero al Filogelos, atribibuido a Hierocles y Filagrios:
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Un hombre viajaba sentado en burro cuando pasó junto a un huerto. Al ver una rama de higuera que pendía repleta de higos maduros, echó mano de ella. Pero el asno prosiguió su camino y el hombre quedó colgado de la rama. Cuando el cuidador del huerto preguntó qué hacía allí colgado, el hombre dijo: “Me he caído del burro.”
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Podrá afirmarse, con razón, que siempre hubo relatos breves o hiperbreves. En todas las culturas abundan los cuentos orales o folclóricos, fijados –memorizados— mediante pocas palabras y, con frecuencia, dotados de un propósito moralizante. No niego que las fábulas son una de las constantes de la hiperbrevedad (basta leer la obra de Augusto Monterroso), pero otras líneas precursoras del microrrelato pueden hallarse en los ejemplarios medievales (las narraciones usadas por los predicadores religiosos para concitar la atención de su auditorio o para ilustrar mejor sus ideas), en apotegmas o proverbios que lindan con lo narrativo, en la llamada “paradoxografía” (los “fenómenos anormales”) y en las misceláneas que no excluyen las recopilaciones de casos curiosos (desde Valerio Máximo hasta John Aubrey, por ejemplo, sin olvidar a los enciclopedistas chinos), en los diarios o fragmentos que desde la óptica de la minificción son leídos como miniaturas acabadas (es decir, no tanto como la promesa de un texto a escribir en el futuro, sino como un texto ya escrito), o en el reino del poema en prosa, con antecedentes en Persia o en los epigramas griegos y de firme explosión en Occidente a partir de Baudelaire.
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En la lista de mis autores favoritos de microficción no deben faltar Arreola ni Marco Denevi, Jacques Sternberg ni Pierre Bettencourt, Ana María Shua ni José María Merino… Pero la lista sería interminable. Y estoy seguro de que caería en olvidos imperdonables.
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Una de las cosas que más me fascinan del microrrelato es el pacto de lectura que entabla con el lector. Esto se advierte, por ejemplo, en el habitual recurso de la reescritura, donde (ya desde los tiempos en que Kafka escribió su versión del Quijote desde la perpectiva de Sancho Panza) autor y lector se apoyan en un saber compartido.
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Aunque es normal que todo lector complete un texto, en el micrrrelato esto ocurre en forma más radical. Es lógico: al llevarse a su paroxismo la condensación, la tensión, la intensidad o la elipsis, el lector debe poner bastante de sí en el terreno de la significación, allí donde se supone que el texto dice más de lo que dice. Inmerso en una novela o en un cuento extenso uno puede, desde luego, darse el lujo de distraerse durante la lectura de una descripción o una digresión. Pero algo así sería impensable, claro está, en un texto de pocas líneas, donde cada palabra –en teoría– vale oro.
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* En las fotos aparecen Dino Buzzati, Thomas Bernhard, Jacques Sternberg y Kafka.
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miércoles, 25 de abril de 2012

¿Monederos falsos?

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En 1925 André Gide publicó su novela Les Faux-monnayeurs, que en España se tradujo literalmente como Los monederos falsos. La primera versión española, al cuidado de Julio Gómez de la Serna, es de 1934, versión luego reproducida en infinidad de ocasiones, tanto en diversas ediciones hispanoamericanas, argentinas, como españolas. Pero en los años treinta los lectores de Gide en castellano, a uno y otro lado del océano, sabían que un monedero falso no era otra cosa que un falsificador.   
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Ahora, acaba de aparecer, en Alba y RBA, una nueva versión de la novela de Gide, con el título más exacto de Los falsificadores de moneda, al cuidado de María Teresa Gallego Urrutia, quien -por cierto- no figura en la cubierta de ninguna de ambas ediciones. Quizá porque en 1934 los lectores sabían qué eran los monederos falsos pero hace ya unas cuantas décadas que apenas nadie entiende a qué se refiere dicha expresión, haya llegado el momento de aclarar el título.
Buena prueba, literaria, de lo que os digo es que cuando en 1931 Mihura escribe Tres sombreros de copa, en el tercer acto utiliza la mencionada expresión, lo que nos lleva a pensar que para entonces era de uso habitual y que los espectadores entendían perfectamente de qué se les hablaba. Todas las eds. de la pieza de Mihura, con buen criterio, anotan la expresión al sospechar que muchos lectores actuales no van a entender a qué se refiere.
Bienvenida sea, pues, la traducción precisa del título de Gide. Otra cosa es que los lectores acaben aceptándola, algo que no se ha conseguido con, por ejemplo, La metamorfosis/La transformación, de Kafka, tal como intentó Jordi Llovet. Y, sin embargo, el escritor Luis Magrinyà, director de Alba Clásica, quien no ha dudado en este caso en apoyar el cambio de título, reconoce que sigue utilizando el primitivo. Yo apuesto por que en esta ocasión sí va a cuajar el cambio. ¿Qué os parece a vosotros?      
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* La cubierta de la ed. de Biblioteca Nueva es de Arturo Ruiz-Castillo. 
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martes, 24 de abril de 2012

ALEX OVIEDO

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La pareja
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Sentados miraban hacia un horizonte de botellas, vasos de cristal y raciones de pinchos. Ella picoteaba una barra de pan recién horneada. Él, tocado con una boina negra, buscaba arrancarse los dedos de la mano. Sobre la mesa dos copas de tinto de las que apenas extraían un sorbo. Las toses y los rostros arrugados. Las historias ya contadas. En un silencio eterno.
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Recuerdo selectivo
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La noche que mataron a Asunción Madariaga había luna llena. Recuerdo que pensé: “Es noche de lobos, de misterios, de sangre derramada en esquinas sucias”; y que después ya no sentí el segundo disparo.
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* Alex Oviedo (Bilbao, 1968) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas Hektorren agenda, El unicornio azul y Las hermanas Alba, y el libro de relatos El sueño de los hipopótamos. Colabora en el suplemento cultural "Pérgola". Desde 2007 dirige el blog literario: http://www.escritoresvascos.com.
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lunes, 23 de abril de 2012

Carme Riera en la Academia

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Espero que la elección de Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) como miembro de la Real Academia Española de la Lengua haya sido en calidad de narradora notable y prestigiosa filóloga e historiadora de la literatura española, y no por su condición de mujer, porque supondría una injusticia y una humillación. A la escritora mallorquina le sobran méritos intelecuales, como experta en literatura del Siglo de Oro español, siendo autora de un libro reciente titulado El Quijote desde el nacionalismo catalán, y en la poesía de la llamada generación del mediosiglo, en especial en lo que ella ha denominado como Escuela de Barcelona, sobre todo en la obra de los poetas Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y José Agustín Goytisolo (cuya cátedra dirige), a quienes ha editado y antologado. Su candidatura fue presentada por Carmen Iglesias, Álvaro Pombo y Pere Gimferrer,  y ocupará el sillón `n´ que quedó vacante tras el fallecimiento de don Valentín García Yebra. 
Carme Riera se formó en la Universidad de Barcelona, fue discípula de José Manuel Blecua, padre, y de Martín de Riquer, aunque siempre profesó como docente de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde es catedrática.
Con sus narraciones ha obtenido algunos de los premios más importantes de la literatura catalana, además del Premio Nacional de Literatura. Entre sus novelas destacaría, sobre todo, Dins el darrer blau (En el último azul)Cap al cel obert (Por el cielo y más allá), pero yo todavía recuerdo el impacto que causó la aparición en 1975 de su primer libro Te deix, amor, la mar com a penyora. Toda su obra narrativa está traducida al castellano, a menudo por ella misma, que se autotraduce reescribiendo cuando lo considera oportuno el original catalán. Además, entre sus diversas singularidades llamaría la atención sobre su condición de mallorquina dentro de la cultura catalana, y de catalana dentro de la cultura española.
Mi satisfacción y alegría también es personal, pues Carme Riera, amena conversadora que posee un excelente sentido del humor, es una querida compañera de Departamento.
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sábado, 21 de abril de 2012

Los premios de la Crítica en Soria

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Reunido en Soria el jurado designado por la Asociación Española de Críticos Literarios para otorgar los Premios de la Crítica relativos a obras publicadas en el año 2011, y constituido por Ángel Basanta, Javier Goñi, Pilar Castro, Carlos Galán, Àlex Broch, Xelo Candel, Jorge de Arco, Juan José Lanz, José Vicente Peiró, José María Pozuelo Yvancos, José Luis Martín Nogales, Rafael Morales, Elena Núñez, María José Obiol, Manuel Rico, Juana Vázquez, Lluïsa Julià, Olivia Rodríguez, Javier Rojo, Enrique Turpin y Fernando Valls, ha decidido entregar, tras las correspondientes deliberaciones y votaciones, los Premios de la Crítica 2011 a las siguientes obras:
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•PREMIOS EN LENGUA CATALANA:
Narrativa: Jo confesso (Yo confieso), de Jaume Cabré.
Poesía: Pagèsiques (Del campesinado), de Perejaume.
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•PREMIOS EN LENGUA GALLEGA:
Narrativa: Laura no deserto (Laura en el desierto), de Antón Riveiro Coello.
Poesía: Cráter (Cráter), de Olga Novo.
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•PREMIOS EN LENGUA VASCA:
Narrativa: Twist, de Harkaitz Cano.
Poesía: Hariaz beste (Más allá del hilo), de Aritz Gorrotxategi.
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•PREMIOS EN LENGUA CASTELLANA:
Narrativa: El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón.
Poesía: Estuario, de Tomás Segovia.
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* En las fotos aparecen los escritores Ignacio Martínez de Pisón y Tomás Segovia.

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miércoles, 18 de abril de 2012

Microlecturas, 5: Ángel Olgoso

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RELATOS, TESELAS, DÁTILES        
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Creo que desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter (soy poco dicharachero), por afición (me fascina el relato como miniatura, esa magia de la síntesis y la conmoción, de la puntería afinada, de la veloz emboscada), por convicción (al extrañamiento le sienta bien la historia mínima y la palabra depurada) y por una elemental cortesía hacia el lector (prefiero ahorrarle los tiempos muertos, las genealogías, los lugares comunes, las digresiones, los detalles intrascendentes). Para Monterroso, la brevedad no era un término de la retórica, sino de la buena educación. Esta humildad propia de las formas breves se me fue imponiendo de manera natural a través de las lecturas, del mismo modo que coleccionaba sellos exóticos o los diminutos orbes translúcidos de las canicas.
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Recuerdo con delectación las tardes lluviosas de la primera adolescencia porque leía, una y otra vez, los cuentos, los retales de novelas entreverados en los libros de Lengua y Literatura. Nada de monumentales e indigestos asados, nada de caza mayor, sólo un sucinto banquete lector compuesto por minúsculas pero deliciosas porciones, esos párrafos iniciáticos de -por ejemplo- La pata de palo, La mujer alta, Viaje a la Alcarria, Los niños tontos, Nunca llegarás a nada, La urraca cruza la carretera, Tiempo de silencio y, en especial, la maravilla de Alfanhuí. Supongo que así me acostumbré a las reducidas dimensiones, a las simples muestras, abalorios cuyo peso atómico hacía estallar sin embargo sus estrechos límites, amplificándose luego en mi mente.
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En la magnífica biblioteca de La Salle de Granada (interno de 1972 a 1975) ya había descubierto antes la belleza de las palabras gracias al deslumbramiento que supuso La casa encendida y Cántico. Ahí empezó también la comezón de la escritura, apuntando versos en una libretita bajo las sábanas a la luz de la linterna, en el dormitorio comunal: fueron cinco años de poesía con ribetes surrealistas hasta que, en 1978, recibí el formidable, el nutricio impacto de la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy y Ocampo, que contenía, a su vez, Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich. Aquellos aldabonazos a la puerta de la única persona viva en el mundo, resonaron tan sobrecogedoramente en mi interior que abandoné la poesía y escribí mi primer relato, una variación de cinco líneas del célebre texto de dos de Aldrich.
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Practicante desde entonces del culto a lo breve y lo fantástico, entre 1979 y 1983 compuse -mucho antes de que se conociera y difundiera el microrrelato como tal- dos series de narraciones brevísimas, Trece planos cortos y Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de la ballena. Al mismo tiempo, nuevas revelaciones lectoras iban marcando a fuego mi memoria, algunas de ellas descubiertas en la valiosísima antología Narraciones de lo real y lo fantástico, publicada en 1977 por Bruguera en dos volúmenes. Se trataba de autores que -por su producción escasa, originalidad, independencia o muerte temprana- no han tenido en general el reconocimiento que merecían: A. F. Molina, iconoclasta, vanguardista y maestro de la libertad imaginativa; Manuel Pacheco, poeta autodidacta y autor del revulsivo Diario del otro loco; Raúl Ruiz, escritor polifacético, autor del encantador breviario póstumo El alfabeto de la luna; Alberto Escudero, creador fresco, irónico y experimental en La piedra Simpson y Un error de bulto; y, sobre todo, Francisco Ferrer Lerín, cuyas extrañas e hipnóticas prosas agazapadas en su libro de poesía La hora oval, fueron imprescindibles para ahormar mis propios relatos y educar mi mirada en la rareza.
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En aquella época, mientras escribía con furor desbocado pequeñas construcciones imaginativas, intentando explorar todas las modalidades de lo breve, no dejé de libar cuanto veneno encontraba (Las células del terror, última sección de Las noches lúgubres, de Alfonso Sastre; o Trece casos de cuya existencia física respondo, puesto que, por su brevedad, se pueden medir, incluido en Trece veces trece, de Gonzalo Suárez), destilados, bebedizos y pócimas que alimentaban mi sed de breverías (las piezas de Pere Calders al final de Ruleta rusa y otros cuentos y De lo tuyo a lo mío; o una selección de La sueñera, de Ana María Shua, en la antología de ciencia ficción Latinoamérica fantástica). No dejé de degustar bocados de cardenal que eran fuente continua de gozo y asombro (Buzzati, Gómez de la Serna, Aub, Arreola, Brown o Denevi). Ni de buscar con avidez en otros libros y narradores esas cargas de profundidad, ese ostinato rigore, esos fogonazos intensos, esos vertiginosos mecanismos de precisión, esos disciplinados desafíos, esas estocadas limpias al corazón o al cerebro, esos tesoros sumergidos que a menudo el lector debe rescatar. Aprendí con Juan Ramón Jiménez que basta lo suficiente; que unas pocas páginas o unas líneas pueden mostrar la esencia de algo, la plenitud de la unidad, siempre que no carezcan de lo que parece imprescindible: sustancia narrativa, movimiento interno (reclamado con ahínco por José María Merino) y resonancia final.
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Mucho después, tras escribir más de cuatrocientos relatos, descubrí que la brevedad es el molde más apropiado para mi estilo de cincel y escoplo, de taracea ensamblada tesela a tesela; que es cierto que a las ficciones mínimas les conviene ser feroces como pirañas, pero quizá también frágiles como una gota de rocío en la que, de manera sugestivamente distorsionada, se refleja el mundo que la rodea. Supe de otras propiedades suyas: sacian como dátiles, su corto vuelo deja largas estelas, su parco ladrido siempre engaña, son misteriosas como lágrimas de dragón y, todavía para algunos, inconsistentes como las huellas de los pájaros en el aire. Averigüé que para romper amplias ventanas, Lichtenberg solía usar monedas de dos centavos. Y tuve la certeza de que un buen cuento breve o brevísimo puede ser confundido fácilmente con un pequeño lingote de oro de capela, el más puro según los alquimistas.
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ÁNGEL OLGOSO (Cúllar Vega, Granada, 1961) ha antologado sus cuentos en Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (Tropo, 2010) y sus microrrelatos en La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009). Sus narraciones aparecen en diversas antologías, como Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, 2010), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005). Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. Ha sido traducido al inglés, alemán e italiano.
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* En las fotos aparecen Thomas Bailey Aldrich, Francisco Ferrer Lerín, José María Merino y Ángel Olgoso.
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martes, 17 de abril de 2012

EMILIA OLIVA

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Habitación de hotel
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Él la había sentido, aquella noche, en la habitación de hotel, perderse en el intersticio de los labios, en el beso. La había visto desvanecerse, como la bruma tras el amanecer, entre sus brazos y supo que no la amaba. Pero no le habló de ello. Nunca le habló de ello. Cuando cerró la puerta de la habitación de hotel, los inquilinos del otro lado también la cruzaron. La acompañarían todo el tiempo del trayecto en tren y en el camino de regreso a casa. Después seguirían visitándola con cualquier pretexto, de por vida.
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Bastaba un resto de diálogo pillado al azar, al adelantar a dos transeúntes; un gesto de arrepentimiento de ir a decir algo en cualquier rostro, que pasaba de largo, sin decir nada; una negación sepultada bajo un montón de excusas, y el mecanismo se activaba. A veces, el silbido de un tren que no pasaba; el imposible canto de un grajo o una chova en el bullicio del gentío; el testarudo silencio de la lechuza, enfrente, al anochecer, en el alero; el cartero pasando de largo en tiempos superpuestos por el recuerdo, los imantaban. Surgían en tumulto, de todas partes, desde todos los ángulos, indistintos e idénticos, y desfilaban en cortejo desordenado, casi fúnebre. Eran periodos de insomnio, difícilmente controlados por tranquilizantes y barbitúricos.
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Viajó. Escribió. Pintó. Hizo yoga y meditación. Toda terapia resultó inútil. Ni agujas, ni homeopatías; ni fármacos, ni psicoanálisis; ni vidente ni curandero habían podido determinar las causas del fenómeno de extrañamiento que activaba un tercer ojo invisible capaz de superponer infinitos rostros, indefinidamente familiares, o de desplegar los balbuceos de la materia desde el inicio de los tiempos, en instantes precisos. Los rostros se desplegaban en estructuras vegetales, desarrollaban membranas, escamas, crestas, vello y asistían impasibles, sin convocatoria precisa ni cita previa, a todo acto íntimo. Venían envueltos en el sabor de la magdalena impregnada de té, en el desayuno; en el olor de acacia y jazmín al caer la tarde; en el tacto frío de la sábana de hilo; en el pan recién cocido; en el aguacate, la samba, la cochinilla, los versos… Era, en esos periodos, cuando cualquier actividad cotidiana constituía un inminente peligro. El polvo en suspensión de las limpiezas, atravesado de un rayo de sol, se abría en un universo de astros, planetas, agujeros negros en movimientos vertiginosos o pausados, con extraña armonía. Una violencia de esferas girando que siempre le dejaba un poso amargo de exclusión y sin sentido en el fondo del pensamiento. Barrer el tamo de debajo de la cama, desencadenaba, en el revoloteo de células muertas y ácaros, una amplificación del silencio, una tormenta de crujidos y resquebrajamientos, de carcasas rodantes en innumerables metamorfosis. La naftalina del armario, como ola violenta que arrastra a la deriva todo lo que alcanza, la llevaba de las flores de azahar y de almendro a la cabecera de los muertos; de los membrillos encerrados en repisas de alacenas al olor de lombriz y musgo escondido en bóvedas de aljibe sin tiempo.  Correr o descorrer las cortinas, abrir las ventanas, estirar la sábanas desencadenaba un bullir de gestos, a rastras, a cuatro patas, en vuelo rasante, en posición sedente, en inmersión infinita que la forzaban a afianzarse contra el cristal o el muro, las pupilas inmensamente abiertas, sin aire que respirar, sorda, ciega a cualquier otro estímulo, como ida en otro mundo. Acechaban por todas partes, hasta en sus labios. Los besos venían acompañados de mil besos y formas de besar compendiadas en ese gesto concreto de besarlo a él. Los besos, desde aquella noche en la habitación de hotel, constituían una amalgama de todos los besos posibles, sintetizados, simultáneos en ese instante de sentir los labios de él contra los suyos, la respiración sofocada, el paladar y el olfato rastreando los mil y un sabores que iban y venían, se desvanecían. Nunca se lo había dicho. En él besaba a todos los amantes, los que fueron, los que vendrían. Y esto la enfermaba.
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* Emilia Oliva (Cáceres, 1957) es Licenciada en Filología Románica, poeta y editora en la revista En sentido figurado. Ha publicado además de microrrelatos y crítica de arte, los libros de poesía (re)fracciones, Premio de Poesía Ciudad de Zaragoza, Los ecos y la sombras. Música para un instante antes de morir (Alcancía, 2006) y Quien habita el olvido, Premio León Felipe (Celya, 2011). Acaba de abrir su blog Torsiones.
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* Claudio Duarte (Cáceres, 1984) es Licenciado en Bellas Artes por la Facultad de BBAA de Salamanca. Ha realizado pintura mural de gran formato, ilustraciones para la revista En sentido figurado y esculturas para la empresa Rocas Theming Factory. Sus dibujos, pinturas y esculturas pueden adquirirse en la Galería Klaus Kramer de Arte Actual (Altea, Alicante).
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lunes, 16 de abril de 2012

De la mejor Filología: Blecua, Rico y Mainer

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Con la jubilación de Alberto Blecua (1941), Francisco Rico (1942) y José-Carlos Mainer (1944), quienes han ocupado cátedras de Filología Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, aunque todos ellos seguirán vinculados a la institución, se completa una época afortunada de los estudios filológicos españoles. Los tres se formaron en la Universidad de Barcelona, donde fueron discípulos de Martín de Riquer y de José Manuel Blecua, y a su vez dejan buenos descendientes, casi todos ellos ya veteranos investigadores, con una obra también importante en su haber, como en los casos de José María Micó, Juan Rodríguez, Bienvenido Morros, Nil Santiáñez, Guillermo Serés, Pere Ballart, Ramón Valdés, Domingo Ródenas de Moya, Jordi Gracia, Gonzalo Pontón y el más joven Xavier Tubau. Pero también quiero recordar aquí a cuatro editores notables: Pilar Beltrán, de Edicions 62; Paco Antón, de Vicens Vives; Daniel Fernández, de Edhasa y Castalia; y Juan Cerezo, de Tusquets. No resultaría difícil ampliar la lista con otros profesores de la Autónoma, la Pompeu Fabra, la Universidad de Gerona o procedentes de numerosos institutos de bachillerato, donde no pocos se sienten discípulos de estos maestros, continuando una larga tradición que pasa por filólogos de tanta entidad como Ramón Menéndez Pidal, Rafael Lapesa, Dámaso Alonso o Fernando Lázaro Carreter.   
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Aquella Universidad en la que me formé –la Autónoma de Barcelona, durante los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, era un modelo de exigencia y rigor y disfrutaba de un sensato plan de estudios-, estaba plagada de profesores tan jóvenes y entusiastas como sabios. El tiempo ha venido a confirmar aquella impresión juvenil. Hoy, en la Universidad, las cosas han cambiado, y me temo que no para bien. La burocratización innecesaria, las estadísticas y el papeleo gratuito, a la boloñesa, se llevan un tiempo y unos afanes que deberían dedicarse a la docencia, la lectura y la investigación.
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No trato de  recordar aquí la trayectoria de estos tres filólogos e historiadores de la literatura, tan importantes que, sin sus trabajos, la historia literaria española, tal y como hoy la conocemos, sería distinta y peor. A Alberto Blecua, el más querido entre los admirados, le debemos un impagable Manual de crítica textual, que data de 1983, donde tantos hemos aprendido a editar textos, pero también la mejor edición del Libro de Buen Amor y una muy recomendable del Quijote. Francisco Rico es quizás el más peculiar, no en vano habiendo nacido en Barcelona, en la calle Balmes, ha sido siempre de la castellana Salamanca. Como experto en la literatura románica medieval y en el Siglo de Oro, sus estudios sobre Petrarca, el Lazarillo, cuando todavía éramos casi unos pipiolos, nos enseñaron cómo se lee una novela, mientras que su edición del Quijote y las diversas colecciones de ensayos y de clásicos que ha dirigido, lo convierten en un romanista de prestigio europeo. La importantísima contribución de Mainer se circunscribe, sobre todo, a la historia literaria y cultural de los últimos ciento cincuenta años, con trabajos recientes tan destacados como Modernidad y nacionalismo (1900-1939) y La escritura desatada. El mundo de las novelas, un perfecto ejemplo, este último, de rigurosa y amena divulgación....... 
De los tres aprendimos que la exigencia, la erudición y el trabajo bien hecho no deben estar reñidos con la amenidad, para lo cual se han valido de una prosa más ensayística que, digamos, académica. Todos los que a lo largo de estas cuatro décadas, estudiantes y lectores interesados, hemos comprendido y disfrutado mejor de nuestra historia literaria, solo podemos estar agradecidos, considerarnos afortunados y mostrarles nuestro aprecio y respeto. 
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* Este artículo apareció ayer domingo en el diario La Vanguardia, 15 de abril del 2012. La foto de Francisco Rico es de Mané Espinosa, y la de Alberto Blecua de Llibert Teixidó.
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domingo, 15 de abril de 2012

Sobre `Los otros mundos´, por Rosana Alonso

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Rosana Alonso acaba de publicar Los otros mundos (Talentura), su primer libro de microrrelatos, que ella misma nos presenta a continuación, a petición mía; ofreciéndonos, además, tres piezas de muestra, para despertaros el apetito.
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LOS OTROS MUNDOS....
Un microrrelato siempre oculta algo más de lo que muestra, no solo cuenta una historia evidente, en realidad la historia que importa fluye de manera subterránea. El proceso que me movió a escribir los microrrelatos de Los otros mundos es muy parecido a lo que me ocurre con los sueños (yo siempre me acuerdo de lo que sueño durante la noche). A menudo mis sueños surgen por una frase, una palabra, o una imagen que he vivido durante la jornada, pero suelen ser las más pequeñas, algo a lo que en el momento de suceder no le he dado importancia, algo nimio incluso, que ha pasado desapercibido para una parte de mi cerebro pero no para otras, y ese pequeño detalle genera un sueño. Las ideas, las chispas que dan lugar a los textos suelen venir de algo diminuto que he visto, escuchado o leído y que suelo apuntar en una libreta o se queda en un lugar de mi memoria, luego, delante del ordenador, intento atraparlo dentro de una historia o también dejarme llevar hasta donde quiera llegar esa idea que ha arraigado en mi imaginación. Pasado un tiempo, observo que lo que quería contar discurre paralelo por debajo de la parte visible del microrrelato. Estos otros mundos del libro no tienen nada que ver con extraterrestres ni planetas lejanos, se encuentran cerca, tan cerca que no los vemos en algunos casos y en otros son mundos que no queremos ver o mundos sepultados muy profundo, en el abismo. Cada microrrelato pretende ser una grieta que permite al lector vislumbrar otros universos que se esconden en nuestro trabajo, nuestras relaciones familiares y de pareja, nuestra profesión o nuestros sueños.  ROSANA ALONSO
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El juego
La niña coloca las muñecas sentadas en el suelo frente a ella. La madre se asoma con el bebé en brazos y le recuerda que va a preparar la merienda. La niña habla a las muñecas, les pregunta si han sido buenas y han terminado ya los deberes. Se calla y observa con detenimiento a la muñeca blandita, la del chupete y los ojos azules. La coge y la golpea contra el suelo con todas sus fuerzas. Contiene el grito que se le viene a la boca y suelta un gruñido animal. La emprende a manotazos con el resto de muñecas, resopla y se mira en el espejo: los ojos muy negros y la cara colorada. Oye a la madre llamándola para merendar. Recoge las muñecas y las deja en la cama; compone sus ropas y las peina. «Portaos bien», susurra antes de salir. Luego se acerca a la cocina, acaricia la cabeza del bebé y recibe el pan con chocolate con su mejor sonrisa.
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Alienados
Esa mañana, la mitad  del planeta  iluminada por el sol despertó con los reflejos de la mitad a oscuras. Unos pocos se asustaron al  descubrirse en el espejo mientras se lavaban los dientes, otros se palparon la cara el tiempo justo antes de  encarar la jornada laboral, la mayoría no se enteró del cambio.
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Solidaridad
«Por los niños de la India», le dice su madre mientras él traga la bola de carne. «Y ahora por los negritos de África», insiste con un trozo más de filete.
Treinta años y tres continentes después, un hombre de ciento veinte kilos de peso mira la televisión. Es la hora de las noticias, en la mesa está dispuesta la comida. Mientras mastica, observa perplejo esas tierras lejanas y estériles que no pueden alimentar a sus habitantes. Una lágrima se abre paso a través de los mofletes, y se evapora como el paso leve de una mosca.
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sábado, 14 de abril de 2012

Herman Munster habla con Dios

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En la excelente entrevista que el escritor Eduardo Lago le hizo a Tom Waits, en El País Semanal, y la tacho de memorable porque dudo que nadie le haya llegado a sacar más sustancia al cantante y actor, quien no debe ser precisamente un tipo fácil de entrevistar, en un momento dado recuerda su amistad con Fred Gwynn, para entendernos Herman Munster, uno de los ídolos de mi infancia, en dura competencia con el abuelo de la serie, el gran Al Lewis, y lo que éste le comentó en una ocasión: 
"Cuando me muera y vea a Dios le voy a decir: `No pierdas el tiempo viendo episodios de La familia Monster, ni ninguna de las otras películas que he hecho. Con que veas la escena de La luna que hice para Bertolucci, basta´". La verdad es que no recuerdo ahora esa escena de La luna, pero cuesta trabajo creer que sea mejor que algunos episodios de los Monster.
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Por cierto, hace muchos años, se me ocurrió citar en una de mis clases a Tom Waits, vaya usted a saber a santo de qué, cuando todavía era un cantante poco conocido, pero como a mí me gustaba hacerme el antiguo para escandalizar a mis alumnas, diciéndoles que lo más moderno que había oído jamás eran canciones de Antonio Machín, se quedaron patidifusas... Es más, todavía hoy no han debido de recuperarse de la impresión, como tampoco yo de la risa, de la cara que pusieron. En fin, hablo de una época lejana, cuando aún la salsa boloñesa no había empezado a pudrir la Universidad.
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viernes, 13 de abril de 2012

Los `Cruentos ejemplares´, de David Vivancos, por Pedro Herrero

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“Se empieza por un asesinato, se sigue por el robo y se acaba bebiendo excesivamente y faltando a la buena educación”. Así se expresaba el escritor inglés Thomas De Quincey, allá por 1829, en su conferencia sobre el Asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Al margen de lo que pueda tener de humor negro o de humor inglés, tal afirmación denuncia una grieta importante en las relaciones humanas. La repulsión que la sociedad muestra ante el crimen oculta tomar en consideración todo aquello que, no pocas veces, acaba allanando el camino para provocar o desear la muerte ajena. Lo sabía Max Aub, cuando publicó, en sus Crímenes ejemplares de 1957, un tratado sobre la materia. Lo sabe David Vivancos, que nos recuerda, a través de Cruentos ejemplares y otras microficciones (Seleer, Málaga, 2012), su primer libro de microrrelatos, que dicha grieta permanece abierta.
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El libro remite en primera instancia a la obra de Max Aub, merced a un primer capítulo titulado “Cruentos ejemplares”, con escenarios, lenguaje y personajes actualizados. Al igual que la obra de referencia, dicho primer capítulo recoge un inventario exhaustivo de escenas en las que el crimen ocupa el espacio indispensable para dejar sitio a los argumentos, a través de los cuales aparecen todos y cada uno de los sagrados límites de la paciencia, tanto los reales como los imaginarios, vulnerados para perseguir lo que deseamos, para protestar por no haberlo conseguido o para celebrar justamente lo contrario.
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“Bufete Contreras” constituye un segundo capítulo, planteado como una visión complementaria de los escenarios descritos en la primera parte. La primera persona, común en el relato de los crímenes, se convierte aquí en tercera persona. El tiempo se mantiene preferentemente en pasado. En la misma línea de actualización de contenidos, se incluyen referencias a espacios de televisión (como Sálvame o Perry Mason), y referencias literarias (como a Alicia en el país de las maravillas o la leyenda de San Jorge). Las historias se centran en el entorno judicial y afectan por igual a causas y encausados, así como a los letrados y testigos que en ellas toman parte. Y por supuesto, se habla de sentencias. De las justas, y de las que -al no serlo- acaban siendo más literarias.
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Cierra el libro un tercer apartado con el título de “Bloc de notas”. Más extenso que los anteriores. Más disperso en temas y situaciones, algunas con un cierto aire notarial, como si se levantara acta de los hechos acaecidos o se desvelaran planes ocultos, listos para desencadenar pequeñas tragedias. Aquí los homenajes van de Kafka a Monterroso, las referencias de Filípides a Tolstoi. Se mantiene, no obstante, el mismo estilo periodístico, detectivesco, que planea en toda la obra, aderezada con grandes dosis de ironía y gratificantes toques de humor absurdo.
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“No hay tantos crímenes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos”, decía Max Aub. No hay tantos libros de microrrelatos como parece, aunque no faltan autores capaces de hacer lo que sea necesario. Se empieza por escribir un libro, se sigue por intentar publicarlo, y se acaba con ganas de asesinar al editor que se obstina en impedirlo. Créanme, no pierdan de vista a David Vivancos. Es de los autores cuyos textos tenemos la suerte de poder leer. A otros, el día menos pensado nos van a leer nuestros derechos.
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* Este texto de Pedro Herrero se leyó en la presentación del libro Cruentos ejemplares y otras microficciones, de David Vivancos, en Les Cotxeres de Sants, de Barcelona, el pasado martes 10 de abril. En la imagen, de Jesús Esnaola, aparecen Pedro Herrero, el autor del libro e Ignacio Abascal.
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jueves, 12 de abril de 2012

Autorretrato de LUIS SUÑÉN

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Autorretrato
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Para Fernando Valls, que se lo ha ganado
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Que era la persona más apolínea que había conocido
me dijo alguien una vez –experto en clásicas,
un sabio, francamente.
Y claro, imposible no ser otra cosa porque
si lo contrario es ser dionisíaco me
hubiera muerto de vergüenza. O no
tanto, tal vez, quizá entendiendo
del todo a Nietzsche, de quien nunca he podido tener
una buena foto –a ser posible ya hundido-
 para ponerla cerca de donde
escribo. Pero tampoco lo de Apolo está muy
claro -viejo Apolo, si acaso, ya lo he dicho en algún verso-,]
a no ser que lo sea y no lo sepa
-qué cosas tienen el ser y el siendo y el saberse- 
a estas alturas cuando,
créeme, no hay nada que hacer.
Más alto sí que me hubiera gustado
ser aunque los ojos, que no están mal,
 me hagan tanta justicia como las manos,
cortas y romas, de pianista.
En otro tiempo mi retrato fue
–y lo es y espero que lo sea-
el del que está y se queda,
como un corderito, decía, en una farsa
sentimental, más un
punto de crueldad –la poesía
pura- que de lucha de clases.
Me hubiera gustado darlo todo como Eliot
-ah, ese sentimiento
de culpa- o como Rilke
-siempre pobre, como Chejov quería
de los muertos honrados.
En fin, no digo que hoy no
me guste lo justo, no estoy mal para
mis años. Mejor, en todo caso,
así que en una radiografía
de esas en las que el corazón
sale más grande o más chiquito,
siempre lo contrario
de lo que debe ser.
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                                               Madrid, 2 de abril de 2012
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* Luis Suñén (Madrid, 1951) es editor, crítico literario y musical. Dirigió Alfaguara, Acento y Espasa Calpe, y ha sido director adjunto de Aguilar y director general de Alianza. Ha escrito sobre literatura y música en los diarios Informaciones y El País, además de en revistas como Ínsula y El Ciervo, entre otras muchas publicaciones. Es director de la revista Scherzo y colaborador de Radio Clásica, de Radio Nacional de España. Su poesía, que arranca con El lugar del aire (1981), está recogida en El que oye llover. 1978-2006 (2007). Le ha dedicado un ensayo a Jorge Manrique (1980) y dos antologías a la obra de Pedro Salinas (1984 y 1992).   

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* La foto de Luis Suñén es de Martin Hoffmeister y está hecha en Dresde. El autorretrato es de su hijo, Rafael Suñén y se hizo en Melbourne.
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